Opinión
“Kachuca” 2026Lee la columna de Rodolfo Ybarra
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1 minuto agoon
27/10/2026By
Rodolfo Ybarra
Foto: Trome.
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Hernán René Condori Montero, “Kachuca”, nació en Lima en 1965 y creció en El Agustino. Sus padres fueron migrantes de Puno. Y como todos los que llegan a la capital, tuvieron que esforzarse más de la cuenta para salir adelante. La música le vino por añadidura.
De hecho, lo conocimos a inicios de los noventa en las movidas que organizaba Piero Bustos con César N, “Los Lunes del Sapo”, en el bar Las Rejas del jirón Quilca. Ahí “Kachuca” apoyaba la escena subterránea con sus equipos cochambrosos. Era lo que había y era suficiente.
“Kachuca” siempre tuvo un carácter especial. Bustos cuenta que cuando lo conoció, le dijo que iba a morir porque tenía un cáncer generalizado, entonces por la emoción y la “despedida” la mesa estuvo llena de cervezas. “Compadre, yo lloré esa noche (risas). Acababa de encontrar a uno de los mejores músicos y se iba a morir al toque. Hasta ahora no se muere”. “PerúAvantgarde.blogspot.com.
Por esos años, este escriba acababa de publicar su primer libro “Sinfonía del Kaos” que tuvo el apoyo del maestro y amigo Arturo Corcuera quien amablemente nos cedió las instalaciones del Peruano-Ruso, él era su director. Pero no había equipos para la presentación-concierto que queríamos hacer. Así que fuimos hasta El Agustino y “Kachuca” nos dijo: “no te preocupes, hermano, yo los pongo, pero consíguete un par de punteros para que carguen el material”.
Conocemos de varias historias que se relacionan con la solidaridad de “Hernán Condori”. Aunque también, es cierto, todos los escándalos que lo llevaron a aparecer en Magaly Medina: “esto-no-se-le-hace-a-un-poeta”. Y no es gratuito. El músico de forma subrepticia ha ido grabando los poemas de vates limeños como Ángel Izquierdo Duclós quien tiene su puesto de libros en plena Parada, en las esquinas de la avenida Aviación y 28 de Julio. Y de Miguel Ildefonso y otros escritores undergrounds.
Hace unos días, salió a la luz uno más de los escándalos de “Kachuca”, donde sale gritando a unos músicos. Y la verdad que esto puede incomodar o indignar a muchos. Seguro hay que entender otros asuntos que pasan por la salud. “Kachuca” estuvo en UCI tres veces, fue intubado y es un sobreviviente. Quizás si entendiéramos esto podríamos apreciar el hecho de que este músico marginal todavía pueda cantar sentado frente a un escenario. Sí, claro, nadie está aquí para justificar nada. Aquí solo damos nuestra versión.
Comentarios Related Topics:Hernán René Condori MonteroKachucaLos lunes del saporodolfo ybarra Don't MissCallar al mensajero: Caso director de la DRELM amenaza con denuncia al diario Expreso y ataque contra Carlos Navea
Rodolfo Ybarra
Rodolfo Ybarra. Ha estudiado matemática pura, física, electrónica y comunicaciones. Ha publicado una veintena de textos entre novelas, cuentos, poemarios y ensayos. Ha dirigido un programa de televisión de contracultura y política, y editado revistas y fanzines. Se expresa también vía el vídeo y la música. Desde el 2007 maneja el blog www.rodolfoybarra.blogspot.com.
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Opinión
Callar al mensajero: Caso director de la DRELM amenaza con denuncia al diario Expreso y ataque contra Carlos NaveaEl titular de la DRELM Cornelio Gonzales Torres anunció medida judicial contra el diario Expreso, la golpiza con mensaje contra Carlos Navea, periodista de Willax, entre otras son prácticas que muchos políticos y exfuncionarios han normalizado frente a la labor periodística. ¿Estamos en una dictadura?
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8 horas agoon
26/10/2026By
Leonardo Serrano Zapata
La libertad de expresión y el derecho de los ciudadanos a estar informados no son favores que concede el poder. Son condiciones mínimas para que una democracia funcione. Por eso preocupa que el director de la Dirección Regional de Educación de Lima Metropolitana (DRELM), Cornelio Gonzales Torres, haya amenazado con denunciar al diario Expreso (https://www.expreso.com.pe/actualidad/cornelio-gonzales-torres-rechaza-falsa-aclaracion-de-expreso-y-amenaza-con-querella-por-difamacion-noticia/1324530/) por informar sobre las investigaciones fiscales que existen en su contra. Mi solidaridad con el diario, con Carlos Navea quién según denunció Beto Ortiz fue golpeado y le dejaron una advertencia: «Toma para que sigas con tus pendejadas». Por realizar investigaciones contra diversas entidades públicas entre ellas ESSALUD y Minsa.

Conviene ser precisos. Según el dato publicado por Expreso, Cornelio Gonzales Torres figura con el caso fiscal 505010103-2011-218, «con dictamen». Las materias registradas incluyen actos contra el pudor de menor de 14 años y omisión o retardo de acto oficial, y la investigación se remonta a 2011. El propio funcionario afirma, en su carta notarial, que los registros corresponden al periodo 2007 a 2011 y que todos los casos están resueltos y archivados de manera definitiva. Esa versión merece ser conocida y difundida con el mismo cuidado. Una investigación fiscal no es una condena, y todo funcionario tiene derecho a la presunción de inocencia y a defenderse. Pero informar sobre registros fiscales de un alto funcionario, con la fuente a la vista y con espacio para su réplica, no es un delito. Es periodismo. Y cuando quien ocupa un cargo de enorme responsabilidad sobre miles de escuelas de Lima Metropolitana responde con amenazas judiciales, la ciudadanía tiene derecho a preocuparse. Un funcionario con registros de esa naturaleza, por antiguos o archivados que sean, debería ser el primero en ofrecer explicaciones públicas, documentos en mano, en lugar de intentar que el tema deje de publicarse o censurarlo en reuniones privadas.

La preocupación pesa más por el contexto. El Minedu anunció S/ 670 364 para contratar, por dos meses, a 64 abogados en las UGEL que aceleren los procesos disciplinarios contra docentes denunciados por violencia sexual. Es una medida necesaria. Pero los padres de familia se preguntan, con toda razón, si la misma firmeza se aplicará a las autoridades del propio sector como funcionarios de las UGEL, DRE o GRE a nivel nacional. La exigencia de probidad empieza por quienes dirigen, no solo por quienes enseñan.
Presionar a la prensa tiene muchas formas. Está el ataque físico contra el periodista, que busca infundir miedo. Está la amenaza, que busca que el reportero lo piense dos veces antes de publicar. Y está la judicialización, la más sofisticada, que convierte a quien informa en acusado y lo obliga a gastar tiempo, dinero y energía en defenderse. Las tres persiguen el mismo fin: hacer tan costoso el informar que la verdad se quede sin quien la cuente.
A estas formas se suma una práctica que en la última década se ha vuelto recurrente: exservidores y exfuncionarios que acuden a los juzgados y al Tribunal Constitucional para exigir que los medios supriman o desindexen notas sobre hechos ocurridos en su momento.

Foto: diario Caracól (Colombia)
El caso más visible es el del diario El Comercio, a quien el Tribunal Constitucional en julio del 2026, ordenó eliminar tres notas de 2014 sobre la supuesta vinculación de una exasesora del Ministerio de Agricultura con la red de Rodolfo Orellana. Para el colegiado, más de una década después, mantener esas notas carecía de interés público y perjudicaba a la demandante. La sentencia no fue unánime: dos magistrados consideraron que el remedio adecuado era actualizar las notas y no suprimirlas. La Sociedad Interamericana de Prensa expresó su preocupación por el fallo.
Para ello suelen presentarse cartas notariales de requerimiento previo, demandas de hábeas data y resoluciones de archivo de las investigaciones, con el propósito de hacer borrón y cuenta nueva.
Los protagonistas de la noticia, sobre todo en el ámbito político, valiéndose de recursos legales, llevan a los medios a instancias judiciales. El objetivo, sea cual sea la vía, es el mismo: que los medios se autocensuren o sean censurados, en desmedro del derecho a la información y de la labor periodística, fundamental en un contexto democrático.
Esta tentación es tan antigua que la mitología griega ya la retrató tres veces.
Cuenta el mito que la cabeza de Orfeo, separada de su cuerpo, siguió emitiendo oráculos en Antisa y que la gente acudía a escucharla. Los oráculos oficiales de Apolo en Delfos quedaron vacíos. El dios, incómodo ante una voz que no controlaba, fue a gritarle que dejara de interferir en sus asuntos, y la obligó a callar. Es la reacción típica del poder ante una voz independiente que le quita el monopolio del relato.
El rey Midas, por su parte, fue castigado con orejas de asno y ordenó a su barbero guardar el secreto bajo pena de muerte. El barbero, incapaz de cargar con él, lo susurró en un hoyo junto a un río y lo tapó con tierra. De ahí brotaron cañas que, movidas por el viento, repitieron el secreto a cuanto caminante pasaba. Midas, al saberlo, condenó al barbero. Castigar al mensajero no deshizo el hecho. La verdad ya estaba en el aire. Lo mismo ocurre con toda información de interés público que llega a la ciudadanía: ninguna denuncia contra el periodista la hará desaparecer.
El tercer relato es el de Casandra, a quien Apolo dio el don de la profecía y, tras ser rechazado, la condenó a que nadie le creyera. Cuando advirtió los peligros que amenazaban a Troya, la desestimaron, y su propio padre, el rey Príamo, la encerró para evitar el escándalo. Troya cayó. Hay una lección clara para la gestión pública: desacreditar o silenciar a quien advierte no elimina el riesgo.
El derecho a la información pertenece a los ciudadanos, no a los medios ni a los funcionarios. Los padres de familia tienen derecho a saber quién dirige las instituciones donde estudian sus hijos y qué registros fiscales pesan, o pesaron, sobre esa persona. La respuesta digna de un funcionario público es rendir cuentas con claridad, ejercer su defensa en la vía correspondiente, acreditar con documentos el archivo de los casos si así corresponde, y aceptar el escrutinio como parte del cargo.
Al Congreso, al Ministerio de Educación, a la Fiscalía y al Colegio de Periodistas les corresponde algo más que comunicados. Les corresponde dejar claro que informar no se castiga. Callar la información solo confirma las sombras que se pretende ocultar. Y eso no es orden presidenta Keiko Fujimori eso se llama censura.
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Barranco cumple 152 años: la cultura no se construye con eventitosCon cero políticas públicas culturales, Barranco celebra aniversario mientras su cultura agoniza en abandono.
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9 horas agoon
26/10/2026By
Luis Felipe Alpaca
Barranco tiene memoria de poeta, paisaje de acuarela y una historia que desborda sus antiguas casonas. Sin embargo, a sus 152 años, este distrito emblemático de Lima enfrenta una paradoja porque posee un invaluable legado cultural, pero carece de una política municipal capaz de convertirlo en una verdadera potencia cultural.
En tiempos prehispánicos, los pescadores descendían al mar y adoraban a su deidad Sulcovilca. A comienzos del siglo XIX, florecieron huertas con frondosos pacayares, entre ellas Larrión, San Antonio, Premio Real y La Condesa. En 1834, Flora Tristán describió este oasis: “Atravesamos el Barranco, pequeña aldea situada entre abundante follaje, grandes árboles y mucha agua… al dejar este oasis, no había sino tierras áridas hasta Chorrillos”.
El 26 de octubre de 1874 se fundó oficialmente el distrito, pero años después, tras el saqueo del ejército chileno, el 14 de enero de 1881, La Ermita quedó destruida y felizmente el padre Manuel de la Fuente Chávez impulsó su reconstrucción.
Durante la República, las colonias europeas levantaron grandes casonas. También llegaron intelectuales y artistas como Juan Parra del Riego, Manuel Gonzales Prada, José María Eguren, Abraham Valdelomar, Martín Adán, Blanca Varela, Juan de Arona y el historiador José Antonio del Busto. Sus nombres engrandecieron la identidad barranquina.
Pero ¿qué hicieron las gestiones municipales para preservar y proyectar esa herencia? Barranco no tiene un Centro Cultural Municipal, ni una Galería de Arte Municipal. Tampoco una Feria Internacional del Libro, un Festival de Cine, una Bienal de Arte o un Festival de Teatro consolidado. Carece de un Festival Internacional de la Canción en su playa, como el de Ancón o el de Viña del Mar. Las retretas desaparecieron y el Carnaval de Barranco, creado en 1916 por don Pedro de Osma, dejó de reunir a sus vecinos. Tampoco existe una Ruta Literaria, ni una Ruta Artística.
Entonces, ¿con qué autoridad se promociona como distrito cultural mediante «eventitos» anodinos durante su aniversario? La cultura exige inversión, continuidad, infraestructura y respeto ciudadano y no propaganda; pero pese a ello, las últimas gestiones municipales han afrontado cuestionamientos por presunta corrupción y falta de transparencia. Hoy, la historia de esta comarca merece mucho más que celebraciones pasajeras, porque Barranco siempre será más grande que sus malas autoridades.
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La broma infinita: Charly García, Cachuca y la inteligencia artificialSi Charly García hubiese hecho La lógica del escorpión con inteligencia artificial, probablemente habría tenido un éxito comercial rotundo. A contramano, si una IA analiza el disco Sarita Colonia, de Los Mojarras, encontrará notorias deficiencias técnicas que delatarán la crudeza de la acción humana en su absoluta integridad.
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23 horas agoon
26/10/2026By
Redacción Lima Gris
Por Juan José Sandoval
El genial Charly García estuvo de cumpleaños. Es impresionante cómo el artista argentino ha logrado resistir al paso del tiempo y a sus propios excesos, convirtiendo su música en un refugio imprescindible para cualquier paciente psiquiátrico como yo.
En mi espectro emocional, hay varias letras y canciones del bigote con vitiligo que me fragmentaron el corazón y me obligaron a cuestionar el sentido de mi existencia. El playlist de mi locura está plagado de clásicos suyos: Confesiones de invierno, Estación, Quizás por qué, Mientras miro las nuevas olas, De mí, Tuve tu amor, Seminaré, Los dinosaurios, Yo no quiero volverme tan loco y Hablándole a tu corazón, y tanta magia eterna que ha brindado durante décadas.
Sin embargo, su último disco, La lógica del escorpión, editado este año —ya en su base siete, habiendo sobrevivido a todo—, no le hace justicia a su trayectoria. Denota un agotamiento creativo que desconcierta a sus seguidores de toda la vida, tanto como su biografía más oscura: aquella que demolió hoteles, desafió la gravedad y a Superman tirándose desde el noveno piso a una piscina, agredió a gente sin consideración de género y escupió por doquier. Claro que tampoco se libró de recibir lo suyo, como cuando el punkeke Pocavida le profirió un escupitajo en la cara tras acusarlo de «hippie vendido».
Lejos de la verdad no estaba Pocavida, pues García fue desde siempre, dicho en buen argentino, un niño bien, un chetito, o sea, un pituquito. Muy a la manera de Gustavo Cerati o incluso de Fidel Nadal de Todos Tus Muertos. Gente acomodada que escaló por mérito propio, pero a la que la circunstancia social y familiar le inclinó la cancha a favor.
Rompiendo con el orden de las cosas, como si se tratara de una composición del creador de Say No More —capaz de destruir la belleza que construye con un solo acorde—, Charly guarda un insólito y curioso vínculo con la historia del rock peruano. Está la canción Chapi García, grabada en los años ochenta por Miki González: una cumbia-chicha peruana que incluye los coros del propio García, Daniel Melingo y Andrés Calamaro, cuya letra hace explícita mención a la «caspa del inca».
Miki González, a través de sus primeros álbumes como solista, forjó los cimientos de la fusión del rock con lo peruano, dotándolo de una identidad profunda arraigada en las raíces de nuestra cultura, como lo afroperuano junto al histórico clan Ballumbrosio.
Por aquellos años noventa en el Perú, se consolidó lo que hoy llamamos rock nacional, impulsado por el éxito comercial de Los Mojarras, cuyos hits reventaban las radios y musicalizaban las series y telenovelas más sintonizadas de la televisión. Esa fusión de la estética andina con el pulso roquero hizo de Hernán Condori, Cachuca, un ídolo popular de la música urbana. Sin embargo, su comportamiento volcánico lo coloca siempre en el lado más salvaje de un Charly García que emergería directamente de La Parada.
Cachuca encarna la imagen de un frontman de temer. Nunca fue pituco ni cheto: salió de los cerros y, a punta de alaridos descarnados y crónicas policiales, construyó su propia leyenda.
Al igual que Charly, sus presentaciones en vivo son una moneda al aire que puede derivar tanto en un concierto memorable como en un escándalo mayúsculo con cancelaciones abruptas.
El cantante que le dio voz roquera a las clases populares —con piezas hermosas y viscerales como Sarita Colonia, Triciclo Perú y Ópera salvaje para tribus urbanas— jamás ha logrado domar su demonio impulsivo.
La noticia más reciente sobre Cachuca ocurrió en Puno, justo el día del cumpleaños de Charly, donde dejó en evidencia su accidentada relación con los sonidistas, lo cual no justifica que termine agrediendo al público con el poder de su voz amplificada.
Lamentablemente, el liderazgo de Cachuca se ha ido diezmando con el tiempo. No se trata solo de que en la calle le falten el respeto —como aquella vez en que terminó vapuleado y ensangrentado tras negarse a pagar un caldo de gallina, apareciendo luego en televisión con el cabello revuelto y soltando una frase con tinte maradoniano: «¡Esto no se le hace a un poeta!»—.
Por otro lado, ahora que los peruanos hemos vuelto a estar en la palestra cultural de habla hispana gracias a un escribano iqueño que ha convertido la pendejada digital en una novela ganadora de un premio de veinte mil euros —con la particularidad de que se detectó un altísimo uso de inteligencia artificial en su obra, dejando al jurado en jaque, incluida una ganadora del Premio Nobel de Literatura—, el panorama intelectual se estremece.
La ola digital genera nuevos tipos de creadores, tal como ocurrió en su momento con la llegada de la fotografía digital, y más tarde con la música electrónica y los DJs. Si bien existe una natural resistencia al nuevo escenario creativo que impone el algoritmo, es urgente replantear la ética que rige hoy en día el consumo cultural.
Si Charly García hubiese hecho La lógica del escorpión con inteligencia artificial, probablemente habría tenido un éxito comercial rotundo. A contramano, si una IA analiza el disco Sarita Colonia, de Los Mojarras, encontrará notorias deficiencias técnicas que delatarán la crudeza de la acción humana en su absoluta integridad.
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Nos haces falta VeguitaLee la columna de Edwin Cavello
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23 horas agoon
26/10/2026By
Edwin Cavello Limas
Foto: Hugo Alejos.
En el Perú, los críticos literarios y de arte se hacen viejos, se mueren y, con ellos, se va apagando una manera de entender la cultura. No hay recambio. Ya no tenemos a un Estuardo Núñez, a un Juan Acha ni, para los periodistas con hambre de conocimiento, a ese entrañable Veguita, el sobaco ilustrado que recorría las redacciones para desasnar curiosos y repartir sabiduría sin pedir permiso.
Hoy abundan los críticos de ocasión. Personajes que se presentan como grandes conocedores de la literatura peruana o gurús del arte contemporáneo, pero cuya biblioteca parece tener una sola sucursal: Facebook. Leen lo que el algoritmo les pone delante y, al día siguiente, publican como si hubieran descubierto una nueva corriente literaria. ¡Qué talento!
Hay quienes descubren al escritor maldito o proclaman al pintor genial con una solemnidad que haría palidecer a un académico. Otros se presentan como enemigos de las argollas culturales, pero terminan recomendando a los integrantes de otra argolla. La crítica convertida en tarjeta de presentación, el elogio como moneda de cambio y la cultura como una fiesta donde todos se conocen y nadie quiere quedarse sin invitación.
Pero conocer de literatura o pintura exige algo más que tener una columna, una vitrina mediática o una fotografía junto a un escritor famoso. Hay que caminar, viajar, investigar, leer, observar y, sobre todo, dudar de lo que uno cree saber. Veguita, Juan Acha y Estuardo Núñez tenían esa virtud: olfateaban el talento antes de que llegaran los reflectores. No esperaban que la prensa consagrara a un autor para recién descubrirlo.
Ahora parece funcionar al revés. Primero aparece el nombre en los medios, después llega la recomendación y finalmente el crítico se suma al coro. Todo en orden, como una procesión de convencidos. Lo que casi nunca aparece es el descubrimiento, esa capacidad de encontrar una voz donde todavía no hay aplausos ni auspiciadores.
La literatura peruana no termina en Miraflores, ni empieza y acaba en Mario Vargas Llosa. Hay escritores, artistas y propuestas lejos del circuito habitual, esperando que alguien se tome el trabajo de encontrarlos. Pero para eso hay que ensuciarse los zapatos, abandonar la comodidad del escritorio y entender que el Perú cultural es mucho más grande que nuestra pequeña agenda de contactos.
Nos haces falta, Veguita. Y no sabes cuánto.
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La virgen lasciva de Hernán Migoya y Anthony TorresPor David Jesús Flores Heredia
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1 día agoon
25/10/2026By
Redacción Lima Gris
Por David Jesús Flores Heredia
Hablar de Hernán Migoya es hablar de un consagrado guionista de cómics, traductor de Peter Bagge (“Odio”), editor de la revista especializada “El Víbora”, quien tuvo un controvertido debut literario con su “Todas Putas” (uno, dos y tres) y que, desde su natal España, decidió que el Perú sería su segundo amor, donde, con su curiosidad infatigable, ha continuado realizando obras de gran alcance internacional.
“Señorita Laura”, a pesar de ganar el Premio Luces del diario El Comercio en 2015 fue vetado por tratar de la poco amada y mal recordada conductora televisiva que exportamos a México; sin embargo, esta colaboración con nuestros nacionales Marco Sifuentes y Ricardo Montes fue el preludio de otras tan controvertidas y divertidas como la actual ¡Puez Hombre!
Este manga nació junto al talentoso dibujante trujillano Anthony Torres y narra con potente visión la vida del chalaco Járol, quien se hace pasar por español para ligar fácilmente y, debido a su lujuria, termina enredado en mil y un problemas, como el haber flechado a una preciosa Virgen, que muchos podrían confundir erróneamente con las deidades católicas María, Lourdes o Fátima.
La belleza de la Virgen es lúbrica, aureolada de puro deseo ante los ojos de quien ve, en esas formas onduladas y de movimientos gimientes, cómo su corazón se entrega a un tipo que está amenazado de muerte por… Sí, es el primer capítulo, pero arranca con la fuerza de un asesinato por extorsionadores sobre una conocida avenida, las correrías de un golfo que trabaja en una tienda de películas piratas y la arremetida del maligno.
Bastan estas pinceladas: “¿Eh? ¿Español yo? No, pues, este pechito es cajamarquino”, “Ciertamente soy un pecador, un espíritu débil que, movido por la soledad ha jugado a dar placer en demasiadas camas ajenas… pero no creo merecer la muerte”, o “Soy tu virgencita y velaré por ti, a cambio de una sola condición…”, para recomendar su lectura, compra, hurto o como puedan adquirirlo, porque el próximo capítulo está en ciernes y el siguiente y el siguiente y el siguiente, como una obsesión que solo puede dar un guion potente y un dibujo oscuro y finamente erótico.
¡Puez hombre! ¿Qué esperan?
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El arte chicha: juzgado por sus colores, ignorado por su historiaLee la columna de Escarlet Tadeo
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3 días agoon
24/10/2026By
Redacción Lima Gris
Por Escarlet Tadeo (*)
Hay expresiones artísticas que reciben elogios apenas entran en una galería y otras que, aunque forman parte de nuestra vida cotidiana, siguen siendo miradas con cierta desconfianza. Basta observar los colores de un afiche chicha pegado en una pared, escuchar una canción en una fiesta popular o detenerse frente a un letrero pintado a mano para notar que no todos reconocemos el valor de lo que tenemos delante. A veces, lo primero que aparece es el prejuicio: demasiado color, demasiadas letras, demasiado ruido. Pero ¿alguna vez nos hemos preguntado qué historia hay detrás de esa estética que muchos critican sin conocer?
El arte chicha es mucho más que una combinación de colores fluorescentes y tipografías llamativas. Es una expresión cultural que habla de identidad, trabajo, migración, creatividad y de una parte fundamental del Perú contemporáneo. Su presencia en las calles, los mercados, los locales de conciertos y los barrios populares revela una manera particular de comunicar y de construir comunidad. Sin embargo, pese a su importancia, todavía existen personas que lo consideran vulgar, desordenado o carente de valor artístico.
Como escritora, dibujante y estudiante de Diseño de Modas, me interesa observar aquello que muchas veces pasa desapercibido. Cuando miro un afiche chicha, no veo solamente una superficie saturada de colores; también encuentro decisiones visuales, una intención comunicativa y una historia social que merece ser comprendida. Y es justamente ahí donde nace una pregunta que me parece necesaria: ¿por qué nos cuesta reconocer el arte cuando no se presenta bajo los códigos estéticos que hemos aprendido a respetar?
Una estética que nació de una historia social
Para comprender el arte chicha, primero debemos mirar el contexto en el que se desarrolló. Durante el siglo XX, especialmente desde mediados de ese periodo, Lima experimentó importantes procesos de migración interna. Miles de familias procedentes de distintas regiones del país llegaron a la capital buscando oportunidades de trabajo, educación y una vida mejor para sus hijos. Con ellas también llegaron costumbres, lenguas, formas de organización, tradiciones musicales y maneras de entender el mundo.
La ciudad comenzó a transformarse. Los nuevos barrios crecieron, aparecieron mercados, asociaciones, pequeños negocios y espacios de encuentro donde las personas construían comunidad. En ese escenario se desarrollaron nuevas expresiones culturales que mezclaban experiencias andinas con elementos urbanos. La música chicha fue una de ellas: una propuesta que incorporó influencias de la cumbia colombiana, sonidos tropicales y guitarras eléctricas, al mismo tiempo que dialogaba con las vivencias de una población que estaba construyendo su lugar en la ciudad.
Con el tiempo, esa música desarrolló una identidad visual propia. Los conciertos necesitaban anunciarse, los artistas debían distinguirse y el público tenía que reconocer rápidamente qué agrupación se presentaría y dónde. Así, los afiches se convirtieron en una herramienta esencial para la difusión musical y, a la vez, en un espacio de experimentación gráfica.
No se trataba de diseñar para una vitrina elegante ni de satisfacer los criterios de una institución artística. Había que llamar la atención en medio de una calle concurrida, destacar entre numerosos anuncios y transmitir energía desde el primer vistazo. El resultado fue una estética intensa, directa y fácilmente reconocible.
Detrás de ella existía una necesidad concreta: hacerse visible. En una sociedad donde las expresiones culturales de los sectores populares no siempre recibían el mismo reconocimiento que las producidas desde espacios privilegiados, el arte chicha encontró una forma propia de ocupar la ciudad.
Los colores también cuentan historias
Si hay algo que distingue al arte chicha es su relación con el color. Fucsias eléctricos, amarillos intensos, verdes fluorescentes, naranjas y violetas conviven en composiciones que parecen competir por nuestra atención. A primera vista, alguien podría pensar que se trata de una mezcla excesiva. Sin embargo, esa impresión cambia cuando entendemos el propósito de su lenguaje visual.
En un afiche de concierto, el color no está allí únicamente para decorar. Busca captar la mirada, transmitir entusiasmo y hacer que el anuncio sea reconocible incluso desde cierta distancia. Las letras grandes, los contrastes fuertes y las composiciones recargadas responden a una lógica comunicativa vinculada a las calles y a la cultura popular. Su fuerza está en que no pretende pasar inadvertido.
Como dibujante, me resulta interesante pensar en las decisiones que hay detrás de una composición de este tipo. Elegir una paleta intensa, establecer contrastes, distribuir los textos y destacar el nombre de una agrupación requiere criterio. El diseño no consiste simplemente en colocar elementos sobre una superficie; implica decidir qué debe verse primero, qué información necesita mayor presencia y qué sensaciones queremos provocar.
En el arte chicha, esas decisiones se expresan con una libertad visual que no siempre coincide con los principios de sobriedad que suelen enseñarse o valorarse en determinados espacios del diseño. Pero eso no significa que carezcan de intención.
A veces me pregunto si llamaríamos desordenado a un afiche chicha si no supiéramos que está relacionado con la música popular, o si lo miraríamos de otra manera si apareciera en una exposición con una explicación histórica al lado. La pregunta puede parecer sencilla, pero revela algo importante: nuestra percepción del arte no depende exclusivamente de lo que vemos. También está condicionada por el origen que atribuimos a aquello que observamos.

El diseño popular también exige creatividad
Estudiar Diseño de Modas me ha llevado a prestar atención a detalles que antes quizá habría pasado por alto: la combinación de tonos, las texturas, las proporciones y la manera en que ciertos elementos construyen una identidad. En la moda, una prenda puede comunicar pertenencia, rebeldía, tradición o una determinada visión del mundo. Algo parecido sucede con el arte chicha.
Su lenguaje visual no se limita a los afiches. También se relaciona con la vestimenta de los artistas, las portadas musicales, los escenarios y las formas en que las agrupaciones construyen su imagen pública. Todo ello participa en una identidad que el público reconoce y hace suya.
Pensemos, por ejemplo, en un concierto anunciado mediante un cartel fluorescente colocado en la fachada de una bodega. El nombre de la agrupación aparece en letras enormes; debajo se indican la fecha, el lugar y los precios de las entradas. Alrededor, los colores compiten por nuestra atención. Puede que a alguien acostumbrado al diseño minimalista le parezca demasiado cargado. Pero para quien organiza el evento, imprime los anuncios o espera escuchar a su grupo favorito, ese cartel cumple una función concreta y forma parte de una experiencia compartida.
Además, debemos recordar que el arte popular no aparece por generación espontánea. Detrás de cada pieza hay personas que aprenden técnicas, prueban combinaciones, resuelven dificultades y desarrollan un estilo. Muchas veces, ese trabajo se realiza con recursos limitados y bajo la presión de cumplir plazos. No siempre cuenta con el presupuesto de una campaña publicitaria importante, pero eso no elimina la creatividad ni el conocimiento que exige.
Me parece injusto reducir ese esfuerzo a una simple acumulación de colores. Podemos discutir si una composición funciona, analizar sus aciertos o señalar sus limitaciones, como haríamos con cualquier obra visual. Lo que no deberíamos hacer es dar por sentado que carece de valor únicamente porque procede de un entorno popular.
¿Por qué algunos colores reciben más respeto que otros?
El problema no está en que a todas las personas les guste el arte chicha. El gusto es personal y no existe una obligación de disfrutar todas las expresiones culturales. La dificultad aparece cuando una preferencia estética se convierte en una forma de desprecio hacia quienes producen y consumen esa cultura.
En el Perú, los prejuicios relacionados con la clase social, el origen regional y las diferencias culturales han influido en la manera en que se juzgan determinadas manifestaciones populares. Algunas expresiones reciben reconocimiento inmediato porque están vinculadas a instituciones prestigiosas, mientras que otras deben demostrar constantemente que merecen ser tomadas en serio.
Un cuadro expuesto en una galería puede presentarse como una exploración audaz del color. Un afiche chicha, con una intensidad cromática semejante o incluso mayor, puede ser descrito como un ejemplo de mal gusto. ¿Qué cambia entre ambos casos? Por supuesto, existen diferencias de propósito, técnica y contexto que merecen analizarse. Sin embargo, también debemos preguntarnos cuánto pesa el lugar donde aparece la obra y quiénes son las personas asociadas con ella.
No es casual que aquello relacionado con los sectores populares sea juzgado, en ocasiones, con mayor severidad. El arte chicha está vinculado a barrios, mercados, celebraciones y circuitos musicales que durante mucho tiempo fueron considerados secundarios frente a los espacios culturales tradicionales. Esa asociación puede llevar a que algunas personas descalifiquen la estética antes de conocer su historia.
Aquí es donde conviene detenernos. No toda crítica al arte chicha nace del clasismo, pero tampoco podemos ignorar que existen prejuicios que condicionan su valoración. Reconocerlos no significa idealizar esta expresión artística ni afirmar que todo lo popular es automáticamente extraordinario. Significa aplicar una mirada más justa, capaz de analizar las obras sin despreciar a las personas ni borrar el contexto del que proceden.

La música chicha y la memoria de quienes construyeron ciudad
La historia de la chicha también está relacionada con la experiencia de quienes encontraron en la música una manera de expresar sus alegrías, dificultades y aspiraciones. Sus canciones acompañaron reuniones familiares, celebraciones, fiestas barriales y momentos cotidianos. En ellas se reconocen sentimientos de amor, pérdida, esfuerzo y esperanza, pero también una experiencia de transformación social.
La música chicha permitió que muchas personas encontraran sonidos cercanos a su propia realidad. Sus guitarras eléctricas, ritmos bailables y letras conectaron distintas influencias culturales sin necesidad de elegir entre una identidad regional y una identidad urbana. Esa mezcla, precisamente, constituye una de sus características más significativas.
Agrupaciones como Los Shapis contribuyeron a consolidar la presencia de la música chicha en el panorama popular peruano. Su trayectoria mostró que una propuesta nacida y desarrollada en circuitos populares podía alcanzar una amplia audiencia y convertirse en parte de la memoria musical del país.
Alrededor de esa música crecieron también actividades económicas: músicos, productores, vendedores, impresores, diseñadores y trabajadores que participaban en la organización de eventos. El afiche era una pieza de ese circuito. Anunciaba una presentación, pero también conectaba a los artistas con su público y ayudaba a sostener una economía cultural que no siempre recibe la atención que merece.
Por eso, cuando alguien arranca un cartel de una pared o se burla de sus colores, quizá no advierta que está frente a una pequeña parte de una historia mucho más amplia. No se trata de afirmar que cada afiche tenga un valor histórico excepcional. Se trata de entender que, en conjunto, estas imágenes documentan formas de comunicación, gustos musicales y experiencias sociales que también forman parte de la historia peruana.
De las calles a los espacios culturales
En los últimos años, diversas expresiones populares han despertado un interés creciente entre diseñadores, investigadores, artistas y espacios culturales. La gráfica chicha puede analizarse desde la historia del diseño, la comunicación visual, la sociología y los estudios sobre identidad. Sus recursos estéticos también han inspirado propuestas contemporáneas en ilustración, publicidad, moda y diseño gráfico.
Ese reconocimiento abre oportunidades, pero plantea una cuestión importante: ¿qué ocurre cuando una estética antes despreciada empieza a resultar atractiva para sectores que anteriormente la ignoraban?
Puede suceder que sus colores y formas sean incorporados a productos comerciales, colecciones de ropa o campañas visuales sin que se explique de dónde provienen. En esos casos, existe el riesgo de aprovechar la apariencia de la cultura chicha mientras se deja de lado a las personas que la desarrollaron y mantuvieron viva.
No hay nada malo en que una tradición visual inspire nuevas propuestas. El intercambio cultural puede enriquecer el diseño y abrir caminos creativos. La dificultad surge cuando la inspiración se convierte en una apropiación superficial que elimina la historia y transforma una expresión cultural en una simple tendencia.
Desde mi formación en Diseño de Modas, considero que trabajar con referencias culturales exige algo más que escoger una paleta atractiva. Es necesario investigar, observar y reconocer el contexto de aquello que nos inspira. Si una diseñadora utiliza elementos visuales vinculados al arte chicha, debería preguntarse por su significado, su trayectoria y las personas que contribuyeron a construir esa identidad.
La creatividad no pierde fuerza cuando se informa; al contrario, gana profundidad. Conocer el origen de una estética permite utilizarla con mayor sensibilidad y evitar que se convierta en un recurso decorativo desconectado de su historia.
Una identidad que no debería avergonzarnos
El Perú es un país de múltiples influencias, contradicciones y encuentros culturales. Nuestra identidad no puede reducirse a una sola tradición ni a una imagen idealizada de lo que consideramos auténtico. También está construida por las expresiones que nacieron en los barrios, las canciones que acompañaron a generaciones enteras y las imágenes que llenaron de color las calles.
El arte chicha pertenece a esa historia. Su importancia no depende de que todas las personas admiren sus composiciones ni de que sus colores encajen en las tendencias actuales. Su valor está relacionado con su capacidad para expresar una experiencia social, crear una identidad visual reconocible y dar presencia a comunidades que durante mucho tiempo tuvieron que abrirse espacio por sus propios medios.
Quizá el primer paso para valorarlo sea aprender a mirar sin despreciar de inmediato. Detenernos frente a un cartel, observar sus letras, reconocer la intención de sus contrastes y preguntarnos qué historia comunica. Escuchar una canción más allá de los prejuicios sobre su público. Comprender que detrás de una estética que algunos consideran excesiva existe una tradición de creatividad y trabajo.
No necesitamos convertir el arte chicha en algo intocable. Podemos analizarlo, debatir sobre sus formas y reconocer que, como cualquier manifestación artística, evoluciona y presenta distintas calidades. Lo fundamental es que esa evaluación no parta de la idea de que lo popular vale menos.
Como estudiante y creadora, creo que el diseño debe ayudarnos a comprender el mundo que habitamos, no a establecer fronteras rígidas entre lo que merece llamarse arte y lo que supuestamente no. La belleza no siempre se presenta de manera discreta. A veces grita desde una pared, se mezcla con el ruido de una avenida y utiliza un fucsia tan intenso que resulta imposible ignorarlo.
Y quizá ese sea uno de los mayores aportes del arte chicha: recordarnos que también existe belleza, ingenio y memoria en lugares donde algunos solo ven desorden.
Mirar más allá del color
Juzgar el arte chicha únicamente por su apariencia es quedarse con la parte más evidente y perderse todo lo demás. Sus afiches, sus composiciones vibrantes y su relación con la música popular hablan de una sociedad que cambió, de personas que construyeron nuevas formas de pertenencia y de creadores que encontraron en los recursos disponibles una manera de expresarse.
Detrás de esos colores hay trabajo, experimentación y una historia que no siempre ha sido contada con el respeto necesario. Hay también una pregunta que sigue vigente: ¿quién decide qué expresiones merecen reconocimiento y cuáles deben permanecer en los márgenes?
Tal vez no podamos eliminar todos los prejuicios de un día para otro, pero sí podemos empezar por cuestionarlos. Antes de llamar vulgar a una imagen, conviene conocer su contexto. Antes de descartar una expresión cultural, vale la pena escuchar a quienes la mantienen viva.
El arte chicha no necesita abandonar sus colores para ser tomado en serio. Tampoco necesita parecerse a las expresiones consagradas para demostrar que forma parte de nuestra cultura. Su identidad está precisamente en esa fuerza visual, en su vínculo con la música y en la historia de las personas que encontraron en ella una manera de hacerse visibles.
Porque detrás de cada afiche hay algo más que una invitación a un concierto: hay memoria, esfuerzo, creatividad e identidad. Y esa historia merece ser conocida, estudiada y respetada, incluso por quienes todavía no han aprendido a mirar más allá del color.
(*) Escritora, poeta, dibujante y costurera. Estudiante de Diseño y Gestión de Modas en el Instituto SISE.
Comentarios Continue ReadingOpinión
El crepúsculo del feminismo ideológico: la caída del negocio de la victimización y la vuelta al méritoLee la columna de Raúl Allain
Published
3 días agoon
24/10/2026By
Raúl Allain
No deja de ser un espectáculo fascinante presenciar cómo las construcciones ideológicas más ruidosas terminen desmoronándose bajo el peso insostenible de sus propias contradicciones. Durante los últimos años, el debate público en el Perú y en buena parte de América Latina estuvo secuestrado por una narrativa dogmática que pretendía explicar la totalidad de la experiencia humana a través del tamiz de la «lucha de géneros».
Se nos vendió el feminismo hegemónico no como un esfuerzo genuino por la igualdad ante la ley, sino como un dogma indiscutible cuya función real fue alimentar un jugoso aparato de burocracia estatal, consultorías infinitas y proselitismo político de izquierda.
Como observador de la realidad sociológica de nuestra patria, me he preguntado más de una vez en qué momento exacto la búsqueda de la equidad natural entre hombres y mujeres fue sustituida por esta ingeniería social tan agresiva.
La respuesta, cuando se analiza el proceso sin los anteojos de la corrección política, resulta bastante clara: ocurrió cuando la izquierda radical, tras el estrepitoso colapso de sus modelos económicos colectivistas, necesitó desesperadamente un nuevo sujeto revolucionario para mantener su cuota de poder e influencia.
Al perder el relato de la lucha de clases tradicional, se apropiaron de la causa de la mujer para convertirla en un instrumento de confrontación permanente.
Esta metamorfosis transformó un reclamo legítimo en un lucrativo negocio clientelar. En el Perú, fuimos testigos de la proliferación de ONG y ministerios hipertrofiados que devoraron presupuestos millonarios en talleres de sensibilización, lenguaje inclusivo y consultorías de gabinete, mientras la mujer real, la que emprende a diario en los mercados, la que saca adelante su hogar con esfuerzo y sin victimismos, seguía enfrentando los mismos problemas de seguridad, falta de servicios públicos e ineficiencia estatal.
La brecha entre la retórica del activismo caviar y la vida cotidiana de la peruana de a pie se volvió una grieta insalvable.
El pilar fundamental sobre el que se edifica este feminismo hegemónico es la anulación absoluta de la agencia individual. La ideología de género insiste de manera machacona en presentar a la mujer no como un ser libre, autónomo y capaz, sino como una víctima perpetua, biológicamente condicionada a la opresión en una estructura que llaman patriarcal.
Resulta profundamente paradójico y hasta insultante que una doctrina que afirma defender a la mujer termine infantilizándola de tal manera. Le dicen que sus logros jamás serán el resultado de su talento o disciplina, sino de concesiones estatales o leyes de cuotas que la tratan como a un colectivo desvalido necesitado de tutoría pública.
Las políticas de cuotas de género representan, precisamente, uno de los fracasos conceptuales más evidentes de esta agenda. Bajo el pretexto de garantizar una representación equitativa, se sustituyó el principio de idoneidad y mérito por el de la adscripción biológica.
En la práctica, esto no ha servido para mejorar la calidad de la gestión pública ni para resolver los grandes dilemas de la nación, sino para consolidar argollas políticas donde el requisito principal no es la capacidad técnica, sino la sintonía ideológica con el discurso de turno.
La verdadera dignidad de la mujer no se construye rebajando la vara de la exigencia ni imponiendo cupos artificiales, sino garantizando la igualdad de oportunidades para que compita y triunfe por su propia valía.
A esta incoherencia conceptual se le suma una doble moral geopolítica que roza el cinismo más absoluto. El activismo progresista que organiza marchas estruendosas en Lima contra figuras conservadoras o instituciones religiosas entra en un mutismo sepulcral cuando se trata de evaluar la situación de las mujeres bajo regímenes de izquierda.
Guardaron un silencio cómplice frente a las denuncias de abusos, persecución y violencia sistemática cometidas contra opositoras en las dictaduras de Venezuela, Cuba o Nicaragua. Pareciera que para la masa militante una violación de derechos fundamentales solo merece indignación si el agresor no comparte su carné ideológico. Esa selectividad moral terminó por destruir el poco crédito ético que les quedaba.
Afortunadamente, el panorama sociopolítico en la región está experimentando un viraje saludable hacia el sentido común. La marea roja que pretendía imponer esta agenda globalista ha comenzado a replegarse ante el cansancio de una ciudadanía que exige soluciones reales y no sermones ideológicos.
El repliegue de la izquierda radical en diversos países latinoamericanos ha dejado al descubierto la vacuidad del discurso de género, mostrando que detrás del andamiaje conceptual solo había una estrategia de fragmentación social orientada a polarizar a la familia y debilitar el tejido comunitario.
Frente a esta ruina del colectivismo progresista, la derecha soberanista y patriótica tiene la enorme oportunidad de ofrecer un proyecto integrador, basado en la libertad individual, la meritocracia y el fortalecimiento de la familia como núcleo básico de la sociedad.
La alternativa que proponemos desde una perspectiva conservadora y liberal no busca enfrentar a hombres y mujeres en una guerra absurda de sexos, sino reconocer su complementariedad natural y su igualdad esencial de derechos y deberes ante la ley.
El camino del progreso para la mujer peruana no pasa por la victimización ni por la dependencia de subsidios estatales o favores burocráticos. Pasa por el capitalismo popular, la libertad de empresa y la seguridad jurídica.
La verdadera emancipación económica y social de las peruanas la vemos a diario en el espíritu emprendedor de las microempresarias de Gamarra, en las dirigentes de las ollas comunes que gestionan recursos con eficiencia admirable, en las profesionales que escalan en el sector privado a base de excelencia y en las madres que educan a sus hijos en valores de trabajo y responsabilidad.
Desde la derecha, defendemos un modelo donde el Estado no pretenda reeducar a las familias ni imponer ideologías contrarias a nuestra tradición cultural, sino que se limite a cumplir sus funciones primordiales: garantizar la seguridad en las calles, impartir justicia pronta y severa contra los delincuentes reales sin distinción de sexo, y despejar el camino de trabas burocráticas para que la iniciativa privada genere empleos formales.
Una sociedad segura y próspera es el mejor entorno para que cualquier persona, sea hombre o mujer, pueda desarrollar su proyecto de vida en absoluta libertad.
Es hora de desmontar los mitos de la corrección política y llamar a las cosas por su nombre. El feminismo ideológico de izquierda no fue más que un desvío costoso que dividió a la sociedad y distrajo recursos valiosos que debieron destinarse a la modernización de la infraestructura, la salud y la educación.
El crepúsculo de esta narrativa nos abre la puerta para recuperar el orgullo del mérito personal, la defensa de la familia y la fe en el talento individual como los motores auténticos del desarrollo nacional.
El Perú necesita superar la etapa del resentimiento ideológico y avanzar hacia una convivencia fundada en el respeto mutuo, el patriotismo y el esfuerzo compartido. Quienes creemos en la libertad, la propiedad privada y la dignidad intrínseca de la persona humana debemos dar esta batalla cultural sin complejos, convencidos de que la verdad y la naturaleza humana terminan siempre por imponerse sobre cualquier intento de ingeniería social.
La reconstrucción de nuestra patria exige dejar atrás los dogmas del pasado y abrazar con firmeza un futuro de orden, trabajo y verdadera justicia para todos.
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The scientist: La fórmula del arrepentimiento¿Cuántas veces hemos hecho o dicho cosas que lastimaron a alguien especial y, al darnos cuenta del daño causado, intentamos repararlo?
Published
3 días agoon
23/10/2026By
Redacción Lima Gris
Por Julio Aguilar
Ese sentimiento agobiante de querer encontrar una solución nos ha invadido a todos al atravesar un momento duro con la persona que amamos. A veces, las palabras no bastan para expresar el arrepentimiento de haber cometido un error, ya sea con una frase o con una acción en el momento menos oportuno. Entonces, en medio del dolor y la impotencia por la ruptura, aparece una canción: una letra y una melodía que logran expresar mejor que nada en el mundo eso que, por orgullo o miedo, no podemos decir abiertamente.
The Scientist, de Coldplay, es una de las canciones que mejor aborda el deseo genuino de volver al inicio y empezar de nuevo; esa segunda oportunidad que tanto anhelamos para hacer las cosas de otra manera.
Chris Martin escribió el tema durante las grabaciones del segundo álbum de la banda, A Rush of Blood to the Head. Martin se inspiró en el cuento La marca de nacimiento, el cual narra la historia de Aylmer, un científico que contrae matrimonio con Georgiana, una joven hermosa a excepción de una pequeña marca de nacimiento en forma de mano sobre su mejilla. A pesar de que Aylmer la ama profundamente, no puede evitar sentirse perturbado por dicha marca, al punto de tener sueños en los que, con la ayuda de su criado Aminadab, intenta una suerte de operación para borrársela. Una noche, tras prepararse para dormir, Georgiana lo confronta preguntándole si alguna vez ha soñado con esa huella en su rostro, a lo que el científico no tiene más opción que confesar la verdad sobre la angustia que le genera. Ella le responde que no hay inconveniente en quitársela, incluso si eso significa poner en riesgo su vida.
En palabras del cantante británico, The Scientist trata sobre las personas que amamos y cómo, al estar enamorados, todo lo demás desaparece. Es una sensación que cualquiera ha experimentado al creer haber encontrado a alguien cuya presencia nos cautiva al punto de querer darlo todo. Intentamos cuidarlo y hacer las cosas bien, pero, a veces, la propia vida y las ocupaciones nos distraen de lo que realmente importa.
Precisamente eso nos relata la letra de The Scientist: la historia de un científico obsesionado con sus experimentos a tal grado que descuida su relación. Cuando esta finalmente se rompe y parece demasiado tarde para remediarlo, lo único que el hombre desea con todas sus fuerzas es encontrar la fórmula para volver al inicio y empezar de cero.
The Scientist es una de las baladas más emotivas del rock alternativo: un bálsamo sonoro que muchas veces necesitamos escuchar con los auriculares puestos mientras caminamos por la calle, nos sentamos en un parque a observar las hojas caer y dejamos que los recuerdos nos invoquen a reparar el daño hecho a ese alguien especial.
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