Opinión

PISA 2025: Perú retrocede 10 años en Matemática y Lectura

El país volvió a los niveles de 2015 en Matemática y Lectura, mientras persisten una importante brecha digital y un vacío de datos sobre las competencias de los adultos que nadie está midiendo.

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09/09/2026

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Leonardo Serrano Zapata
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Según el reciente informe de la OCDE (2026) respecto a los resultados de Perú, el país obtuvo 390 puntos en lectura —ocho menos que en 2015 y dieciocho menos que en 2022— y cayó al puesto 61 de 91países evaluados.

 En matemática el retroceso fue mayor: 382 puntos, puesto 66, con siete de cada diez estudiantes bajo el nivel mínimo. En ciencia hubo una leve mejora frente a 2015, aunque persiste una brecha de 78 puntos con el promedio OCDE.

En Perú, la prueba se aplicó a 6.991 estudiantes de 260 instituciones educativas, que representa a cerca de 519.700 adolescentes de esa edad. En síntesis: volvimos a los niveles de hace una década, el mismo año en que empezó a discutir la aprobación del Currículo Nacional con enfoque por competencias (CNEB).

Los estudiantes peruanos muestraron un rendimiento intermedio en la región según la evaluación PISA. El bajo desempeño afecta al 53% de los alumnos en ciencias, al 58% en lectura y al 70% en matemáticas, siendo esta última el área más crítica.

¿Cómo se aplicó la evaluación PISA 2025 en Perú?

Conviene revisar cómo se aplicó la prueba. Según el Informe Técnico de PISA 2025 de la OCDE, la mayoría evaluó mediante computadora (CBA), con acceso a internet y de modo offline para escuelas sin conexión; solo Vietnam, Guatemala y Paraguay migraron recién este ciclo del papel (PBA), por lo que sus tendencias deben leerse con cautela.

Perú, que evalúa en computadora desde ciclos anteriores (PISA 2022), en 2025 exigió una muestra mínima de 6.300 estudiantes (frente a 5.250 en papel de otros países) y estratificó con detalle: 4 estratos por financiamiento y urbanización, refinados por 26 regiones, género y tipo de escuela. El rigor metodológico no está en duda; preocupa lo que esa muestra reveló.

Además, los datos reflejan una marcada desigualdad socioeconómica en ciencias, donde el 71% de los estudiantes vulnerables no alcanza las competencias básicas, frente a un 30% registrado en el sector con mayores recursos. Sin embargo, la brecha es muy amplia respecto al promedio de la OCDE (37%).

Ese rigor choca con la infraestructura real del país. Según el INEI (2025), en su informe de Tecnologías de la Información en los Hogares, solo 37,8% de los hogares peruanos tiene computadora —53,6% en Lima, mucho menos en el resto del país—. Rendir un examen internacional con teclado, para un adolescente de 15 años que nunca usó una computadora en casa, añade una barrera ajena a su comprensión lectora.

Hábito lector vs uso de la tecnología.

Tampoco ayuda que el hábito lector, cuando existe, no nazca en la escuela. Según la Encuesta Nacional de Lectura del Ministerio de Cultura y el INEI (2022, presentada en 2023), solo 47,3% de los peruanos de 18 a 64 años leyó al menos un libro en el último año, con un promedio de 1,9 libros; apenas 6,5% asistió presencialmente a una biblioteca.

Y la última fotografía de las competencias adultas, el Programa para la Evaluación Internacional de Competencias de Adultos (PIAAC) del MTPE y la OCDE, aplicado en 2018 y publicado en 2019, mostró que 80% de los adultos peruanos estaba bajo el nivel básico en lectura o matemática, frente a 27% del promedio OCDE. La OCDE aplicó un segundo ciclo entre 2022 y 2023, publicado en 2024, pero de América Latina solo participó Chile: seguimos con un diagnóstico de siete años sin actualizar. Por lo tanto, desnuda una realidad, existen pocas iniciativas que trabajen los hábitos de lectura de los estudiantes y los adultos, mucho menos.

El estudiante debe ver leer a un adulto en casa, Es fundamental porque el aprendizaje en la infancia se basa en gran medida en la imitación. Por lo tanto, la lectura deja de ser percibida como una obligación escolar y se convierte en un hábito natural y valioso.

La dimensión socioemocional y familiar tampoco resiste el contraste: la proporción de estudiantes peruanos que conversa semanalmente con sus padres sobre sus problemas escolares cayó del 59% en 2022 al 45% en 2025, un retroceso que conviene tener presente. Los padres leen menos, pasan poco tiempo con sus hijos y estamos relegando ese rol a la tecnología o a las amistades que puedan encontrar a través de ella. 

Ese vacío de datos contrasta con lo que sí se discute, con lujo de detalle, los jóvenes y adultos en promedio de 5 horas y 29 minutos diarios, pasan más horas en la pantalla con un libro en la mano, un tema cultural y generacional que seguirá en aumento.

Mientras tanto, en California, Mark Zuckerberg el dueño de Meta, enfrenta un juicio por la presunta responsabilidad de sus redes sociales en la epidemia de salud mental juvenil, y admitió ante el jurado que Meta «pudo haber actuado antes» para frenar el acceso de menores a Instagram.

El mundo discute cómo las pantallas erosionan la atención de una generación. Nosotros seguimos sin saber, con igual rigurosidad, si esa generación siquiera tiene una computadora para aprender a leer — y ya vimos que cada vez conversa menos con sus padres sobre lo que le pasa en la escuela. Incluso los estudiantes ya no participan en evaluaciones objetivas en las IE y menos usando una laptop, debemos replantearnos la evaluación si vamos a seguir participando en las mediciones de la OCDE, esto no solo se trata de cambiar de currículo o dejar más tareas.

Tareas pendientes

Frente a los resultados de PISA 2025, hay tres tareas urgentes. Primero, integrar la alfabetización mediática de forma transversal, no como curso suelto, en el currículo se habla de la competencia de uso de la TIC, pero muchas veces los estudiantes no salen de las aulas, además está prohibido llevar celulares a la IE (solo para uso pedagógico).

Segundo, garantizar acceso real a las computadoras en la escuela —sostenido en el tiempo, y no solo para el día del examen PISA—, algo que resulta aún más urgente si se considera que, según el INEI, solo el 37,8% de los hogares cuenta con una computadora. Tercero, continuar las formaciones a los docentes en alfabetización digital, desarrollo del pensamiento crítico, creatividad, razonamiento y no únicamente en el manejo de plataformas y uso de la IA. Sin eso, seguiremos midiendo con precisión un problema que no atacamos.

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La flor de mi colegio de Nixon Rengifo

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Leonardo Serrano Zapata. Docente e investigador. Cursa el doctorado en Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional José Faustino Sánchez Carrión, Magíster en Gestión Pública y Gerencia Social y Licenciado en educación especialidad Lengua y Literatura Española por la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo. Segunda especialidad profesional en Investigación y Gestión Educativa por la Universidad Nacional de Tumbes además en Educación Básica Alternativa por la UNE Enrique Guzmán y Valle. Es autor de seis libros, entre ellos Tecnológico para niños del siglo XXI: Vocabulario y Caligrafía (2024).

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La flor de mi colegio de Nixon Rengifo

Lee la columna de Rodolfo Ybarra

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15 horas ago

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09/09/2026

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Rodolfo Ybarra

Nixon Rengifo es profesor de colegio en la selva peruana, en las riberas del río Marañón, donde nació y donde transcurre gran parte de su vida. Pero, sobre todo, es escritor de pulso, de esas rara avis que escudriñan en su realidad y no se callan nada. Ha publicado Don Mañuco, editorial Bufeo Colorado (2021); y ahora nos presenta un fresco: La flor de mi colegio, Editorial Apogeo, (2026).

Pero esta flor no es ninguna flor de macetero, es un ramillete de flores carnívoras, de textos que te devoran y te comprometen con hechos que están sucediendo en el mismo momento que los lees. Son historias crueles, libidinosas con matices de erotismo y donde ocurren violaciones, sodomías, engaños, maltratos, etc. Pero cuyo atractivo mayor es que esto hechos suceden entre maestros y alumnos. Y que constituye un quiebre o punto de inflexión en las narrativas escolares casi siempre siguiendo una línea de Gauss moralista.

Este libro trae fuego cruzado. De hecho, el libro arranca en seco y sin lubricante GTX: “Amor entre ellos” donde narra los amoríos de un profesor con otros profesores. De jovencitos que alardean con zapatillas de marca que el profe les ha comprado demostrando su “amor”. El pueblo luce como Sodoma y Gomorra y acaba intempestivamente cuando las autoridades, después de una gresca, dicen que está malogrando a la juventud.

En el segundo cuento, El Limeño, se muestra a un vividor que llega a un pueblo y enamora a una alumna a la que desflora en una fiesta organizada por sus propios padres que ven con benevolencia esa unión de la adolescente con el maestro de escuela. Pero todo es una farsa, el profe se aprovecha de la situación para irse a vivir a la casa de sus suegros sin pagar alquiler y clona una tarjeta de crédito de la cuñada hasta que al final se va dejando abandonada a la joven mujer.

Todos los cuentos de este libro están dotados de alto erotismo, sicalipsis siempre al límite y donde los escenarios naturales: Nauta, Santa Rosa de Lagarto, San Antonio de Estrecho, etc., son también personajes circunspectos que observan estas sabrosas atrocidades que dan gusto leer y que nos muestran a un narrador de fuste a lo Casanova/Fellini y en una línea paralela a Hostal Amor de Cayo Vásquez, La Casa Verde de MVLL u Oswaldo Reynoso.

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La broma infinita: Volverá el fútbol con dos barras

Lee la columna de Juan José Sandoval

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08/09/2026

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Redacción Lima Gris

Por Juan José Sandoval

Recuerdo que la última vez que fuimos en familia con mi papá al estadio fue al Nacional, para un clásico U vs. Alianza. Ganamos con gol de Yordy Reyna —tal vez el tiempo me haga olvidar quién anotó o el resultado exacto, pero no puedo olvidar el motivo por el cual mi padre dijo «no vuelvo más» y, como un «Mano de Piedra» Durán frente a «Sugar» Ray Leonard, dio por finalizada su historia como hincha de tribuna.


Todo comenzó al minuto 75, cuando el marcador aún marcaba cero a cero. Mi papá no pudo con la tensión y prendió un cigarrillo. Una chica que estaba atrás empezó a toser y el novio se puso malcriado. Nosotros éramos cinco, así que respondimos al toque, llevados también por los nervios del partido. Pero la pareja venía en mancha y de pronto todos saltaron a repartir golpes. Cobramos todos los Sandoval: a pesar de que cubrí a mi viejo en todo momento, igual le cayó su galleta. En medio de la trifulca apareció un pelucón que parecía la personificación de un barrabrava; se arrojaba sobre la bronca como si flotara entre nosotros, repartiendo puñetazos al aire.


Lo más absurdo era que todos éramos de Alianza Lima. Teníamos la misma camiseta y nos peleábamos entre nosotros, hasta que la policía intervino para apaciguar las aguas. Apenas nos volvimos a sentar, mi papá encendió otro cigarrillo y, como si fuera un sketch de JB, la trifulca amagó con reiniciar. En eso llegó el gol de Yordy Reyna: nos abrazamos todos, la pareja se besó de alegría y empezamos a gritar a todo pulmón «¡Arriba Alianza, corazón!». Sin embargo, mi viejito ya no disfrutaba el momento; solo quería fumar y ahora ni el policía lo dejaba sacar la cajetilla.


Atrás quedó la época en que íbamos al Estadio Nacional para los tripletes. Teníamos no más de diez años y no pagábamos entrada, pues con un boleto de adulto pasaban los niños. Recuerdo aquel clásico de los ochenta en el que la U le volteó el partido a Alianza 3-2. Íbamos ganando dos a cero en el primer tiempo, pero en el complemento se vino el vendaval crema.
Llegábamos temprano a Occidente Alta y la gente colmaba las tribunas en familia; cremas y blanquiazules compartían asiento. Algunos llevaban zapatos diseñados con los colores de su equipo, otros lucían gorros personalizados, camisetas o correas con la hebilla del rival. Se respiraba camaradería: uno le preguntaba al del costado: «Flaco, ¿dónde te has comprado esos zapatos?».


La gente conversaba y los goles se gritaban en la cara sin llegar a la violencia. No existía el desquiciamiento que hoy reina. El fútbol ha llegado a un nivel enfermizo en el que la hinchada rival es retratada por los medios como si fuera un enemigo en una guerra que cobra víctimas todas las semanas, como si se tratara de una estrategia bélica.


El verdadero hincha sobrevive, paga su entrada y lleva a sus hijos porque busca transmitir un legado de afecto, identidad y mística. Muchas veces esa figura queda opacada por la furia de quien empuña un arma en nombre del club que dice amar. No obstante, ahí hay una lectura errada: el que mata no lo hace por amor a la camiseta, sino porque perdió el sentido moral. La violencia no tiene filiación deportiva.


Percibí algo similar cuando trabajé para una marca de ropa cuyos polos eran muy populares. Aunque los dueños se alucinaban que sus prendas básicas las compraba la gente pituca, en los noticieros todos los secuestradores detenidos aparecían vistiendo la marca.


Aquello podría parecer una anécdota aislada; sin embargo, el empoderamiento policial ha permitido que la institución promueva «genios» de la narrativa que arman «muñecos» mediáticos, emulando la construcción novelística de un García Márquez y su realismo mágico.
Aprovecho estas líneas para celebrar la iniciativa de Ciudad Librera, cuyo local en Pueblo Libre será escenario del primer «Clásico del fútbol peruano de los libros», donde escritores e hinchas apasionados de la literatura y el balompié compartiremos testimonios para dar un mensaje de paz. El fútbol con dos barras debe volver: es la esencia de nuestros pueblos.

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Otra vez Rodrigo Montoya: Volver a Empezar

Lee la columna de Tino Santander

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2 días ago

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07/09/2026

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Redacción Lima Gris

Por Tino Santander Joo


El maestro Rodrigo Montoya nos entrega el primer volumen de Perú: Volver a Empezar, obra que se divide en tres libros. El Libro I, titulado «Sentir, leer y pensar la tierra en que vivimos», aborda la geografía, la historia profunda del Perú y la herencia cultural inca. El Libro II, «Capitalismos I, II y III (1840-2023) y grandes cambios en el siglo XX», analiza la evolución del capitalismo en sus diferentes períodos. El Libro III, «Peligro de desaparición de la vida en el planeta Tierra y de nuestra especie humana. ¿Qué hacer?», es un llamado a la conciencia sobre la crisis civilizatoria y el fin de la humanidad si el capitalismo contemporáneo sigue destrozando el planeta.

Perú: Volver a Empezar propone una visión global e histórica del Perú que, según el maestro sanmarquino, se ha perdido por la especialización de las ciencias sociales y la degradación de los proyectos políticos tradicionales. Después de doscientos años de república, el Estado ha fracasado: no ha logrado integrar el país ni construir una nación inclusiva. Frente a esta dramática realidad, Montoya propone «volver a empezar», es decir, pensar la realidad como una «totalidad contradictoria en movimiento», lo cual solo es posible integrando historia, geografía, antropología, economía y política. Su crítica a la intelectualidad y a las izquierdas se dirige a su obsesión por el parlamentarismo corrupto y su alejamiento de la realidad nacional.

El libro no es solo una crítica a las ciencias sociales y a la clase política. Montoya parte de la geografía con su hipótesis de los tres triángulos: para entender el Perú debe comprenderse su espacio vertical, donde los ríos nacen en los Andes y descienden a los pisos ecológicos, siendo el agua el elemento que articula la vida económica, social y espiritual. La geografía complementa la organización social fundamentada en la reciprocidad.

Comparto su crítica al «mestizaje cultural», porque desenmascara el racismo estructural y revela la imposición cultural del occidente capitalista. El mestizaje cultural se convierte en una mercancía, en un eslogan de marketing, en «una ilusión óptica», como afirma el maestro. De esta tesis se desprende que el Perú no es una nación homogénea y que es necesario el Estado plurinacional.

La distinción quechua entre ñuqanchik (nosotros todos) y ñuqayku (nosotros, unos pocos) afirma la tesis política de que en el lenguaje se encuentra la morada del ser. Las dos formas de «nosotros», una inclusiva y otra exclusiva, no son una variación lingüística, sino una concepción filosófica. La colonización europea impuso una lengua y con ella el ñuqayku que excluye a los no europeos o sus descendientes, marginando a los naturales del continente, a los afrodescendientes y a los asiáticos. La nueva ontología propuesta por Montoya es la del ñuqanchik, es decir, un régimen plurinacional, una forma de hablar solidaria que reconoce no solo la variedad de lenguajes, sino también de formas de pensar, sentir y actuar. «En la conclusión está la sabiduría», frase muy borgiana, y la conclusión de Montoya es que el Perú debe dejar de ser un país de unos pocos, no solo lingüísticamente, sino mediante una revolución social y política que cambie el rumbo del país.

Leer y estudiar Perú: Volver a Empezar ha sido reconfortante, porque siento que el Perú no está perdido en la degradación de los políticos de aventura y de ocasión, ni en los intelectuales de proyectos de ONG. Más allá de las diferencias sofisticadas que se puedan tener con el maestro sanmarquino, nos une la lucha contra el capitalismo, la defensa de la vida y la cultura, no solo la andina y amazónica, que en estos tiempos son una mercancía que se vende al mejor postor, y que en nombre de la marginalidad hacen vil negociado de los valores de sus ancestros.

Sin embargo, hay que decirlo: el libro no agota el debate. Al contrario, lo vuelve a encender. Porque el mundo andino se ha resignificado en el capitalismo. Las comunidades ya no son solo espacios de reciprocidad y defensa cultural; también negocian en el mercado, crean empresas, comercializan sus productos con valor agregado y se articulan con las dinámicas urbanas. Eso no significa que hayan claudicado, sino que están reinventando su lugar en un mundo que cambia rápidamente. El libro de Montoya nos da las herramientas para pensar este proceso, pero no lo resuelve. Y eso está bien: los libros no deben cerrar preguntas, deben abrirlas. Como decía Borges, en la   está la sabiduría, y la sabiduría del maestro es invitarnos a seguir pensando, discutiendo y, sobre todo, luchando.

La vida de un antropólogo que ama la vida y la historia no se detiene, y seguirá en sus alumnos, en sus cantos y poesía en la alegría de danzar y beber, porque el mundo no siempre será ancho y ajeno. ¡Gracias, maestro!

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La ley del embudo 2.0

Lee la columna de Márlet Ríos

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2 días ago

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07/09/2026

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Redacción Lima Gris

Por Márlet Ríos

Algunos políticos de mi país están convencidos de que pueden pasar por encima de la ley y de las instituciones —perfectibles, pero es lo que hay—, gracias al considerable poder económico que ostentan. Lo que aterra es que, al parecer, una buena parte de las elites ilustradas no cuestionan este proceder y contemporizan con este desprecio antidemocrático. ¿Lo hacen por conveniencia o están igualmente convencidas? El mensaje que se les da a los jóvenes es infame: gana tu primer millón de soles y orínate en la ley o úsala para tu beneficio (y el de tus amigotes). O, parafraseando a Manuel Atanasio Fuentes, para reírte de ella. ¿Desde cuándo el cinismo más abyecto se convirtió en virtud en nuestro país? ¿Desde cuándo el bien común y la política entendida como servicio —y apostolado— fueron descartados como antiguallas? Se trata de la “viveza criolla” entendida en su modo más vil.

Esos mismos políticos han perdido la vergüenza y usan descaradamente la religión para sus fines propios. Para la economista Mariana Mazzucato, actualmente existe una profunda desconfianza en las elites que ha minado la fe en las instituciones democráticas. El clima de miedo y el populismo son aprovechados por caudillos y demagogos. Trump, Milei, Bukele, etc., no son producto del azar. Y en nuestro país, donde existe una fuerte tradición autoritaria y caudillesca, han surgido personajes estrambóticos como Rafael López Aliaga. Aunque no es el único caudillo con ínfulas de virrey.

No es posible construir una auténtica democracia e instituciones sólidas si tenemos a políticos saboteando y petardeando constantemente las instituciones democráticas, si el resultado electoral no les favorece. Esto ya lo vimos en el 2021 y lo hemos vuelto a ver este año.

Por otra parte, para el psiquiatra Hilario Blasco-Fontecilla actualmente hay una deliberada imbecilización del ser humano. Las denominadas redes sociales son, en gran parte, responsables de ello. El pensamiento crítico escasea y los analfabetos funcionales abundan. Como lo señaló Giovanni Sartori, existe un predominio de la imagen y del homo videns. Y los políticos poderosos (y sus asesores) se aprovechan de todo ello y lo capitalizan, sin importarles el bien común. El clientelismo y otros problemas sociales arraigados en nuestro país también les favorecen.

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Ni el blindaje de Keiko salva a Beingolea del banquillo judicial

El apañamiento político fracasa ante una Fiscalía que exige diez años de cárcel para el ministro de Cultura, Alberto Beingolea.

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2 días ago

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07/09/2026

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Luis Felipe Alpaca

El descaro con el que la presidenta Keiko Fujimori intenta blindar al evidenciado ministro de Cultura, Alberto Beingolea, ya da vergüenza ajena. Desde que pisó el portafolio, el excomentarista deportivo se dedicó a repartir el pastel estatal entre sus conocidos. Ahí está Abraham Alex Rivas Lombardi, su viejo aliado del Congreso, colocado como secretario general. O Iván Pereyra Villanueva, reciclado en la Jefatura del Gabinete de Asesores a pesar del tufo de los mentados “Chats Calientes”.

Por si fuera poco, los papeles cantaron la argolla perfecta con la contratación de Lourdes Morales Morote de la mano con el nombramiento de su hija, Sofía Aguayo Morales, amarrada como gerente general en la BNP con un ‘golazo’ de más de 15 mil soles mensuales.

Pero al compadre se le acabó el recreo. El Poder Judicial le leyó la cartilla y le pateó sus maniobras para archivar el proceso. Ahora, el burbujito Beingolea va directo al banquillo del juicio oral y la Fiscalía Provincial Corporativa Especializada en Delitos de Corrupción de Funcionarios del Callao va por todas y exige diez años de cárcel, 13 de inhabilitación y 550 días multa por presunta colusión agravada. La acusación indica que en 2019 se arregló con funcionarios del Gobierno Regional del Callao para llevarse un contrato a dedo por S/30 mil, presentando documentación bamba para fraguar los requisitos técnicos.

Triste suerte la del Mincul, un ministerio convertido en guarida o trampolín de cuestionados. La cancha está embarrada de denuncias hace tiempo. Imposible olvidar a Jorge Nieto Montesinos, salpicado en el Equipo Especial Lava Jato por los aportes negros del Caso Susana Villarán; o a Patricia Balbuena, salpicada por el faenón del Caso «Richard Swing» y pesquisas por presunto peculado con Vizcarra. Tampoco se salva la exministra Leslie Urteaga, bajo la lupa fiscal por presunta colusión y negociación incompatible tras sus movidas como Directora General de Defensa del Patrimonio. Y la perla del pastel va para la asilada Betssy Chávez, investigada por presunto tráfico de influencias al meter familiares; eso sin contar a Fabricio Valencia, investigado por Fiscalía por presunta omisión de deberes funcionales y abuso de autoridad por las Líneas de Nasca.

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Cusco: alertas sin respuesta

Lee la columna de Edwin Cavello

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3 días ago

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07/09/2026

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Edwin Cavello Limas

Cusco no solo está perdiendo patrimonio. Mientras la discusión pública se concentra, casi siempre, en construcciones que alteran el rostro histórico de la ciudad imperial, otros problemas avanzan sin pedir permiso. Algunos lo hacen en silencio; otros, de manera agresiva. Todos tienen algo en común: las autoridades parecen reaccionar cuando el daño ya es evidente.

Minería ilegal, contaminación ambiental, tráfico de bienes culturales, deforestación y atentados contra el patrimonio forman parte de una larga lista de amenazas. Ahora se suman dos palabras que deberían provocar una reacción inmediata: crisis hídrica y seguridad alimentaria.

Desde distintos colectivos ciudadanos se vienen encendiendo las alertas. También desde espacios de defensa y denuncia se han documentado casos que merecen una respuesta firme del Estado. Sin embargo, muchas investigaciones terminan atrapadas en la burocracia, el silencio institucional o una preocupante dilación.

El patrimonio tiene funcionarios investigados por la Fiscalía. Casos vinculados a deforestación, minería ilegal, tráfico de bienes culturales y contaminación ambiental también han llegado a instancias fiscales. Incluso empresas relacionadas con actividades cuestionadas, como Transportadora de Gas del Perú (TGP), han cargado investigaciones que, inexplicablemente, parecen adormecerse.

Pero hay una amenaza que podría convertirse en una crisis mayor: el agua. Cusco posee históricamente la mayor cantidad de glaciares del país. Sin embargo, las cordilleras de Vilcanota y Urubamba han perdido más del 42% y 61% de su masa glaciar, respectivamente. No estamos hablando solamente de hielo que desaparece. Hablamos de agricultura, consumo humano, ecosistemas, economía y supervivencia de comunidades enteras.

El cambio climático no es una discusión del futuro. Ya está aquí, y sus consecuencias comienzan a tocar la puerta de las ciudades andinas.

El Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña tiene información que permite conocer esta transformación año tras año. El problema no parece ser la falta de datos. El problema es qué hacen las autoridades con ellos.

Desde Palacio de Gobierno y el Congreso corresponde actuar antes de que la alerta se convierta en emergencia. Cusco no necesita más diagnósticos archivados. Necesita decisiones.

Porque cuando el agua falte, cuando los cultivos disminuyan y cuando las comunidades tengan que enfrentar las consecuencias, ninguna autoridad podrá decir que no fue advertida.

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La batalla por la memoria: verdad objetiva, patria e identidad frente a la hegemonía del relato oficial

Lee la columna de Raúl Allain

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4 días ago

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05/09/2026

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Raúl Allain


Hay tardes en Lima en las que el aire gris no solo pesa en los pulmones, sino en la conciencia. Aunque transité mi infancia durante los convulsos años noventa, guardo grabado el impacto de crecer en una sociedad acechada por la barbarie; para el año 2000 era apenas un niño de diez años, pero plenamente consciente del eco de la zozobra nacional. Por eso, me causa una profunda indigestión intelectual caminar hoy por ciertas galerías académicas o revisar textos de divulgación y descubrir que la historia de nuestra patria ha sido insidiosamente destilada, empaquetada y reescrita bajo la mirada tuerta de un progresismo que pretende imponer una memoria oficial monolítica.

Se nos ha querido convencer de que cuestionar esa «verdad institucionalizada» es un acto de negacionismo. Nada más falso. Defiendo categóricamente que existe un derecho humano fundamental a la memoria histórica, pero a una memoria fundada en la verdad objetiva, no en la mitología ideológica ni en el secuestro de la narrativa reciente. En el Perú actual, la izquierda ha logrado erigir una hegemonía cultural —en el sentido más gramsciano del término— que busca victimizar a los victimarios y, en el mismo acto, criminalizar a las instituciones tutelares de la Patria.

Esta operación no es un fenómeno aislado ni una ocurrencia criolla; responde a un patrón que se repite en América Latina. Lo hemos visto en la región: comisiones de la verdad y organismos de derechos humanos que, con el pretexto de sanar heridas, terminan construyendo un libreto maniqueo donde el Estado democrático es siempre el villano sistemático, y las organizaciones subversivas que empuñaron las armas contra campesinos, autoridades e inocentes son retratadas como trágicos «actores políticos» impulsados por la desigualdad social. De Chile a Colombia, la izquierda regional ha instrumentalizado la memoria para desarmar moralmente a la sociedad civil y a las Fuerzas Armadas, abriendo el camino para la captura del poder simbólico y político.

En el caso peruano, el fenómeno ha alcanzado matices alarmantes. Recuerdo con absoluta nitidez mis años de formación universitaria en San Marcos, donde presencié de primera mano cómo, en las aulas y pasillos de la facultad, ciertos sectores acomodaban el lenguaje para matizar la barbarie. Ya no se hablaba de «terrorismo sangriento» o «fanatismo totalitario», sino de un eufemístico «conflicto armado interno». Esa sutil peripecia semántica no es inofensiva: homologa el accionar cobarde de Sendero Luminoso y el MRTA —que masacraron comunidades enteras como Lucanamarca o la Selva Central— con la respuesta legítima de un Estado en defensa de su subsistencia.

Sin embargo, haber estudiado en las aulas de la Decana de América representa para mí un profundo orgullo profesional y académico. Formarme en San Marcos me otorgó la solvencia intelectual, el rigor sociológico y el conocimiento directo del terreno para debatir este tema conscientemente, sin intermediarios ni anteojeras ideológicas. Fue precisamente en el fragor de sus debates donde comprendí que el espíritu sanmarquino auténtico no consiste en doblegarse ante el dogma dominante de turno, sino en confrontar las ideas con sentido crítico, valentía analítica y un compromiso irrenunciable con la verdad histórica de nuestra patria.

A partir de esa manipulación semántica articulada en el ámbito académico, la narrativa progresista logró descentrar la culpa y relativizar la barbarie. Los verdaderos genocidas terminaron revestidos de cierto aire de inocencia trágica o reducidos a simples consecuencias inevitables de las brechas sociales. En contraste, nuestros policías y militares —aquellos jóvenes de provincia que pusieron el pecho para que hoy sigamos teniendo una república— pasaron a la condición de sospechosos permanentes. Se ha pretendido borrar el heroísmo de la operación Chavín de Huántar o el abnegado sacrificio de las rondas campesinas para reemplazarlos por una culpa colectiva que esteriliza el orgullo patrio.

Este esfuerzo de lavado ideológico desbordó rápidamente el ámbito universitario para infiltrarse en el sistema educativo nacional y en el circuito artístico financiado con fondos públicos. Se financiaron películas, exposiciones y textos escolares donde los sanguinarios mandos terroristas aparecían retratados como figuras idealizadas o víctimas incomprendidas de un sistema cruel. En contraposición, las patrullas del Ejército y de la Policía Nacional eran presentadas en las aulas como fuerzas invasoras y opresoras. Se buscaba, con calculadora paciencia, que las nuevas generaciones crecieran sintiendo vergüenza de los uniformes que salvaron a la República.

La trampa conceptual detrás de este relato estriba en manipular la compasión humana para anestesiar la razón. Al equiparar el dolor de los familiares de las víctimas del terrorismo con la desazón de los deudos de los propios delincuentes subversivos muertos en combate, el progresismo borró intencionadamente la frontera moral entre el bien y el mal. No todo dolor equivale a inocencia, y mezclar en un mismo altar simbólico al héroe que dio la vida por la patria con el criminal que detonó un coche bomba es una aberración social. Esa falsa equidad destruye el cimiento ético sobre el que debe sostenerse toda sociedad civilizada.

Paralelamente, presenciamos la consolidación de un próspero circuito de oenegés y consultorías que convirtieron el dogma de la «memoria fragmentada» en un lucrativo medio de vida. Para estos sectores caviares, mantener viva la estigmatización contra nuestras fuerzas de orden no es solo un objetivo ideológico, sino un modelo de negocio institucional. Financiamientos internacionales y consultorías estatales perpetuas han dependido durante décadas de alimentar un juicio sumario e infinito contra las instituciones de la patria, bloqueando cualquier intento genuino de cierre de heridas o reconciliación real.

Cuando una sociedad acepta que su pasado sea dictado por una burocracia ideologizada, la noción misma de ciudadanía se debilita hasta resquebrajarse. La verdad objetiva exige documentar los hechos con rigor empírico, sin edulcorar los métodos del terror ni atenuar la crueldad premeditada de sus ideólogos. Al secuestrar la memoria, la izquierda privó a los peruanos del derecho a entender por qué triunfamos como nación frente al totalitarismo, sustituyendo la gesta heroica de la pacificación por un letargo de autocompasión y rencor social desintegrador.

Por esta razón, la respuesta de una derecha moderna, patriótica y con vocación de futuro no puede reducirse a meros cálculos contables ni a discursos tecnocráticos de gestión. El debate económico es fundamental, sin duda, pero resulta inútil si se pierde la batalla por las ideas y la cultura. La derecha tiene el imperativo histórico de asumir la defensa activa de la memoria histórica con convicción, demostrando que la paz y la prosperidad no son accidentes del destino, sino el fruto directo del orden institucional, el estado de derecho y la victoria sobre la subversión.

Frente a esta hegemonía, la postura de una derecha consecuente y moderna no debe ser el silencio ni la complacencia, sino la defensa frontal de la verdad, el patriotismo y la identidad nacional. Durante años, la derecha peruana cometió el error táctico de descuidar el terreno cultural, enfocándose exclusivamente en la gestión económica y el pragmatismo de las cifras. Pero los números no construyen nación ni alimentan el espíritu. La cultura y la historia son el alma de un pueblo, y si se cede la narración del pasado, se entrega sin combatir el diseño del futuro.

Defender la verdad histórica no significa encubrir excesos individualizados, pues la justicia debe caer con todo su peso sobre cualquiera que viole la ley. Significa defender la legitimidad moral de la República y de sus instituciones. La verdadera reconciliación nacional solo puede erigirse sobre la base de la verdad objetiva y la justicia; jamás sobre la distorsión del relato oficial impuesta por una elite burocrática que lucra con el dogma de los derechos humanos mientras vulnera el derecho de las grandes mayorías a honrar a sus verdaderos héroes.

Una patria fuerte necesita mirarse al espejo con orgullo, reconociendo el valor intrínseco de sus instituciones tutelares. El patriotismo no es un vestigio del pasado ni un concepto obsoleto; es el pegamento moral que cohesiona a una comunidad diversa frente a las amenazas de la descomposición social y el populismo demagógico. Reivindicar el papel de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional en la pacificación del Perú es un acto de estricta justicia histórica y un requisito indispensable para devolverle la confianza y el respeto a la autoridad en nuestra vida cotidiana.

Desmontar la hegemonía del relato oficial abre puertas hacia una estabilidad democrática firme y duradera. Cuando los ciudadanos comparten una visión clara de quiénes fueron sus agresores y quiénes sus defensores, se fortalece la confianza en las normas y en la convivencia pacífica. La verdadera reconciliación exige sanar el tejido social reconociendo la verdad completa, sin omisiones interesadas ni matices ideológicos, permitiendo que la justicia actúe con ecuanimidad y que el Estado recupere su solvencia moral frente a las futuras generaciones.

Este rescate de la identidad nacional proyecta enormes oportunidades para el desarrollo integral del Perú. Un país consciente de su historia, que honra su libertad y protege la legitimidad de sus instituciones, transmite seguridad jurídica, orden y previsibilidad tanto a sus ciudadanos como al mundo exterior. La fortaleza cultural de una nación es la mejor garantía contra las aventuras autoritarias y el desorden institucional, convirtiéndose en la piedra angular sobre la cual se edifica una sociedad próspera, libre y auténticamente soberana.

Recuperar la memoria es recuperar la identidad. Un país que avergüenza a sus jóvenes de su historia y de sus fuerzas de orden es una nación condenada a la fragmentación social y a la inestabilidad democrática. La derecha tiene hoy la oportunidad histórica y el deber moral de ofrecer una narrativa de cohesión y esperanza: el patriotismo no como una consigna vacía, sino como el reconocimiento de una herencia común, de un orgullo legítimo por la pacificación del país y por la capacidad del pueblo peruano de vencer a la barbarie sin capitular ante el absolutismo.

Es hora de desmontar los dogmas del progresismo caviar que han monopolizado la memoria. La verdad no pertenece a ninguna oenegé ni a comisiones con sesgo ideológico; pertenece a los ciudadanos que sufrieron el terrorismo y a quienes lo derrotaron en el campo de batalla y en la inteligencia policial. Solo restituyendo el respeto por nuestras instituciones tutelares y consolidando una identidad nacional firme, cimentada en la verdad histórica, podremos garantizar la estabilidad, la paz social y la libertad para las futuras generaciones de peruanos.

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Opinión

El ciudadano Hunter: un recuerdo en el centenario de su fallecimiento

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5 días ago

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04/09/2026

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Redacción Lima Gris

Por: Hélard Fuentes Pastor

El pasado tiene misteriosas maneras de esconder a sus personajes. A veces los oculta entre las páginas de un periódico, en la inscripción que aún llevan esos artilugios que encontramos en las casas de antigüedades o en el nombre de una calle, de un parque, que ha sobrevivido al olvido. La historia, sin embargo, no desaparece: simplemente deja de ser buscada hasta que llega el momento propicio para volver sobre sus huellas. En esa tarea se ha internado Nexmi Daza Arenas, una periodista entusiasta y profundamente arequipeña, de esas que llevan con orgullo la insignia del alfeñique y que, por llevarla, se sienten acaso doblemente arequipeñas.

Aquel persistente interés de Nexmi Daza por los personajes locales —a los que dedicó varias crónicas y entrevistas en su quehacer periodístico— la condujo a un personaje cuya trayectoria transcurrió entre las postrimerías del siglo XIX y los primeros años del XX. Un hombre que, de no ser por su tupida barba, difícilmente podríamos reconocer entre los innumerables rostros que, con sus obras e ideales, hicieron de Arequipa y del Perú un lugar mejor. Y es que son tantos aquellos hombres y mujeres dignos de recuerdo que no alcanzan las páginas para contar sus hazañas ni para reconocer, en cada una de ellas, los valores que dieron sentido a sus vidas. Uno de ellos fue Jacobo Dickson Hunter.

Hunter —como terminaría popularizándose— no era, pues, un desconocido para sus contemporáneos. Su figura había alcanzado ya cierto reconocimiento a pocos años de su fallecimiento, al punto de celebrar, un 8 de septiembre de 1937, con relativa pomposidad el primer centenario de su nacimiento. La ceremonia fue presidida por el alcalde de la Municipalidad de Arequipa y tuvo entre sus principales intervenciones al distinguido Gustavo Corzo Masías, quien por entonces ejercía como concejal.

Son pocos los que, un siglo después, encuentran un segundo motivo para ser recordados. Hunter es uno de ellos. A la celebración del centenario natalicio se suma ahora, gracias a la agudeza y perseverancia de Nexmi, la conmemoración de los cien años de su fallecimiento, un 1 de septiembre de 1926. Y se realizó de la mejor manera: con la publicación de un libro que, a lo largo de más de un centenar de páginas, no solo reconstruye su historia de vida y la de sus antepasados escoceses —dando a conocer hasta el significado de los nombres y apellidos—, también se adentra en el distrito arequipeño que lleva su nombre.

Durante muchos años del siglo XX se creyó —y así lo sostuvo incluso el propio Hunter— que Jacobo había nacido en Edimburgo. Así lo consignó también el padre Santiago Martínez (1940) en su obra sobre los directores de la Beneficencia, como «Ecumburgo». La investigación de Nexmi Daza permitió, sin embargo, precisar el lugar de nacimiento: Madison, en los Estados Unidos, a orillas del río Ohio. El dato tiene algo de ironía. Aquel médico, pese a haber nacido lejos de Escocia, hizo de su ascendencia una parte esencial de su identidad.

Jacobo D. Hunter fue un médico afamado, decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de San Agustín y miembro de la Beneficencia. Pero no bastaba con ser buen maestro o mejor cirujano. En él había algo que trascendía los títulos: la calidad humana de un hombre que quedó vinculado a la revista Escocia, en cuyas páginas hoy podemos atesorar la prosa de Francisco Mostajo.

Al parecer, era un hombre sencillo, poco dado a los elogios o a los grandes decires. Acaso nunca imaginó que sería la Ciudad Blanca la que, tiempo después, guardaría para siempre aquel corazón que palpitó al servicio de los demás, en uno de los pabellones del Cementerio de la Apacheta. Mucho menos pudo pensar que sería Nexmi Daza quien recogería su historia en un libro que comenzó a gestarse, quizá, como una inquietud juvenil que la llevó a fotografiar hermosos paisajes al noroeste europeo. Ella fue, al menos desde 2012 —hasta donde hemos explorado—, una de las principales difusoras de sus logros, incluidos los profesionales:

—¡Que publicó un artículo sobre la disentería! ¡Que estudió los abscesos hepáticos y propuso tratarlos mediante procedimientos antisépticos!… ¡Que demostró su destreza en las operaciones!

Como aquella intervención que La Bolsa —un periódico antiguo— calificó de «diestra» y que salvó la vida de una muchacha, esposa de un zapatero, al extraer de su vientre a una criatura que llevaba tres días muerta, en 1885.

Pero aquel amor por Arequipa, ciudad donde hizo su hogar y terminó por consolidarse como persona, se remonta a mediados de 1861, mientras convalidaba sus estudios en la Universidad de San Marcos, en Lima. Se cuenta que unos comerciantes extranjeros le ofrecieron trabajar en aquella ciudad, acaso porque ya conocían su experiencia cuando prestó sus servicios en el vapor Lima. Un registro de 1923, conservado en el Fondo de Prefectura del Archivo Regional de Arequipa (L. 1, Partida 173), permite corroborar algunos datos de su permanencia en el país: señala que este ciudadano había ingresado por un tiempo indefinido. Para entonces, Hunter frisaba ya la edad sexagenaria y tenía su domicilio en la calle Guañamarca 306 —hoy Rivero—, además de otras propiedades. No en vano, años antes había cedido terrenos para la apertura de un nuevo camino entre Tingo y Socabaya, en 1894.

¡Las hazañas son numerosas!

Pero Nexmi nos ha enseñado que no basta con decir que Hunter estudió en la prestigiosa Universidad de Edimburgo —como también se presume en la Guía de Oro de Arequipa de 1944— ni que trabajó junto al célebre médico Joseph Lister; que cultivó amistad y tuvo una polémica con un joven Edmundo Escomel, en torno a la naturaleza de una mortífera enfermedad (Héctor Valdivia, 2000). Tampoco basta con decir que fue perseverante, que quedó huérfano, o que, radicado en Arequipa, recorría las calles a caballo de silla para atender a los enfermos (Juan G. Carpio Muñoz). Ni que promovió la higiene en niños o atendió a pacientes de escasos recursos y prestó gratuitamente sus servicios como médico legista.

Una historia de vida, en realidad, no termina con la enumeración de los hechos que la componen. Se completa cuando esa existencia vuelve a hacerse presente en las generaciones que la sucedieron; cuando sus actos dejan de ser únicamente materia de archivo y se incorporan, de algún modo, al tránsito cotidiano de quienes habitan el lugar que atesora sus recuerdos.

Por eso, no basta con que el nombre de Hunter haya terminado designando una urbanización. Tampoco con celebrar su existencia, repetir sus hazañas médicas, sus estudios o los episodios que dieron prestigio a su trayectoria. Quizá lo verdaderamente importante sea preguntarnos qué queda de aquellos principios en una ciudad o un país que, un siglo después de su muerte, continúa recordándolo. En tiempos de violencia, de desentendimiento mutuo y de creciente enajenamiento social, acaso valga la pena volver la mirada hacia aquella disposición suya para atender al prójimo, no para imitar los gestos de otrora, sino para reconocer que algunas formas de humanidad no envejecen.

Eso es, quizá, lo que ha encontrado Nexmi Daza Arenas al volver sobre la vida de Hunter.

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