Opinión

100 primeros días del «keikismo»

A pocos días de los 100 primeros días del gobierno de la presidente Keiko Fujimori, el balance escolar es cero escuelas construidas, con un Niño extraordinario a la puerta. El norte necesita obras, no viajes. Y la respuesta oficial es: «estamos tarde».

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05/11/2026

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Leonardo Serrano Zapata
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Tras otorgar facultades al Ejecutivo, el Congreso nos presenta su ahorro de S/303 millones como lección de austeridad. Pero solo S/33,6 millones se han transferido; los otros S/270 millones recién se devolverán en las próximas semanas. Y un ahorro nacido de presupuestos no ejecutados no es austeridad: es gasto que no se hizo. Al Congreso le conviene vender generosidad antes de que lo acusen de ineficiencia.

El Ejecutivo tampoco exhibe mucho. Según las cifras que se manejan, los tres niveles de gobierno no llegarán ni al 90 % de ejecución este año.

El ENFEN advierte que el FEN 2026-2027 se extendería hasta fines de otoño de 2027, con alta probabilidad de magnitud extraordinaria noviembre y febrero de 2027. Tumbes, Piura, Lambayeque, Cajamarca y San Martín afrontarán lluvias; el centro y la sierra, sequía.

Con el perdón de los designados: ¿qué nombramiento en Agricultura, Salud, Interior o Defensa garantiza que el Estado se prepara de verdad para enfrentar el FEN 2026-2027 y la inseguridad?

En educación, Miriam Ponce, viceministra de Gestión Pedagógica, estuvo en octubre del 18 al 25 en Madrid y Alicante (España), y luego integró la comitiva presidencial a El Salvador del 28 al 31, para conocer sus escuelas. Cabe preguntarse si conoce Condorcanqui o el VRAEM o solo quiere acumular millas internacionales. En la gestión del ministro Chang, además de la interpelación fallida, resalta la nueva política de disciplina escolar y evaluación del desempeño docente aún sin luces.

En El Salvador la presidente Fujimori regaló lapiceros; en las visitas inopinadas de 15 minutos a escuelas peruanas se llegó con las manos vacías. Y en Lima y provincias los almacenes de las UGEL guardan material educativo sin repartir, como denunció en agosto el director de la DRELM, Cornelio Gonzales. Hoy siguen sin llegar a los alumnos.

Cien días de narrativa contra el LUM, con un ministro de Cultura, Alberto Beingolea, que dice que no lo cerrará, pero se incomoda ante la cámara cuando lo cuestionan. Y un canciller, Carlos Espá, más pendiente de las redes que de las relaciones internacionales. El «keikismo» no deslumbró ni dejó mucho que comentar. Ministros que se salvaron de la interpelación y promesas contra la inseguridad sin norte. Viene el Papa chiclayano Leon XIV (del 11 al 17 de noviembre), dudo que haga milagros con la aprobación de la presidente que por lo visto podría seguir bajando.

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La instantaneidad de los genios

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Leonardo Serrano Zapata. Docente e investigador. Cursa el doctorado en Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional José Faustino Sánchez Carrión, Magíster en Gestión Pública y Gerencia Social y Licenciado en educación especialidad Lengua y Literatura Española por la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo. Segunda especialidad profesional en Investigación y Gestión Educativa por la Universidad Nacional de Tumbes además en Educación Básica Alternativa por la UNE Enrique Guzmán y Valle. Es autor de seis libros, entre ellos Tecnológico para niños del siglo XXI: Vocabulario y Caligrafía (2024).

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La instantaneidad de los genios

Lee la columna de Rodolfo Ybarra

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04/11/2026

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Rodolfo Ybarra Foto: Arthur Rimbaud.

Existe una asombrosa capacidad de crear que se saltea todas las formas lógicas de producir arte o cultura, sin pasar por estudios previos o por procesos de aprendizaje que tardarían meses o años. Este don de producir por “generación espontánea” es una cualidad de muchos genios. Veamos algunos.

Mozart compuso, en 34 años de vida, más de 800 obras. Era tan rápido y acertado que una vez le escribió a su hermana: “Mientras iba anotando el preludio iba componiendo la fuga”.

Arthur Rimbaud escribió prácticamente en la adolescencia “Una temporada en el infierno”, hecho que marcaría a los simbolistas franceses, uno de los cuales, Paul Verlaine, tendría una relación tormentosa con el poeta-niño.

Dostoyevski para cumplir con un contrato y evitar perder los derechos de sus obras ante un editor leonino, dictó la novela “El Jugador” a una joven mecanógrafa (quien luego se convertiría en su esposa) en menos de veintiséis días.

También Anthony Burgess motivado por la necesidad económica tras un diagnóstico médico erróneo que le pronosticaba poco tiempo de vida, escribió “La Naranja Mecánica” en solo tres semanas. Y Stephen King solo tardó siete días en redactar bajo el seudónimo de Richard Bachman, la novela “El Fugitivo”.

Se cuenta que Alejandro Dumas escribió “El caballero de la Maison-Rouge”, una novela histórica, en tan solo tres días. Y Stevenson escribió “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” en 48 horas, sumergido en las drogas.

Dicen que Kafka escribió el primer manuscrito de “El Proceso” en dos meses, lo tiró todo a la basura y reescribió el libro en una sola noche.

Faulkner produjo “Mientras agonizo» en seis semanas, escribiendo de medianoche a las 4 de la mañana mientras trabajaba en una planta de energía. No cambió ni una palabra y está obra está considerada una de las mejores del siglo XX.

Kerouac escribió el primer borrador de “En el camino” en tres semanas. También escribió “Los subterráneos” en tres días. Y Goethe escribió “Werther” en un mes.

Cuando Guayasamin vino al Perú en 1997 pude preguntarle en cuánto tiempo había pintado ese enorme mural de 360 metros cuadrados llamado Imagen de la patria. Y me respondió: en ocho meses.

También es cierto que a Carlos Fuentes le costó 15 años escribir su fabulosa y extensa novela “Terra Nostra”; mientras que García Márquez escribiría “Cien años de soledad” en un año y medio.  

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La broma infinita: La literatura de la amistad

Lee la columna de Juan José Sandoval

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2 días ago

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03/11/2026

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Redacción Lima Gris

Por: Juan José Sandoval

Alguna vez, Bryce dijo que escribía para que sus amigos lo quieran más. Hemos llegado a una degradación tal de la frase que hoy muchos emprendedores de la palabra primero hacen amistad solo para recién ponerse a escribir.


La literatura no se mancha, habría dicho el Diego, si acaso hubiera sido escritor peruano. Habría ganado el Nobel y luego habría entrado en el descenso de la perdición, como tal vez pasó con Mario Vargas Llosa, cuyo discurso al recibir el máximo galardón puso a su esposa —y prima hermana— Patricia en la cúspide de su inspiración: “El Perú es Patricia”.


Pero al tiempo la dejó abandonada y se fue a vivir la vida loca con la ex de Julio Iglesias, en un lío de farándula que tranquilamente pudo haber estado auspiciado por alguna marca de sildenafilo español.


En algún momento de su juventud, Jaime Bayly y Álvaro Vargas Llosa fueron amigos; luego ya no. Entonces el niño terrible escribió que el hijo del Nobel era la muestra científica de que los primos hermanos no se deben aparear, que era probable que tuviera una cola de chancho escondida entre los pantalones, como si fuera una figura demoníaca mitológica del opio.


El escritor Rodolfo Hinostroza escribió un libro que me robaron, Pararrayos de Dios, donde desmitifica la figura del poeta Javier Heraud, recreando un momento en que ambos coincidieron en Cuba, adonde llegaron, un poco ilusos, esperando ser becados para estudiar en la universidad. Pero la realidad fue otra, porque lo primero que les dieron, después de frijoles con arroz, fue un arma de guerra para comenzar a ser adiestrados en el combate.


El primo del churre detalló en su libro que a Heraud le había caído muy bien el uniforme militar, y que se había convertido en un disciplinado revolucionario más por el mal sabor de su infancia escolar que por el amor a la patria y la libertad. Si hubiese ocurrido cincuenta años después, se llamaría bullying, pero en ese entonces las víctimas del acoso no eran reconocidas como tales. Tampoco se autodefinían así; solo les quedaba camuflar esa marginación en la revolución.


A la publicación le cayó harta puya, pero Rodolfo aguantó. El escándalo pasa, la obra queda. El libro estaba bueno y justo contaba de pésima forma esta historia en un bar miraflorino de luz verde, cuando de la mesa del costado me pasaron la voz. Pensé que me iban a mandar a callar, porque cuando malcuento una historia lo hago con voz bastante alta. Pero no, era un grupo de estudiantes medio hippies donde estaba el hijo de Hinostroza. Justo cuando iba a soltar lo que más me gusta —por algo mis amigos me dicen ‘Juan José hablomal’—, le bajé un cambio a mi narración y seguimos brindando.


Antes de que acaben los noventa, en la Casona de San Marcos, se presentó el poemario Vómitos, de Rodolfo Ybarra. Estuve ahí acompañando a Ronieco y su banda Mamitud, continuidad de Actitud Frenética, quienes tocaron ese día. En la mesa resaltaba un negrito con el pelo súper crecido, lentes gruesos y una nube de humo de tabaco que le daba un aura celestial. Era el poeta Enrique Verástegui. No se le entendía muy bien lo que decía, como si balbuceara, pero se le notaba súper extraño e hipnotizante, como si fuera una droga.


Ya descubriendo su poesía, pudimos conocerlo junto con un grupo de amigos de la universidad. Para recibirnos nos exigió cajetillas de cigarrillos, botellas de vino y que le paguemos el almuerzo en un chifa cerca de su casa en La Molina.


Le llevamos todo lo que pidió y la pasamos de puta madre escuchándolo, pero luego, con el pasar de las horas, la conversación se ponía soñolienta y repetitiva. No era él; éramos nosotros, que no sabíamos tomar ni fumar con alguien de esa altura.


Al final de la tarde, el vate sugirió que le dejemos cinco lucas. Yo tenía una moneda falsa que me habían clavado en el micro. Se la pasé, pero mi tío se dio cuenta al toque: ¿crees que soy cojudo? Yo tengo calle.


En las siguientes semanas, Verástegui comenzó a llamar a mi casa. Mi vieja estaba intrigada por aquella voz aletargada, como si hubiera tomado un litro de ayahuasca. El negro me pidió que lo visite, que le lleve cigarrillos, vino y que le invite el almuerzo. Comencé a frecuentarlo por unos años y aprendí a callarme la boca.


Años después, el poeta ya estaba alejado de toda actividad; no podía salir a almorzar porque tenía dificultades para comer. Le pedí que me apoyara con unas líneas de recomendación para mi libro El artista de la familia y que estuviese presente conmigo en la FIL. Aceptó de buena manera, y en la recomendación puso que era un escándalo que mi Barrunto no estuviera considerado en la literatura peruana oficial.


Pero no llegó a estar conmigo en la FIL, y yo tampoco pude llegar a su velorio en la Biblioteca Nacional.

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Choloween: Lima alienada

Lee la columna de Edwin Cavello

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3 días ago

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02/11/2026

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Edwin Cavello Limas Foto: Andina.

El 31 de octubre, Lima se convierte en una sucursal de Estados Unidos. Las calles se llenan de brujas, vampiros, zombis, calabazas y personajes de películas que muchos peruanos conocen mejor que su propia historia. Los niños salen a pedir dulces, los padres compiten por el disfraz más extravagante y las redes sociales se inundan de fotografías de una celebración que hemos adoptado con entusiasmo de colonia cultural. Mientras tanto, la Canción Criolla espera, cada vez más olvidada.

No se trata de prohibir Halloween ni de organizar una cruzada contra las calabazas. Cada quien es libre de disfrazarse hasta de presidente de la República, que bastante terror produce esa posibilidad. El problema es otro: nuestra facilidad para importar costumbres, consumirlas y convertirlas en identidad, mientras relegamos aquello que forma parte de nuestra memoria colectiva.

Halloween tiene raíces antiguas, vinculadas a tradiciones celtas, paganas y cristianas. Su expansión contemporánea, sin embargo, tiene mucho que agradecerle a la poderosa maquinaria del entretenimiento norteamericano. Hollywood, las grandes cadenas comerciales y la publicidad han conseguido que medio planeta compre telarañas artificiales, máscaras y golosinas. Un negocio redondo.

En el Perú, el 31 de octubre también es el Día de la Canción Criolla, instituido en 1944 durante el gobierno de Manuel Prado Ugarteche, por iniciativa del Centro Musical Carlos A. Saco. Una fecha que debería recordarnos la riqueza de nuestra música, la guitarra, el cajón, los valses, las jaranas y la memoria de artistas como Chabuca Granda, Felipe Pinglo y Lucha Reyes.

Pero basta recorrer Lima para comprobar quién ganó la batalla comercial. Hay más calabazas que guitarras, más esqueletos de plástico que cajones y más entusiasmo por pedir dulces que por escuchar un vals. La alienación también tiene marketing y un gran presupuesto.

Después nos preguntamos por qué tenemos una sociedad desconectada de su identidad y políticos que parecen salidos de una película de terror. No olvidemos que estos mismos ciudadanos, convertidos en zombis festivos, mañana llenarán las ánforas electorales.

José María Arguedas decía: «Yo no soy un aculturado». Qué lejos estamos de comprender esa lección. Celebrar lo extranjero no es el pecado; el problema es avergonzarnos de lo propio.

Arguedas se negó a ser un aculturado. Muchos peruanos, en cambio, parecen empeñados en convertirse en una caricatura importada celebrando Choloween. Espero que los disfraces no nos impidan reconocer a los verdaderos monstruos.

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El fuero de la familia: patria potestad, soberanía educativa y la derrota del dogmatismo globalista

Lee la columna de Raúl Allain

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4 días ago

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01/11/2026

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Raúl Allain

Por Raúl Allain

No deja de resultar chocante observar cómo, bajo el pretexto edulcorado del progreso y la modernización pedagógica, se ha perpetrado una de las injerencias más sistemáticas contra la célula fundamental de la sociedad peruana. Durante años, el debate educativo en el Perú dejó de gravitar sobre la excelencia académica, la infraestructura escolar o la urgente alfabetización digital de nuestros estudiantes.

En su lugar, los pasillos del Ministerio de Educación (MINEDU) se convirtieron en el laboratorio predilecto para la experimentación de una burocracia ideologizada que asumió como misión propia la reingeniería moral de nuestras futuras generaciones.

Como sociólogo y analista político, me he detenido con frecuencia a examinar este fenómeno, que va más allá de un simple desencuentro pedagógico. Estamos ante un conflicto sociológico de fondo entre dos concepciones irreconciliables de la sociedad: por un lado, la visión colectivista, que concibe al Estado como el propietario moral de los niños; por el otro, la tradición jurídica y humanista, que reconoce a la familia como el cuerpo intermedio soberano y anterior a la propia estructura estatal.

Cuando la tecnocracia progresista intentó arrogarse el derecho de moldear la conciencia de los hijos a espaldas de sus padres, quebrantó un pacto social tácito que garantizaba la estabilidad y la paz cívica en nuestra patria.

Esta captura institucional no fue un accidente fortuito ni el resultado de una demanda espontánea de la ciudadanía peruana. Respondió, más bien, a una estrategia de penetración cultural minuciosamente financiada desde el exterior y amparada por burocracias multilaterales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la Organización de los Estados Americanos (OEA).

A través de informes técnicos redactados con la ambigüedad deliberada del lenguaje globalista y de convenios condicionados a la recepción de fondos internacionales, se fue introduciendo en el Currículo Nacional el denominado «enfoque de género». La coartada perfecta era la lucha contra la violencia; la realidad objetiva, sin embargo, fue la implantación de un dogma identitario y anticientífico que pretendió desdibujar la naturaleza biológica e imponer una redefinición ideológica de la afectividad y la sexualidad humana.

¿En qué momento consentimos los peruanos que agentes externos y ONG financiadas desde el extranjero dictaran lo que nuestros hijos deben pensar en las aulas? La respuesta se halla en la abdicación histórica de una clase política complaciente que, por temor al estigma de la corrección política o por la comodidad de alinearse con los dictados de las agendas internacionales, le cedió la soberanía educativa al activismo caviar.

Se olvidó así, de un plumazo, lo que consagra con absoluta claridad el artículo 13 de nuestra Constitución Política: el derecho primordial y la responsabilidad inalienable de los padres de familia de educar a sus hijos y de elegir los centros de educación según sus convicciones. También se pisoteó el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que establece con nitidez que los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.

El objetivo profundo de este dogma no era la equidad de oportunidades entre hombres y mujeres, un valor que cualquier sociedad democrática y justa respalda sin ambages. El verdadero propósito del activismo de género fue siempre la disolución de la autoridad familiar.

Al debilitar la patria potestad y sembrar la desconfianza entre padres e hijos, el Estado de sesgo progresista busca eliminar al principal contrapeso moral que impide el control totalitario de la sociedad. Un niño desarraigado de las convicciones morales, éticas y religiosas de su hogar es un ciudadano infinitamente más manipulable por la propaganda estatal y el consumo ideológico del momento.

Afortunadamente, el pueblo peruano posee una reserva moral y un instinto de supervivencia cívica que la intelectualidad de gabinete jamás logró comprender. Frente al avance impúdico de esta agenda en las escuelas públicas y privadas, emergió desde las bases populares, las comunidades eclesiales, las asociaciones de padres de familia y el empresariado independiente un movimiento social sin precedentes en nuestra historia reciente: «Con mis hijos no te metas».

Con marchas multitudinarias en las calles de Lima y en las principales provincias del país, el ciudadano de a pie demostró que la defensa de la familia no es un capricho de élites ni una postura fundamentalista, sino una causa democrática en favor de las libertades civiles y la soberanía nacional.

Ese despertar ciudadano encontró finalmente su canalización legislativa en la promulgación de la Ley N.º 31498, una norma histórica que devolvió a las asociaciones de padres de familia la facultad de vetar y supervisar la elaboración de los materiales escolares antes de su distribución por parte del Estado.

La aprobación de esta ley no solo constituyó un triunfo legal incontestable; representó, sobre todo, una rotunda victoria conceptual de la derecha soberanista sobre el monopolio ideológico del MINEDU. Se demostró que, cuando la sociedad civil se organiza y exige el respeto a sus derechos fundamentales, las burocracias no tienen más remedio que retroceder.

El fracaso de la educación politizada en el Perú salta a la vista al revisar los indicadores reales del aprendizaje. Mientras el aparato del ministerio gastaba sumas millonarias en consultorías sobre lenguaje inclusivo, capacitaciones con sesgo ideológico y material impreso saturado de adoctrinamiento, los niveles de comprensión lectora y razonamiento matemático de nuestros estudiantes se mantenían en niveles alarmantes.

Se descuidó lo esencial por atender lo adjetivo. Se cambió la enseñanza de la historia patria, la literatura clásica y el rigor científico por un tribalismo identitario que fragmenta a los alumnos y los empuja al resentimiento.

Es hora de pasar de la defensa reactiva a una contraofensiva cultural y geopolítica de gran alcance. La derecha en el Perú no debe conformarse con frenar los excesos de la agenda globalista; tiene el deber de liderar una reconstrucción profunda del sistema educativo que sirva de modelo para toda América Latina.

No necesitamos un Estado tutor que imponga dogmas morales, sino un Estado eficiente que garantice una educación de vanguardia, enfocada en el mérito, la excelencia académica y la formación del carácter.

El primer paso de esta transformación consiste en reorientar de manera radical el presupuesto público. Cada sol que hoy se despilfarra en consultorías ideológicas, monitoreos de género y contratos con ONG militantes debe ser transferido a la infraestructura escolar, la conectividad digital en las zonas rurales, el equipamiento de laboratorios de ciencias y la dignificación salarial de los maestros que demuestren verdadera vocación y capacidad pedagógica.

Debemos sustituir el adoctrinamiento por la meritocracia, tanto para los alumnos como para los docentes.

Propongo, en ese sentido, el retorno a un modelo educativo clásico y patriótico. Un modelo que restaure la enseñanza rigurosa de la historia del Perú sin los sesgos de la narrativa caviar, que fomente el orgullo por nuestro legado cultural y que inculque el civismo, el respeto a las instituciones republicanas y el amor a la patria.

Un estudiante que conoce la historia de sus héroes, que domina la matemática, que comprende los principios de la física y que redacta con propiedad es un ciudadano libre, maduro y preparado para competir con éxito en el mercado global.

En el plano geopolítico, el Perú debe asumir un rol de liderazgo soberanista en la región. Ha llegado el momento de plantar cara con firmeza ante la OEA, la CEPAL y las agencias de las Naciones Unidas que pretenden condicionar la ayuda internacional o la cooperación técnica a la aceptación de sus agendas sociales.

Debemos articular un bloque de naciones hispanoamericanas que defienda la soberanía jurídica de los Estados, el fuero de la familia y el respeto a la libertad de conciencia frente al dictado del burocratismo transnacional. La verdadera cooperación internacional se basa en el respeto mutuo entre países soberanos, no en el vasallaje ideológico.

La defensa del derecho preferente de los padres a educar a sus hijos es, en última instancia, la defensa de la libertad misma. Si permitimos que el Estado decida qué deben pensar nuestros hijos sobre la moral, la verdad y la naturaleza humana, habremos entregado el último reducto de la autonomía individual.

Por el contrario, al blindar a la familia frente a la intromisión estatista, garantizamos la existencia de una sociedad libre, plural y resistente ante las tentaciones autoritarias.

El Perú se encuentra ante la oportunidad histórica de dejar atrás la era de la manipulación ideológica y abrazar una era de renacimiento educativo basado en la ciencia, la libertad y los valores tradicionales. La familia peruana ha demostrado su inquebrantable fortaleza al ponerse de pie y decir basta.

Toca ahora a las fuerzas vivas de la nación, desde la tribuna del periodismo independiente, la academia seria y la política patriótica, consolidar esta victoria y construir una educación a la altura de la grandeza de nuestra patria.

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La caja es de todos: dignidad para los maestros, no solo rescates para los empresarios

Lee la columna de Leonardo Serrano Zapata

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5 días ago

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31/10/2026

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Leonardo Serrano Zapata

En pleno FEN 2026-2027 el gobierno ya anunció que el empresariado será rescatado, trabajadores en suspensión perfecta. Así se perfila la lógica de la crisis; sostener a los amigos del poder hasta que pase la tormenta, con bonos temporales para apalancar la coyuntura y evitar la protesta de las familias, pescadores y agricultores.

Mientras tanto, nos dicen que las pensiones de los maestros jubilados son un «costo pasivo» y que la caja fiscal no aguanta. Pero ¿de quién es esa caja? Es nuestra: la llenamos con impuestos y con el esfuerzo de quienes generan la riqueza del país. Entre ellos están los maestros que formaron generaciones enteras y que hoy sobreviven, muchos, con pensiones de entre 200 y 850 soles.

Curioso que la sostenibilidad aparezca solo cuando se trata de ellos. Cuando se habla de rescatar empresas, la caja se vuelve elástica. Ya se pide auxilio ante el Fenómeno de El Niño, y la pregunta es obvia: ¿qué se rescata? Si el Estado salva al empresario que ya acumuló millones, no salva la empresa; salva los millones que guarda y no quiere invertir y menos arriesgar. ¡Qué arriesgue el estado!

Si ellos no arriesgan su propio capital, ¿Por qué habríamos de arriesgar el nuestro, sin garantía de retorno? ¿Cuánto de lo invertido durante la pandemia volvió en bienestar o retorno?

Se critica la protesta en Francia, pero casi nunca la mala gestión del conflicto ni la falta de capacidad técnica de un gobierno al que el asunto le quedó grande. El ciudadano sabe que protestar es cuidar el pacto social: el Estado es más grande que el gobierno, y Estado somos todos.

Aquí, en cambio, se pide silencio. Si un docente protesta, le descuentan. El paro del 29 de octubre de docentes activos, y el del 30 de docentes cesantes y jubilados, demuestra que el magisterio responde. En la pandemia fueron héroes; en 2026, villanos que dejan sin clases a los estudiantes. Y esa narrativa viene del propio gobierno. Lo mínimo que merecen es una vejez digna, y poder reclamarla sin castigo.

Maradona, que nació un 30 de octubre, estuvo junto a los docentes jubilados. No fue casualidad: siempre supo de qué lado de la cancha se juega la dignidad, y nunca fue del lado de quienes ya lo tenían todo. Si hasta él entendió que a un maestro no se le deja solo, ¿cómo toleramos que se le abandone en su vejez?

Cada vez que le damos la espalda a quien nos enseñó a leer, se cae una página del país que alguna vez soñamos escribir, y se apaga, lenta y en silencio, la última luz de la escuela.

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Ecocidio en Lima

Lee la columna de Márlet Ríos

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5 días ago

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31/10/2026

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Redacción Lima Gris

Por Márlet Ríos*

Al parecer ninguna de las sabias autoridades que gobierna se ha enterado de que los bosques urbanos son un pulmón natural imprescindible para todos los habitantes de la capital. La cultura ecológica es un concepto ininteligible para sus rígidos cerebros mercantilistas de corto plazo. Todo funcionario debería saber que la cultura ecológica tiene que ver con los hábitos y las actitudes que exteriorizan las personas con respecto a la conservación medioambiental y los ecosistemas. Esta sensibilidad debe desarrollarse desde la primera infancia.

En la plaza de la Revolución (distrito de Jesús María) se está cometiendo un arboricidio indiscriminado y la causante es la Municipalidad Metropolitana de Lima. Las obras de remodelación están ocasionando graves impactos ambientales, prueba de la improvisación y la falta de compromiso ecológico de la autoridad municipal. ¿El estudio de impacto ambiental habrá sido hecho con inteligencia artificial o por bisoños? En todo caso, es un indicador de cómo se llevan a cabo los proyectos de inversión pública en esta república bananera.

El colectivo Salvemos Campo de Marte viene denunciando el despropósito del Fondo Metropolitano de Inversiones (Invermet), que se refleja en la muerte de más de 60 árboles y la afectación de la fauna del parque. Ciertamente, no hubo de por medio ningún criterio de precaución a cargo de los políticos, aunque esto no nos sorprende. Nos encontramos en el reino de la improvisación y de la pérdida del bien común. El fariseísmo es lo que predomina hoy en día entre las principales autoridades políticas. Políticos poderosos que utilizan sus cargos no para servir a la gente, sino para acrecentar su poder y el de sus amigotes.

Lo preocupante es que el mal ejemplo se disemina por otros distritos de la gran Lima. En Santa Anita, La Molina y Ate también se está cometiendo un arboricidio infame. La degradación del medio ambiente llegará a su culmen cuando el Bosque Urbano Separadora Industrial —el más grande de Lima— sea sacrificado en nombre del “progreso” y la falta de criterio de precaución. Según el Estudio de Impacto Ambiental detallado del proyecto Anillo Vial Periférico de la Ciudad de Lima y el Callao (tramo III) van a ser retirados 4725 árboles y palmeras. La fauna también será muy afectada.

A pesar de este escenario adverso, los vecinos no se están quedando con los brazos cruzados. El Comité de Defensa del Arbolado de Separadora Industrial (Codeasi), la Asociación por la Defensa Social, Ambiental y Desarrollo de San Juan de Lurigancho y el Bosque Urbano de Separadora Industrial (Adesasi), entre otros, son los colectivos que están alzando la voz en defensa de la vida y del medio ambiente. Es imperativo visibilizar su lucha, pues compete a todos.

A partir de la Cumbre de Río, las Naciones Unidas (1993) expusieron lo siguiente sobre el medio ambiente (principio 15): “Cuando haya peligro de daño grave o irreversible, la falta de certeza científica absoluta no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces en función de los costos para impedir la degradación del medio ambiente”.

De este modo, la degradación ambiental en marcha es producto de la falta de cultura ecológica y la visión de corto plazo, ausente de sostenibilidad, de los políticos de turno. Dicho de otro modo, hoy en día los que gobiernan son ecocidas e insensibles, disfrazados de servidores públicos.

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*Escritor, investigador social UNMSM

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Opinión

Keiko hace turismo y juega a Bukele mientras el Perú se desangra

Dos megacárceles no bastan para detener el crimen. la presidenta Keiko Fujimori viajó a El Salvador junto a Astudillo y Espá para anunciar penales de máxima seguridad, mientras los peruanos son asesinados a diario por el avance de las extorsiones y las instituciones siguen corroídas por la corrupción y la complicidad.

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6 días ago

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30/10/2026

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Luis Felipe Alpaca

No se trata de ser pinchaglobos ni aguafiestas. Todos queremos que al gobierno de Keiko Fujimori le vaya bien, porque si el régimen tiene éxito, el país y sus ciudadanos se beneficiarán. Pero una cosa es desear que las cosas salgan bien y otra tragarse sin masticar, el humo que desde Palacio pretenden vendernos. Ya antes vimos esa película con Humala, PPK, Vizcarra, Sagasti, Castillo, Dina —la peor de todas— e incluso los «eléctricos» Jerí y Balcázar que llegaron con promesas y poses salvadoras. El país mientras tanto, siguió esperando resultados que nunca llegaron.

Ahora le toca el turno a la presidenta Keiko Fujimori que se mandó a mudar a El Salvador con su comitiva, dizque para recoger ideas y emular el Plan Bukele en el Perú. Ella deja el país mientras las emergencias no dan tregua y los asesinatos continúan a diario, especialmente en la capital. No es momento para una gira de fotografías, porque la obligación presidencial es atender lo que ocurre en casa, y no buscar escenografías en el extranjero.

Desde El Salvador anunció que en el Perú se construirán dos nuevos penales de máxima seguridad para albergar a delincuentes de alta peligrosidad. ¿Necesitamos más penales? Por supuesto. Especialistas advierten desde hace décadas que nuestras cárceles están hacinadas y miles de internos siguen sin sentencia. Pero reconocer el problema no convierte un anuncio en política penitenciaria moderna. En poco menos de tres meses de mandato, el Ejecutivo no ha mostrado una estrategia concreta contra la criminalidad, pero sí parece saber cómo conseguir titulares y reflectores para simular que el trabajo gubernamental está en marcha.

El modelo de Nayib Bukele se aplicó en un país más pequeño y estuvo acompañado por un paquete de reformas legislativas que permitió, entre otras medidas, que las fuerzas del orden realizaran redadas con nuevas facultades, a diferencia de nuestra realidad demográfica, geográfica e institucional que es muy distinta. Aquí no basta con importar la fotografía del CECOT, bautizando uno o dos establecimientos como megacárceles y creer que el crimen se detendrá. En Perú la seguridad no se resuelve con cemento, barrotes y una conferencia de prensa.

¿Quién administra los penales en Perú? El INPE ¿Acaso olvidamos que aquí las cárceles de máxima seguridad se han convertido en coladeras y resorts de lujo para los taitas de organizaciones criminales? Desde sus celdas, los reclusos disponen de «centrales telefónicas» para extorsionar y no pasa nada. Si el Estado no controla sus cárceles actuales, ¿cómo promete que dos nuevas instalaciones de cemento cambiarán el panorama? Sin reformar el INPE, solo se levantarán paredes para que el problema encuentre otra dirección.

No puedes ponerte el calzoncillo después de haberte puesto el pantalón. Primero se ordena la casa; y después se amplía. Pero aquí se pretende hacer al revés; sacar pecho con megacárceles para taparle la boca a la opinión pública, mientras sigue ausente un plan metodológico y articulado contra las organizaciones criminales.

Lo primero que debería presentar el gobierno naranja —más allá de las benditas facultades— es un proyecto general de reformas constitucionales estructurales para reestructurar el Poder Judicial, el Ministerio Público, la Policía Nacional y, sobre todo, el INPE. Hay que identificar y extirpar a los malos elementos que se coluden con el crimen, fumigar las instituciones e imponer contravigilancias y sanciones. Con una corrupción institucional endémica que corroe al país, pretender ganarle la guerra al crimen organizado sin reformar las estructuras que lo protegen es vender una fantasía.

El propio Bukele dijo en una conferencia anterior: «Gobierno que no ataca al crimen es porque es cómplice de él». Más claro, ni el agua. Pero aquí nadie parece dispuesto a ganarse el pleito. Los políticos prefieren sus guerritas internas, como ocurre hoy en el Parlamento, donde juegan al experimento de la bicameralidad y desconocen groseramente la hermenéutica parlamentaria. Mientras tanto, la calle pone los muertos todos los días y los ciudadanos pagan cupos para poder trabajar.

Tampoco ayuda que algunos sectores progresistas concentren su defensa en los derechos humanos de los delincuentes y cuestionen cualquier política de mano dura. Esa modalidad tiene antecedentes desde el inicio del gobierno de Paniagua y luego de Alejandro Toledo, cuando se patrocinó la defensa de sentenciados terroristas; por ello, se cuestiona el papel de algunas ONG y los millonarios financiamientos que reciben. Defender derechos humanos no puede significar impunidad.

Mientras tanto, las instituciones y sus autoridades actúan como adversarias porque trabajan sin sinergia ni coordinación y se enfrentan para defender intereses particulares o de la tienda partidaria; no por ideología, sino por conservar el poder. De todas maneras, ellos desde sus cargos ganan siempre porque cobran jugosos sueldos y disfrutan de grandes gollerías. La extorsión que sufre la población no parece importarles porque ellos y sus familias tienen protección personal, tranquera y patrullero en sus calles. Así cualquiera. Mientras el Estado se mira el ombligo, los criminales avanzan con una sensación de impunidad intolerable.

Por eso, señora Keiko Fujimori, haga menos turismo político y más gobierno. Regrese de una vez al país junto a sus ministros ayayeros, Astudillo y Espá, y explique qué hará, con qué instituciones, recursos, plazos y controles contará. Justifique su sueldo y la elección obtenida por mandato popular. No necesitamos otra promesa junto a una fotografía del CECOT; necesitamos un Estado que tome las calles, controle sus cárceles, limpie sus instituciones y proteja a la población. Dos penales podrían ser necesarios; pero lo que no puede seguir preso es el verdadero sentido común.

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Opinión

Europa, un bello museo viejo

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Published

6 días ago

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30/10/2026

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Redacción Lima Gris


Por Tino Santander Joo


Hace varias décadas que Europa dejó de ser el centro del mundo. Ahora es un bello museo viejo, caro, lleno de huecos y con techos que se caen a pedazos. Tiene como curador a los norteamericanos, a quienes no les interesa su decadencia económica, social ni política; al contrario, se sienten felices de verla tan depresiva e iracunda. Su irrelevancia es un buen negocio para ellos: les señalan con quién comerciar, qué comprar y con quién deben ir a la guerra.

La clase política europea saboteó su propia industria al aceptar la destrucción del gasoducto Nord Stream, que proveía de gas barato ruso para su industrialización. Estados Unidos los obligó a comprar su gas (más caro) y a aumentar el gasto militar para que la industria armamentista norteamericana siga enriqueciéndose con la guerra de Ucrania o con el fantasma ruso. No importan la salud, la educación ni la infraestructura; para los gobiernos europeos solo cuentan los negocios de armas que enriquecen a los norteamericanos.

Para la ultraderecha europea, la crisis de la vivienda, la educación y todos los problemas sociales son culpa de los migrantes. Parece escucharse a los voceros del nazismo echándoles la culpa de todos los males de Alemania a los judíos. En el relato de la ultraderecha, los migrantes no tienen alma: todos son ladrones, musulmanes, indios o hispanos que les quitan el trabajo a los españoles. Es como ver el debate entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas: Sepúlveda señalaba que los naturales de América no tenían alma, eran inferiores culturalmente y estaban destinados a la servidumbre, legitimando la brutal conquista y evangelización; mientras que Bartolomé de las Casas sostenía que los nativos eran hombres y que la cristianización debía ser pacífica.

Lo cierto es que Europa tiene una tasa de natalidad de 1,5 hijos por mujer, lo que hace insostenible el Estado de bienestar. Este nació en la Alemania de Bismarck y en el Imperio austrohúngaro con el objetivo político de frenar al movimiento obrero y al socialismo; después, las burguesías europeas lo expandieron por todo el continente, muertas de miedo a que la revolución bolchevique se extendiera tras la Segunda Guerra Mundial. La cobardía europea ante la migración condena al viejo continente al envejecimiento y a la pérdida de soberanía que han depositado en Estados Unidos.

La ultraderecha sostiene que la crisis de identidad tiene una influencia musulmana o racial (de los africanos). Es decir, ignora la plataforma de los chalecos amarillos, de los trabajadores ingleses, de los jóvenes belgas, españoles y alemanes que luchan por vivienda, educación y contra los intereses norteamericanos. El capital inmobiliario del entorno de Trump quiere convertir Albania en un resort para los ricos, expoliando las tierras de los albaneses. La ultraderecha busca chivos expiatorios en los más débiles (los migrantes) y en causas religiosas que afectan la identidad occidental, pero no señala al neoliberalismo.

Un historiador inglés me dijo: «Los ingleses viven de la añoranza imperial y han perdido la voluntad de construir una sociedad fuerte y democrática». Las calles de Londres muestran una crisis de hambre en los servicios básicos carísimos y en la privatización de todas las esferas de la vida. El Brexit no fue solo el resultado del neoliberalismo de Thatcher, sino de una alianza entre el centro financiero de Londres (que buscaba escapar de la regulación europea) y los sectores populares, golpeados por la desindustrialización y el miedo a los migrantes de Europa del Este. Los primeros financiaban la campaña para proteger sus intereses; los segundos votaron por anomia social, creyendo que recuperaban el control de un país que ya no les pertenecía.

Lo real es que Europa parece desmoronarse. Los movimientos sociales anticapitalistas están decididos a cambiar el rumbo europeo, y la ultraderecha, asociada a Trump y a los grandes capitales, dará un combate sin tregua. El mundo es testigo del inicio del fin del neoliberalismo. Estas son las lecciones para Hispanoamérica: un frente amplio como el español, una plataforma democrática que exprese la diversidad de reivindicaciones, un rumbo claro y, sobre todo, evitar el infantilismo que ayuda a los poderosos grupos de poder económico. La victoria de Lula renueva la fe de todos los movimientos sociales y de los partidos socialdemócratas y de izquierda.

Nuestra izquierda no puede quedarse en el diagnóstico: tiene que convertirse en una opción sería de poder y desterrar el espíritu tribal, el dogmatismo ideológico y el puritanismo religioso. Sin sectarismo y siendo útil al pueblo, podrá ser una alternativa popular. El voluntarismo revolucionario no crea riqueza ni invierte, como en Venezuela, que sobrevive vendiendo su petróleo y termina sometiéndose a los intereses imperiales de Norteamérica; la lección que debemos aprender: no basta la unidad, sino que hay que producir riqueza, industrializar el país y gestionar bien. El enemigo no solo es la ultraderecha: también lo es la clase política europea cómplice, que se enriquece con el capitalismo contemporáneo y con la protección militar estadounidense. Por eso, las izquierdas deben encarnar el verso que nos convoca: nos llamamos pueblo, pero no nos hablamos; nos llamamos izquierda, pero no nos escuchamos.

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