Opinión
La broma infinita: Volverá el fútbol con dos barrasLee la columna de Juan José Sandoval
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1 minuto agoon
08/09/2026By
Redacción Lima Gris
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Por Juan José Sandoval
Recuerdo que la última vez que fuimos en familia con mi papá al estadio fue al Nacional, para un clásico U vs. Alianza. Ganamos con gol de Yordy Reyna —tal vez el tiempo me haga olvidar quién anotó o el resultado exacto, pero no puedo olvidar el motivo por el cual mi padre dijo «no vuelvo más» y, como un «Mano de Piedra» Durán frente a «Sugar» Ray Leonard, dio por finalizada su historia como hincha de tribuna.
Todo comenzó al minuto 75, cuando el marcador aún marcaba cero a cero. Mi papá no pudo con la tensión y prendió un cigarrillo. Una chica que estaba atrás empezó a toser y el novio se puso malcriado. Nosotros éramos cinco, así que respondimos al toque, llevados también por los nervios del partido. Pero la pareja venía en mancha y de pronto todos saltaron a repartir golpes. Cobramos todos los Sandoval: a pesar de que cubrí a mi viejo en todo momento, igual le cayó su galleta. En medio de la trifulca apareció un pelucón que parecía la personificación de un barrabrava; se arrojaba sobre la bronca como si flotara entre nosotros, repartiendo puñetazos al aire.
Lo más absurdo era que todos éramos de Alianza Lima. Teníamos la misma camiseta y nos peleábamos entre nosotros, hasta que la policía intervino para apaciguar las aguas. Apenas nos volvimos a sentar, mi papá encendió otro cigarrillo y, como si fuera un sketch de JB, la trifulca amagó con reiniciar. En eso llegó el gol de Yordy Reyna: nos abrazamos todos, la pareja se besó de alegría y empezamos a gritar a todo pulmón «¡Arriba Alianza, corazón!». Sin embargo, mi viejito ya no disfrutaba el momento; solo quería fumar y ahora ni el policía lo dejaba sacar la cajetilla.
Atrás quedó la época en que íbamos al Estadio Nacional para los tripletes. Teníamos no más de diez años y no pagábamos entrada, pues con un boleto de adulto pasaban los niños. Recuerdo aquel clásico de los ochenta en el que la U le volteó el partido a Alianza 3-2. Íbamos ganando dos a cero en el primer tiempo, pero en el complemento se vino el vendaval crema.
Llegábamos temprano a Occidente Alta y la gente colmaba las tribunas en familia; cremas y blanquiazules compartían asiento. Algunos llevaban zapatos diseñados con los colores de su equipo, otros lucían gorros personalizados, camisetas o correas con la hebilla del rival. Se respiraba camaradería: uno le preguntaba al del costado: «Flaco, ¿dónde te has comprado esos zapatos?».
La gente conversaba y los goles se gritaban en la cara sin llegar a la violencia. No existía el desquiciamiento que hoy reina. El fútbol ha llegado a un nivel enfermizo en el que la hinchada rival es retratada por los medios como si fuera un enemigo en una guerra que cobra víctimas todas las semanas, como si se tratara de una estrategia bélica.
El verdadero hincha sobrevive, paga su entrada y lleva a sus hijos porque busca transmitir un legado de afecto, identidad y mística. Muchas veces esa figura queda opacada por la furia de quien empuña un arma en nombre del club que dice amar. No obstante, ahí hay una lectura errada: el que mata no lo hace por amor a la camiseta, sino porque perdió el sentido moral. La violencia no tiene filiación deportiva.
Percibí algo similar cuando trabajé para una marca de ropa cuyos polos eran muy populares. Aunque los dueños se alucinaban que sus prendas básicas las compraba la gente pituca, en los noticieros todos los secuestradores detenidos aparecían vistiendo la marca.
Aquello podría parecer una anécdota aislada; sin embargo, el empoderamiento policial ha permitido que la institución promueva «genios» de la narrativa que arman «muñecos» mediáticos, emulando la construcción novelística de un García Márquez y su realismo mágico.
Aprovecho estas líneas para celebrar la iniciativa de Ciudad Librera, cuyo local en Pueblo Libre será escenario del primer «Clásico del fútbol peruano de los libros», donde escritores e hinchas apasionados de la literatura y el balompié compartiremos testimonios para dar un mensaje de paz. El fútbol con dos barras debe volver: es la esencia de nuestros pueblos.
Otra vez Rodrigo Montoya: Volver a Empezar
Redacción Lima Gris
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Opinión
Otra vez Rodrigo Montoya: Volver a EmpezarLee la columna de Tino Santander
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16 horas agoon
07/09/2026By
Redacción Lima Gris
Por Tino Santander Joo
El maestro Rodrigo Montoya nos entrega el primer volumen de Perú: Volver a Empezar, obra que se divide en tres libros. El Libro I, titulado «Sentir, leer y pensar la tierra en que vivimos», aborda la geografía, la historia profunda del Perú y la herencia cultural inca. El Libro II, «Capitalismos I, II y III (1840-2023) y grandes cambios en el siglo XX», analiza la evolución del capitalismo en sus diferentes períodos. El Libro III, «Peligro de desaparición de la vida en el planeta Tierra y de nuestra especie humana. ¿Qué hacer?», es un llamado a la conciencia sobre la crisis civilizatoria y el fin de la humanidad si el capitalismo contemporáneo sigue destrozando el planeta.
Perú: Volver a Empezar propone una visión global e histórica del Perú que, según el maestro sanmarquino, se ha perdido por la especialización de las ciencias sociales y la degradación de los proyectos políticos tradicionales. Después de doscientos años de república, el Estado ha fracasado: no ha logrado integrar el país ni construir una nación inclusiva. Frente a esta dramática realidad, Montoya propone «volver a empezar», es decir, pensar la realidad como una «totalidad contradictoria en movimiento», lo cual solo es posible integrando historia, geografía, antropología, economía y política. Su crítica a la intelectualidad y a las izquierdas se dirige a su obsesión por el parlamentarismo corrupto y su alejamiento de la realidad nacional.
El libro no es solo una crítica a las ciencias sociales y a la clase política. Montoya parte de la geografía con su hipótesis de los tres triángulos: para entender el Perú debe comprenderse su espacio vertical, donde los ríos nacen en los Andes y descienden a los pisos ecológicos, siendo el agua el elemento que articula la vida económica, social y espiritual. La geografía complementa la organización social fundamentada en la reciprocidad.
Comparto su crítica al «mestizaje cultural», porque desenmascara el racismo estructural y revela la imposición cultural del occidente capitalista. El mestizaje cultural se convierte en una mercancía, en un eslogan de marketing, en «una ilusión óptica», como afirma el maestro. De esta tesis se desprende que el Perú no es una nación homogénea y que es necesario el Estado plurinacional.
La distinción quechua entre ñuqanchik (nosotros todos) y ñuqayku (nosotros, unos pocos) afirma la tesis política de que en el lenguaje se encuentra la morada del ser. Las dos formas de «nosotros», una inclusiva y otra exclusiva, no son una variación lingüística, sino una concepción filosófica. La colonización europea impuso una lengua y con ella el ñuqayku que excluye a los no europeos o sus descendientes, marginando a los naturales del continente, a los afrodescendientes y a los asiáticos. La nueva ontología propuesta por Montoya es la del ñuqanchik, es decir, un régimen plurinacional, una forma de hablar solidaria que reconoce no solo la variedad de lenguajes, sino también de formas de pensar, sentir y actuar. «En la conclusión está la sabiduría», frase muy borgiana, y la conclusión de Montoya es que el Perú debe dejar de ser un país de unos pocos, no solo lingüísticamente, sino mediante una revolución social y política que cambie el rumbo del país.
Leer y estudiar Perú: Volver a Empezar ha sido reconfortante, porque siento que el Perú no está perdido en la degradación de los políticos de aventura y de ocasión, ni en los intelectuales de proyectos de ONG. Más allá de las diferencias sofisticadas que se puedan tener con el maestro sanmarquino, nos une la lucha contra el capitalismo, la defensa de la vida y la cultura, no solo la andina y amazónica, que en estos tiempos son una mercancía que se vende al mejor postor, y que en nombre de la marginalidad hacen vil negociado de los valores de sus ancestros.
Sin embargo, hay que decirlo: el libro no agota el debate. Al contrario, lo vuelve a encender. Porque el mundo andino se ha resignificado en el capitalismo. Las comunidades ya no son solo espacios de reciprocidad y defensa cultural; también negocian en el mercado, crean empresas, comercializan sus productos con valor agregado y se articulan con las dinámicas urbanas. Eso no significa que hayan claudicado, sino que están reinventando su lugar en un mundo que cambia rápidamente. El libro de Montoya nos da las herramientas para pensar este proceso, pero no lo resuelve. Y eso está bien: los libros no deben cerrar preguntas, deben abrirlas. Como decía Borges, en la está la sabiduría, y la sabiduría del maestro es invitarnos a seguir pensando, discutiendo y, sobre todo, luchando.
La vida de un antropólogo que ama la vida y la historia no se detiene, y seguirá en sus alumnos, en sus cantos y poesía en la alegría de danzar y beber, porque el mundo no siempre será ancho y ajeno. ¡Gracias, maestro!
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La ley del embudo 2.0Lee la columna de Márlet Ríos
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21 horas agoon
07/09/2026By
Redacción Lima Gris
Por Márlet Ríos
Algunos políticos de mi país están convencidos de que pueden pasar por encima de la ley y de las instituciones —perfectibles, pero es lo que hay—, gracias al considerable poder económico que ostentan. Lo que aterra es que, al parecer, una buena parte de las elites ilustradas no cuestionan este proceder y contemporizan con este desprecio antidemocrático. ¿Lo hacen por conveniencia o están igualmente convencidas? El mensaje que se les da a los jóvenes es infame: gana tu primer millón de soles y orínate en la ley o úsala para tu beneficio (y el de tus amigotes). O, parafraseando a Manuel Atanasio Fuentes, para reírte de ella. ¿Desde cuándo el cinismo más abyecto se convirtió en virtud en nuestro país? ¿Desde cuándo el bien común y la política entendida como servicio —y apostolado— fueron descartados como antiguallas? Se trata de la “viveza criolla” entendida en su modo más vil.
Esos mismos políticos han perdido la vergüenza y usan descaradamente la religión para sus fines propios. Para la economista Mariana Mazzucato, actualmente existe una profunda desconfianza en las elites que ha minado la fe en las instituciones democráticas. El clima de miedo y el populismo son aprovechados por caudillos y demagogos. Trump, Milei, Bukele, etc., no son producto del azar. Y en nuestro país, donde existe una fuerte tradición autoritaria y caudillesca, han surgido personajes estrambóticos como Rafael López Aliaga. Aunque no es el único caudillo con ínfulas de virrey.
No es posible construir una auténtica democracia e instituciones sólidas si tenemos a políticos saboteando y petardeando constantemente las instituciones democráticas, si el resultado electoral no les favorece. Esto ya lo vimos en el 2021 y lo hemos vuelto a ver este año.
Por otra parte, para el psiquiatra Hilario Blasco-Fontecilla actualmente hay una deliberada imbecilización del ser humano. Las denominadas redes sociales son, en gran parte, responsables de ello. El pensamiento crítico escasea y los analfabetos funcionales abundan. Como lo señaló Giovanni Sartori, existe un predominio de la imagen y del homo videns. Y los políticos poderosos (y sus asesores) se aprovechan de todo ello y lo capitalizan, sin importarles el bien común. El clientelismo y otros problemas sociales arraigados en nuestro país también les favorecen.
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Ni el blindaje de Keiko salva a Beingolea del banquillo judicialEl apañamiento político fracasa ante una Fiscalía que exige diez años de cárcel para el ministro de Cultura, Alberto Beingolea.
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1 día agoon
07/09/2026By
Luis Felipe Alpaca
El descaro con el que la presidenta Keiko Fujimori intenta blindar al evidenciado ministro de Cultura, Alberto Beingolea, ya da vergüenza ajena. Desde que pisó el portafolio, el excomentarista deportivo se dedicó a repartir el pastel estatal entre sus conocidos. Ahí está Abraham Alex Rivas Lombardi, su viejo aliado del Congreso, colocado como secretario general. O Iván Pereyra Villanueva, reciclado en la Jefatura del Gabinete de Asesores a pesar del tufo de los mentados “Chats Calientes”.
Por si fuera poco, los papeles cantaron la argolla perfecta con la contratación de Lourdes Morales Morote de la mano con el nombramiento de su hija, Sofía Aguayo Morales, amarrada como gerente general en la BNP con un ‘golazo’ de más de 15 mil soles mensuales.
Pero al compadre se le acabó el recreo. El Poder Judicial le leyó la cartilla y le pateó sus maniobras para archivar el proceso. Ahora, el burbujito Beingolea va directo al banquillo del juicio oral y la Fiscalía Provincial Corporativa Especializada en Delitos de Corrupción de Funcionarios del Callao va por todas y exige diez años de cárcel, 13 de inhabilitación y 550 días multa por presunta colusión agravada. La acusación indica que en 2019 se arregló con funcionarios del Gobierno Regional del Callao para llevarse un contrato a dedo por S/30 mil, presentando documentación bamba para fraguar los requisitos técnicos.
Triste suerte la del Mincul, un ministerio convertido en guarida o trampolín de cuestionados. La cancha está embarrada de denuncias hace tiempo. Imposible olvidar a Jorge Nieto Montesinos, salpicado en el Equipo Especial Lava Jato por los aportes negros del Caso Susana Villarán; o a Patricia Balbuena, salpicada por el faenón del Caso «Richard Swing» y pesquisas por presunto peculado con Vizcarra. Tampoco se salva la exministra Leslie Urteaga, bajo la lupa fiscal por presunta colusión y negociación incompatible tras sus movidas como Directora General de Defensa del Patrimonio. Y la perla del pastel va para la asilada Betssy Chávez, investigada por presunto tráfico de influencias al meter familiares; eso sin contar a Fabricio Valencia, investigado por Fiscalía por presunta omisión de deberes funcionales y abuso de autoridad por las Líneas de Nasca.
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Cusco: alertas sin respuestaLee la columna de Edwin Cavello
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2 días agoon
07/09/2026By
Edwin Cavello Limas
Cusco no solo está perdiendo patrimonio. Mientras la discusión pública se concentra, casi siempre, en construcciones que alteran el rostro histórico de la ciudad imperial, otros problemas avanzan sin pedir permiso. Algunos lo hacen en silencio; otros, de manera agresiva. Todos tienen algo en común: las autoridades parecen reaccionar cuando el daño ya es evidente.
Minería ilegal, contaminación ambiental, tráfico de bienes culturales, deforestación y atentados contra el patrimonio forman parte de una larga lista de amenazas. Ahora se suman dos palabras que deberían provocar una reacción inmediata: crisis hídrica y seguridad alimentaria.
Desde distintos colectivos ciudadanos se vienen encendiendo las alertas. También desde espacios de defensa y denuncia se han documentado casos que merecen una respuesta firme del Estado. Sin embargo, muchas investigaciones terminan atrapadas en la burocracia, el silencio institucional o una preocupante dilación.
El patrimonio tiene funcionarios investigados por la Fiscalía. Casos vinculados a deforestación, minería ilegal, tráfico de bienes culturales y contaminación ambiental también han llegado a instancias fiscales. Incluso empresas relacionadas con actividades cuestionadas, como Transportadora de Gas del Perú (TGP), han cargado investigaciones que, inexplicablemente, parecen adormecerse.
Pero hay una amenaza que podría convertirse en una crisis mayor: el agua. Cusco posee históricamente la mayor cantidad de glaciares del país. Sin embargo, las cordilleras de Vilcanota y Urubamba han perdido más del 42% y 61% de su masa glaciar, respectivamente. No estamos hablando solamente de hielo que desaparece. Hablamos de agricultura, consumo humano, ecosistemas, economía y supervivencia de comunidades enteras.
El cambio climático no es una discusión del futuro. Ya está aquí, y sus consecuencias comienzan a tocar la puerta de las ciudades andinas.
El Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña tiene información que permite conocer esta transformación año tras año. El problema no parece ser la falta de datos. El problema es qué hacen las autoridades con ellos.
Desde Palacio de Gobierno y el Congreso corresponde actuar antes de que la alerta se convierta en emergencia. Cusco no necesita más diagnósticos archivados. Necesita decisiones.
Porque cuando el agua falte, cuando los cultivos disminuyan y cuando las comunidades tengan que enfrentar las consecuencias, ninguna autoridad podrá decir que no fue advertida.
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La batalla por la memoria: verdad objetiva, patria e identidad frente a la hegemonía del relato oficialLee la columna de Raúl Allain
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3 días agoon
05/09/2026By
Raúl Allain
Hay tardes en Lima en las que el aire gris no solo pesa en los pulmones, sino en la conciencia. Aunque transité mi infancia durante los convulsos años noventa, guardo grabado el impacto de crecer en una sociedad acechada por la barbarie; para el año 2000 era apenas un niño de diez años, pero plenamente consciente del eco de la zozobra nacional. Por eso, me causa una profunda indigestión intelectual caminar hoy por ciertas galerías académicas o revisar textos de divulgación y descubrir que la historia de nuestra patria ha sido insidiosamente destilada, empaquetada y reescrita bajo la mirada tuerta de un progresismo que pretende imponer una memoria oficial monolítica.
Se nos ha querido convencer de que cuestionar esa «verdad institucionalizada» es un acto de negacionismo. Nada más falso. Defiendo categóricamente que existe un derecho humano fundamental a la memoria histórica, pero a una memoria fundada en la verdad objetiva, no en la mitología ideológica ni en el secuestro de la narrativa reciente. En el Perú actual, la izquierda ha logrado erigir una hegemonía cultural —en el sentido más gramsciano del término— que busca victimizar a los victimarios y, en el mismo acto, criminalizar a las instituciones tutelares de la Patria.
Esta operación no es un fenómeno aislado ni una ocurrencia criolla; responde a un patrón que se repite en América Latina. Lo hemos visto en la región: comisiones de la verdad y organismos de derechos humanos que, con el pretexto de sanar heridas, terminan construyendo un libreto maniqueo donde el Estado democrático es siempre el villano sistemático, y las organizaciones subversivas que empuñaron las armas contra campesinos, autoridades e inocentes son retratadas como trágicos «actores políticos» impulsados por la desigualdad social. De Chile a Colombia, la izquierda regional ha instrumentalizado la memoria para desarmar moralmente a la sociedad civil y a las Fuerzas Armadas, abriendo el camino para la captura del poder simbólico y político.
En el caso peruano, el fenómeno ha alcanzado matices alarmantes. Recuerdo con absoluta nitidez mis años de formación universitaria en San Marcos, donde presencié de primera mano cómo, en las aulas y pasillos de la facultad, ciertos sectores acomodaban el lenguaje para matizar la barbarie. Ya no se hablaba de «terrorismo sangriento» o «fanatismo totalitario», sino de un eufemístico «conflicto armado interno». Esa sutil peripecia semántica no es inofensiva: homologa el accionar cobarde de Sendero Luminoso y el MRTA —que masacraron comunidades enteras como Lucanamarca o la Selva Central— con la respuesta legítima de un Estado en defensa de su subsistencia.
Sin embargo, haber estudiado en las aulas de la Decana de América representa para mí un profundo orgullo profesional y académico. Formarme en San Marcos me otorgó la solvencia intelectual, el rigor sociológico y el conocimiento directo del terreno para debatir este tema conscientemente, sin intermediarios ni anteojeras ideológicas. Fue precisamente en el fragor de sus debates donde comprendí que el espíritu sanmarquino auténtico no consiste en doblegarse ante el dogma dominante de turno, sino en confrontar las ideas con sentido crítico, valentía analítica y un compromiso irrenunciable con la verdad histórica de nuestra patria.
A partir de esa manipulación semántica articulada en el ámbito académico, la narrativa progresista logró descentrar la culpa y relativizar la barbarie. Los verdaderos genocidas terminaron revestidos de cierto aire de inocencia trágica o reducidos a simples consecuencias inevitables de las brechas sociales. En contraste, nuestros policías y militares —aquellos jóvenes de provincia que pusieron el pecho para que hoy sigamos teniendo una república— pasaron a la condición de sospechosos permanentes. Se ha pretendido borrar el heroísmo de la operación Chavín de Huántar o el abnegado sacrificio de las rondas campesinas para reemplazarlos por una culpa colectiva que esteriliza el orgullo patrio.
Este esfuerzo de lavado ideológico desbordó rápidamente el ámbito universitario para infiltrarse en el sistema educativo nacional y en el circuito artístico financiado con fondos públicos. Se financiaron películas, exposiciones y textos escolares donde los sanguinarios mandos terroristas aparecían retratados como figuras idealizadas o víctimas incomprendidas de un sistema cruel. En contraposición, las patrullas del Ejército y de la Policía Nacional eran presentadas en las aulas como fuerzas invasoras y opresoras. Se buscaba, con calculadora paciencia, que las nuevas generaciones crecieran sintiendo vergüenza de los uniformes que salvaron a la República.
La trampa conceptual detrás de este relato estriba en manipular la compasión humana para anestesiar la razón. Al equiparar el dolor de los familiares de las víctimas del terrorismo con la desazón de los deudos de los propios delincuentes subversivos muertos en combate, el progresismo borró intencionadamente la frontera moral entre el bien y el mal. No todo dolor equivale a inocencia, y mezclar en un mismo altar simbólico al héroe que dio la vida por la patria con el criminal que detonó un coche bomba es una aberración social. Esa falsa equidad destruye el cimiento ético sobre el que debe sostenerse toda sociedad civilizada.
Paralelamente, presenciamos la consolidación de un próspero circuito de oenegés y consultorías que convirtieron el dogma de la «memoria fragmentada» en un lucrativo medio de vida. Para estos sectores caviares, mantener viva la estigmatización contra nuestras fuerzas de orden no es solo un objetivo ideológico, sino un modelo de negocio institucional. Financiamientos internacionales y consultorías estatales perpetuas han dependido durante décadas de alimentar un juicio sumario e infinito contra las instituciones de la patria, bloqueando cualquier intento genuino de cierre de heridas o reconciliación real.
Cuando una sociedad acepta que su pasado sea dictado por una burocracia ideologizada, la noción misma de ciudadanía se debilita hasta resquebrajarse. La verdad objetiva exige documentar los hechos con rigor empírico, sin edulcorar los métodos del terror ni atenuar la crueldad premeditada de sus ideólogos. Al secuestrar la memoria, la izquierda privó a los peruanos del derecho a entender por qué triunfamos como nación frente al totalitarismo, sustituyendo la gesta heroica de la pacificación por un letargo de autocompasión y rencor social desintegrador.
Por esta razón, la respuesta de una derecha moderna, patriótica y con vocación de futuro no puede reducirse a meros cálculos contables ni a discursos tecnocráticos de gestión. El debate económico es fundamental, sin duda, pero resulta inútil si se pierde la batalla por las ideas y la cultura. La derecha tiene el imperativo histórico de asumir la defensa activa de la memoria histórica con convicción, demostrando que la paz y la prosperidad no son accidentes del destino, sino el fruto directo del orden institucional, el estado de derecho y la victoria sobre la subversión.
Frente a esta hegemonía, la postura de una derecha consecuente y moderna no debe ser el silencio ni la complacencia, sino la defensa frontal de la verdad, el patriotismo y la identidad nacional. Durante años, la derecha peruana cometió el error táctico de descuidar el terreno cultural, enfocándose exclusivamente en la gestión económica y el pragmatismo de las cifras. Pero los números no construyen nación ni alimentan el espíritu. La cultura y la historia son el alma de un pueblo, y si se cede la narración del pasado, se entrega sin combatir el diseño del futuro.
Defender la verdad histórica no significa encubrir excesos individualizados, pues la justicia debe caer con todo su peso sobre cualquiera que viole la ley. Significa defender la legitimidad moral de la República y de sus instituciones. La verdadera reconciliación nacional solo puede erigirse sobre la base de la verdad objetiva y la justicia; jamás sobre la distorsión del relato oficial impuesta por una elite burocrática que lucra con el dogma de los derechos humanos mientras vulnera el derecho de las grandes mayorías a honrar a sus verdaderos héroes.
Una patria fuerte necesita mirarse al espejo con orgullo, reconociendo el valor intrínseco de sus instituciones tutelares. El patriotismo no es un vestigio del pasado ni un concepto obsoleto; es el pegamento moral que cohesiona a una comunidad diversa frente a las amenazas de la descomposición social y el populismo demagógico. Reivindicar el papel de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional en la pacificación del Perú es un acto de estricta justicia histórica y un requisito indispensable para devolverle la confianza y el respeto a la autoridad en nuestra vida cotidiana.
Desmontar la hegemonía del relato oficial abre puertas hacia una estabilidad democrática firme y duradera. Cuando los ciudadanos comparten una visión clara de quiénes fueron sus agresores y quiénes sus defensores, se fortalece la confianza en las normas y en la convivencia pacífica. La verdadera reconciliación exige sanar el tejido social reconociendo la verdad completa, sin omisiones interesadas ni matices ideológicos, permitiendo que la justicia actúe con ecuanimidad y que el Estado recupere su solvencia moral frente a las futuras generaciones.
Este rescate de la identidad nacional proyecta enormes oportunidades para el desarrollo integral del Perú. Un país consciente de su historia, que honra su libertad y protege la legitimidad de sus instituciones, transmite seguridad jurídica, orden y previsibilidad tanto a sus ciudadanos como al mundo exterior. La fortaleza cultural de una nación es la mejor garantía contra las aventuras autoritarias y el desorden institucional, convirtiéndose en la piedra angular sobre la cual se edifica una sociedad próspera, libre y auténticamente soberana.
Recuperar la memoria es recuperar la identidad. Un país que avergüenza a sus jóvenes de su historia y de sus fuerzas de orden es una nación condenada a la fragmentación social y a la inestabilidad democrática. La derecha tiene hoy la oportunidad histórica y el deber moral de ofrecer una narrativa de cohesión y esperanza: el patriotismo no como una consigna vacía, sino como el reconocimiento de una herencia común, de un orgullo legítimo por la pacificación del país y por la capacidad del pueblo peruano de vencer a la barbarie sin capitular ante el absolutismo.
Es hora de desmontar los dogmas del progresismo caviar que han monopolizado la memoria. La verdad no pertenece a ninguna oenegé ni a comisiones con sesgo ideológico; pertenece a los ciudadanos que sufrieron el terrorismo y a quienes lo derrotaron en el campo de batalla y en la inteligencia policial. Solo restituyendo el respeto por nuestras instituciones tutelares y consolidando una identidad nacional firme, cimentada en la verdad histórica, podremos garantizar la estabilidad, la paz social y la libertad para las futuras generaciones de peruanos.
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El ciudadano Hunter: un recuerdo en el centenario de su fallecimientoLee la columna de Hélard Fuentes Pastor
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4 días agoon
04/09/2026By
Redacción Lima Gris
Por: Hélard Fuentes Pastor
El pasado tiene misteriosas maneras de esconder a sus personajes. A veces los oculta entre las páginas de un periódico, en la inscripción que aún llevan esos artilugios que encontramos en las casas de antigüedades o en el nombre de una calle, de un parque, que ha sobrevivido al olvido. La historia, sin embargo, no desaparece: simplemente deja de ser buscada hasta que llega el momento propicio para volver sobre sus huellas. En esa tarea se ha internado Nexmi Daza Arenas, una periodista entusiasta y profundamente arequipeña, de esas que llevan con orgullo la insignia del alfeñique y que, por llevarla, se sienten acaso doblemente arequipeñas.
Aquel persistente interés de Nexmi Daza por los personajes locales —a los que dedicó varias crónicas y entrevistas en su quehacer periodístico— la condujo a un personaje cuya trayectoria transcurrió entre las postrimerías del siglo XIX y los primeros años del XX. Un hombre que, de no ser por su tupida barba, difícilmente podríamos reconocer entre los innumerables rostros que, con sus obras e ideales, hicieron de Arequipa y del Perú un lugar mejor. Y es que son tantos aquellos hombres y mujeres dignos de recuerdo que no alcanzan las páginas para contar sus hazañas ni para reconocer, en cada una de ellas, los valores que dieron sentido a sus vidas. Uno de ellos fue Jacobo Dickson Hunter.
Hunter —como terminaría popularizándose— no era, pues, un desconocido para sus contemporáneos. Su figura había alcanzado ya cierto reconocimiento a pocos años de su fallecimiento, al punto de celebrar, un 8 de septiembre de 1937, con relativa pomposidad el primer centenario de su nacimiento. La ceremonia fue presidida por el alcalde de la Municipalidad de Arequipa y tuvo entre sus principales intervenciones al distinguido Gustavo Corzo Masías, quien por entonces ejercía como concejal.
Son pocos los que, un siglo después, encuentran un segundo motivo para ser recordados. Hunter es uno de ellos. A la celebración del centenario natalicio se suma ahora, gracias a la agudeza y perseverancia de Nexmi, la conmemoración de los cien años de su fallecimiento, un 1 de septiembre de 1926. Y se realizó de la mejor manera: con la publicación de un libro que, a lo largo de más de un centenar de páginas, no solo reconstruye su historia de vida y la de sus antepasados escoceses —dando a conocer hasta el significado de los nombres y apellidos—, también se adentra en el distrito arequipeño que lleva su nombre.
Durante muchos años del siglo XX se creyó —y así lo sostuvo incluso el propio Hunter— que Jacobo había nacido en Edimburgo. Así lo consignó también el padre Santiago Martínez (1940) en su obra sobre los directores de la Beneficencia, como «Ecumburgo». La investigación de Nexmi Daza permitió, sin embargo, precisar el lugar de nacimiento: Madison, en los Estados Unidos, a orillas del río Ohio. El dato tiene algo de ironía. Aquel médico, pese a haber nacido lejos de Escocia, hizo de su ascendencia una parte esencial de su identidad.
Jacobo D. Hunter fue un médico afamado, decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de San Agustín y miembro de la Beneficencia. Pero no bastaba con ser buen maestro o mejor cirujano. En él había algo que trascendía los títulos: la calidad humana de un hombre que quedó vinculado a la revista Escocia, en cuyas páginas hoy podemos atesorar la prosa de Francisco Mostajo.
Al parecer, era un hombre sencillo, poco dado a los elogios o a los grandes decires. Acaso nunca imaginó que sería la Ciudad Blanca la que, tiempo después, guardaría para siempre aquel corazón que palpitó al servicio de los demás, en uno de los pabellones del Cementerio de la Apacheta. Mucho menos pudo pensar que sería Nexmi Daza quien recogería su historia en un libro que comenzó a gestarse, quizá, como una inquietud juvenil que la llevó a fotografiar hermosos paisajes al noroeste europeo. Ella fue, al menos desde 2012 —hasta donde hemos explorado—, una de las principales difusoras de sus logros, incluidos los profesionales:
—¡Que publicó un artículo sobre la disentería! ¡Que estudió los abscesos hepáticos y propuso tratarlos mediante procedimientos antisépticos!… ¡Que demostró su destreza en las operaciones!
Como aquella intervención que La Bolsa —un periódico antiguo— calificó de «diestra» y que salvó la vida de una muchacha, esposa de un zapatero, al extraer de su vientre a una criatura que llevaba tres días muerta, en 1885.
Pero aquel amor por Arequipa, ciudad donde hizo su hogar y terminó por consolidarse como persona, se remonta a mediados de 1861, mientras convalidaba sus estudios en la Universidad de San Marcos, en Lima. Se cuenta que unos comerciantes extranjeros le ofrecieron trabajar en aquella ciudad, acaso porque ya conocían su experiencia cuando prestó sus servicios en el vapor Lima. Un registro de 1923, conservado en el Fondo de Prefectura del Archivo Regional de Arequipa (L. 1, Partida 173), permite corroborar algunos datos de su permanencia en el país: señala que este ciudadano había ingresado por un tiempo indefinido. Para entonces, Hunter frisaba ya la edad sexagenaria y tenía su domicilio en la calle Guañamarca 306 —hoy Rivero—, además de otras propiedades. No en vano, años antes había cedido terrenos para la apertura de un nuevo camino entre Tingo y Socabaya, en 1894.
¡Las hazañas son numerosas!
Pero Nexmi nos ha enseñado que no basta con decir que Hunter estudió en la prestigiosa Universidad de Edimburgo —como también se presume en la Guía de Oro de Arequipa de 1944— ni que trabajó junto al célebre médico Joseph Lister; que cultivó amistad y tuvo una polémica con un joven Edmundo Escomel, en torno a la naturaleza de una mortífera enfermedad (Héctor Valdivia, 2000). Tampoco basta con decir que fue perseverante, que quedó huérfano, o que, radicado en Arequipa, recorría las calles a caballo de silla para atender a los enfermos (Juan G. Carpio Muñoz). Ni que promovió la higiene en niños o atendió a pacientes de escasos recursos y prestó gratuitamente sus servicios como médico legista.
Una historia de vida, en realidad, no termina con la enumeración de los hechos que la componen. Se completa cuando esa existencia vuelve a hacerse presente en las generaciones que la sucedieron; cuando sus actos dejan de ser únicamente materia de archivo y se incorporan, de algún modo, al tránsito cotidiano de quienes habitan el lugar que atesora sus recuerdos.
Por eso, no basta con que el nombre de Hunter haya terminado designando una urbanización. Tampoco con celebrar su existencia, repetir sus hazañas médicas, sus estudios o los episodios que dieron prestigio a su trayectoria. Quizá lo verdaderamente importante sea preguntarnos qué queda de aquellos principios en una ciudad o un país que, un siglo después de su muerte, continúa recordándolo. En tiempos de violencia, de desentendimiento mutuo y de creciente enajenamiento social, acaso valga la pena volver la mirada hacia aquella disposición suya para atender al prójimo, no para imitar los gestos de otrora, sino para reconocer que algunas formas de humanidad no envejecen.
Eso es, quizá, lo que ha encontrado Nexmi Daza Arenas al volver sobre la vida de Hunter.
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Cómo potenciar los aprendizajes desde la primera infancia: El método Glenn Doman en Educación InicialLee l a columna de Marisol Verónica Giordano Silva
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4 días agoon
04/09/2026By
Redacción Lima Gris
Por Marisol Verónica Giordano Silva
La Educación Inicial constituye la etapa fundamental del desarrollo integral de los niños. En los primeros años de vida se construyen aprendizajes que serán la base para posteriores experiencias educativas. Como maestras de Educación Inicial, tenemos el desafío de ofrecer experiencias significativas, afectivas, lúdicas y respetuosas de los ritmos y características de cada niño.
Resulta importante conocer los aportes de Glenn Doman, quien desarrolló propuestas de estimulación temprana orientadas a aprovechar las posibilidades de aprendizaje de los niños mediante estímulos breves, claros, repetitivos y significativos. Su propuesta es especialmente conocida por el trabajo con palabras, imágenes, sonidos y otros estímulos que buscan favorecer la atención, la memoria y la asociación.
El valor de conocer el método Doman, para la Educación Inicial, no está en convertirlo en una fórmula para enseñar a leer precozmente, sino en rescatar aquellos recursos que pueden enriquecer las experiencias pedagógicas. En Educación Inicial, el niño aprende principalmente a través del juego, el movimiento, la exploración, la interacción, el lenguaje, el arte y el contacto con su entorno.
Las tarjetas de palabras, por ejemplo, pueden utilizarse como un recurso complementario para acercar a los niños al lenguaje escrito. Palabras relacionadas con su familia, sus compañeros, los animales, los alimentos, los juguetes o los espacios del aula pueden convertirse en oportunidades para observar, conversar, relacionar, interpretar y construir significados.
De esta manera, una palabra como “MAMÁ”, “AGUA”, “CASA” o “PELOTA” deja de ser simplemente un término que el niño debe memorizar y se convierte en parte de una experiencia significativa.
En el I Ciclo, donde los niños se encuentran en una etapa de intenso desarrollo sensorial, motor, comunicativo y socioafectivo, los principios de estimulación utilizados en propuestas como la de Doman pueden favorecer experiencias de observación, escucha, reconocimiento, interacción y enriquecimiento del lenguaje, siempre respetando el ritmo individual.
En el II Ciclo, especialmente a los 3, 4 y 5 años, estos recursos pueden articularse con experiencias de lectura compartida, cuentos, canciones, juegos de palabras, imágenes, dramatizaciones y situaciones cotidianas de comunicación.
El objetivo no debe ser que todos los niños aprendan a leer convencionalmente a una determinada edad. Lo verdaderamente importante es que desarrollen progresivamente el interés por los textos, amplíen su vocabulario, comprendan mensajes, expresen sus ideas y descubran que el lenguaje escrito cumple una función comunicativa.
Así, con el método Doman, tenemos una aplicación pedagógica adecuada que aporta oportunidades para fortalecer la atención y observación; el desarrollo del lenguaje oral; la ampliación del vocabulario; la memoria y asociación; la comprensión de significados; el interés por el lenguaje escrito; la discriminación visual y auditiva; la expresión y comunicación; la participación activa en experiencias de aprendizaje.
Pero, estos posibles aportes deben entenderse dentro de una propuesta pedagógica integral, pues una tarjeta por sí sola no genera aprendizaje significativo, pues solo será la intervención de la docente de Inicial, el contexto, la interacción y la experiencia del niño los ingredientes que convierte un recurso en una verdadera oportunidad educativa.
Lamentablemente, el método Glenn Doman no constituye una metodología oficial del Ministerio de Educación del Perú, pero su posible consideración en el Currículo Nacional podría comprenderse desde una perspectiva complementaria y articulada con los principios y enfoques de la Educación Inicial que promueve el MINEDU, ya que dicho currículo orienta el trabajo hacia el desarrollo de competencias y reconoce al niño como protagonista de sus aprendizajes.
En ese sentido, cualquier estrategia inspirada en Doman debe adaptarse a las características, necesidades e intereses de los niños y vincularse con situaciones reales y significativas de aprendizaje. Pues más que enseñar temprano, se debe enseñar con sentido. No pos mucho amanecer, se amanece más temprano, reza el adagio popular. Como maestra de Educación Inicial, considero que uno de los mayores desafíos no consiste simplemente en lograr que un niño reconozca muchas palabras, sino en conseguir que quiera comunicarse, que desee escuchar, que piense al preguntar, descubrir, imaginar, crear, aprender y leer.
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Mientras el crimen mata, el gobierno de Keiko sigue mirandoÓscar Arriola sigue enquistado en la PNP gracias a una ley que el propio fujimorismo aprobó. Mientras sus ministros de Interior y Defensa parecen buscar respuestas debajo de las piedras, Keiko Fujimori prefiere los TikToks y recomendar cómo cuidar el cutis. Un mes después, su gobierno sigue sin mostrar un plan nacional contra el crimen.
Published
4 días agoon
04/09/2026By
Luis Felipe Alpaca
Hace poco más de un mes comenzó un gobierno que asumió en medio del descontento de buena parte de la población. A grandes rasgos, Keiko Fujimori no era la candidata más deseada por más del 80% de los votantes peruanos. No olvidemos que en la primera vuelta apenas alcanzó el 17% de los votos válidos y que, en el balotaje electoral, terminó ganándole con las justas a otro indeseable, Roberto Sánchez, quien tuvo el atrevimiento de soñar durante unas semanas que podía ser presidente.
Pero aquí lo relevante no es el análisis electoral, sino las acciones inmediatas que todavía no emprende la señora presidenta. El partido de gobierno ha empezado todo un trámite burocrático para, supuestamente, emprender medidas destinadas a atender la salud, el fenómeno del Niño, la educación y la seguridad nacional. Es decir, pide facultades al Congreso como si el Ejecutivo no tuviera herramientas suficientes para comenzar a gobernar.
Y ahora el debate se concentra en los recientes asesinatos de cuatro personas que viajaban en la camioneta de un comerciante minero en Trujillo, quien fue secuestrado y posteriormente liberado. Se especula que la Policía estaría detrás de estos hechos porque existen elementos suficientes para investigar si hubo policías involucrados, colaboración policial o filtración de información, especialmente por el uso de indumentaria policial y la forma en que se ejecutó el ataque.
¿Por qué los asesinos llevaban uniformes similares a los del GRECCO para interceptar al comerciante de Pataz Jenss Lara y sus acompañantes? ¿Por qué tenían armas largas y actuaron con semejante coordinación? ¿De dónde obtuvieron las prendas policiales y cómo conocían el procedimiento operativo para realizar una falsa intervención policial? Son preguntas que no pueden responderse en una conferencia de prensa, frente a cinco detenidos puestos delante de las cámaras.
Por otro lado, el ministro de Defensa que nada sabe del sector se dio el lujo de interrogar a un joven presentado como supuesto sospechoso. Y el ministro del Interior, después de estos hechos sangrientos, estuvo ausente porque dijo encontrarse atendiendo asuntos familiares de salud. Sin embargo, el show continuó y se presentó a un grupo de retacos como los sospechosos. ¿Acaso creen que los peruanos somos estúpidos?
Lo más lamentable es que ahora el debate público se concentra en esclarecer este asesinato que, al parecer, vincula a organizaciones criminales con hegemonía en el norte del país, a la Policía y probablemente a grupos de la minería ilegal en Pataz. Sin embargo, ¿cuántas semanas o meses nos pasaremos viendo noticias relacionadas con este crimen en el norte?
Así ha ocurrido durante años. Acribillan a civiles y la prensa acelera la cobertura, los titulares se llenan de sangre y durante unos días o semanas todos hablan de seguridad. Pero después, como siempre, llega el silencio—aquí no pasó nada—el crimen permanece y el Estado vuelve a dormir.
Pasó en marzo de 2025 con el asesinato del cantante de cumbia ‘El Russo’ Paul Flores. Pasó luego en octubre pasado con el atentado contra el grupo Aguamarina, en el Círculo Militar de Chorrillos, y por eso, a los dos días—como para tapar el parche—el Congreso vacó a la indeseable de Chalhuanca.
Mientras tanto, no se ve el verdadero problema: medidas urgentes para combatir la criminalidad. Claro que sabemos que en un mes no se puede erradicar el crimen. Pero, por lo menos, ya se pueden tomar las primeras acciones y medidas públicas para iniciar una guerra frontal contra los extorsionadores y bandas criminales.
El debate público no debería girar únicamente en torno a esclarecer los hechos sangrientos del último fin de semana. Es hora de convocar a la sociedad civil, expertos, policías probos y experimentados en retiro y profesionales en criminalística e inteligencia para iniciar, de una vez por todas, un debate nacional que permita dictar medidas drásticas. Ya.
Pero, en lugar de eso, hace unas semanas vimos a una presidenta haciendo un TikTok y dando consejos sobre cómo conservar el cutis. ¿Por qué? Porque ya se evidenció que el Gobierno de Fuerza Popular no tiene un plan nacional de lucha contra el crimen.
Mientras tanto, tenemos a un Óscar Arriola enquistado en la Policía, gracias a que el propio fujimorismo aprobó en 2022 la Ley N.º 31570, que garantiza dos años al jefe de la PNP, y ahora pretende modificarla para poder sacar a Arriola.
Y aquí vale recordar la frase de Nayib Bukele en Costa Rica, que podría pintar de cuerpo entero lo que ocurre en nuestro país: “Si un Estado no vence a la criminalidad es porque el Estado es cómplice, o porque partes del Estado son cómplices.”
Un año antes, además, había señalado en su red social: “Cuando un gobierno no combate efectivamente la criminalidad, no es porque no tenga la capacidad de hacerlo, sino porque los cómplices de los criminales son los que están en el gobierno.”
Son palabras duras, pero en nuestro país todos los días asesinan, extorsionan y secuestran, mientras el Estado responde con trámites, discursos, conferencias y TikToks, demostrando no solo una feroz incapacidad de este Gobierno para enfrentar al crimen; sino, indiferencia total. ¿cuánto tiempo más vamos a permitir que quienes deberían combatir a los criminales sigan mirando hacia otro lado? Porque cuando el Estado no actúa ni reprime, el delincuente se siente en su casa e interpreta el silencio y la impunidad como permiso. Y un país que permite que el terror gobierne sus calles, termina descubriendo que el crimen se ha sentado en la mesa del poder.
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