Opinión
La virgen lasciva de Hernán Migoya y Antonhy TorresPor David Jesús Flores Heredia
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11 segundos agoon
25/10/2026By
Redacción Lima Gris
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Por David Jesús Flores Heredia
Hablar de Hernán Migoya es hablar de un consagrado guionista de cómics, traductor de Peter Bagge (“Odio”), editor de la revista especializada “El Víbora”, quien tuvo un controvertido debut literario con su “Todas Putas” (uno, dos y tres) y que, desde su natal España, decidió que el Perú sería su segundo amor, donde, con su curiosidad infatigable, ha continuado realizando obras de gran alcance internacional.
“Señorita Laura”, a pesar de ganar el Premio Luces del diario El Comercio en 2015 fue vetado por tratar de la poco amada y mal recordada conductora televisiva que exportamos a México; sin embargo, esta colaboración con nuestros nacionales Marco Sifuentes y Ricardo Montes fue el preludio de otras tan controvertidas y divertidas como la actual ¡Puez Hombre!
Este manga nació junto al talentoso dibujante trujillano Antonhy Torres y narra con potente visión la vida del chalaco Járol, quien se hace pasar por español para ligar fácilmente y, debido a su lujuria, termina enredado en mil y un problemas, como el haber flechado a una preciosa Virgen, que muchos podrían confundir erróneamente con las deidades católicas María, Lourdes o Fátima.
La belleza de la Virgen es lúbrica, aureolada de puro deseo ante los ojos de quien ve, en esas formas onduladas y de movimientos gimientes, cómo su corazón se entrega a un tipo que está amenazado de muerte por… Sí, es el primer capítulo, pero arranca con la fuerza de un asesinato por extorsionadores sobre una conocida avenida, las correrías de un golfo que trabaja en una tienda de películas piratas y la arremetida del maligno.
Bastan estas pinceladas: “¿Eh? ¿Español yo? No, pues, este pechito es cajamarquino”, “Ciertamente soy un pecador, un espíritu débil que, movido por la soledad ha jugado a dar placer en demasiadas camas ajenas… pero no creo merecer la muerte”, o “Soy tu virgencita y velaré por ti, a cambio de una sola condición…”, para recomendar su lectura, compra, hurto o como puedan adquirirlo, porque el próximo capítulo está en ciernes y el siguiente y el siguiente y el siguiente, como una obsesión que solo puede dar un guion potente y un dibujo oscuro y finamente erótico.
¡Puez hombre! ¿Qué esperan?
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Redacción Lima Gris
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Opinión
El arte chicha: juzgado por sus colores, ignorado por su historiaLee la columna de Escarlet Tadeo
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2 días agoon
24/10/2026By
Redacción Lima Gris
Por Escarlet Tadeo (*)
Hay expresiones artísticas que reciben elogios apenas entran en una galería y otras que, aunque forman parte de nuestra vida cotidiana, siguen siendo miradas con cierta desconfianza. Basta observar los colores de un afiche chicha pegado en una pared, escuchar una canción en una fiesta popular o detenerse frente a un letrero pintado a mano para notar que no todos reconocemos el valor de lo que tenemos delante. A veces, lo primero que aparece es el prejuicio: demasiado color, demasiadas letras, demasiado ruido. Pero ¿alguna vez nos hemos preguntado qué historia hay detrás de esa estética que muchos critican sin conocer?
El arte chicha es mucho más que una combinación de colores fluorescentes y tipografías llamativas. Es una expresión cultural que habla de identidad, trabajo, migración, creatividad y de una parte fundamental del Perú contemporáneo. Su presencia en las calles, los mercados, los locales de conciertos y los barrios populares revela una manera particular de comunicar y de construir comunidad. Sin embargo, pese a su importancia, todavía existen personas que lo consideran vulgar, desordenado o carente de valor artístico.
Como escritora, dibujante y estudiante de Diseño de Modas, me interesa observar aquello que muchas veces pasa desapercibido. Cuando miro un afiche chicha, no veo solamente una superficie saturada de colores; también encuentro decisiones visuales, una intención comunicativa y una historia social que merece ser comprendida. Y es justamente ahí donde nace una pregunta que me parece necesaria: ¿por qué nos cuesta reconocer el arte cuando no se presenta bajo los códigos estéticos que hemos aprendido a respetar?
Una estética que nació de una historia social
Para comprender el arte chicha, primero debemos mirar el contexto en el que se desarrolló. Durante el siglo XX, especialmente desde mediados de ese periodo, Lima experimentó importantes procesos de migración interna. Miles de familias procedentes de distintas regiones del país llegaron a la capital buscando oportunidades de trabajo, educación y una vida mejor para sus hijos. Con ellas también llegaron costumbres, lenguas, formas de organización, tradiciones musicales y maneras de entender el mundo.
La ciudad comenzó a transformarse. Los nuevos barrios crecieron, aparecieron mercados, asociaciones, pequeños negocios y espacios de encuentro donde las personas construían comunidad. En ese escenario se desarrollaron nuevas expresiones culturales que mezclaban experiencias andinas con elementos urbanos. La música chicha fue una de ellas: una propuesta que incorporó influencias de la cumbia colombiana, sonidos tropicales y guitarras eléctricas, al mismo tiempo que dialogaba con las vivencias de una población que estaba construyendo su lugar en la ciudad.
Con el tiempo, esa música desarrolló una identidad visual propia. Los conciertos necesitaban anunciarse, los artistas debían distinguirse y el público tenía que reconocer rápidamente qué agrupación se presentaría y dónde. Así, los afiches se convirtieron en una herramienta esencial para la difusión musical y, a la vez, en un espacio de experimentación gráfica.
No se trataba de diseñar para una vitrina elegante ni de satisfacer los criterios de una institución artística. Había que llamar la atención en medio de una calle concurrida, destacar entre numerosos anuncios y transmitir energía desde el primer vistazo. El resultado fue una estética intensa, directa y fácilmente reconocible.
Detrás de ella existía una necesidad concreta: hacerse visible. En una sociedad donde las expresiones culturales de los sectores populares no siempre recibían el mismo reconocimiento que las producidas desde espacios privilegiados, el arte chicha encontró una forma propia de ocupar la ciudad.
Los colores también cuentan historias
Si hay algo que distingue al arte chicha es su relación con el color. Fucsias eléctricos, amarillos intensos, verdes fluorescentes, naranjas y violetas conviven en composiciones que parecen competir por nuestra atención. A primera vista, alguien podría pensar que se trata de una mezcla excesiva. Sin embargo, esa impresión cambia cuando entendemos el propósito de su lenguaje visual.
En un afiche de concierto, el color no está allí únicamente para decorar. Busca captar la mirada, transmitir entusiasmo y hacer que el anuncio sea reconocible incluso desde cierta distancia. Las letras grandes, los contrastes fuertes y las composiciones recargadas responden a una lógica comunicativa vinculada a las calles y a la cultura popular. Su fuerza está en que no pretende pasar inadvertido.
Como dibujante, me resulta interesante pensar en las decisiones que hay detrás de una composición de este tipo. Elegir una paleta intensa, establecer contrastes, distribuir los textos y destacar el nombre de una agrupación requiere criterio. El diseño no consiste simplemente en colocar elementos sobre una superficie; implica decidir qué debe verse primero, qué información necesita mayor presencia y qué sensaciones queremos provocar.
En el arte chicha, esas decisiones se expresan con una libertad visual que no siempre coincide con los principios de sobriedad que suelen enseñarse o valorarse en determinados espacios del diseño. Pero eso no significa que carezcan de intención.
A veces me pregunto si llamaríamos desordenado a un afiche chicha si no supiéramos que está relacionado con la música popular, o si lo miraríamos de otra manera si apareciera en una exposición con una explicación histórica al lado. La pregunta puede parecer sencilla, pero revela algo importante: nuestra percepción del arte no depende exclusivamente de lo que vemos. También está condicionada por el origen que atribuimos a aquello que observamos.

El diseño popular también exige creatividad
Estudiar Diseño de Modas me ha llevado a prestar atención a detalles que antes quizá habría pasado por alto: la combinación de tonos, las texturas, las proporciones y la manera en que ciertos elementos construyen una identidad. En la moda, una prenda puede comunicar pertenencia, rebeldía, tradición o una determinada visión del mundo. Algo parecido sucede con el arte chicha.
Su lenguaje visual no se limita a los afiches. También se relaciona con la vestimenta de los artistas, las portadas musicales, los escenarios y las formas en que las agrupaciones construyen su imagen pública. Todo ello participa en una identidad que el público reconoce y hace suya.
Pensemos, por ejemplo, en un concierto anunciado mediante un cartel fluorescente colocado en la fachada de una bodega. El nombre de la agrupación aparece en letras enormes; debajo se indican la fecha, el lugar y los precios de las entradas. Alrededor, los colores compiten por nuestra atención. Puede que a alguien acostumbrado al diseño minimalista le parezca demasiado cargado. Pero para quien organiza el evento, imprime los anuncios o espera escuchar a su grupo favorito, ese cartel cumple una función concreta y forma parte de una experiencia compartida.
Además, debemos recordar que el arte popular no aparece por generación espontánea. Detrás de cada pieza hay personas que aprenden técnicas, prueban combinaciones, resuelven dificultades y desarrollan un estilo. Muchas veces, ese trabajo se realiza con recursos limitados y bajo la presión de cumplir plazos. No siempre cuenta con el presupuesto de una campaña publicitaria importante, pero eso no elimina la creatividad ni el conocimiento que exige.
Me parece injusto reducir ese esfuerzo a una simple acumulación de colores. Podemos discutir si una composición funciona, analizar sus aciertos o señalar sus limitaciones, como haríamos con cualquier obra visual. Lo que no deberíamos hacer es dar por sentado que carece de valor únicamente porque procede de un entorno popular.
¿Por qué algunos colores reciben más respeto que otros?
El problema no está en que a todas las personas les guste el arte chicha. El gusto es personal y no existe una obligación de disfrutar todas las expresiones culturales. La dificultad aparece cuando una preferencia estética se convierte en una forma de desprecio hacia quienes producen y consumen esa cultura.
En el Perú, los prejuicios relacionados con la clase social, el origen regional y las diferencias culturales han influido en la manera en que se juzgan determinadas manifestaciones populares. Algunas expresiones reciben reconocimiento inmediato porque están vinculadas a instituciones prestigiosas, mientras que otras deben demostrar constantemente que merecen ser tomadas en serio.
Un cuadro expuesto en una galería puede presentarse como una exploración audaz del color. Un afiche chicha, con una intensidad cromática semejante o incluso mayor, puede ser descrito como un ejemplo de mal gusto. ¿Qué cambia entre ambos casos? Por supuesto, existen diferencias de propósito, técnica y contexto que merecen analizarse. Sin embargo, también debemos preguntarnos cuánto pesa el lugar donde aparece la obra y quiénes son las personas asociadas con ella.
No es casual que aquello relacionado con los sectores populares sea juzgado, en ocasiones, con mayor severidad. El arte chicha está vinculado a barrios, mercados, celebraciones y circuitos musicales que durante mucho tiempo fueron considerados secundarios frente a los espacios culturales tradicionales. Esa asociación puede llevar a que algunas personas descalifiquen la estética antes de conocer su historia.
Aquí es donde conviene detenernos. No toda crítica al arte chicha nace del clasismo, pero tampoco podemos ignorar que existen prejuicios que condicionan su valoración. Reconocerlos no significa idealizar esta expresión artística ni afirmar que todo lo popular es automáticamente extraordinario. Significa aplicar una mirada más justa, capaz de analizar las obras sin despreciar a las personas ni borrar el contexto del que proceden.

La música chicha y la memoria de quienes construyeron ciudad
La historia de la chicha también está relacionada con la experiencia de quienes encontraron en la música una manera de expresar sus alegrías, dificultades y aspiraciones. Sus canciones acompañaron reuniones familiares, celebraciones, fiestas barriales y momentos cotidianos. En ellas se reconocen sentimientos de amor, pérdida, esfuerzo y esperanza, pero también una experiencia de transformación social.
La música chicha permitió que muchas personas encontraran sonidos cercanos a su propia realidad. Sus guitarras eléctricas, ritmos bailables y letras conectaron distintas influencias culturales sin necesidad de elegir entre una identidad regional y una identidad urbana. Esa mezcla, precisamente, constituye una de sus características más significativas.
Agrupaciones como Los Shapis contribuyeron a consolidar la presencia de la música chicha en el panorama popular peruano. Su trayectoria mostró que una propuesta nacida y desarrollada en circuitos populares podía alcanzar una amplia audiencia y convertirse en parte de la memoria musical del país.
Alrededor de esa música crecieron también actividades económicas: músicos, productores, vendedores, impresores, diseñadores y trabajadores que participaban en la organización de eventos. El afiche era una pieza de ese circuito. Anunciaba una presentación, pero también conectaba a los artistas con su público y ayudaba a sostener una economía cultural que no siempre recibe la atención que merece.
Por eso, cuando alguien arranca un cartel de una pared o se burla de sus colores, quizá no advierta que está frente a una pequeña parte de una historia mucho más amplia. No se trata de afirmar que cada afiche tenga un valor histórico excepcional. Se trata de entender que, en conjunto, estas imágenes documentan formas de comunicación, gustos musicales y experiencias sociales que también forman parte de la historia peruana.
De las calles a los espacios culturales
En los últimos años, diversas expresiones populares han despertado un interés creciente entre diseñadores, investigadores, artistas y espacios culturales. La gráfica chicha puede analizarse desde la historia del diseño, la comunicación visual, la sociología y los estudios sobre identidad. Sus recursos estéticos también han inspirado propuestas contemporáneas en ilustración, publicidad, moda y diseño gráfico.
Ese reconocimiento abre oportunidades, pero plantea una cuestión importante: ¿qué ocurre cuando una estética antes despreciada empieza a resultar atractiva para sectores que anteriormente la ignoraban?
Puede suceder que sus colores y formas sean incorporados a productos comerciales, colecciones de ropa o campañas visuales sin que se explique de dónde provienen. En esos casos, existe el riesgo de aprovechar la apariencia de la cultura chicha mientras se deja de lado a las personas que la desarrollaron y mantuvieron viva.
No hay nada malo en que una tradición visual inspire nuevas propuestas. El intercambio cultural puede enriquecer el diseño y abrir caminos creativos. La dificultad surge cuando la inspiración se convierte en una apropiación superficial que elimina la historia y transforma una expresión cultural en una simple tendencia.
Desde mi formación en Diseño de Modas, considero que trabajar con referencias culturales exige algo más que escoger una paleta atractiva. Es necesario investigar, observar y reconocer el contexto de aquello que nos inspira. Si una diseñadora utiliza elementos visuales vinculados al arte chicha, debería preguntarse por su significado, su trayectoria y las personas que contribuyeron a construir esa identidad.
La creatividad no pierde fuerza cuando se informa; al contrario, gana profundidad. Conocer el origen de una estética permite utilizarla con mayor sensibilidad y evitar que se convierta en un recurso decorativo desconectado de su historia.
Una identidad que no debería avergonzarnos
El Perú es un país de múltiples influencias, contradicciones y encuentros culturales. Nuestra identidad no puede reducirse a una sola tradición ni a una imagen idealizada de lo que consideramos auténtico. También está construida por las expresiones que nacieron en los barrios, las canciones que acompañaron a generaciones enteras y las imágenes que llenaron de color las calles.
El arte chicha pertenece a esa historia. Su importancia no depende de que todas las personas admiren sus composiciones ni de que sus colores encajen en las tendencias actuales. Su valor está relacionado con su capacidad para expresar una experiencia social, crear una identidad visual reconocible y dar presencia a comunidades que durante mucho tiempo tuvieron que abrirse espacio por sus propios medios.
Quizá el primer paso para valorarlo sea aprender a mirar sin despreciar de inmediato. Detenernos frente a un cartel, observar sus letras, reconocer la intención de sus contrastes y preguntarnos qué historia comunica. Escuchar una canción más allá de los prejuicios sobre su público. Comprender que detrás de una estética que algunos consideran excesiva existe una tradición de creatividad y trabajo.
No necesitamos convertir el arte chicha en algo intocable. Podemos analizarlo, debatir sobre sus formas y reconocer que, como cualquier manifestación artística, evoluciona y presenta distintas calidades. Lo fundamental es que esa evaluación no parta de la idea de que lo popular vale menos.
Como estudiante y creadora, creo que el diseño debe ayudarnos a comprender el mundo que habitamos, no a establecer fronteras rígidas entre lo que merece llamarse arte y lo que supuestamente no. La belleza no siempre se presenta de manera discreta. A veces grita desde una pared, se mezcla con el ruido de una avenida y utiliza un fucsia tan intenso que resulta imposible ignorarlo.
Y quizá ese sea uno de los mayores aportes del arte chicha: recordarnos que también existe belleza, ingenio y memoria en lugares donde algunos solo ven desorden.
Mirar más allá del color
Juzgar el arte chicha únicamente por su apariencia es quedarse con la parte más evidente y perderse todo lo demás. Sus afiches, sus composiciones vibrantes y su relación con la música popular hablan de una sociedad que cambió, de personas que construyeron nuevas formas de pertenencia y de creadores que encontraron en los recursos disponibles una manera de expresarse.
Detrás de esos colores hay trabajo, experimentación y una historia que no siempre ha sido contada con el respeto necesario. Hay también una pregunta que sigue vigente: ¿quién decide qué expresiones merecen reconocimiento y cuáles deben permanecer en los márgenes?
Tal vez no podamos eliminar todos los prejuicios de un día para otro, pero sí podemos empezar por cuestionarlos. Antes de llamar vulgar a una imagen, conviene conocer su contexto. Antes de descartar una expresión cultural, vale la pena escuchar a quienes la mantienen viva.
El arte chicha no necesita abandonar sus colores para ser tomado en serio. Tampoco necesita parecerse a las expresiones consagradas para demostrar que forma parte de nuestra cultura. Su identidad está precisamente en esa fuerza visual, en su vínculo con la música y en la historia de las personas que encontraron en ella una manera de hacerse visibles.
Porque detrás de cada afiche hay algo más que una invitación a un concierto: hay memoria, esfuerzo, creatividad e identidad. Y esa historia merece ser conocida, estudiada y respetada, incluso por quienes todavía no han aprendido a mirar más allá del color.
(*) Escritora, poeta, dibujante y costurera. Estudiante de Diseño y Gestión de Modas en el Instituto SISE.
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El crepúsculo del feminismo ideológico: la caída del negocio de la victimización y la vuelta al méritoLee la columna de Raúl Allain
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2 días agoon
24/10/2026By
Raúl Allain
No deja de ser un espectáculo fascinante presenciar cómo las construcciones ideológicas más ruidosas terminen desmoronándose bajo el peso insostenible de sus propias contradicciones. Durante los últimos años, el debate público en el Perú y en buena parte de América Latina estuvo secuestrado por una narrativa dogmática que pretendía explicar la totalidad de la experiencia humana a través del tamiz de la «lucha de géneros».
Se nos vendió el feminismo hegemónico no como un esfuerzo genuino por la igualdad ante la ley, sino como un dogma indiscutible cuya función real fue alimentar un jugoso aparato de burocracia estatal, consultorías infinitas y proselitismo político de izquierda.
Como observador de la realidad sociológica de nuestra patria, me he preguntado más de una vez en qué momento exacto la búsqueda de la equidad natural entre hombres y mujeres fue sustituida por esta ingeniería social tan agresiva.
La respuesta, cuando se analiza el proceso sin los anteojos de la corrección política, resulta bastante clara: ocurrió cuando la izquierda radical, tras el estrepitoso colapso de sus modelos económicos colectivistas, necesitó desesperadamente un nuevo sujeto revolucionario para mantener su cuota de poder e influencia.
Al perder el relato de la lucha de clases tradicional, se apropiaron de la causa de la mujer para convertirla en un instrumento de confrontación permanente.
Esta metamorfosis transformó un reclamo legítimo en un lucrativo negocio clientelar. En el Perú, fuimos testigos de la proliferación de ONG y ministerios hipertrofiados que devoraron presupuestos millonarios en talleres de sensibilización, lenguaje inclusivo y consultorías de gabinete, mientras la mujer real, la que emprende a diario en los mercados, la que saca adelante su hogar con esfuerzo y sin victimismos, seguía enfrentando los mismos problemas de seguridad, falta de servicios públicos e ineficiencia estatal.
La brecha entre la retórica del activismo caviar y la vida cotidiana de la peruana de a pie se volvió una grieta insalvable.
El pilar fundamental sobre el que se edifica este feminismo hegemónico es la anulación absoluta de la agencia individual. La ideología de género insiste de manera machacona en presentar a la mujer no como un ser libre, autónomo y capaz, sino como una víctima perpetua, biológicamente condicionada a la opresión en una estructura que llaman patriarcal.
Resulta profundamente paradójico y hasta insultante que una doctrina que afirma defender a la mujer termine infantilizándola de tal manera. Le dicen que sus logros jamás serán el resultado de su talento o disciplina, sino de concesiones estatales o leyes de cuotas que la tratan como a un colectivo desvalido necesitado de tutoría pública.
Las políticas de cuotas de género representan, precisamente, uno de los fracasos conceptuales más evidentes de esta agenda. Bajo el pretexto de garantizar una representación equitativa, se sustituyó el principio de idoneidad y mérito por el de la adscripción biológica.
En la práctica, esto no ha servido para mejorar la calidad de la gestión pública ni para resolver los grandes dilemas de la nación, sino para consolidar argollas políticas donde el requisito principal no es la capacidad técnica, sino la sintonía ideológica con el discurso de turno.
La verdadera dignidad de la mujer no se construye rebajando la vara de la exigencia ni imponiendo cupos artificiales, sino garantizando la igualdad de oportunidades para que compita y triunfe por su propia valía.
A esta incoherencia conceptual se le suma una doble moral geopolítica que roza el cinismo más absoluto. El activismo progresista que organiza marchas estruendosas en Lima contra figuras conservadoras o instituciones religiosas entra en un mutismo sepulcral cuando se trata de evaluar la situación de las mujeres bajo regímenes de izquierda.
Guardaron un silencio cómplice frente a las denuncias de abusos, persecución y violencia sistemática cometidas contra opositoras en las dictaduras de Venezuela, Cuba o Nicaragua. Pareciera que para la masa militante una violación de derechos fundamentales solo merece indignación si el agresor no comparte su carné ideológico. Esa selectividad moral terminó por destruir el poco crédito ético que les quedaba.
Afortunadamente, el panorama sociopolítico en la región está experimentando un viraje saludable hacia el sentido común. La marea roja que pretendía imponer esta agenda globalista ha comenzado a replegarse ante el cansancio de una ciudadanía que exige soluciones reales y no sermones ideológicos.
El repliegue de la izquierda radical en diversos países latinoamericanos ha dejado al descubierto la vacuidad del discurso de género, mostrando que detrás del andamiaje conceptual solo había una estrategia de fragmentación social orientada a polarizar a la familia y debilitar el tejido comunitario.
Frente a esta ruina del colectivismo progresista, la derecha soberanista y patriótica tiene la enorme oportunidad de ofrecer un proyecto integrador, basado en la libertad individual, la meritocracia y el fortalecimiento de la familia como núcleo básico de la sociedad.
La alternativa que proponemos desde una perspectiva conservadora y liberal no busca enfrentar a hombres y mujeres en una guerra absurda de sexos, sino reconocer su complementariedad natural y su igualdad esencial de derechos y deberes ante la ley.
El camino del progreso para la mujer peruana no pasa por la victimización ni por la dependencia de subsidios estatales o favores burocráticos. Pasa por el capitalismo popular, la libertad de empresa y la seguridad jurídica.
La verdadera emancipación económica y social de las peruanas la vemos a diario en el espíritu emprendedor de las microempresarias de Gamarra, en las dirigentes de las ollas comunes que gestionan recursos con eficiencia admirable, en las profesionales que escalan en el sector privado a base de excelencia y en las madres que educan a sus hijos en valores de trabajo y responsabilidad.
Desde la derecha, defendemos un modelo donde el Estado no pretenda reeducar a las familias ni imponer ideologías contrarias a nuestra tradición cultural, sino que se limite a cumplir sus funciones primordiales: garantizar la seguridad en las calles, impartir justicia pronta y severa contra los delincuentes reales sin distinción de sexo, y despejar el camino de trabas burocráticas para que la iniciativa privada genere empleos formales.
Una sociedad segura y próspera es el mejor entorno para que cualquier persona, sea hombre o mujer, pueda desarrollar su proyecto de vida en absoluta libertad.
Es hora de desmontar los mitos de la corrección política y llamar a las cosas por su nombre. El feminismo ideológico de izquierda no fue más que un desvío costoso que dividió a la sociedad y distrajo recursos valiosos que debieron destinarse a la modernización de la infraestructura, la salud y la educación.
El crepúsculo de esta narrativa nos abre la puerta para recuperar el orgullo del mérito personal, la defensa de la familia y la fe en el talento individual como los motores auténticos del desarrollo nacional.
El Perú necesita superar la etapa del resentimiento ideológico y avanzar hacia una convivencia fundada en el respeto mutuo, el patriotismo y el esfuerzo compartido. Quienes creemos en la libertad, la propiedad privada y la dignidad intrínseca de la persona humana debemos dar esta batalla cultural sin complejos, convencidos de que la verdad y la naturaleza humana terminan siempre por imponerse sobre cualquier intento de ingeniería social.
La reconstrucción de nuestra patria exige dejar atrás los dogmas del pasado y abrazar con firmeza un futuro de orden, trabajo y verdadera justicia para todos.
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The scientist: La fórmula del arrepentimiento¿Cuántas veces hemos hecho o dicho cosas que lastimaron a alguien especial y, al darnos cuenta del daño causado, intentamos repararlo?
Published
2 días agoon
23/10/2026By
Redacción Lima Gris
Por Julio Aguilar
Ese sentimiento agobiante de querer encontrar una solución nos ha invadido a todos al atravesar un momento duro con la persona que amamos. A veces, las palabras no bastan para expresar el arrepentimiento de haber cometido un error, ya sea con una frase o con una acción en el momento menos oportuno. Entonces, en medio del dolor y la impotencia por la ruptura, aparece una canción: una letra y una melodía que logran expresar mejor que nada en el mundo eso que, por orgullo o miedo, no podemos decir abiertamente.
The Scientist, de Coldplay, es una de las canciones que mejor aborda el deseo genuino de volver al inicio y empezar de nuevo; esa segunda oportunidad que tanto anhelamos para hacer las cosas de otra manera.
Chris Martin escribió el tema durante las grabaciones del segundo álbum de la banda, A Rush of Blood to the Head. Martin se inspiró en el cuento La marca de nacimiento, el cual narra la historia de Aylmer, un científico que contrae matrimonio con Georgiana, una joven hermosa a excepción de una pequeña marca de nacimiento en forma de mano sobre su mejilla. A pesar de que Aylmer la ama profundamente, no puede evitar sentirse perturbado por dicha marca, al punto de tener sueños en los que, con la ayuda de su criado Aminadab, intenta una suerte de operación para borrársela. Una noche, tras prepararse para dormir, Georgiana lo confronta preguntándole si alguna vez ha soñado con esa huella en su rostro, a lo que el científico no tiene más opción que confesar la verdad sobre la angustia que le genera. Ella le responde que no hay inconveniente en quitársela, incluso si eso significa poner en riesgo su vida.
En palabras del cantante británico, The Scientist trata sobre las personas que amamos y cómo, al estar enamorados, todo lo demás desaparece. Es una sensación que cualquiera ha experimentado al creer haber encontrado a alguien cuya presencia nos cautiva al punto de querer darlo todo. Intentamos cuidarlo y hacer las cosas bien, pero, a veces, la propia vida y las ocupaciones nos distraen de lo que realmente importa.
Precisamente eso nos relata la letra de The Scientist: la historia de un científico obsesionado con sus experimentos a tal grado que descuida su relación. Cuando esta finalmente se rompe y parece demasiado tarde para remediarlo, lo único que el hombre desea con todas sus fuerzas es encontrar la fórmula para volver al inicio y empezar de cero.
The Scientist es una de las baladas más emotivas del rock alternativo: un bálsamo sonoro que muchas veces necesitamos escuchar con los auriculares puestos mientras caminamos por la calle, nos sentamos en un parque a observar las hojas caer y dejamos que los recuerdos nos invoquen a reparar el daño hecho a ese alguien especial.
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Buen paso de la DRELM con el desembalse de expedientes dejados por gobiernos pasadosLee la columna de Rafael Romero
Published
2 días agoon
23/10/2026By
Redacción Lima Gris
Por Rafael Romero
Para los redactores y periodistas especializados en el tema educativo, se vislumbra hoy un cambio positivo de fondo y forma en la Dirección Regional de Educación de Lima Metropolitana (DRELM).
No hace ni tres meses del inicio de la gestión del doctor Cornelio Gonzales Torres, 31 de julio pasado, y se evidencia un ambiente diferente en la DRELM, con más compromiso, más acción, toma de decisiones y mejor trato al administrado, tema que no se veía en los últimos 12 años por lo menos.
Y cuando lo bueno es ejemplo se contagia rápidamente entre el personal comprometido, al que se le golpeó en su mística no hace mucho desde la manipulación ideológica caviar, oportunista y “argollística” de las administraciones “humalista”, “pepekausista”, “vizcarrista” y “castillo-boluartista”, asunto delicado en el recurso humano agravado por la injerencia dentro de esa costra del poder burocratizado de malos elementos, pero que todavía persiste y que ayer nomás eran defendidos por una congresista caviar que digitaba todo desde el Parlamento para que esa argolla no se disuelva.
En ese contexto, desde julio hasta este mes morado, el director de la DRELM continúa con su impulso institucional y el trabajo de campo, donde las visitas inopinadas, que es como debe ser en regla, permiten descubrir entuertos y empoderar voluntades de los funcionarios más idóneos, para que salgan al frente, porque se los necesita, los cuales habían sido desplazados por sectores retardatarios que solo trabajan para la quincena y no para la excelencia en el servicio al ciudadano.
Todos los servidores públicos del sector educación tienen que cumplir la visión y misión del MINEDU, pues tienen al frente a los alumnos de Inicial, Primaria y Secundaria, a los docentes, a los padres de familia y al personal administrativo, mucho más cuando el servicio esencial de la educación tiene que cumplirse de forma eficiente y oportuna.
La tarea no es fácil, y no lo será si todavía existen fuerzas retrógradas o reaccionarias en contra de la buena educación. Pero, afortunadamente, ya se está logrando con el liderazgo de Cornelio Gonzales darle a la DRELM el peso que siempre debió tener, y para ello se necesita del buen trabajo en equipo, se requiere recorrer el kilómetro extra, así como ejercer la función pública con ética, valores institucionales, integridad y eficiencia.
Por eso todos los trabajadores del sector educación, donde están las Direcciones Regionales y las UGEL en costa, sierra y selva, deben cumplir su función sobre la base de la buena fe, del trabajo en equipo y de la cooperación de todas las áreas, con absoluta dedicación a fin de cumplir los objetivos dictados por el MINEDU. Obviamente, esto si queremos que la educación en Perú empiece a generar los cambios anhelados por 34 millones de compatriotas, transformaciones que otras sociedades, incluso más jóvenes que la nuestra, han conseguido en materia pedagógica, como la de Corea del Sur, Singapur, Finlandia o Noruega, por citar algunos casos.
Recordemos, finalmente, una frase del expresidente Fernando Belaunde que hoy está más vigente que nunca: “trabajar y dejar trabajar”
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Se busca ministro de CulturaLee la columna de Edwin Cavello
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3 días agoon
23/10/2026By
Edwin Cavello Limas
En Palacio de Gobierno ya empezaron a contar los días de Alberto Beingolea. Unos dicen que de diciembre no pasa; otros, más optimistas, aseguran que noviembre traerá novedades. Lo cierto es que el ministro de Cultura se ha convertido en un dolor de cabeza para Keiko Fujimori y en uno de los peores errores políticos de Luis Galarreta.
La designación de Beingolea generó rechazo dentro y fuera del Congreso. Su desconocimiento del sector cultural y los cuestionamientos por la incorporación de militantes y exmilitantes del Partido Popular Cristiano (PPC) han terminado por incomodar incluso a sectores del propio fujimorismo. Las versiones que circulan hablan de cerca de cien personas vinculadas a ese entorno colocadas en el ministerio. Si las cifras se confirman, no estaríamos ante una política cultural, sino ante una generosa repartija de puestos públicos.
Desde Palacio aseguran que los cambios ministeriales están cerca. Incluso se habla de una recomposición profunda del gabinete que podría alcanzar al propio presidente del Consejo de Ministros. Keiko Fujimori necesita recomponer sus alianzas parlamentarias y mejorar su margen de maniobra. En ese juego, algunos especulan con la posibilidad de ofrecer ministerios a sectores de oposición. La política peruana, siempre tan generosa cuando necesita votos, podría sorprendernos nuevamente.
Pero cambiar ministros no significa cambiar la realidad. Nasca y Palpa siguen reclamando una defensa efectiva de sus geoglifos; Cusco y Machu Picchu necesitan decisiones responsables sobre su patrimonio y gestión turística; el Museo Nacional del Perú, en Pachacámac, continúa siendo una papa caliente. Y el Fenómeno El Niño amenaza también bienes culturales que requieren prevención, planificación y especialistas.
¿Entenderá el próximo ministro la dimensión de estos problemas? ¿O tendremos otra designación basada en recomendaciones, amistades y cálculos electorales?
Beingolea ya es un fusible quemado. Sin embargo, alguien lo instaló y alguien deberá asumir el costo político. Galarreta recomendó; Keiko aprobó. Ahora, cuando la gestión hace agua, toca buscar reemplazo.
Se busca ministro de Cultura. Requisitos: conocer el sector, defender el patrimonio y no confundir el Estado con la agencia de empleos del partido. Abstenerse improvisados. La cultura peruana no necesita otro comentarista de sus desgracias, sino una autoridad capaz de resolverlas.
Porque para repartir cargos sobran candidatos; para proteger nuestra cultura, lamentablemente, escasean los preparados. Que Beingolea siga dedicándose a lo que sabe: ver como 22 jugadores corren detrás de una pelota.
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Chiclayo, pueblo de bachesLee la columna de Stanley Vega Requejo
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3 días agoon
23/10/2026By
Stankey Vega Requejo
Siempre ha sido una aventura temeraria desplazarme en mi silla de ruedas por las calles de Chiclayo. Veredas agrietadas, llenas de huecos o demasiado angostas. Lo mismo ocurre con las calzadas. Solo en los últimos tiempos han aparecido rampas en algunos puntos. Más de una vez, mi nave ha padecido los estragos de semejante abandono.
En algún momento se me ocurrió invitar a la alcaldesa y al gobernador regional a dar unas vueltas por el centro, obviamente subidos en sus respectivas sillas de ruedas. Para que sientan cómo saltan los riñones y comprueben el riesgo de salir volando. Desistí porque el trámite seguro resultaría engorroso y mi hígado graso terminaría pagando las consecuencias.
Cualquiera diría que, gracias al presupuesto millonario asignado por el gobierno y las entidades regionales para organizar la visita apostólica y acondicionar la ruta turística en Chiclayo, todo ese bombardeo, ese feo aspecto cambiaría. Pero no.
Lo que hasta el momento veo son calles y avenidas maquilladas de asfalto y buzones de alcantarillado a diez centímetros bajo la superficie, convertidos en trampas donde los autos pueden romperse las narices.
¿De qué sirven los S/ 150 millones anunciados para preparar Chiclayo si el centro histórico sigue exhibiendo sus miserias? Se puede entender que nuestros representantes políticos nos consideren poca cosa a nosotros, los pusilánimes habitantes de esta aldea; pero, por lo visto, también les importa un pepino la visita del representante de Jesucristo, su paisano.
Esta gente solo cree en los benditos billetes de santarosita.
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La alternativa política indígenaLee la columna de Enrique Paipay
Published
3 días agoon
22/10/2026By
Redacción Lima Gris
Por Enrique Paipay
Como toda época, la modernidad, el presente que transitamos, germina su propia intelectualidad, oficios, imágenes, términos y palabras acordes a sus corrientes y ánimos, reflejando el carácter e influencia preponderante para la mayoría y fuerza principal desde donde la especie humana construye su sociedad. Es la primera vez en la historia humana, por consecuencia de la formación del capitalismo, su expansión e instrumentalización de todas las herramientas para sus objetivos, que no hay rincón capaz de escapar a su influencia por la globalización y la hiperconectividad y de no solo de sus decisiones sino, colateralmente, su cultura, su idiosincrasia, su epistemología.
La modernidad nace hace 500 años constituyendo un exitoso pretexto para la dominación. La palabra “indio” proviene del des-encuentro entre iberos y los diversos habitantes de del territorio conocido, hoy como América, creyendo haber llegado a la India. La historia es bastante conocida, siendo ese el inicio de la clasificación a todas las gentes del mundo mediante la idea de raza. La carga semántica de la palabra indio se transfiguro en un sinfín de imágenes y prejuicios en desmedro de quienes fueron atribuidos a esa nueva identidad. Se designaron en conjunto diversas culturas como mayas, aztecas, quechuas, aimaras, boricuas, entre muchas otras, bajo ese único despectivo rotulo. La idea de raza justifica y legitima; demostrado en los debates de Valladolid protagonizado por Bartolomé de las Casas y Juan Gines de Sepúlveda si los indígenas de América son hombres o animales; mediante la violencia y la explotación de mano de obra esclava de los “indios” resultando el genocidio más grande de la historia conocida, de acuerdo a Darcy Ribeyro en sus diversos trabajos, y la consolidación de la futura Europa.
Así se configuraron las primeras identidades modernas: los dominadores se autodenominarán europeos y blancos (Europa ni España existía antes de 1492) y los dominados de las nuevas tierras como indios no-blancos. Esa idea e imagen se exacerba con la expansión mundial del colonialismo europeo fomentado por las necesidades del capital situando a toda la población no europea en inferioridad. De misma manera que situaron nuestros diversos pueblos bajo el término “indio” ocurre lo mismo, por ejemplo, con los Yorubas, Masai-Maras, Zulúes, Mursis, entre otros pueblos de África bajo la categoría de “negros”. A pesar de la larga documentada historia, en diversos sentidos, entre Eurasia y África, no existe evidencia del uso peyorativo del color de piel sobre las gentes. Se arraiga así las identidades por distribución geográfica y prejuicios correspondientes bajo la premisa de “raza” de toda la población mundial.
La consolidación económica y cultural europea; gracias al colonialismo que produjo la acumulación originaria, que referencia Marx, obtenida de los metales preciosos y mercancías extraídas sin paga por trabajo esclavo; estuvo asociada a una racionalidad mítica y dual de antagónicos, de raíces cartesianas-cristianas, y su principal premisa: el alma es sagrada, la sede de nuestra divinidad por lo tanto el cuerpo puede alojar los peores tratos por la promesa de liberación del alma. La tradición filosófica europea, revitalizada por los “descubrimientos” del nuevo mundo, convergió el alma en razón así manteniendo, dividiendo y objetivando todo fuera de ella. Sumando la influencia darwiniana evolucionista creó la imagen de Europa y su civilización como cumbre humana desde un estado “salvaje” cercano a la naturaleza logrado a través su “desarrollo autónomo”. Así se formaría conocidas categorías binarias, con relación al tema, como mente/cuerpo, humanos-racional/animales-no racional, europeo-civilización-desarrollo/no europeo-indígena-salvaje, moderno-avanzado/arcaico-atrasado, ciencia-medicina/magia-chamanería, entre otros. Este dualismo radical es una característica del eurocentrismo, pensamiento hegemónico que coaptada por la burguesía global justifica la objetivación de la naturaleza y su explotación indiscriminada, aspecto neurálgico del capitalismo, dando preponderancia al dominio de la razón instrumental, como aduce Horkheimer, en cada aspecto de la vida.
Es así como durante quinientos años la gran mayoría de pueblos no-europeos, indígenizados, fueron despojados de sus tierras y relevados, por el “desarrollo” racista occidental, de continuar reproduciendo sus respectivas civilizaciones, epistemología, cosmovisión, idiomas, estética, ética, preservación de memoria y demás, para ser relegados a sociedades agrarias campesinas, artesanas e iletradas, necesitadas de ayuda para superar su “atraso” y lograr el “desarrollo” homogeneizador. Como menciona Dussel, la única cultura que se desarrolló en los últimos quinientos años fue la europea occidental.
Fue tan aplastante la humillación que hasta hoy se mantienen los prejuicios de la condición “racial”, aunque, en las últimas décadas la memoria de cierta autonomía milenaria, y no perdida del todo, retoma su lugar por la urgente necesidad de sobrevivencia de la especie frente al cambio climático, contaminación, escasez y desempleo, no solo como alternativa política sino como nuevo paradigma en conjunto de prácticas y razonamientos para la vida.
Mariátegui, en su heterogénea y perspicaz propuesta intelectual, consciente del aspecto histórico palpable en Perú, tomo como herramienta el análisis marxista para ser el primero en plantear, en América Latina, seriamente el problema indígena señalando, principalmente, el despojo de sus territorios y proponiendo, ¿o regresar?, el socialismo indoamericano. Esto no fue bien visto, o no entendido, siendo condenado por sus propuestas cuando la delegación del Partido Socialista Peruano presento a la 1° Conferencia Comunista Latinoamericana de 1929 en Buenos Aires el informe “El problema de las razas en la América Latina”.
La consolidación de la URSS propago sobre la resistencia mundial de los desposeídos las consignas únicas de clase, atrayendo a todos los movimientos de liberación, como único planteamiento al problema social.
En 1968, cuando miles de estudiantes y explotados del mundo, salieron a las calles en distintas ciudades reclamando un nuevo horizonte de sentido frente a la farsa autoritaria y burócrata de los Estados “comunistas” y el desnudo interés capitalista. El estallido fue silenciado y derrotado de igual forma por parte de los supuestos frentes “antagónicos”. Fue la antelación de la contrarrevolución global capitalista, llamada también neoliberalismo, iniciada con el golpe de Pinochet en 1973, en contra de todos los derechos y reconocimientos peleados a favor de las gentes y el nuevo despojo de los recursos públicos hacia sus arcas para su manejo y control. La arremetida neoliberal tuvo su momento cumbre cuando en la década de los noventa, con el fin de la URSS y sus consecuentes estragos ideológicos, se aclamo el célebre “fin de la historia” de Fukuyama frente al vacío de propuesta política coherente en oposición.
La historia bajo la retina eurocéntrica ha sumergido la lucha indígena, siempre presente desde el inicio del colonialismo, bajo otras banderas. Tupac Amaru II no fue solo un movimiento de liberación, también fue reivindicativo de sus gentes al igual que la Primera Revolución descolonial en el mundo ocurrida en Haití, victoria por la independencia nacional protagonizada por esclavos contra amos, negros contra blancos.
Frente a la contienda entre izquierdas y derechas, las dos caras de la misma moneda epistemológica occidental, en los últimos años surge en apariencia una “nueva” política indígena, que nunca dejo estar presente, como alternativa real en contraste con las conocidas premisas políticas de siempre, y que con el transcurso de los años ha ido desprendiéndose de ese falso espejo eurocéntrico, en la que toda nuestra imagen es siempre distorsionada, acudiendo a una historización acorde a su posición, desde ellos y para todos, reivindicando sentipensares y racionalidades deslegitimados por siglos como la alegría del trabajo colectivo sin dejar la opción de realización individual y el lugar del ser humano en la naturaleza, como otro ser más, sin ese antropocentrismo que objetiva su explotación. El eurocentrismo está en su más profunda crisis, ya no es posible mantener, parafraseando a Anibal Quijano, una ideología política de izquierda dentro de una epistemología de derecha.
Referencias:
-Dussel, E. (2012). 1492 – El encubrimiento del otro: (Hacia el origen del «mito de la modernidad»). Buenos Aires: Editorial docencia.
-Fanon, F. (2009). Piel negra, máscaras blancas. Madrid: Ediciones AKAL.
-Fanon, F. (2007). The Wretched of the Earth. Grove/Atlantic, Inc.
-Horkheimer, Max (1947). Crítica de la razón instrumental. Madrid: Editorial Trotta, 2002.
-Mariátegui, José Carlos (1979). 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. Venezuela: Fundación Biblioteca Ayacucho.
-Quijano, A. (2010). La crisis del horizonte de sentido colonial/moderno/eurocentrado. La Habana: Revista de la Casa de las Américas, 50(259), 4-15.
-Quijano, A. (2006). El «movimiento indígena» y las cuestiones pendientes en América Latina. Argumentos. Estudios Críticos de la Sociedad, 19(50), 51-77. http://www.redalyc.org/pdf/595/59501903.pdf
-Quijano, A. (2004). El laberinto de América Latina: ¿hay otras salidas? Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, 10(1), 75-97. http://www.redalyc.org/pdf/177/17710105.pdf
-Quijano, A. (1993). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. CLACSO.
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Dust, de Tsai Ming-liang (2026)Lee la columna de Mario Castro Cobos
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3 días agoon
22/10/2026By
Mario Castro Cobos
Qué tal si aquellos ‘en contra de la corriente’, que hacen lo que (digámoslo así) no deben, aquellos que no respetan ni se sumergen en los ritmos, sagrados o rituales o meditativos o naturales o buenos y sanos de la vida son los otros, todos los otros, todos menos justamente el monje que camina tan increíble y ¿sobrehumanamente? despacio…
Es posible ver esta película así; también al revés. El monje es una especie de intruso (o de doble nuestro en otra dimensión), un ser curioso y reconcentrado venido de otro mundo (o para ser más preciso viviendo directamente en un mundo superpuesto al nuestro) cuestionando el nuestro de la manera más simple… Porque si algo tan básico o elemental (¡como caminar!) puede hacerse de una manera tan radicalmente ‘diferente’ qué no se podrá hacer en otros múltiples aspectos…
Hay, al verlo, una chispa cómica, y, de paso, cósmica, de perplejidad, de maravilla; y de estupor. Contraste y contradicción absolutas con la rapidez de la vida cotidiana, rapidez que nos hace tanta falta cuestionar. De qué está hecha nuestra rapidez. Es vitalidad o es negación, huida.
O el monje será, sin más, un maestro iluminado, dando una (espectacular a su manera) clase práctica. Dejándose ver porque sí. Pero entonces: ¿cuál es el ritmo correcto de la acción? ¿cuál es la vivencia del tiempo que se abre (de manera esforzada, o relajada) a la plenitud, es decir a ese vacío que paradójicamente lo contendría todo? ¡Oh bendita nada engendradora, fuente de todas las cosas! -Y cómo negar que hay un infinito tan seductor en la abismática lentitud-.
Es fácil jugar a ser místico (incluso si uno no lo es ni quiere serlo) ante esta obra. El movimiento lento -como quien saborea los matices del equilibrio, la ingravidez, la tensión de los músculos del cuerpo- se convierte en la fuerza motriz. El monje camina tan despacio que me pregunto si eso es caminar y si hay una esencia del caminar. Una esencia desconocida. El caminante va a muchas partes y sobre todo a ninguna.
Dilucidar la figura del caminante -de este caminante peculiar- como filosofía de la existencia rebasa el propósito de este artículo… sin embargo, dejo este par de apuntes en unas cuantas direcciones posibles…
La promesa de otro mundo descansa solo y sorprendentemente en un cambio, en este caso, en un cambio ontológico de velocidad.
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