Opinión
Anatomía de un poema: «Cromo» de Kareen SpanoLee la columna de Hans Herrera Núñez
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14 segundos agoon
09/09/2026By
Redacción Lima Gris
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Por Hans Herrera Núñez
Un poema o está vivo o está muerto. Este es el caso de Cromo, un poema con un cuerpo resucitado, la prueba de que para conocer la felicidad antes se tiene que conocer cada esquina de la tristeza. Pocos poemas contemporáneos tienen la música que Cromo ofrece en un juego onomatopéyico proclive a figuras métricas como las tróqueas y los anapestos. El presente es una aproximación, apenas un intento de análisis métrico de un poema que tiene el corazón en el lugar correcto y cuya música lo confirma en cada extremo. ¿Qué hace a un poema bueno? ¿Cómo se mide la excelencia? Al final del día todo es cuestión de matemáticas, y la métrica es la prueba de fe del creyente que mucho pregunta, como Santo Tomás, quien tiene que tocar la herida del costado de Cristo para creer. Bienaventurados los que creen sin haber visto, porque de ellos es la República de las Letras.
Publicado originalmente en 2022 para la revista Temporales de la Universidad de Nueva York, como un adelanto de su próximo libro, Cartas de Ultramar (2023), el poema en cuestión ofrece algo que en mi corta y aburrida de lector no había encontrado entre los poemas de mi generación ni aun de la siguiente. La primera impresión fue de una sensación de extrañeza. El poema funcionaba, pero había algo más escondido que no sabía responderme a mí mismo. ¿Es el gusto subjetivo? En esta exploración por una explicación al misterio de las musas empezó mi aventura en el intrincado mundo de las matemáticas de la poesía: la métrica. Porque poesía y música son un mismo fenómeno con reglas rigurosas en torno a los fundamentos de la palabra: su melodiosa sonoridad.
Para empezar, hube de descubrir que los poemas no se miden únicamente por versos. Antes hay que medirlos por la unidad base que son las sílabas. Unidades de sonido que en el caso de Cromo suman un total de 89 sílabas. Luego de esto me lancé de cabeza a una piscina sin saber si habría agua. Más abajo del suelo y de romperme la crisma no iba a caer. Era como hallar la cuadratura del círculo. ¿Cómo entender los sonidos y el secreto de la música en medio de las palabras?
Recurrí de inmediato al esforzado estudio de las métricas clásicas. Hexámetros, pentámetros, tetrámetros, etc. Hallé en figuras métricas más antiguas que la tragedia griega las claves para la comprensión de su medición. A modo de compases en música descubrí el dactílico y el anapesto, el yambo y la tróquea. Paso a paso y a lo largo de varias semanas en el oratorio de la iglesia, como Bach componiendo los arreglos de Goldberg, me hallé a mí mismo desarmando Cromo pieza por pieza a partir de su sonoridad. Dónde se hallaban las pausas, dónde los acentos, la cesura; dónde el brillar de una línea que sube y baja en sus tonalidades. Lo que descubrí fue una muy personal partitura musical de un sentimiento que no murió en el pasajero vivir emocional de un instante de nostalgia. Fue hallar una música que se siente y, lo más importante, que vive. Las suyas en este poema son palabras que más que oírse se tocan. Porque no es un poema para leerse, sino para escucharse. Una canción nocturna que se rehúsa a dormir.
Cromo quisiera mescribir/ Pro no quedo
Esta primera línea ya de por sí juega con la vanguardia de descomponer la gramática y mantener el significado de la oración. La voz de la poeta que muerde las palabras en un esfuerzo por hablar mientras el sueño intenta silenciar. La lucha del poeta por hablar. Como dijo el otro poeta, si no puedo hablar, entonces que mi mano te grite.
Me abrázome de mi/ Roró / De noches/ Nuncas
Aquello que en prosa es un crimen, en poesía es un facto. La poesía es el terreno en que las leyes de la gramática se suspenden para descubrir a través de la intuición la esencia misma del lenguaje. La repetición de sonidos con la letra M en el primer hemistiquio lo dicen todo, «me», «me» y «mi», refuerza el significado a su vez que la acentuación fuerte del «abrázome» repercuten a modo de un sforzando, que da brillo al comienzo del verso. A continuación, el «roró de noches nuncas» (esto a partir de su reconstrucción en tanto ritmo en su interpretación, que para este caso se analiza como una misma secuencia, tal como ocurre en la experimentación vocal del mismo) opera bajo la fórmula de un trímetro yámbico con una sílaba demás que rompe el ritmo y nos presenta la naturaleza del poema: estamos ante un sentimiento de dolor, de tristeza que hace tropezar la alegría como ejemplo quizá de insatisfacción o acaso lucha interna por algo más sólido que un sentimiento pasajero. Así, en esta parte tenemos la secuencia de sílaba átona seguida de una tónica (u-) la cual se repite tres veces. En estos casos cuyo origen ya lo hallamos en la métrica de la tragedia ática (en una secuencia de unas primeras sílabas con un orden métrico más desordenado que concluyen en yambos perfectos al final), también están presentes en el estilo métrico de Shakespeare. Y esto es importante precisarlo por lo raro de casos como este en la poesía contemporánea. Shakespeare en su Hamlet maneja el verso blanco, que es el pentámetro yámbico, un verso de cinco compases, cada uno de dos sílabas, una átona seguida de una tónica, como en la famosa línea de: «To be or no to be, that is the question». Un pentámetro yámbico perfecto de no ser por la última sílaba que mantiene una declinación a átona, puesto que la finalidad de Shakespeare no es generar una sensación optimista sino el de retratar de lo que trata Hamlet: una tragedia. Para esto cabe señalar que una secuencia yámbica sonoramente remite a una sensación alegre, mientras su contrario, la tróquea o una terminación en átona refiere a una sensación de tristeza y pérdida de ánimo.
Por ejemplo, el nombre de la poeta, Kareen, tiene un estándar de pronunciación internacional. En el Alfabeto Fonético Internacional (AFI), la pronunciación del nombre Kareen (que se suele pronunciar con énfasis en la segunda sílaba a diferencia del tradicional Karen) se representa de las siguientes maneras según el idioma: Transcripción Fonética.
En inglés: /kəˈriːn/ o [kəˈɹiːn]
En español (adaptación natural): /kaˈɾin/ [1]
/ˈ/: Este símbolo indica que la sílaba que sigue recibe el acento principal (la fuerza de voz).
/iː/: El sonido de una “i” larga y tensa (representada por la doble “ee” en la escritura).
(https://www.reddit.com/r/Spanish/comments/1kf3nsf/how_do_you_pronounce_the_name_karen/?tl=es-419), [2] (https://translate.google.com/translate?u=https://www.momjunction.com/baby-names/kareen/&hl=es&sl=en&tl=es&client=sge)
De aquí podemos desprender un ejemplo del cambio del sentido en tanto sensación corporal a partir de un cambio en el orden de la entonación: la diferencia entre un yambo (U-) y una tróquea (-U). Así, no es lo mismo decir Karín (romanización estándar de la pronunciación Kareen en alfabeto fonético internacional) con acento al final que decir Kárin con el acento al comienzo. En la última pronunciada con énfasis la fuerza del comienzo decae, en la voz dramática y exagerada de un actor incluso se puede percibir una caída de hombros como si de una resignación se tratase (algo semejante a como suena el «pero» dicho con énfasis, pee-ro), mientras que en la primera percibimos algo diferente, la conclusión en una elevación del ánimo. Dicho con énfasis incluso el rostro se transforma y saca una sonrisa decir Karín con énfasis o incluso sin énfasis. Esa es la magia de la poesía que los antiguos aedas del Egeo conocían muy bien y que los tragediógrafos áticos devolvieron a la vida en el auroral amanecer del teatro de dedos rosados.
Así el trímetro Spano, yámbico en fórmula pero con una sílaba que trunca el ritmo (Roró De Noches Nunca), transforma de inmediato la emoción, se revela como clave musical del poema: a partir de aquí todo el poema es una apuesta salvaje por las troqueas con algún que otro anapesto. La idea de la poeta es transmitir en todos sus alcances la tristeza y el dolor que conlleva su canción. Porque de lo que trata Cromo es de una canción.
«Haz de dormir / Y no quiero» podemos traducirlo en la secuencia -UU-/U-UU. Como se ve, hay una tendencia al énfasis seguido de una declinación que en este verso termina en forma de anapesto (donde en «no» recae todo el peso del que se desprende una suerte de caída que parece tocar el suelo del silencio).
«No y que me espera el suelo/ Los dientes lodo/ El beso»
– UUUU-U U-U
U-U -U / U-U
El patrón no se repite, se reitera. El ritmo de la música fluye como cascada, hacia el dolor el desamparo, una apuesta que describe toda la caída de la catábasis antes de emprender la recuperación. La anatomía de una caída que permite la catalogación del poema dentro de la familia de cantos elegíacos. Es como si el poeta buscará exprimir la sensación de dolor hasta el límite mismo de lo describible.
«Ese grande como el canto de ti/ Pro inmenso/ como el lodo de ti/ pro beso»
UU -U -UU -U U-
-U-U/ -UU -U U- /-UU
Nótese aquí una excepción a la regla, en que el poeta tiende a un yambo dos veces, “de ti”, para finalmente volver a la tróquea. Esta fórmula acentúa el dramatismo y engaña al oído para reconfirmar la crueldad del poema que se engolosina en su dolor, y solo ofrece chispas de ilusión para vuelta apagarlas como puños a la nariz del que se anima a querer sonreír.
«Cromo ro n o no / de dormir / sin sueño»
-U -U -U/ UU- / -UU
Y vemos otra vez el patrón brillando en toda su sonoridad mientras el volumen desciende como si bajara el telón en las últimas sílabas, hasta concluir en dos compases, la primera de las cuales es un anapesto seguido inmediatamente por su gemelo opuesto, el dactílico. Un ascenso que sube con esfuerzo, se sostiene durante una nota más y concluye descendiendo al sueño. El poema ha concluido, un viaje del somnoliente poeta que empieza mordiendo las palabras y que luego de levantar la voz hasta parecer totalmente despierto comienza de vuelta a morder las palabras (a partir de «cromo ro n o no», un trímetro troqueo en toda la regla que a su vez opera como una lucha sonido por sonido por dormir y no dormir en medio de una descomposición gramatical formidable) hasta finalmente caer en el sueño.
El viaje en tanto lucha del poeta por sacar el poema, es en sí una prueba de la exploración poética en un espacio/momento liminal: el momento entre la vigilia y el sueño. La inspiración se agudiza, saca filo a la premisa de su intención de escribir y no poder, el mandato del cuerpo de descansar y el rechazo ante el lodo y el beso que se confunden hasta el paroxismo de la lucha final por no dormir sin sueño.
Todo este poema tiene reminiscencias que ya se tanteaban de manera diferente e incompleta como es The Raven de Edgar Allan Poe, una de las obras maestras de la poesía narrativa, acaso quizá la última, que refiere una situación semejante, el de un momento liminal, territorio de frontera entre la vigilia y el sueño cuando el poeta auscultaba los límites de la inspiración.
Ciertamente los poetas peruanos a diferencia de nosotros no tienen reparos en rechazar comparaciones cuando de grandes maestros se refiere, no obstante, aquí es justo y necesario el ejercicio de la poesía comparada no para competir sino para reafirmar la tesis de esta investigación que busca acercar comprender los términos de éxito de un poema, y que estos a su vez sean de utilidad para todo el que quiera aprender. Porque en la República de las Letras aprender es recordar.
Siendo así, Poe y Spano parten del mismo lugar, pero con destinos diferentes. Mientras en Poe el instante liminal solo es eso, un instante, a partir del cual relata las consecuencias de cruzar el umbral (es el catalizador que desencadena); en Spano se detiene el aliento para explorar todo el alcance de ese momento liminal, en que está medio despierta y está medio dormida a la vez que las palabras emergen en el angosto espacio de dicha frontera. Por supuesto Poe es magnético en tanto es maestro de su propia métrica, no solo conoce y domina las reglas métricas sino que vive el fenómeno en todo su alcance. En Spano el conocimiento se percibe como intuitivo, las palabras parecen susurradas por una musa, y la manera a veces anárquica de los patrones métricos seguido de una coherencia rítmica que genera un abierto asombro, solo enfatiza la liminalidad del momento: te hace vivir un instante que estira hasta el límite de sus fuerzas.
Cabe hacer recordar que Poe afirmó haber compuesto el poema de manera lógica y metódica, con el objetivo de crear una obra que resonara tanto con la crítica como con el público en general, como explicó en su ensayo posterior de 1846, “La filosofía de la composición”.
El poema de Poe está compuesto por 18 estrofas de 6 versos cada una. Generalmente, la métrica es trocaica octómetra —ocho troqueos por línea—. Cada troqueo teniendo una sílaba acentuada seguida de otra sin acentuar. La primera línea del poema original, por ejemplo, (con negrita para representar sílabas acentuadas) «Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary».
Poe, sin embargo, afirmó que el poema era una combinación de octámetro acataléctico, heptámetro cataléctico y tetrámetro cataléctico.
Porque todo en este poema de Poe es una descripción musical de una sensación, la tristeza. Por eso no asoman yambos alegres como Spano sí hace en algún momento para engañar y hacer sentir doble la caída.
Pero volvamos a Poe.
Así el original tenemos:
Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,
While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
“’Tis some visiter,” I muttered, “tapping at my chamber door—
Only this, and nothing more.”
Y en las traducciones (marcamos en negrita dónde empieza el momento liminal de Poe):
Traducción por Leopoldo Díaz en Traducciones (1897).
En una tempestuosa media noche — hallábame meditabundo, endeble, agobiado, — y hojeaba raros, roídos y mustios folios — de antigua y olvidada ciencia. — Mientras dormitaba y casi rendíame al sueño, — de repente se oye un golpe ahogado, — como si alguien suavemente tocara — y golpeara a la puerta de mi cuarto. — «Será algún visitante, murmuré, — que golpea á la puerta de mi cuarto; — Sólo esto y nada más».
El cuervo, traducción por Juan Antonio Pérez Bonalde en Poemas (1919), pp. 73-77.
Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones,
sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
inclinaba soñoliento la cabeza, de repente
a mi puerta oí llamar:
como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta
mano tímida a tocar:
«Es—me dije—una visita que llamando está a mi puerta:
eso es todo y nada más!»
El cuervo, traducción de Wikisource (quasi-métrica)
Una triste medianoche leía débil y cansado
Cierto raro incunable de sapiencia ancestral,
Cuando de repente, un suave roce vínome a despertar,
Como si alguno llamara, tocando, en mi portal.
“Debe ser una visita”, pensé, “frente a mi portal.
Sólo eso y nada más.”
Traducción de IA
Érase una vez, en una medianoche lúgubre, mientras meditaba, débil y cansado,
Sobre muchos volúmenes extraños y curiosos de sabiduría olvidada,
Mientras cabeceaba, casi dormido, de repente se oyó un golpeteo,
Como de alguien que llamaba suavemente, llamaba a la puerta de mi habitación.
“Es algún visitante”, murmuré, “llamando a la puerta de mi habitación”.
Solo esto, y nada más.”
Como se ha podido leer en todas las traducciones, se enfatiza este momento de sueño interrumpido. En el caso Spano, la sensación misma se adentra sobre la sensación misma en una suerte de repetición: “Cromo” se repite en “como” y solo reaparece en su forma original cuando las palabras vuelven a descomponerse ante el avistamiento del final del poema. Para ser un poema breve como los poemas de Arquíloco, nada en este sobra ni falta, es ajustadamente preciso y su ritmo como el de Poe invitan a recordarlo, y esa es la prueba de fuego de un poema como de la recitación de un actor en escena: que sea memorable. Esto en la poesía contemporánea latinoamericana es algo que se debe estudiar para confirmar si existen más casos semejantes.
Ciertamente este estudio anatómico del cuerpo del poema en tanto fenómeno material no alcanza a explicar el misterio de su hazaña. El alma en cuestión de esta canción que muerde sus palabras y sube y baja en sus ánimos, es en sí mismo un misterio que ni el mismo autor podría explicar a plenitud, que solo el lector pueda vivir como viaje iniciático en el nomenclator poético del todavía en descubrimiento canon Spano. No obstante, los rudimentos de la presente investigación, exista solo alguien en todo el mundo capaz de leer a plenitud el alma de los poemas, el mismo que halló el pensamiento católico en la música del luterano Bach, que no es otro que Maxence Caron (1976), y de quien misteriosamente ningún músico o poeta ha oído hablar… Hasta ahora.
Tal vez solo quede decir de momento las semejanzas no tanto rítmicas como de un paisaje emocional que en su día tuvo cierto poema semiolvidado del peruano Eielson: Un día, tú, un día. En esa genealogía también podríamos hablar, aunque ahora solo convenga escuchar lo que nos dicen las palabras impresas.
Porque la poesía no se trata de juegos de palabras como aquel que se pregunta al estilo de un Chespirito, del cono sur: “Si existe un teatro Julieta, ¿acaso habrá un teatro Romeo? ¿Y dónde está que no lo veo?”. La poesía ciertamente vive del ritmo y también de algo más, es música y pintura al mismo tiempo, como señaló Horacio hace 2 mil años, pero también es filosofía del corazón más torturado por vivir todo lo amado y por amar que falta gozar. Y es que…
El precio de la felicidad es haber conocido antes la tristeza en toda su plena satisfacción. Karl Heinz Stockhausen.
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Redacción Lima Gris
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Opinión
PISA 2025: Perú retrocede 10 años en Matemática y LecturaEl país volvió a los niveles de 2015 en Matemática y Lectura, mientras persisten una importante brecha digital y un vacío de datos sobre las competencias de los adultos que nadie está midiendo.
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47 minutos agoon
09/09/2026By
Leonardo Serrano Zapata
Según el reciente informe de la OCDE (2026) respecto a los resultados de Perú, el país obtuvo 390 puntos en lectura —ocho menos que en 2015 y dieciocho menos que en 2022— y cayó al puesto 61 de 91países evaluados.
En matemática el retroceso fue mayor: 382 puntos, puesto 66, con siete de cada diez estudiantes bajo el nivel mínimo. En ciencia hubo una leve mejora frente a 2015, aunque persiste una brecha de 78 puntos con el promedio OCDE.
En Perú, la prueba se aplicó a 6.991 estudiantes de 260 instituciones educativas, que representa a cerca de 519.700 adolescentes de esa edad. En síntesis: volvimos a los niveles de hace una década, el mismo año en que empezó a discutir la aprobación del Currículo Nacional con enfoque por competencias (CNEB).

Los estudiantes peruanos muestraron un rendimiento intermedio en la región según la evaluación PISA. El bajo desempeño afecta al 53% de los alumnos en ciencias, al 58% en lectura y al 70% en matemáticas, siendo esta última el área más crítica.
¿Cómo se aplicó la evaluación PISA 2025 en Perú?
Conviene revisar cómo se aplicó la prueba. Según el Informe Técnico de PISA 2025 de la OCDE, la mayoría evaluó mediante computadora (CBA), con acceso a internet y de modo offline para escuelas sin conexión; solo Vietnam, Guatemala y Paraguay migraron recién este ciclo del papel (PBA), por lo que sus tendencias deben leerse con cautela.
Perú, que evalúa en computadora desde ciclos anteriores (PISA 2022), en 2025 exigió una muestra mínima de 6.300 estudiantes (frente a 5.250 en papel de otros países) y estratificó con detalle: 4 estratos por financiamiento y urbanización, refinados por 26 regiones, género y tipo de escuela. El rigor metodológico no está en duda; preocupa lo que esa muestra reveló.

Además, los datos reflejan una marcada desigualdad socioeconómica en ciencias, donde el 71% de los estudiantes vulnerables no alcanza las competencias básicas, frente a un 30% registrado en el sector con mayores recursos. Sin embargo, la brecha es muy amplia respecto al promedio de la OCDE (37%).
Ese rigor choca con la infraestructura real del país. Según el INEI (2025), en su informe de Tecnologías de la Información en los Hogares, solo 37,8% de los hogares peruanos tiene computadora —53,6% en Lima, mucho menos en el resto del país—. Rendir un examen internacional con teclado, para un adolescente de 15 años que nunca usó una computadora en casa, añade una barrera ajena a su comprensión lectora.
Hábito lector vs uso de la tecnología.
Tampoco ayuda que el hábito lector, cuando existe, no nazca en la escuela. Según la Encuesta Nacional de Lectura del Ministerio de Cultura y el INEI (2022, presentada en 2023), solo 47,3% de los peruanos de 18 a 64 años leyó al menos un libro en el último año, con un promedio de 1,9 libros; apenas 6,5% asistió presencialmente a una biblioteca.
Y la última fotografía de las competencias adultas, el Programa para la Evaluación Internacional de Competencias de Adultos (PIAAC) del MTPE y la OCDE, aplicado en 2018 y publicado en 2019, mostró que 80% de los adultos peruanos estaba bajo el nivel básico en lectura o matemática, frente a 27% del promedio OCDE. La OCDE aplicó un segundo ciclo entre 2022 y 2023, publicado en 2024, pero de América Latina solo participó Chile: seguimos con un diagnóstico de siete años sin actualizar. Por lo tanto, desnuda una realidad, existen pocas iniciativas que trabajen los hábitos de lectura de los estudiantes y los adultos, mucho menos.
El estudiante debe ver leer a un adulto en casa, Es fundamental porque el aprendizaje en la infancia se basa en gran medida en la imitación. Por lo tanto, la lectura deja de ser percibida como una obligación escolar y se convierte en un hábito natural y valioso.
La dimensión socioemocional y familiar tampoco resiste el contraste: la proporción de estudiantes peruanos que conversa semanalmente con sus padres sobre sus problemas escolares cayó del 59% en 2022 al 45% en 2025, un retroceso que conviene tener presente. Los padres leen menos, pasan poco tiempo con sus hijos y estamos relegando ese rol a la tecnología o a las amistades que puedan encontrar a través de ella.
Ese vacío de datos contrasta con lo que sí se discute, con lujo de detalle, los jóvenes y adultos en promedio de 5 horas y 29 minutos diarios, pasan más horas en la pantalla con un libro en la mano, un tema cultural y generacional que seguirá en aumento.

Mientras tanto, en California, Mark Zuckerberg el dueño de Meta, enfrenta un juicio por la presunta responsabilidad de sus redes sociales en la epidemia de salud mental juvenil, y admitió ante el jurado que Meta «pudo haber actuado antes» para frenar el acceso de menores a Instagram.
El mundo discute cómo las pantallas erosionan la atención de una generación. Nosotros seguimos sin saber, con igual rigurosidad, si esa generación siquiera tiene una computadora para aprender a leer — y ya vimos que cada vez conversa menos con sus padres sobre lo que le pasa en la escuela. Incluso los estudiantes ya no participan en evaluaciones objetivas en las IE y menos usando una laptop, debemos replantearnos la evaluación si vamos a seguir participando en las mediciones de la OCDE, esto no solo se trata de cambiar de currículo o dejar más tareas.
Tareas pendientes
Frente a los resultados de PISA 2025, hay tres tareas urgentes. Primero, integrar la alfabetización mediática de forma transversal, no como curso suelto, en el currículo se habla de la competencia de uso de la TIC, pero muchas veces los estudiantes no salen de las aulas, además está prohibido llevar celulares a la IE (solo para uso pedagógico).
Segundo, garantizar acceso real a las computadoras en la escuela —sostenido en el tiempo, y no solo para el día del examen PISA—, algo que resulta aún más urgente si se considera que, según el INEI, solo el 37,8% de los hogares cuenta con una computadora. Tercero, continuar las formaciones a los docentes en alfabetización digital, desarrollo del pensamiento crítico, creatividad, razonamiento y no únicamente en el manejo de plataformas y uso de la IA. Sin eso, seguiremos midiendo con precisión un problema que no atacamos.
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La flor de mi colegio de Nixon RengifoLee la columna de Rodolfo Ybarra
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16 horas agoon
09/09/2026By
Rodolfo Ybarra
Nixon Rengifo es profesor de colegio en la selva peruana, en las riberas del río Marañón, donde nació y donde transcurre gran parte de su vida. Pero, sobre todo, es escritor de pulso, de esas rara avis que escudriñan en su realidad y no se callan nada. Ha publicado Don Mañuco, editorial Bufeo Colorado (2021); y ahora nos presenta un fresco: La flor de mi colegio, Editorial Apogeo, (2026).
Pero esta flor no es ninguna flor de macetero, es un ramillete de flores carnívoras, de textos que te devoran y te comprometen con hechos que están sucediendo en el mismo momento que los lees. Son historias crueles, libidinosas con matices de erotismo y donde ocurren violaciones, sodomías, engaños, maltratos, etc. Pero cuyo atractivo mayor es que esto hechos suceden entre maestros y alumnos. Y que constituye un quiebre o punto de inflexión en las narrativas escolares casi siempre siguiendo una línea de Gauss moralista.
Este libro trae fuego cruzado. De hecho, el libro arranca en seco y sin lubricante GTX: “Amor entre ellos” donde narra los amoríos de un profesor con otros profesores. De jovencitos que alardean con zapatillas de marca que el profe les ha comprado demostrando su “amor”. El pueblo luce como Sodoma y Gomorra y acaba intempestivamente cuando las autoridades, después de una gresca, dicen que está malogrando a la juventud.
En el segundo cuento, El Limeño, se muestra a un vividor que llega a un pueblo y enamora a una alumna a la que desflora en una fiesta organizada por sus propios padres que ven con benevolencia esa unión de la adolescente con el maestro de escuela. Pero todo es una farsa, el profe se aprovecha de la situación para irse a vivir a la casa de sus suegros sin pagar alquiler y clona una tarjeta de crédito de la cuñada hasta que al final se va dejando abandonada a la joven mujer.
Todos los cuentos de este libro están dotados de alto erotismo, sicalipsis siempre al límite y donde los escenarios naturales: Nauta, Santa Rosa de Lagarto, San Antonio de Estrecho, etc., son también personajes circunspectos que observan estas sabrosas atrocidades que dan gusto leer y que nos muestran a un narrador de fuste a lo Casanova/Fellini y en una línea paralela a Hostal Amor de Cayo Vásquez, La Casa Verde de MVLL u Oswaldo Reynoso.
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La broma infinita: Volverá el fútbol con dos barrasLee la columna de Juan José Sandoval
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1 día agoon
08/09/2026By
Redacción Lima Gris
Por Juan José Sandoval
Recuerdo que la última vez que fuimos en familia con mi papá al estadio fue al Nacional, para un clásico U vs. Alianza. Ganamos con gol de Yordy Reyna —tal vez el tiempo me haga olvidar quién anotó o el resultado exacto, pero no puedo olvidar el motivo por el cual mi padre dijo «no vuelvo más» y, como un «Mano de Piedra» Durán frente a «Sugar» Ray Leonard, dio por finalizada su historia como hincha de tribuna.
Todo comenzó al minuto 75, cuando el marcador aún marcaba cero a cero. Mi papá no pudo con la tensión y prendió un cigarrillo. Una chica que estaba atrás empezó a toser y el novio se puso malcriado. Nosotros éramos cinco, así que respondimos al toque, llevados también por los nervios del partido. Pero la pareja venía en mancha y de pronto todos saltaron a repartir golpes. Cobramos todos los Sandoval: a pesar de que cubrí a mi viejo en todo momento, igual le cayó su galleta. En medio de la trifulca apareció un pelucón que parecía la personificación de un barrabrava; se arrojaba sobre la bronca como si flotara entre nosotros, repartiendo puñetazos al aire.
Lo más absurdo era que todos éramos de Alianza Lima. Teníamos la misma camiseta y nos peleábamos entre nosotros, hasta que la policía intervino para apaciguar las aguas. Apenas nos volvimos a sentar, mi papá encendió otro cigarrillo y, como si fuera un sketch de JB, la trifulca amagó con reiniciar. En eso llegó el gol de Yordy Reyna: nos abrazamos todos, la pareja se besó de alegría y empezamos a gritar a todo pulmón «¡Arriba Alianza, corazón!». Sin embargo, mi viejito ya no disfrutaba el momento; solo quería fumar y ahora ni el policía lo dejaba sacar la cajetilla.
Atrás quedó la época en que íbamos al Estadio Nacional para los tripletes. Teníamos no más de diez años y no pagábamos entrada, pues con un boleto de adulto pasaban los niños. Recuerdo aquel clásico de los ochenta en el que la U le volteó el partido a Alianza 3-2. Íbamos ganando dos a cero en el primer tiempo, pero en el complemento se vino el vendaval crema.
Llegábamos temprano a Occidente Alta y la gente colmaba las tribunas en familia; cremas y blanquiazules compartían asiento. Algunos llevaban zapatos diseñados con los colores de su equipo, otros lucían gorros personalizados, camisetas o correas con la hebilla del rival. Se respiraba camaradería: uno le preguntaba al del costado: «Flaco, ¿dónde te has comprado esos zapatos?».
La gente conversaba y los goles se gritaban en la cara sin llegar a la violencia. No existía el desquiciamiento que hoy reina. El fútbol ha llegado a un nivel enfermizo en el que la hinchada rival es retratada por los medios como si fuera un enemigo en una guerra que cobra víctimas todas las semanas, como si se tratara de una estrategia bélica.
El verdadero hincha sobrevive, paga su entrada y lleva a sus hijos porque busca transmitir un legado de afecto, identidad y mística. Muchas veces esa figura queda opacada por la furia de quien empuña un arma en nombre del club que dice amar. No obstante, ahí hay una lectura errada: el que mata no lo hace por amor a la camiseta, sino porque perdió el sentido moral. La violencia no tiene filiación deportiva.
Percibí algo similar cuando trabajé para una marca de ropa cuyos polos eran muy populares. Aunque los dueños se alucinaban que sus prendas básicas las compraba la gente pituca, en los noticieros todos los secuestradores detenidos aparecían vistiendo la marca.
Aquello podría parecer una anécdota aislada; sin embargo, el empoderamiento policial ha permitido que la institución promueva «genios» de la narrativa que arman «muñecos» mediáticos, emulando la construcción novelística de un García Márquez y su realismo mágico.
Aprovecho estas líneas para celebrar la iniciativa de Ciudad Librera, cuyo local en Pueblo Libre será escenario del primer «Clásico del fútbol peruano de los libros», donde escritores e hinchas apasionados de la literatura y el balompié compartiremos testimonios para dar un mensaje de paz. El fútbol con dos barras debe volver: es la esencia de nuestros pueblos.
Opinión
Otra vez Rodrigo Montoya: Volver a EmpezarLee la columna de Tino Santander
Published
2 días agoon
07/09/2026By
Redacción Lima Gris
Por Tino Santander Joo
El maestro Rodrigo Montoya nos entrega el primer volumen de Perú: Volver a Empezar, obra que se divide en tres libros. El Libro I, titulado «Sentir, leer y pensar la tierra en que vivimos», aborda la geografía, la historia profunda del Perú y la herencia cultural inca. El Libro II, «Capitalismos I, II y III (1840-2023) y grandes cambios en el siglo XX», analiza la evolución del capitalismo en sus diferentes períodos. El Libro III, «Peligro de desaparición de la vida en el planeta Tierra y de nuestra especie humana. ¿Qué hacer?», es un llamado a la conciencia sobre la crisis civilizatoria y el fin de la humanidad si el capitalismo contemporáneo sigue destrozando el planeta.
Perú: Volver a Empezar propone una visión global e histórica del Perú que, según el maestro sanmarquino, se ha perdido por la especialización de las ciencias sociales y la degradación de los proyectos políticos tradicionales. Después de doscientos años de república, el Estado ha fracasado: no ha logrado integrar el país ni construir una nación inclusiva. Frente a esta dramática realidad, Montoya propone «volver a empezar», es decir, pensar la realidad como una «totalidad contradictoria en movimiento», lo cual solo es posible integrando historia, geografía, antropología, economía y política. Su crítica a la intelectualidad y a las izquierdas se dirige a su obsesión por el parlamentarismo corrupto y su alejamiento de la realidad nacional.
El libro no es solo una crítica a las ciencias sociales y a la clase política. Montoya parte de la geografía con su hipótesis de los tres triángulos: para entender el Perú debe comprenderse su espacio vertical, donde los ríos nacen en los Andes y descienden a los pisos ecológicos, siendo el agua el elemento que articula la vida económica, social y espiritual. La geografía complementa la organización social fundamentada en la reciprocidad.
Comparto su crítica al «mestizaje cultural», porque desenmascara el racismo estructural y revela la imposición cultural del occidente capitalista. El mestizaje cultural se convierte en una mercancía, en un eslogan de marketing, en «una ilusión óptica», como afirma el maestro. De esta tesis se desprende que el Perú no es una nación homogénea y que es necesario el Estado plurinacional.
La distinción quechua entre ñuqanchik (nosotros todos) y ñuqayku (nosotros, unos pocos) afirma la tesis política de que en el lenguaje se encuentra la morada del ser. Las dos formas de «nosotros», una inclusiva y otra exclusiva, no son una variación lingüística, sino una concepción filosófica. La colonización europea impuso una lengua y con ella el ñuqayku que excluye a los no europeos o sus descendientes, marginando a los naturales del continente, a los afrodescendientes y a los asiáticos. La nueva ontología propuesta por Montoya es la del ñuqanchik, es decir, un régimen plurinacional, una forma de hablar solidaria que reconoce no solo la variedad de lenguajes, sino también de formas de pensar, sentir y actuar. «En la conclusión está la sabiduría», frase muy borgiana, y la conclusión de Montoya es que el Perú debe dejar de ser un país de unos pocos, no solo lingüísticamente, sino mediante una revolución social y política que cambie el rumbo del país.
Leer y estudiar Perú: Volver a Empezar ha sido reconfortante, porque siento que el Perú no está perdido en la degradación de los políticos de aventura y de ocasión, ni en los intelectuales de proyectos de ONG. Más allá de las diferencias sofisticadas que se puedan tener con el maestro sanmarquino, nos une la lucha contra el capitalismo, la defensa de la vida y la cultura, no solo la andina y amazónica, que en estos tiempos son una mercancía que se vende al mejor postor, y que en nombre de la marginalidad hacen vil negociado de los valores de sus ancestros.
Sin embargo, hay que decirlo: el libro no agota el debate. Al contrario, lo vuelve a encender. Porque el mundo andino se ha resignificado en el capitalismo. Las comunidades ya no son solo espacios de reciprocidad y defensa cultural; también negocian en el mercado, crean empresas, comercializan sus productos con valor agregado y se articulan con las dinámicas urbanas. Eso no significa que hayan claudicado, sino que están reinventando su lugar en un mundo que cambia rápidamente. El libro de Montoya nos da las herramientas para pensar este proceso, pero no lo resuelve. Y eso está bien: los libros no deben cerrar preguntas, deben abrirlas. Como decía Borges, en la está la sabiduría, y la sabiduría del maestro es invitarnos a seguir pensando, discutiendo y, sobre todo, luchando.
La vida de un antropólogo que ama la vida y la historia no se detiene, y seguirá en sus alumnos, en sus cantos y poesía en la alegría de danzar y beber, porque el mundo no siempre será ancho y ajeno. ¡Gracias, maestro!
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La ley del embudo 2.0Lee la columna de Márlet Ríos
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2 días agoon
07/09/2026By
Redacción Lima Gris
Por Márlet Ríos
Algunos políticos de mi país están convencidos de que pueden pasar por encima de la ley y de las instituciones —perfectibles, pero es lo que hay—, gracias al considerable poder económico que ostentan. Lo que aterra es que, al parecer, una buena parte de las elites ilustradas no cuestionan este proceder y contemporizan con este desprecio antidemocrático. ¿Lo hacen por conveniencia o están igualmente convencidas? El mensaje que se les da a los jóvenes es infame: gana tu primer millón de soles y orínate en la ley o úsala para tu beneficio (y el de tus amigotes). O, parafraseando a Manuel Atanasio Fuentes, para reírte de ella. ¿Desde cuándo el cinismo más abyecto se convirtió en virtud en nuestro país? ¿Desde cuándo el bien común y la política entendida como servicio —y apostolado— fueron descartados como antiguallas? Se trata de la “viveza criolla” entendida en su modo más vil.
Esos mismos políticos han perdido la vergüenza y usan descaradamente la religión para sus fines propios. Para la economista Mariana Mazzucato, actualmente existe una profunda desconfianza en las elites que ha minado la fe en las instituciones democráticas. El clima de miedo y el populismo son aprovechados por caudillos y demagogos. Trump, Milei, Bukele, etc., no son producto del azar. Y en nuestro país, donde existe una fuerte tradición autoritaria y caudillesca, han surgido personajes estrambóticos como Rafael López Aliaga. Aunque no es el único caudillo con ínfulas de virrey.
No es posible construir una auténtica democracia e instituciones sólidas si tenemos a políticos saboteando y petardeando constantemente las instituciones democráticas, si el resultado electoral no les favorece. Esto ya lo vimos en el 2021 y lo hemos vuelto a ver este año.
Por otra parte, para el psiquiatra Hilario Blasco-Fontecilla actualmente hay una deliberada imbecilización del ser humano. Las denominadas redes sociales son, en gran parte, responsables de ello. El pensamiento crítico escasea y los analfabetos funcionales abundan. Como lo señaló Giovanni Sartori, existe un predominio de la imagen y del homo videns. Y los políticos poderosos (y sus asesores) se aprovechan de todo ello y lo capitalizan, sin importarles el bien común. El clientelismo y otros problemas sociales arraigados en nuestro país también les favorecen.
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Ni el blindaje de Keiko salva a Beingolea del banquillo judicialEl apañamiento político fracasa ante una Fiscalía que exige diez años de cárcel para el ministro de Cultura, Alberto Beingolea.
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2 días agoon
07/09/2026By
Luis Felipe Alpaca
El descaro con el que la presidenta Keiko Fujimori intenta blindar al evidenciado ministro de Cultura, Alberto Beingolea, ya da vergüenza ajena. Desde que pisó el portafolio, el excomentarista deportivo se dedicó a repartir el pastel estatal entre sus conocidos. Ahí está Abraham Alex Rivas Lombardi, su viejo aliado del Congreso, colocado como secretario general. O Iván Pereyra Villanueva, reciclado en la Jefatura del Gabinete de Asesores a pesar del tufo de los mentados “Chats Calientes”.
Por si fuera poco, los papeles cantaron la argolla perfecta con la contratación de Lourdes Morales Morote de la mano con el nombramiento de su hija, Sofía Aguayo Morales, amarrada como gerente general en la BNP con un ‘golazo’ de más de 15 mil soles mensuales.
Pero al compadre se le acabó el recreo. El Poder Judicial le leyó la cartilla y le pateó sus maniobras para archivar el proceso. Ahora, el burbujito Beingolea va directo al banquillo del juicio oral y la Fiscalía Provincial Corporativa Especializada en Delitos de Corrupción de Funcionarios del Callao va por todas y exige diez años de cárcel, 13 de inhabilitación y 550 días multa por presunta colusión agravada. La acusación indica que en 2019 se arregló con funcionarios del Gobierno Regional del Callao para llevarse un contrato a dedo por S/30 mil, presentando documentación bamba para fraguar los requisitos técnicos.
Triste suerte la del Mincul, un ministerio convertido en guarida o trampolín de cuestionados. La cancha está embarrada de denuncias hace tiempo. Imposible olvidar a Jorge Nieto Montesinos, salpicado en el Equipo Especial Lava Jato por los aportes negros del Caso Susana Villarán; o a Patricia Balbuena, salpicada por el faenón del Caso «Richard Swing» y pesquisas por presunto peculado con Vizcarra. Tampoco se salva la exministra Leslie Urteaga, bajo la lupa fiscal por presunta colusión y negociación incompatible tras sus movidas como Directora General de Defensa del Patrimonio. Y la perla del pastel va para la asilada Betssy Chávez, investigada por presunto tráfico de influencias al meter familiares; eso sin contar a Fabricio Valencia, investigado por Fiscalía por presunta omisión de deberes funcionales y abuso de autoridad por las Líneas de Nasca.
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Cusco: alertas sin respuestaLee la columna de Edwin Cavello
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3 días agoon
07/09/2026By
Edwin Cavello Limas
Cusco no solo está perdiendo patrimonio. Mientras la discusión pública se concentra, casi siempre, en construcciones que alteran el rostro histórico de la ciudad imperial, otros problemas avanzan sin pedir permiso. Algunos lo hacen en silencio; otros, de manera agresiva. Todos tienen algo en común: las autoridades parecen reaccionar cuando el daño ya es evidente.
Minería ilegal, contaminación ambiental, tráfico de bienes culturales, deforestación y atentados contra el patrimonio forman parte de una larga lista de amenazas. Ahora se suman dos palabras que deberían provocar una reacción inmediata: crisis hídrica y seguridad alimentaria.
Desde distintos colectivos ciudadanos se vienen encendiendo las alertas. También desde espacios de defensa y denuncia se han documentado casos que merecen una respuesta firme del Estado. Sin embargo, muchas investigaciones terminan atrapadas en la burocracia, el silencio institucional o una preocupante dilación.
El patrimonio tiene funcionarios investigados por la Fiscalía. Casos vinculados a deforestación, minería ilegal, tráfico de bienes culturales y contaminación ambiental también han llegado a instancias fiscales. Incluso empresas relacionadas con actividades cuestionadas, como Transportadora de Gas del Perú (TGP), han cargado investigaciones que, inexplicablemente, parecen adormecerse.
Pero hay una amenaza que podría convertirse en una crisis mayor: el agua. Cusco posee históricamente la mayor cantidad de glaciares del país. Sin embargo, las cordilleras de Vilcanota y Urubamba han perdido más del 42% y 61% de su masa glaciar, respectivamente. No estamos hablando solamente de hielo que desaparece. Hablamos de agricultura, consumo humano, ecosistemas, economía y supervivencia de comunidades enteras.
El cambio climático no es una discusión del futuro. Ya está aquí, y sus consecuencias comienzan a tocar la puerta de las ciudades andinas.
El Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña tiene información que permite conocer esta transformación año tras año. El problema no parece ser la falta de datos. El problema es qué hacen las autoridades con ellos.
Desde Palacio de Gobierno y el Congreso corresponde actuar antes de que la alerta se convierta en emergencia. Cusco no necesita más diagnósticos archivados. Necesita decisiones.
Porque cuando el agua falte, cuando los cultivos disminuyan y cuando las comunidades tengan que enfrentar las consecuencias, ninguna autoridad podrá decir que no fue advertida.
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La batalla por la memoria: verdad objetiva, patria e identidad frente a la hegemonía del relato oficialLee la columna de Raúl Allain
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4 días agoon
05/09/2026By
Raúl Allain
Hay tardes en Lima en las que el aire gris no solo pesa en los pulmones, sino en la conciencia. Aunque transité mi infancia durante los convulsos años noventa, guardo grabado el impacto de crecer en una sociedad acechada por la barbarie; para el año 2000 era apenas un niño de diez años, pero plenamente consciente del eco de la zozobra nacional. Por eso, me causa una profunda indigestión intelectual caminar hoy por ciertas galerías académicas o revisar textos de divulgación y descubrir que la historia de nuestra patria ha sido insidiosamente destilada, empaquetada y reescrita bajo la mirada tuerta de un progresismo que pretende imponer una memoria oficial monolítica.
Se nos ha querido convencer de que cuestionar esa «verdad institucionalizada» es un acto de negacionismo. Nada más falso. Defiendo categóricamente que existe un derecho humano fundamental a la memoria histórica, pero a una memoria fundada en la verdad objetiva, no en la mitología ideológica ni en el secuestro de la narrativa reciente. En el Perú actual, la izquierda ha logrado erigir una hegemonía cultural —en el sentido más gramsciano del término— que busca victimizar a los victimarios y, en el mismo acto, criminalizar a las instituciones tutelares de la Patria.
Esta operación no es un fenómeno aislado ni una ocurrencia criolla; responde a un patrón que se repite en América Latina. Lo hemos visto en la región: comisiones de la verdad y organismos de derechos humanos que, con el pretexto de sanar heridas, terminan construyendo un libreto maniqueo donde el Estado democrático es siempre el villano sistemático, y las organizaciones subversivas que empuñaron las armas contra campesinos, autoridades e inocentes son retratadas como trágicos «actores políticos» impulsados por la desigualdad social. De Chile a Colombia, la izquierda regional ha instrumentalizado la memoria para desarmar moralmente a la sociedad civil y a las Fuerzas Armadas, abriendo el camino para la captura del poder simbólico y político.
En el caso peruano, el fenómeno ha alcanzado matices alarmantes. Recuerdo con absoluta nitidez mis años de formación universitaria en San Marcos, donde presencié de primera mano cómo, en las aulas y pasillos de la facultad, ciertos sectores acomodaban el lenguaje para matizar la barbarie. Ya no se hablaba de «terrorismo sangriento» o «fanatismo totalitario», sino de un eufemístico «conflicto armado interno». Esa sutil peripecia semántica no es inofensiva: homologa el accionar cobarde de Sendero Luminoso y el MRTA —que masacraron comunidades enteras como Lucanamarca o la Selva Central— con la respuesta legítima de un Estado en defensa de su subsistencia.
Sin embargo, haber estudiado en las aulas de la Decana de América representa para mí un profundo orgullo profesional y académico. Formarme en San Marcos me otorgó la solvencia intelectual, el rigor sociológico y el conocimiento directo del terreno para debatir este tema conscientemente, sin intermediarios ni anteojeras ideológicas. Fue precisamente en el fragor de sus debates donde comprendí que el espíritu sanmarquino auténtico no consiste en doblegarse ante el dogma dominante de turno, sino en confrontar las ideas con sentido crítico, valentía analítica y un compromiso irrenunciable con la verdad histórica de nuestra patria.
A partir de esa manipulación semántica articulada en el ámbito académico, la narrativa progresista logró descentrar la culpa y relativizar la barbarie. Los verdaderos genocidas terminaron revestidos de cierto aire de inocencia trágica o reducidos a simples consecuencias inevitables de las brechas sociales. En contraste, nuestros policías y militares —aquellos jóvenes de provincia que pusieron el pecho para que hoy sigamos teniendo una república— pasaron a la condición de sospechosos permanentes. Se ha pretendido borrar el heroísmo de la operación Chavín de Huántar o el abnegado sacrificio de las rondas campesinas para reemplazarlos por una culpa colectiva que esteriliza el orgullo patrio.
Este esfuerzo de lavado ideológico desbordó rápidamente el ámbito universitario para infiltrarse en el sistema educativo nacional y en el circuito artístico financiado con fondos públicos. Se financiaron películas, exposiciones y textos escolares donde los sanguinarios mandos terroristas aparecían retratados como figuras idealizadas o víctimas incomprendidas de un sistema cruel. En contraposición, las patrullas del Ejército y de la Policía Nacional eran presentadas en las aulas como fuerzas invasoras y opresoras. Se buscaba, con calculadora paciencia, que las nuevas generaciones crecieran sintiendo vergüenza de los uniformes que salvaron a la República.
La trampa conceptual detrás de este relato estriba en manipular la compasión humana para anestesiar la razón. Al equiparar el dolor de los familiares de las víctimas del terrorismo con la desazón de los deudos de los propios delincuentes subversivos muertos en combate, el progresismo borró intencionadamente la frontera moral entre el bien y el mal. No todo dolor equivale a inocencia, y mezclar en un mismo altar simbólico al héroe que dio la vida por la patria con el criminal que detonó un coche bomba es una aberración social. Esa falsa equidad destruye el cimiento ético sobre el que debe sostenerse toda sociedad civilizada.
Paralelamente, presenciamos la consolidación de un próspero circuito de oenegés y consultorías que convirtieron el dogma de la «memoria fragmentada» en un lucrativo medio de vida. Para estos sectores caviares, mantener viva la estigmatización contra nuestras fuerzas de orden no es solo un objetivo ideológico, sino un modelo de negocio institucional. Financiamientos internacionales y consultorías estatales perpetuas han dependido durante décadas de alimentar un juicio sumario e infinito contra las instituciones de la patria, bloqueando cualquier intento genuino de cierre de heridas o reconciliación real.
Cuando una sociedad acepta que su pasado sea dictado por una burocracia ideologizada, la noción misma de ciudadanía se debilita hasta resquebrajarse. La verdad objetiva exige documentar los hechos con rigor empírico, sin edulcorar los métodos del terror ni atenuar la crueldad premeditada de sus ideólogos. Al secuestrar la memoria, la izquierda privó a los peruanos del derecho a entender por qué triunfamos como nación frente al totalitarismo, sustituyendo la gesta heroica de la pacificación por un letargo de autocompasión y rencor social desintegrador.
Por esta razón, la respuesta de una derecha moderna, patriótica y con vocación de futuro no puede reducirse a meros cálculos contables ni a discursos tecnocráticos de gestión. El debate económico es fundamental, sin duda, pero resulta inútil si se pierde la batalla por las ideas y la cultura. La derecha tiene el imperativo histórico de asumir la defensa activa de la memoria histórica con convicción, demostrando que la paz y la prosperidad no son accidentes del destino, sino el fruto directo del orden institucional, el estado de derecho y la victoria sobre la subversión.
Frente a esta hegemonía, la postura de una derecha consecuente y moderna no debe ser el silencio ni la complacencia, sino la defensa frontal de la verdad, el patriotismo y la identidad nacional. Durante años, la derecha peruana cometió el error táctico de descuidar el terreno cultural, enfocándose exclusivamente en la gestión económica y el pragmatismo de las cifras. Pero los números no construyen nación ni alimentan el espíritu. La cultura y la historia son el alma de un pueblo, y si se cede la narración del pasado, se entrega sin combatir el diseño del futuro.
Defender la verdad histórica no significa encubrir excesos individualizados, pues la justicia debe caer con todo su peso sobre cualquiera que viole la ley. Significa defender la legitimidad moral de la República y de sus instituciones. La verdadera reconciliación nacional solo puede erigirse sobre la base de la verdad objetiva y la justicia; jamás sobre la distorsión del relato oficial impuesta por una elite burocrática que lucra con el dogma de los derechos humanos mientras vulnera el derecho de las grandes mayorías a honrar a sus verdaderos héroes.
Una patria fuerte necesita mirarse al espejo con orgullo, reconociendo el valor intrínseco de sus instituciones tutelares. El patriotismo no es un vestigio del pasado ni un concepto obsoleto; es el pegamento moral que cohesiona a una comunidad diversa frente a las amenazas de la descomposición social y el populismo demagógico. Reivindicar el papel de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional en la pacificación del Perú es un acto de estricta justicia histórica y un requisito indispensable para devolverle la confianza y el respeto a la autoridad en nuestra vida cotidiana.
Desmontar la hegemonía del relato oficial abre puertas hacia una estabilidad democrática firme y duradera. Cuando los ciudadanos comparten una visión clara de quiénes fueron sus agresores y quiénes sus defensores, se fortalece la confianza en las normas y en la convivencia pacífica. La verdadera reconciliación exige sanar el tejido social reconociendo la verdad completa, sin omisiones interesadas ni matices ideológicos, permitiendo que la justicia actúe con ecuanimidad y que el Estado recupere su solvencia moral frente a las futuras generaciones.
Este rescate de la identidad nacional proyecta enormes oportunidades para el desarrollo integral del Perú. Un país consciente de su historia, que honra su libertad y protege la legitimidad de sus instituciones, transmite seguridad jurídica, orden y previsibilidad tanto a sus ciudadanos como al mundo exterior. La fortaleza cultural de una nación es la mejor garantía contra las aventuras autoritarias y el desorden institucional, convirtiéndose en la piedra angular sobre la cual se edifica una sociedad próspera, libre y auténticamente soberana.
Recuperar la memoria es recuperar la identidad. Un país que avergüenza a sus jóvenes de su historia y de sus fuerzas de orden es una nación condenada a la fragmentación social y a la inestabilidad democrática. La derecha tiene hoy la oportunidad histórica y el deber moral de ofrecer una narrativa de cohesión y esperanza: el patriotismo no como una consigna vacía, sino como el reconocimiento de una herencia común, de un orgullo legítimo por la pacificación del país y por la capacidad del pueblo peruano de vencer a la barbarie sin capitular ante el absolutismo.
Es hora de desmontar los dogmas del progresismo caviar que han monopolizado la memoria. La verdad no pertenece a ninguna oenegé ni a comisiones con sesgo ideológico; pertenece a los ciudadanos que sufrieron el terrorismo y a quienes lo derrotaron en el campo de batalla y en la inteligencia policial. Solo restituyendo el respeto por nuestras instituciones tutelares y consolidando una identidad nacional firme, cimentada en la verdad histórica, podremos garantizar la estabilidad, la paz social y la libertad para las futuras generaciones de peruanos.
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