Opinión
El fuero de la familia: patria potestad, soberanía educativa y la derrota del dogmatismo globalistaLee la columna de Raúl Allain
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12 segundos agoon
01/11/2026By
Raúl Allain
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Por Raúl Allain
No deja de resultar chocante observar cómo, bajo el pretexto edulcorado del progreso y la modernización pedagógica, se ha perpetrado una de las injerencias más sistemáticas contra la célula fundamental de la sociedad peruana. Durante años, el debate educativo en el Perú dejó de gravitar sobre la excelencia académica, la infraestructura escolar o la urgente alfabetización digital de nuestros estudiantes.
En su lugar, los pasillos del Ministerio de Educación (MINEDU) se convirtieron en el laboratorio predilecto para la experimentación de una burocracia ideologizada que asumió como misión propia la reingeniería moral de nuestras futuras generaciones.
Como sociólogo y analista político, me he detenido con frecuencia a examinar este fenómeno, que va más allá de un simple desencuentro pedagógico. Estamos ante un conflicto sociológico de fondo entre dos concepciones irreconciliables de la sociedad: por un lado, la visión colectivista, que concibe al Estado como el propietario moral de los niños; por el otro, la tradición jurídica y humanista, que reconoce a la familia como el cuerpo intermedio soberano y anterior a la propia estructura estatal.
Cuando la tecnocracia progresista intentó arrogarse el derecho de moldear la conciencia de los hijos a espaldas de sus padres, quebrantó un pacto social tácito que garantizaba la estabilidad y la paz cívica en nuestra patria.
Esta captura institucional no fue un accidente fortuito ni el resultado de una demanda espontánea de la ciudadanía peruana. Respondió, más bien, a una estrategia de penetración cultural minuciosamente financiada desde el exterior y amparada por burocracias multilaterales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la Organización de los Estados Americanos (OEA).
A través de informes técnicos redactados con la ambigüedad deliberada del lenguaje globalista y de convenios condicionados a la recepción de fondos internacionales, se fue introduciendo en el Currículo Nacional el denominado «enfoque de género». La coartada perfecta era la lucha contra la violencia; la realidad objetiva, sin embargo, fue la implantación de un dogma identitario y anticientífico que pretendió desdibujar la naturaleza biológica e imponer una redefinición ideológica de la afectividad y la sexualidad humana.
¿En qué momento consentimos los peruanos que agentes externos y ONG financiadas desde el extranjero dictaran lo que nuestros hijos deben pensar en las aulas? La respuesta se halla en la abdicación histórica de una clase política complaciente que, por temor al estigma de la corrección política o por la comodidad de alinearse con los dictados de las agendas internacionales, le cedió la soberanía educativa al activismo caviar.
Se olvidó así, de un plumazo, lo que consagra con absoluta claridad el artículo 13 de nuestra Constitución Política: el derecho primordial y la responsabilidad inalienable de los padres de familia de educar a sus hijos y de elegir los centros de educación según sus convicciones. También se pisoteó el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que establece con nitidez que los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.
El objetivo profundo de este dogma no era la equidad de oportunidades entre hombres y mujeres, un valor que cualquier sociedad democrática y justa respalda sin ambages. El verdadero propósito del activismo de género fue siempre la disolución de la autoridad familiar.
Al debilitar la patria potestad y sembrar la desconfianza entre padres e hijos, el Estado de sesgo progresista busca eliminar al principal contrapeso moral que impide el control totalitario de la sociedad. Un niño desarraigado de las convicciones morales, éticas y religiosas de su hogar es un ciudadano infinitamente más manipulable por la propaganda estatal y el consumo ideológico del momento.
Afortunadamente, el pueblo peruano posee una reserva moral y un instinto de supervivencia cívica que la intelectualidad de gabinete jamás logró comprender. Frente al avance impúdico de esta agenda en las escuelas públicas y privadas, emergió desde las bases populares, las comunidades eclesiales, las asociaciones de padres de familia y el empresariado independiente un movimiento social sin precedentes en nuestra historia reciente: «Con mis hijos no te metas».
Con marchas multitudinarias en las calles de Lima y en las principales provincias del país, el ciudadano de a pie demostró que la defensa de la familia no es un capricho de élites ni una postura fundamentalista, sino una causa democrática en favor de las libertades civiles y la soberanía nacional.
Ese despertar ciudadano encontró finalmente su canalización legislativa en la promulgación de la Ley N.º 31498, una norma histórica que devolvió a las asociaciones de padres de familia la facultad de vetar y supervisar la elaboración de los materiales escolares antes de su distribución por parte del Estado.
La aprobación de esta ley no solo constituyó un triunfo legal incontestable; representó, sobre todo, una rotunda victoria conceptual de la derecha soberanista sobre el monopolio ideológico del MINEDU. Se demostró que, cuando la sociedad civil se organiza y exige el respeto a sus derechos fundamentales, las burocracias no tienen más remedio que retroceder.
El fracaso de la educación politizada en el Perú salta a la vista al revisar los indicadores reales del aprendizaje. Mientras el aparato del ministerio gastaba sumas millonarias en consultorías sobre lenguaje inclusivo, capacitaciones con sesgo ideológico y material impreso saturado de adoctrinamiento, los niveles de comprensión lectora y razonamiento matemático de nuestros estudiantes se mantenían en niveles alarmantes.
Se descuidó lo esencial por atender lo adjetivo. Se cambió la enseñanza de la historia patria, la literatura clásica y el rigor científico por un tribalismo identitario que fragmenta a los alumnos y los empuja al resentimiento.
Es hora de pasar de la defensa reactiva a una contraofensiva cultural y geopolítica de gran alcance. La derecha en el Perú no debe conformarse con frenar los excesos de la agenda globalista; tiene el deber de liderar una reconstrucción profunda del sistema educativo que sirva de modelo para toda América Latina.
No necesitamos un Estado tutor que imponga dogmas morales, sino un Estado eficiente que garantice una educación de vanguardia, enfocada en el mérito, la excelencia académica y la formación del carácter.
El primer paso de esta transformación consiste en reorientar de manera radical el presupuesto público. Cada sol que hoy se despilfarra en consultorías ideológicas, monitoreos de género y contratos con ONG militantes debe ser transferido a la infraestructura escolar, la conectividad digital en las zonas rurales, el equipamiento de laboratorios de ciencias y la dignificación salarial de los maestros que demuestren verdadera vocación y capacidad pedagógica.
Debemos sustituir el adoctrinamiento por la meritocracia, tanto para los alumnos como para los docentes.
Propongo, en ese sentido, el retorno a un modelo educativo clásico y patriótico. Un modelo que restaure la enseñanza rigurosa de la historia del Perú sin los sesgos de la narrativa caviar, que fomente el orgullo por nuestro legado cultural y que inculque el civismo, el respeto a las instituciones republicanas y el amor a la patria.
Un estudiante que conoce la historia de sus héroes, que domina la matemática, que comprende los principios de la física y que redacta con propiedad es un ciudadano libre, maduro y preparado para competir con éxito en el mercado global.
En el plano geopolítico, el Perú debe asumir un rol de liderazgo soberanista en la región. Ha llegado el momento de plantar cara con firmeza ante la OEA, la CEPAL y las agencias de las Naciones Unidas que pretenden condicionar la ayuda internacional o la cooperación técnica a la aceptación de sus agendas sociales.
Debemos articular un bloque de naciones hispanoamericanas que defienda la soberanía jurídica de los Estados, el fuero de la familia y el respeto a la libertad de conciencia frente al dictado del burocratismo transnacional. La verdadera cooperación internacional se basa en el respeto mutuo entre países soberanos, no en el vasallaje ideológico.
La defensa del derecho preferente de los padres a educar a sus hijos es, en última instancia, la defensa de la libertad misma. Si permitimos que el Estado decida qué deben pensar nuestros hijos sobre la moral, la verdad y la naturaleza humana, habremos entregado el último reducto de la autonomía individual.
Por el contrario, al blindar a la familia frente a la intromisión estatista, garantizamos la existencia de una sociedad libre, plural y resistente ante las tentaciones autoritarias.
El Perú se encuentra ante la oportunidad histórica de dejar atrás la era de la manipulación ideológica y abrazar una era de renacimiento educativo basado en la ciencia, la libertad y los valores tradicionales. La familia peruana ha demostrado su inquebrantable fortaleza al ponerse de pie y decir basta.
Toca ahora a las fuerzas vivas de la nación, desde la tribuna del periodismo independiente, la academia seria y la política patriótica, consolidar esta victoria y construir una educación a la altura de la grandeza de nuestra patria.
Comentarios Related Topics:dogmatismo glabalistael fuero de la familia Don't MissLa caja es de todos: dignidad para los maestros, no solo rescates para los empresarios
Raúl Allain
Raúl Allain. Escritor, poeta, editor y sociólogo peruano (Lima, 1989). Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha sido incluido en antologías como Antología de poetas críticos (Cisnegro, México DF, 2019), Antología décimo aniversario de Lord Byron Ediciones (Liber Factory - Lord Byron Ediciones, Madrid, 2013), Veinte poetas: muestra de poesía contemporánea (I.F.D. Editor; Lima, 2010), Poesía y narrativa hispanoamericana actual (Visión Libros - Lord Byron Ediciones, Madrid, 2010), Abofeteando a un cadáver (Bizarro Ediciones - Centro Cultural de España, 2007), entre otras. Sus textos aparecen en diversos medios literarios tanto nacionales como internacionales. Actualmente preside el Instituto Peruano de la Juventud (IPJ) y dirige el sello independiente Río Negro. Ha publicado Poéticas, Poiesis hispanoamericana: selección de poesía contemporánea, Eros & Tánatos: poesía y arte contemporáneos, entre otras antologías, ¡Yo no hice nada!: Sobre la idiosincrasia peruana, ¡Palaciego In Memoriam!: Selección de textos de Humberto Pinedo, así como el ensayo La cientificidad del consciente (Editorial Emooby, 2011). Premio Mundial a la Excelencia Cultural y Premio Mundial el Águila Internacional a la Excelencia Sociológica de la Unión Hispanomundial de Escritores (UHE).
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Opinión
La caja es de todos: dignidad para los maestros, no solo rescates para los empresariosLee la columna de Leonardo Serrano Zapata
Published
20 horas agoon
31/10/2026By
Leonardo Serrano Zapata
En pleno FEN 2026-2027 el gobierno ya anunció que el empresariado será rescatado, trabajadores en suspensión perfecta. Así se perfila la lógica de la crisis; sostener a los amigos del poder hasta que pase la tormenta, con bonos temporales para apalancar la coyuntura y evitar la protesta de las familias, pescadores y agricultores.
Mientras tanto, nos dicen que las pensiones de los maestros jubilados son un «costo pasivo» y que la caja fiscal no aguanta. Pero ¿de quién es esa caja? Es nuestra: la llenamos con impuestos y con el esfuerzo de quienes generan la riqueza del país. Entre ellos están los maestros que formaron generaciones enteras y que hoy sobreviven, muchos, con pensiones de entre 200 y 850 soles.
Curioso que la sostenibilidad aparezca solo cuando se trata de ellos. Cuando se habla de rescatar empresas, la caja se vuelve elástica. Ya se pide auxilio ante el Fenómeno de El Niño, y la pregunta es obvia: ¿qué se rescata? Si el Estado salva al empresario que ya acumuló millones, no salva la empresa; salva los millones que guarda y no quiere invertir y menos arriesgar. ¡Qué arriesgue el estado!
Si ellos no arriesgan su propio capital, ¿Por qué habríamos de arriesgar el nuestro, sin garantía de retorno? ¿Cuánto de lo invertido durante la pandemia volvió en bienestar o retorno?
Se critica la protesta en Francia, pero casi nunca la mala gestión del conflicto ni la falta de capacidad técnica de un gobierno al que el asunto le quedó grande. El ciudadano sabe que protestar es cuidar el pacto social: el Estado es más grande que el gobierno, y Estado somos todos.
Aquí, en cambio, se pide silencio. Si un docente protesta, le descuentan. El paro del 29 de octubre de docentes activos, y el del 30 de docentes cesantes y jubilados, demuestra que el magisterio responde. En la pandemia fueron héroes; en 2026, villanos que dejan sin clases a los estudiantes. Y esa narrativa viene del propio gobierno. Lo mínimo que merecen es una vejez digna, y poder reclamarla sin castigo.
Maradona, que nació un 30 de octubre, estuvo junto a los docentes jubilados. No fue casualidad: siempre supo de qué lado de la cancha se juega la dignidad, y nunca fue del lado de quienes ya lo tenían todo. Si hasta él entendió que a un maestro no se le deja solo, ¿cómo toleramos que se le abandone en su vejez?
Cada vez que le damos la espalda a quien nos enseñó a leer, se cae una página del país que alguna vez soñamos escribir, y se apaga, lenta y en silencio, la última luz de la escuela.
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Ecocidio en LimaLee la columna de Márlet Ríos
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21 horas agoon
31/10/2026By
Redacción Lima Gris
Por Márlet Ríos*
Al parecer ninguna de las sabias autoridades que gobierna se ha enterado de que los bosques urbanos son un pulmón natural imprescindible para todos los habitantes de la capital. La cultura ecológica es un concepto ininteligible para sus rígidos cerebros mercantilistas de corto plazo. Todo funcionario debería saber que la cultura ecológica tiene que ver con los hábitos y las actitudes que exteriorizan las personas con respecto a la conservación medioambiental y los ecosistemas. Esta sensibilidad debe desarrollarse desde la primera infancia.
En la plaza de la Revolución (distrito de Jesús María) se está cometiendo un arboricidio indiscriminado y la causante es la Municipalidad Metropolitana de Lima. Las obras de remodelación están ocasionando graves impactos ambientales, prueba de la improvisación y la falta de compromiso ecológico de la autoridad municipal. ¿El estudio de impacto ambiental habrá sido hecho con inteligencia artificial o por bisoños? En todo caso, es un indicador de cómo se llevan a cabo los proyectos de inversión pública en esta república bananera.
El colectivo Salvemos Campo de Marte viene denunciando el despropósito del Fondo Metropolitano de Inversiones (Invermet), que se refleja en la muerte de más de 60 árboles y la afectación de la fauna del parque. Ciertamente, no hubo de por medio ningún criterio de precaución a cargo de los políticos, aunque esto no nos sorprende. Nos encontramos en el reino de la improvisación y de la pérdida del bien común. El fariseísmo es lo que predomina hoy en día entre las principales autoridades políticas. Políticos poderosos que utilizan sus cargos no para servir a la gente, sino para acrecentar su poder y el de sus amigotes.
Lo preocupante es que el mal ejemplo se disemina por otros distritos de la gran Lima. En Santa Anita, La Molina y Ate también se está cometiendo un arboricidio infame. La degradación del medio ambiente llegará a su culmen cuando el Bosque Urbano Separadora Industrial —el más grande de Lima— sea sacrificado en nombre del “progreso” y la falta de criterio de precaución. Según el Estudio de Impacto Ambiental detallado del proyecto Anillo Vial Periférico de la Ciudad de Lima y el Callao (tramo III) van a ser retirados 4725 árboles y palmeras. La fauna también será muy afectada.
A pesar de este escenario adverso, los vecinos no se están quedando con los brazos cruzados. El Comité de Defensa del Arbolado de Separadora Industrial (Codeasi), la Asociación por la Defensa Social, Ambiental y Desarrollo de San Juan de Lurigancho y el Bosque Urbano de Separadora Industrial (Adesasi), entre otros, son los colectivos que están alzando la voz en defensa de la vida y del medio ambiente. Es imperativo visibilizar su lucha, pues compete a todos.
A partir de la Cumbre de Río, las Naciones Unidas (1993) expusieron lo siguiente sobre el medio ambiente (principio 15): “Cuando haya peligro de daño grave o irreversible, la falta de certeza científica absoluta no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces en función de los costos para impedir la degradación del medio ambiente”.
De este modo, la degradación ambiental en marcha es producto de la falta de cultura ecológica y la visión de corto plazo, ausente de sostenibilidad, de los políticos de turno. Dicho de otro modo, hoy en día los que gobiernan son ecocidas e insensibles, disfrazados de servidores públicos.
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*Escritor, investigador social UNMSM
Opinión
Keiko hace turismo y juega a Bukele mientras el Perú se desangraDos megacárceles no bastan para detener el crimen. la presidenta Keiko Fujimori viajó a El Salvador junto a Astudillo y Espá para anunciar penales de máxima seguridad, mientras los peruanos son asesinados a diario por el avance de las extorsiones y las instituciones siguen corroídas por la corrupción y la complicidad.
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2 días agoon
30/10/2026By
Luis Felipe Alpaca
No se trata de ser pinchaglobos ni aguafiestas. Todos queremos que al gobierno de Keiko Fujimori le vaya bien, porque si el régimen tiene éxito, el país y sus ciudadanos se beneficiarán. Pero una cosa es desear que las cosas salgan bien y otra tragarse sin masticar, el humo que desde Palacio pretenden vendernos. Ya antes vimos esa película con Humala, PPK, Vizcarra, Sagasti, Castillo, Dina —la peor de todas— e incluso los «eléctricos» Jerí y Balcázar que llegaron con promesas y poses salvadoras. El país mientras tanto, siguió esperando resultados que nunca llegaron.
Ahora le toca el turno a la presidenta Keiko Fujimori que se mandó a mudar a El Salvador con su comitiva, dizque para recoger ideas y emular el Plan Bukele en el Perú. Ella deja el país mientras las emergencias no dan tregua y los asesinatos continúan a diario, especialmente en la capital. No es momento para una gira de fotografías, porque la obligación presidencial es atender lo que ocurre en casa, y no buscar escenografías en el extranjero.
Desde El Salvador anunció que en el Perú se construirán dos nuevos penales de máxima seguridad para albergar a delincuentes de alta peligrosidad. ¿Necesitamos más penales? Por supuesto. Especialistas advierten desde hace décadas que nuestras cárceles están hacinadas y miles de internos siguen sin sentencia. Pero reconocer el problema no convierte un anuncio en política penitenciaria moderna. En poco menos de tres meses de mandato, el Ejecutivo no ha mostrado una estrategia concreta contra la criminalidad, pero sí parece saber cómo conseguir titulares y reflectores para simular que el trabajo gubernamental está en marcha.
El modelo de Nayib Bukele se aplicó en un país más pequeño y estuvo acompañado por un paquete de reformas legislativas que permitió, entre otras medidas, que las fuerzas del orden realizaran redadas con nuevas facultades, a diferencia de nuestra realidad demográfica, geográfica e institucional que es muy distinta. Aquí no basta con importar la fotografía del CECOT, bautizando uno o dos establecimientos como megacárceles y creer que el crimen se detendrá. En Perú la seguridad no se resuelve con cemento, barrotes y una conferencia de prensa.
¿Quién administra los penales en Perú? El INPE ¿Acaso olvidamos que aquí las cárceles de máxima seguridad se han convertido en coladeras y resorts de lujo para los taitas de organizaciones criminales? Desde sus celdas, los reclusos disponen de «centrales telefónicas» para extorsionar y no pasa nada. Si el Estado no controla sus cárceles actuales, ¿cómo promete que dos nuevas instalaciones de cemento cambiarán el panorama? Sin reformar el INPE, solo se levantarán paredes para que el problema encuentre otra dirección.
No puedes ponerte el calzoncillo después de haberte puesto el pantalón. Primero se ordena la casa; y después se amplía. Pero aquí se pretende hacer al revés; sacar pecho con megacárceles para taparle la boca a la opinión pública, mientras sigue ausente un plan metodológico y articulado contra las organizaciones criminales.
Lo primero que debería presentar el gobierno naranja —más allá de las benditas facultades— es un proyecto general de reformas constitucionales estructurales para reestructurar el Poder Judicial, el Ministerio Público, la Policía Nacional y, sobre todo, el INPE. Hay que identificar y extirpar a los malos elementos que se coluden con el crimen, fumigar las instituciones e imponer contravigilancias y sanciones. Con una corrupción institucional endémica que corroe al país, pretender ganarle la guerra al crimen organizado sin reformar las estructuras que lo protegen es vender una fantasía.
El propio Bukele dijo en una conferencia anterior: «Gobierno que no ataca al crimen es porque es cómplice de él». Más claro, ni el agua. Pero aquí nadie parece dispuesto a ganarse el pleito. Los políticos prefieren sus guerritas internas, como ocurre hoy en el Parlamento, donde juegan al experimento de la bicameralidad y desconocen groseramente la hermenéutica parlamentaria. Mientras tanto, la calle pone los muertos todos los días y los ciudadanos pagan cupos para poder trabajar.
Tampoco ayuda que algunos sectores progresistas concentren su defensa en los derechos humanos de los delincuentes y cuestionen cualquier política de mano dura. Esa modalidad tiene antecedentes desde el inicio del gobierno de Paniagua y luego de Alejandro Toledo, cuando se patrocinó la defensa de sentenciados terroristas; por ello, se cuestiona el papel de algunas ONG y los millonarios financiamientos que reciben. Defender derechos humanos no puede significar impunidad.
Mientras tanto, las instituciones y sus autoridades actúan como adversarias porque trabajan sin sinergia ni coordinación y se enfrentan para defender intereses particulares o de la tienda partidaria; no por ideología, sino por conservar el poder. De todas maneras, ellos desde sus cargos ganan siempre porque cobran jugosos sueldos y disfrutan de grandes gollerías. La extorsión que sufre la población no parece importarles porque ellos y sus familias tienen protección personal, tranquera y patrullero en sus calles. Así cualquiera. Mientras el Estado se mira el ombligo, los criminales avanzan con una sensación de impunidad intolerable.
Por eso, señora Keiko Fujimori, haga menos turismo político y más gobierno. Regrese de una vez al país junto a sus ministros ayayeros, Astudillo y Espá, y explique qué hará, con qué instituciones, recursos, plazos y controles contará. Justifique su sueldo y la elección obtenida por mandato popular. No necesitamos otra promesa junto a una fotografía del CECOT; necesitamos un Estado que tome las calles, controle sus cárceles, limpie sus instituciones y proteja a la población. Dos penales podrían ser necesarios; pero lo que no puede seguir preso es el verdadero sentido común.
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Europa, un bello museo viejoLee la columna de Tino Santander
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2 días agoon
30/10/2026By
Redacción Lima Gris
Por Tino Santander Joo
Hace varias décadas que Europa dejó de ser el centro del mundo. Ahora es un bello museo viejo, caro, lleno de huecos y con techos que se caen a pedazos. Tiene como curador a los norteamericanos, a quienes no les interesa su decadencia económica, social ni política; al contrario, se sienten felices de verla tan depresiva e iracunda. Su irrelevancia es un buen negocio para ellos: les señalan con quién comerciar, qué comprar y con quién deben ir a la guerra.
La clase política europea saboteó su propia industria al aceptar la destrucción del gasoducto Nord Stream, que proveía de gas barato ruso para su industrialización. Estados Unidos los obligó a comprar su gas (más caro) y a aumentar el gasto militar para que la industria armamentista norteamericana siga enriqueciéndose con la guerra de Ucrania o con el fantasma ruso. No importan la salud, la educación ni la infraestructura; para los gobiernos europeos solo cuentan los negocios de armas que enriquecen a los norteamericanos.
Para la ultraderecha europea, la crisis de la vivienda, la educación y todos los problemas sociales son culpa de los migrantes. Parece escucharse a los voceros del nazismo echándoles la culpa de todos los males de Alemania a los judíos. En el relato de la ultraderecha, los migrantes no tienen alma: todos son ladrones, musulmanes, indios o hispanos que les quitan el trabajo a los españoles. Es como ver el debate entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas: Sepúlveda señalaba que los naturales de América no tenían alma, eran inferiores culturalmente y estaban destinados a la servidumbre, legitimando la brutal conquista y evangelización; mientras que Bartolomé de las Casas sostenía que los nativos eran hombres y que la cristianización debía ser pacífica.
Lo cierto es que Europa tiene una tasa de natalidad de 1,5 hijos por mujer, lo que hace insostenible el Estado de bienestar. Este nació en la Alemania de Bismarck y en el Imperio austrohúngaro con el objetivo político de frenar al movimiento obrero y al socialismo; después, las burguesías europeas lo expandieron por todo el continente, muertas de miedo a que la revolución bolchevique se extendiera tras la Segunda Guerra Mundial. La cobardía europea ante la migración condena al viejo continente al envejecimiento y a la pérdida de soberanía que han depositado en Estados Unidos.
La ultraderecha sostiene que la crisis de identidad tiene una influencia musulmana o racial (de los africanos). Es decir, ignora la plataforma de los chalecos amarillos, de los trabajadores ingleses, de los jóvenes belgas, españoles y alemanes que luchan por vivienda, educación y contra los intereses norteamericanos. El capital inmobiliario del entorno de Trump quiere convertir Albania en un resort para los ricos, expoliando las tierras de los albaneses. La ultraderecha busca chivos expiatorios en los más débiles (los migrantes) y en causas religiosas que afectan la identidad occidental, pero no señala al neoliberalismo.
Un historiador inglés me dijo: «Los ingleses viven de la añoranza imperial y han perdido la voluntad de construir una sociedad fuerte y democrática». Las calles de Londres muestran una crisis de hambre en los servicios básicos carísimos y en la privatización de todas las esferas de la vida. El Brexit no fue solo el resultado del neoliberalismo de Thatcher, sino de una alianza entre el centro financiero de Londres (que buscaba escapar de la regulación europea) y los sectores populares, golpeados por la desindustrialización y el miedo a los migrantes de Europa del Este. Los primeros financiaban la campaña para proteger sus intereses; los segundos votaron por anomia social, creyendo que recuperaban el control de un país que ya no les pertenecía.
Lo real es que Europa parece desmoronarse. Los movimientos sociales anticapitalistas están decididos a cambiar el rumbo europeo, y la ultraderecha, asociada a Trump y a los grandes capitales, dará un combate sin tregua. El mundo es testigo del inicio del fin del neoliberalismo. Estas son las lecciones para Hispanoamérica: un frente amplio como el español, una plataforma democrática que exprese la diversidad de reivindicaciones, un rumbo claro y, sobre todo, evitar el infantilismo que ayuda a los poderosos grupos de poder económico. La victoria de Lula renueva la fe de todos los movimientos sociales y de los partidos socialdemócratas y de izquierda.
Nuestra izquierda no puede quedarse en el diagnóstico: tiene que convertirse en una opción sería de poder y desterrar el espíritu tribal, el dogmatismo ideológico y el puritanismo religioso. Sin sectarismo y siendo útil al pueblo, podrá ser una alternativa popular. El voluntarismo revolucionario no crea riqueza ni invierte, como en Venezuela, que sobrevive vendiendo su petróleo y termina sometiéndose a los intereses imperiales de Norteamérica; la lección que debemos aprender: no basta la unidad, sino que hay que producir riqueza, industrializar el país y gestionar bien. El enemigo no solo es la ultraderecha: también lo es la clase política europea cómplice, que se enriquece con el capitalismo contemporáneo y con la protección militar estadounidense. Por eso, las izquierdas deben encarnar el verso que nos convoca: nos llamamos pueblo, pero no nos hablamos; nos llamamos izquierda, pero no nos escuchamos.
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Senadora Milagros Jáuregui, ¿El tamaño importa?Lee la columna de Edwin Cavello
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2 días agoon
30/10/2026By
Edwin Cavello Limas
Hay congresistas que deberían dedicarse a legislar y terminan metiendo las narices donde la historia, la arqueología y el sentido común les llevan varios siglos de ventaja. La senadora Milagros Jáuregui ha puesto el grito en el cielo por los huacos eróticos de la cultura mochica. Según sostiene, estas representaciones podrían provocar afectaciones neurológicas y psicológicas en los niños. ¡Qué peligro! Miles de años de civilización peruana amenazados por una cerámica voluptuosa y erecta.
La senadora incluso ha confesado que estas piezas le asustan. Imagínense el drama: un museo, una vitrina y una representante de la República enfrentada a un huaco. Si la historia del Perú tuviera que pedir permiso a cada sensibilidad ofendida, nuestros museos terminarían convertidos en depósitos de cerámica sin genitales, esculturas sin desnudos y libros con páginas arrancadas. La censura, con rosario en mano, siempre encuentra una excusa para disfrazarse de virtud.
Los mochicas no fabricaron estas piezas para poner nerviosos a los parlamentarios del futuro. Sus cerámicas eróticas forman parte de un universo simbólico relacionado con la fertilidad, la regeneración de la vida y las concepciones espirituales de aquella sociedad. No son una invitación a la perversión ni una clase clandestina de educación sexual. Son patrimonio cultural. Pero para entenderlo hace falta estudiar algo más que el catecismo y abandonar, aunque sea por un rato, los prejuicios personales.
¿Debemos proteger a los niños? Por supuesto. Pero protegerlos no significa esconderles la historia ni convertir la anatomía humana en un secreto de Estado. Si existen preocupaciones sobre los contenidos que ven los menores, corresponde evaluarlas con evidencia científica y criterios pedagógicos, no con sustos personales.
Mientras tanto, el país tiene asuntos bastante menos decorativos: la delincuencia, la inseguridad ciudadana y la amenaza del fenómeno El Niño, que exige prevención y planificación. Sin embargo, la discusión parlamentaria amenaza con desviarse hacia las dimensiones de los atributos masculinos que los antiguos peruanos representaron en barro.
Y aquí llegamos a la pregunta del título: ¿el tamaño importa? En arqueología, importa el contexto; en política, importa la capacidad para distinguir una amenaza real de una incomodidad personal. Lo verdaderamente pequeño sería reducir una civilización milenaria al tamaño de un prejuicio.
Porque los huacos seguirán ahí, sobreviviendo a imperios, virreyes y políticos de temporada. A la senadora le recomiendo que lea el Kamasutra, no para que se asuste, sino para que se emocione.
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Resurrection, de Bi Gan (2025)Lee la columna de Mario Castro Cobos
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3 días agoon
29/10/2026By
Mario Castro Cobos
Bi Gan trabaja intensamente entre otras cosas con la topografía del plano, los pequeños planos o planos-secciones o ‘planos irregulares’ o no simétricos dentro del plano general o total, hay una poderosa necesidad de mostrar, exhibir, echar en cara, la bullente pluralidad, la multiplicidad, sea lo que sea que se quiera llamar: mundos, decorados, locaciones, espacios, estratificaciones, piezas interdependientes, tiempos y lugares. También podrías llamarlos directamente sueños, o niveles de retorcida realidad o de franca y escandalosa y agradable irrealidad… Mente materializada… Materia devenida mental… El plano en ocasiones puede ser casi como intentar abarcar con solo un par de ojos el frontis endemoniado de una iglesia barroca, o su interior esmaltado y esculpido con figuras abigarradas en situaciones simbólicas o corrientes más o menos intensas. El plano, para decirlo esta vez de una manera menos lírica, semeja en cierta medida pinturas rupestres, o, para intentar otra formulación más, una suntuosa ratonera-laberinto con semblante autosuficiente y ávido… Deliciosa trampa-engaño para el ojo, lista para darle una bofetada a nuestros largos y cultivados hábitos mentales cinematográficos más conformistas, inerciales y perezosos. Bi Gan sobre todo aquí, en estos momentos privilegiados, me recuerda a Fritz Lang, al cineasta-arquitecto, pendiente y hasta dependiente de todos los juegos posibles en las construcciones de los espacios que quieren secuestrar a la vez que acrecentar nuestra valiosa atención.
En efecto, el cine es visto desde esta película con raptos y rasgos monumentales como una construcción muy autoconsciente, un proceso que aunque no carezca de rupturas es eminentemente acumulativo, y así Bi Gan repasa la construcción de su historia, al mismo tiempo que la del propio cine, las mezcla, las junta, las une, y al mismo tiempo hay una pasión por ese paseo en travelling lateral por los esqueletos de las locaciones, por las mutaciones de tiempos históricos y espacios geográficos, de colores y ambientaciones… No hay que olvidar que el cine es (o fue) una proyección dentro de un teatro.
El soñador, el delirante, el de aspecto patético y lamentable, muerto vivo, cual fantasma de la ópera, sueña a lo largo de distintos periodos como ser reencarnado, sus aventuras y desventuras constituyen la película. ¿Pero el soñar que nos disuelve también nos individualiza? Atención al homenaje al héroe máximo, el propio espectador. Que se tiene por nada y que sostiene y co-crea universos.
Más de Bi Gan
Kaili blues (2015)
Kaili blues, de Bi Gan (2015)
Largo viaje hacia la noche (2018)
Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan (2018)
Opinión
Disciplina escolar sí, pero con recursosLee la columna de Leonardo Serrano Zapata
Published
4 días agoon
28/10/2026By
Leonardo Serrano Zapata
En las escuelas del Perú, la víctima suele terminar cambiándose de colegio mientras el agresor sigue en el aula. El Gobierno anunció que la expulsión es «innegociable», «el agresor sale, no la víctima». Pero los lineamientos son más sofisticados y más frágiles de lo que el discurso sugiere.
Más sofisticados, porque no se reducen a «expulsión y castigo»: incluyen gradualidad, criterios de proporcionalidad, medidas formativas, la presencia activa del comité de bienestar, plazos de apelación y ruta de derivación. Ese es el reglamento que conviene defender; resumirlo como «mano dura» es caricaturizarlo.
Más frágiles, porque dependen de personal capacitado, psicólogos, supervisión y una UGEL proactiva, no una que solo reaccione ante las alertas. Sin esos recursos, el reglamento se aplicará a medias: suspensión, expulsión y regla sobre el cabello, mientras se posterga lo difícil, el acompañamiento, la reinserción y la prevención. La escuela híbrida, por ejemplo, suena razonable en lo urbano, no en lo rural.
Las expulsiones tienen su lugar ante violencia grave y delitos. Pero lo que mejor parece funcionar es lo menos vistoso: prevención temprana, adultos presentes, reglas claras y consistentes, y apoyo a estudiantes cuya conducta suele esconder violencia en casa.
La parte más visible, la presentación personal, es también la menos sólida. Puede defenderse que el uniforme y el aseo formen hábitos y sentido de pertenencia, pero prohibir el cabello largo o las faldas cortas dice poco sobre el aprendizaje y mucho sobre una idea equivocada del «orden». Es lícito discutir ese modelo con argumentos, no con eslóganes. Y hay que evitar que estas normas, por ser las más fáciles de fiscalizar, terminen definiendo la evaluación de la disciplina mientras el acoso, la violencia sexual y el uso de armas quedan sin atender.
Es valioso que la comunidad pueda aportar. Lo pendiente es definir con precisión las faltas ambiguas, garantizar el debido proceso y una apelación real ante la UGEL, asignar presupuesto y personal al acompañamiento antes de exigir cumplimiento, probar la escuela híbrida en pilotos evaluados y medir resultados con indicadores de convivencia, deserción y evaluación formativa.
Normas, por supuesto. Pero sin presupuesto para el acompañamiento y la prevención de la violencia escolar, habremos cambiado la forma sin tocar el fondo.
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Turrones sin octógonosEs fines de octubre y he cedido al clamor popular: iré a comprar un turrón.
Published
5 días agoon
27/10/2026By
Julio Barco
Pese a mis reparos, a que contienen exceso de azúcar, no pude vencer. Derrotado, altivo, recorro la a avenida Tacna. Octubre y el turrón lo llenan todo. Evito ir por la vereda repleta de tránsito peatonal, y recorro una parte de la pista que, por estos días, se bloquea para evitar accidentes. A cada paso, se oye el trabajo de las anticucheras y el bullicioso de los picarones… veo que hay picarones rosados, verdes, marrones…
¿Por qué ese deseo de comer turrón? ¿Será por la miel de sus rectángulos? ¿Por sus dulces duros y empalagosos? ¿Por la combinación de miel con harina ultra cocinada? No sé. Qué tal si proclamamos el consumo de quinua y maca, más necesarios, digo yo, para la salud nacional. En el Perú hay necesidad de nutrirse, no solo de comer bien taipa. Desde hace años me divorcié del azúcar. Un adiós definitivo.
Dejé de ponerle tres cucharadas a mi café, abandoné las galletas Margarita y Chaplín, no volví a comprar Inka Kola, corté idilio con la torta de chocolate, me despedí del sabor de las tajadas de panetón con mantequilla bañadas en chocolate caliente con leche evaporada. Todo gracias a los octógonos, benditos, negros, furiosos amigos, que ciertos políticos desean eliminar para deleite de los consumidores.
Es que, comprenderán, no es que yo sea un cerrado, pero procuro hacerle caso a los octógonos. Vivimos la dictadura de los octógonos.
¿Por qué los empresarios no empiezan a fabricar productos sin octógonos? ¿Qué perdemos nosotros si le quitan el amarillo a los caramelos de limón? ¿Desde cuando empezaron a usar tartrazina en los turrones? No sé. Camino.
Cuida tu cuerpo como un templo, recetaron hace milenios los estoicos.
Dicen que un kilo de turrón equivale a cuarenta panes con mantequilla.
A la altura de la iglesia Las Nazarena se concentra todo el movimiento religioso: venta de rosarios fosforescentes, palo santo al por mayor, velitas misioneras de todos los colores y tamaños, imágenes del cristo crucificado. Un joven vende una suerte de memes religiosos. ¿Cómo explicarlos? Son como caricaturas que representan la fe morada. Hay para todos los gustos. Sin embargo, yo busco un turrón: uno al menos que no tenga tartrazina. Voy. Pregunto. Hay una sola opción de “turrón integral”. Me acuerdo: siempre que camino por Chancay, veo a una cola que se amontona en las veredas resquebrajadas, afuera de una turronería. Voy. Y, por supuesto, hay cola. Me acomodo detrás de varios comensales. Una señora, de pelo ondulado, aretes, gorrita blanca, coloca y saca un muro de madera, dejando entrar solamente a cuatro para que, adentro, hagan cola para pasar a la caja, y después por su orden. Llegan dos ancianas con rasgos asiáticos. Desde lejos, se percatan que ya no hay turrón de kilo, solo de medio y de cuarto. Disimuladamente veo atrás y, otra vez, la cola se remece. Donde hay cola, hay algo interesante. Donde se amontona la gente es que ocurre algo fantástico. La cosa no es solo poner un negocio sino hacer que le crezcan las colas. Y la gente, por comida, hace infinitas colas en el Perú.
Eso en Lima es clave. Me quedo a esperar. Ya cuando estoy adentro, veo que también venden miel y alfajores. Me pasan la cajita. La tanteo. Leo los ingredientes, con la esperanza de no encontrar saborizantes tóxicos: miel, pedazos de piña… no hay tartra, ni nada por el estilo. Aunque, eso sí, tiene dos octógonos: exceso de azúcar y exceso de grasas saturadas. Casi consigo atinarla, pero, no se puede en una dictadura octogonal. Pienso en el viejo Reynoso: En octubre no hay milagros.
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