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La hidra criminal: narcopopulismo, insurgencia híbrida y la imperiosa necesidad de la mano dura

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07/11/2026

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Raúl Allain
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No deja de ser perturbador comprobar cómo los peores temores de la sociología política se materializan en nuestras narices, mutando con la velocidad y la voracidad de un virus. Durante décadas, la izquierda radical latinoamericana intentó asaltar el poder por la vía armada tradicional, sufriendo derrotas estrepitosas que la obligaron a disfrazarse de demócrata en las urnas.

Sin embargo, conforme los pueblos de la región fueron rechazando sus propuestas colectivistas y su miseria ideológica, estas facciones experimentaron una metamorfosis tan cínica como letal. Abandonaron parcialmente la retórica de barricada clásica para fundirse, en un matrimonio de conveniencia criminal, con las economías ilegales más lucrativas del continente.

Como analista y observador de la realidad nacional, confieso que pocas cosas me generan tanta inquietud como ver la ligereza con la que ciertos sectores académicos y progresistas de Lima minimizan este fenómeno. Nos hablan de «conflictividad social», de «exclusión estructural» o de «economías de subsistencia» para referirse a verdaderos emporios delictivos que mueven miles de millones de dólares ensangrentados.

Es un eufemismo repugnante, diseñado para encubrir la simbiosis perfecta entre la subversión ideológica y el hampa transnacional. Lo que hoy padece el Perú no es delincuencia común desbordada: estamos ante una insurgencia híbrida, una hidra de mil cabezas donde el narcopopulismo financia, protege y proyecta el caos para doblegar a las instituciones republicanas.

Basta con levantar la mirada hacia el Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM) para entender la magnitud de la tragedia. Allí, la alianza histórica entre los remanentes armados de Sendero Luminoso y los carteles internacionales de la droga nunca ha dejado de operar.

Se nutren mutuamente: el terrorismo aporta la pantalla política y la logística de amedrentamiento, mientras que el narcotráfico provee el combustible financiero. Pero el cáncer no se detiene en la ceja de selva. La minería ilegal devora sin piedad la Amazonía en Madre de Dios y Pataz, destruyendo reservas naturales y sometiendo a miles de compatriotas a condiciones de esclavitud moderna; mientras tanto, bandas de extorsionadores y sicarios siembran el terror en las esquinas de nuestras principales ciudades.

La izquierda, atrapada en su dogmatismo ideológico o directamente cómplice por intereses subalternos, insiste en retratar a estos actores criminales como víctimas de un sistema injusto. Es una burla macabra a la inteligencia de los peruanos.

El verdadero vulnerador de los derechos humanos fundamentales no es el Estado cuando aplica la ley, sino este conglomerado delictivo que asesina a alcaldes, extorsiona al bodeguero de barrio, secuestra al transportista y destruye la vida de nuestros jóvenes con el veneno de la droga. Cuando la soberanía territorial se desmorona y los poderes fácticos de la ilegalidad imponen su propia ley de plomo y plata, lo primero que se extingue es la libertad del ciudadano de a pie.

Frente a esta amenaza existencial, las recetas tibias del progresismo globalista —basadas en mesas de diálogo interminables, subsidios inútiles y una condescendencia judicial que roza la prevaricación— han demostrado ser un estrepitoso fracaso. No se dialoga con la hidra: se le corta la cabeza.

La derecha soberanista y democrática tiene el deber moral e histórico de asumir una postura intransigente, articulada en torno a un concepto que la corrección política ha intentado proscribir injustamente: la mano dura, el orden y el irrestricto imperio de la ley.

Restaurar el Estado de derecho en un país asediado por el narcopopulismo exige dejar atrás los complejos ideológicos. La seguridad nacional no es un capricho autoritario; es la condición sine qua non para que la libertad individual pueda ejercerse con plenitud.

¿De qué sirve hablar de derechos civiles o de libre empresa a un comerciante que vive aterrorizado por extorsionadores que le cobran cupos bajo la sombra de la impunidad? La primera función de un gobierno legítimo es monopolizar legítimamente la fuerza para defender al inocente y aplastar al delincuente.

Esto demanda, en primer lugar, una reorientación radical de nuestra estrategia militar y policial. No podemos seguir combatiendo a ejércitos irregulares pertrechados con armamento de guerra y financiados por el narcotráfico internacional mediante operativos tímidos y burocráticos.

Se requiere la militarización estratégica de nuestras fronteras y de los enclaves tomados por la economía ilegal, declarando zonas de exclusión armada donde las Fuerzas Armadas, en estricto cumplimiento de su misión constitucional y con el respaldo legal adecuado, desplieguen toda su capacidad operativa para desarticular los campamentos de la subversión criminal.

La experiencia internacional demuestra con contundencia que la firmeza da resultados cuando hay voluntad política. Miremos los efectos aleccionadores de las políticas de seguridad implementadas en el continente: cuando el Estado decide actuar con autoridad implacable, el crimen retrocede y la ciudadanía respira aliviada.

La derecha ofrece orden, previsibilidad y respeto absoluto a la propiedad privada; la izquierda, en cambio, ofrece caos, anarquía y la dictadura de los carteles bajo la fachada de un populismo redentor que solo reparte miseria.

El combate contra el narcopopulismo no se limita al terreno militar; requiere también una cirugía mayor en el sistema financiero y legal. Es imperativo levantar el secreto bancario y tributario con mayor facilidad para perseguir el lavado de activos, esa tubería invisible por donde la plata sucia de la minería ilegal y el narcotráfico se infiltra en la política peruana, financiando campañas electorales y comprando voluntades en el aparato estatal.

Un político que acepta dinero manchado de sangre es un traidor a la patria, y la justicia debe sancionarlo con la máxima severidad que contempla el código penal.

Asimismo, debemos desmontar el relato caviar que romantiza la delincuencia bajo etiquetas sociológicas. El delincuente que mata, extorsiona o destruye el medio ambiente no es un «excluido social»: es un criminal que ha decidido voluntariamente ponerse al margen de la ley y atentar contra la vida de sus semejantes.

Tratarlo con benevolencia judicial es una bofetada a los millones de familias peruanas que, a pesar de la pobreza o las dificultades económicas, se ganan el sustento diario con el sudor de su frente, honradamente y respetando las normas.

El Perú se encuentra en una encrucijada definitiva. O permitimos que la insurgencia híbrida del narcopopulismo termine por colonizar el Estado, convirtiendo a nuestra nación en un protectorado mafioso, o asumimos con valentía la defensa de la república mediante la doctrina de la mano dura, el patriotismo y el principio de autoridad.

La libertad no se defiende con discursos complacientes ni con acuerdos bajo la mesa; se defiende con firmeza, con leyes claras y con la convicción inquebrantable de que el Estado peruano no negocia con criminales.

Es hora de recuperar el orgullo nacional y limpiar nuestra casa. La derecha democrática tiene la oportunidad histórica de liderar este renacimiento, demostrando que solo bajo el imperio indiscutible de la ley y el orden se puede construir un futuro de verdadera prosperidad, paz y justicia para todos los peruanos.

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La visita del Papa “progre” y el fariseísmo de los talibanes ultras

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Raúl Allain. Escritor, poeta, editor y sociólogo peruano (Lima, 1989). Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha sido incluido en antologías como Antología de poetas críticos (Cisnegro, México DF, 2019), Antología décimo aniversario de Lord Byron Ediciones (Liber Factory - Lord Byron Ediciones, Madrid, 2013), Veinte poetas: muestra de poesía contemporánea (I.F.D. Editor; Lima, 2010), Poesía y narrativa hispanoamericana actual (Visión Libros - Lord Byron Ediciones, Madrid, 2010), Abofeteando a un cadáver (Bizarro Ediciones - Centro Cultural de España, 2007), entre otras. Sus textos aparecen en diversos medios literarios tanto nacionales como internacionales. Actualmente preside el Instituto Peruano de la Juventud (IPJ) y dirige el sello independiente Río Negro. Ha publicado Poéticas, Poiesis hispanoamericana: selección de poesía contemporánea, Eros & Tánatos: poesía y arte contemporáneos, entre otras antologías, ¡Yo no hice nada!: Sobre la idiosincrasia peruana, ¡Palaciego In Memoriam!: Selección de textos de Humberto Pinedo, así como el ensayo La cientificidad del consciente (Editorial Emooby, 2011). Premio Mundial a la Excelencia Cultural y Premio Mundial el Águila Internacional a la Excelencia Sociológica de la Unión Hispanomundial de Escritores (UHE).

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La visita del Papa “progre” y el fariseísmo de los talibanes ultras

Lee la columna de Márlet Ríos

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06/11/2026

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Redacción Lima Gris

Por Márlet Ríos*

El régimen ultraderechista de la señora Fujimori espera capitalizar con creces la próxima visita de León XIV. Con una desaprobación nacional que llega al 53 % (según una encuesta de CIT Opinión y Mercado de octubre de 2026), el Gobierno espera un milagro. Todos los ciudadanos podremos contemplar en tiempo real la hipocresía y la mistificación de los políticos peruanos de turno. Nuestros conocidos talibanes evitarán hacer aspavientos y dejarán de ver “zurdos” y comunistas hasta en la ducha. De golpe, todos se volverán tolerantes y abogarán por la defensa de los derechos humanos y el bien común.   

Tal vez sea pertinente recordar unas palabras de Pacem in Terris, encíclica de Juan XXIII: “Todo ser humano tiene el derecho natural al debido respeto de su persona, a la buena reputación, a la libertad para buscar la verdad y, dentro de los límites del orden moral y del bien común, para manifestar y defender sus ideas, para cultivar cualquier arte y, finalmente, para tener una objetiva información de los sucesos públicos”.

León XIV, quien fue obispo de Chiclayo, ha mostrado en todo momento un sólido compromiso con los derechos humanos y la justicia social (palabra que horroriza a los ultras). No fue casualidad que el anterior papa lo haya considerado uno de los cardenales más progresistas. Intuimos que para los talibanes ultras sería como someterse al cilicio, si se les trae a la memoria las declaraciones del actual papa sobre el indulto al expresidente Fujimori en 2017: “El expresidente Alberto Fujimori pidió perdón, en una forma, digamos, genérica casi, reconociendo solo en términos muy generales que algunos se han sentido ofendidos. Tal vez, de su parte, sería todavía mucho más eficaz pedir perdón más expresamente por algunas de las grandes injusticias que fueron cometidas por las cuales él fue juzgado y sentenciado”.

Los talibanes que pedían hasta hace poco incendiar la pradera y transgredir las instituciones (y violentar a sus funcionarios) se mostrarán ecuánimes y ponderados. Será la hora de poner la otra mejilla convenientemente.

¿A cuántos católicos engañarán estos fariseos innobles? ¿Los defensores del Sodalicio y los demás cruzados se pelearán por salir en la foto con el papa? ¿Seguirán pasando por alto los talibanes la doctrina social de la Iglesia católica? ¿Seguirán vociferando contra los curas comunistas que defienden a los pobres?

Para no estar tan desorientados y elucubrar conspiraciones originadas en el Foro de Sao Paulo, los talibanes deberían tener presentes las palabras de la célebre encíclica Rerum Novarum (1891), del papa León XIII (no es casualidad que el papa actual haya escogido el nombre de León XIV): “Cierto es que para establecer la medida del salario con justicia hay que considerar muchas razones; pero, generalmente, tengan presente los ricos y los patronos que oprimir para su lucro a los necesitados y a los desvalidos y buscar su ganancia en la pobreza ajena no lo permiten ni las leyes divinas ni las humanas. Y defraudar a alguien en el salario debido es un gran crimen, que llama a voces las iras vengadoras del cielo”.

La visita del papa progresista producirá más de un escozor en los talibanes y otros cruzados de ultraderecha, aunque sabrán disimularlo tan eficazmente.

__________

*Escritor e investigador social

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Sobre “Simpatía por lo pequeño” (2026)

Lee la columna de Mario Castro Cobos

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06/11/2026

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Mario Castro Cobos

No pretendo, o eso espero, que la imagen ilustre una idea previa, reductora, de lo que Husserl, entre otros, llamó ‘el mundo de la vida’.

No quiero que la mejor de las teorías sustituya a la más humilde de mis experiencias.

Abrir o abrirse-a un mundo nuevo o algo parecido, a un mundo que se renueva, es reconocer que hay ‘algo’ que no se conoce. ¿El cine es el arte sometido a un guión (a una verdad pendiente de ratificación mecanicista de la puesta en escena) o es el arte ‘puro’ del presente?

Hago sobre todo películas callejeras. Las calles, principalmente en mi caso las calles de Lima, son o pueden ser surrealistas, dadaístas, no es posible que sepas con qué te vas a encontrar en un momento dado.

Tienes que estar listo, ‘concentrado y distraído’ y captarlo como puedas. No tienes muchas oportunidades para hacerlo, tal vez solo una.

Caminar y filmar es apenas iluminar (aquí y allá) sectores del laberinto sin orillas, no resolverlo. Es más bien unirse, intuitivamente, al misterio. QUE ES REAL. Y lo es justo desde lo más pequeño.

Será que quiero una historia o un todo… lleno de unidades incompletas. Salvo que me digas que conoces bien tu historia, que has encontrado la clave. Te felicito. Esa es tu historia de ingenuidad.

Acomodo y reacomodo, imágenes, escenas, muchas de ellas, vistas superficialmente, parecerían curiosidades, anécdotas, simples registros, minúsculas gracias poéticas, pero en este punto debo remarcar que hay corrientes subterráneas, estructuras subyacentes, situaciones que van y vienen, vida desarrollándose. 

Hay, quiero decirlo así, rimas visuales y rimas simbólicas. La ciudad o lo que hay ella es un cuerpo, un funcionamiento coordinado, aunque aparezca como el desorden o el caos y el ¿por qué esto sigue a esto? Deriva en analogías, homologías, sincronicidades. Temas y series, en incesante movimiento.  

La equivalencia entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño siempre me ha producido una suerte de vértigo. Y como no me dedico a filmar planetas y galaxias.

Mi película número 40. Siento felicidad y perplejidad. Lo mío son los diarios fílmicos, no necesariamente ‘íntimos’, en donde la imagen, sea lo que sea, signifique lo que signifique, HABLA. La mayoría tiene pavor a las imágenes. Se diría que hacen películas para no dejarlas hablar. Y esclavos del dinero en vez de buscar que su cine y ellos sean libres.

Simpatía por lo pequeño (2026)

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https://www.youtube.com/@marszproject7155

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Ministerio de Cultura: falsificación de documentos

Lee la columna de Edwin Cavello

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14 horas ago

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06/11/2026

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Edwin Cavello Limas

El nuevo escándalo que involucra al Ministerio de Cultura y al MTC, pone en evidencia una presunta red de corrupción para destrabar millonarios proyectos. En la documentación del proyecto del aeródromo de Yurimaguas, aparecen firmas de personas que nunca firmaron, profesionales que jamás fueron contratados y responsables que desconocían el proyecto. Esto parece una comedia si no estuviera ocurriendo alrededor de una obra pública y, peor todavía, de la protección del patrimonio arqueológico.

El caso del aeródromo de Yurimaguas es de esos que provocan una pregunta sencilla: ¿quién está cuidando a los que deben cuidar nuestro patrimonio? La arqueóloga Ada Liset Tello Gutiérrez denuncia que su nombre y firma fueron utilizados sin autorización para incorporarla como residente de un Plan de Monitoreo Arqueológico. Ella asegura que nunca fue convocada, contratada ni informó su consentimiento. Uno puede estar en Lima o en Cusco y, al parecer, trabajar simultáneamente en Loreto sin enterarse.

El asunto se vuelve todavía más pintoresco cuando la denuncia señala una posible incompatibilidad con otro proyecto arqueológico: Chinchero, en Cusco. Según la documentación presentada, la profesional que dirigía el PMAR de Yurimaguas también tenía responsabilidades en el proyecto cusqueño. Y allí aparece la pregunta que nadie debería esquivar: ¿los expedientes se revisan o simplemente se les pide que no hagan mucho ruido?

Porque un Plan de Monitoreo Arqueológico no es una estampita burocrática que se pega al expediente para que la obra avance. Estamos hablando de patrimonio. De restos que no pueden reconstruirse con cemento ni reemplazarse con una adenda. Si una arqueóloga denuncia que su identidad profesional fue utilizada para falsificar documentos y cumplir un requisito, el problema ya no es solamente quién falsificó una firma. El problema es qué controles fallaron para que esa firma pudiera convertirse en una resolución oficial.

Y aquí viene la parte tragicómica: la arqueóloga descubrió que figuraba en Yurimaguas cuando quiso trabajar en Cusco y la administración le dijo: “señora, usted ya trabaja en Yurimaguas”.

La Fiscalía Anticorrupción de Loreto ya comenzó a hacer su trabajo. Los denunciados en este escandaloso caso son: Paola Mariella Marín Ugarte, directora de Regulación, Promoción y Desarrollo Aeronáutico del MTC; Nudry Ceshia Montoya Jalixto, designada para el PMAR; Humberto Toro Villalovos, representante común del Consorcio Argos; Isaac Núñez Pérez, director de la DDC de Loreto y firmante de la resolución aprobatoria; y Luis Ricardo Angulo Paredes, arqueólogo que evaluó técnicamente el expediente.

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100 primeros días del «keikismo»

A pocos días de los 100 primeros días del gobierno de la presidente Keiko Fujimori, el balance escolar es cero escuelas construidas, con un Niño extraordinario a la puerta. El norte necesita obras, no viajes. Y la respuesta oficial es: «estamos tarde».

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2 días ago

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05/11/2026

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Leonardo Serrano Zapata

Tras otorgar facultades al Ejecutivo, el Congreso nos presenta su ahorro de S/303 millones como lección de austeridad. Pero solo S/33,6 millones se han transferido; los otros S/270 millones recién se devolverán en las próximas semanas. Y un ahorro nacido de presupuestos no ejecutados no es austeridad: es gasto que no se hizo. Al Congreso le conviene vender generosidad antes de que lo acusen de ineficiencia.

El Ejecutivo tampoco exhibe mucho. Según las cifras que se manejan, los tres niveles de gobierno no llegarán ni al 90 % de ejecución este año.

El ENFEN advierte que el FEN 2026-2027 se extendería hasta fines de otoño de 2027, con alta probabilidad de magnitud extraordinaria noviembre y febrero de 2027. Tumbes, Piura, Lambayeque, Cajamarca y San Martín afrontarán lluvias; el centro y la sierra, sequía.

Con el perdón de los designados: ¿qué nombramiento en Agricultura, Salud, Interior o Defensa garantiza que el Estado se prepara de verdad para enfrentar el FEN 2026-2027 y la inseguridad?

En educación, Miriam Ponce, viceministra de Gestión Pedagógica, estuvo en octubre del 18 al 25 en Madrid y Alicante (España), y luego integró la comitiva presidencial a El Salvador del 28 al 31, para conocer sus escuelas. Cabe preguntarse si conoce Condorcanqui o el VRAEM o solo quiere acumular millas internacionales. En la gestión del ministro Chang, además de la interpelación fallida, resalta la nueva política de disciplina escolar y evaluación del desempeño docente aún sin luces.

En El Salvador la presidente Fujimori regaló lapiceros; en las visitas inopinadas de 15 minutos a escuelas peruanas se llegó con las manos vacías. Y en Lima y provincias los almacenes de las UGEL guardan material educativo sin repartir, como denunció en agosto el director de la DRELM, Cornelio Gonzales. Hoy siguen sin llegar a los alumnos.

Cien días de narrativa contra el LUM, con un ministro de Cultura, Alberto Beingolea, que dice que no lo cerrará, pero se incomoda ante la cámara cuando lo cuestionan. Y un canciller, Carlos Espá, más pendiente de las redes que de las relaciones internacionales. El «keikismo» no deslumbró ni dejó mucho que comentar. Ministros que se salvaron de la interpelación y promesas contra la inseguridad sin norte. Viene el Papa chiclayano Leon XIV (del 11 al 17 de noviembre), dudo que haga milagros con la aprobación de la presidente que por lo visto podría seguir bajando.

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La instantaneidad de los genios

Lee la columna de Rodolfo Ybarra

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3 días ago

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04/11/2026

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Rodolfo Ybarra Foto: Arthur Rimbaud.

Existe una asombrosa capacidad de crear que se saltea todas las formas lógicas de producir arte o cultura, sin pasar por estudios previos o por procesos de aprendizaje que tardarían meses o años. Este don de producir por “generación espontánea” es una cualidad de muchos genios. Veamos algunos.

Mozart compuso, en 34 años de vida, más de 800 obras. Era tan rápido y acertado que una vez le escribió a su hermana: “Mientras iba anotando el preludio iba componiendo la fuga”.

Arthur Rimbaud escribió prácticamente en la adolescencia “Una temporada en el infierno”, hecho que marcaría a los simbolistas franceses, uno de los cuales, Paul Verlaine, tendría una relación tormentosa con el poeta-niño.

Dostoyevski para cumplir con un contrato y evitar perder los derechos de sus obras ante un editor leonino, dictó la novela “El Jugador” a una joven mecanógrafa (quien luego se convertiría en su esposa) en menos de veintiséis días.

También Anthony Burgess motivado por la necesidad económica tras un diagnóstico médico erróneo que le pronosticaba poco tiempo de vida, escribió “La Naranja Mecánica” en solo tres semanas. Y Stephen King solo tardó siete días en redactar bajo el seudónimo de Richard Bachman, la novela “El Fugitivo”.

Se cuenta que Alejandro Dumas escribió “El caballero de la Maison-Rouge”, una novela histórica, en tan solo tres días. Y Stevenson escribió “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” en 48 horas, sumergido en las drogas.

Dicen que Kafka escribió el primer manuscrito de “El Proceso” en dos meses, lo tiró todo a la basura y reescribió el libro en una sola noche.

Faulkner produjo “Mientras agonizo» en seis semanas, escribiendo de medianoche a las 4 de la mañana mientras trabajaba en una planta de energía. No cambió ni una palabra y está obra está considerada una de las mejores del siglo XX.

Kerouac escribió el primer borrador de “En el camino” en tres semanas. También escribió “Los subterráneos” en tres días. Y Goethe escribió “Werther” en un mes.

Cuando Guayasamin vino al Perú en 1997 pude preguntarle en cuánto tiempo había pintado ese enorme mural de 360 metros cuadrados llamado Imagen de la patria. Y me respondió: en ocho meses.

También es cierto que a Carlos Fuentes le costó 15 años escribir su fabulosa y extensa novela “Terra Nostra”; mientras que García Márquez escribiría “Cien años de soledad” en un año y medio.  

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La broma infinita: La literatura de la amistad

Lee la columna de Juan José Sandoval

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3 días ago

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03/11/2026

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Redacción Lima Gris

Por: Juan José Sandoval

Alguna vez, Bryce dijo que escribía para que sus amigos lo quieran más. Hemos llegado a una degradación tal de la frase que hoy muchos emprendedores de la palabra primero hacen amistad solo para recién ponerse a escribir.


La literatura no se mancha, habría dicho el Diego, si acaso hubiera sido escritor peruano. Habría ganado el Nobel y luego habría entrado en el descenso de la perdición, como tal vez pasó con Mario Vargas Llosa, cuyo discurso al recibir el máximo galardón puso a su esposa —y prima hermana— Patricia en la cúspide de su inspiración: “El Perú es Patricia”.


Pero al tiempo la dejó abandonada y se fue a vivir la vida loca con la ex de Julio Iglesias, en un lío de farándula que tranquilamente pudo haber estado auspiciado por alguna marca de sildenafilo español.


En algún momento de su juventud, Jaime Bayly y Álvaro Vargas Llosa fueron amigos; luego ya no. Entonces el niño terrible escribió que el hijo del Nobel era la muestra científica de que los primos hermanos no se deben aparear, que era probable que tuviera una cola de chancho escondida entre los pantalones, como si fuera una figura demoníaca mitológica del opio.


El escritor Rodolfo Hinostroza escribió un libro que me robaron, Pararrayos de Dios, donde desmitifica la figura del poeta Javier Heraud, recreando un momento en que ambos coincidieron en Cuba, adonde llegaron, un poco ilusos, esperando ser becados para estudiar en la universidad. Pero la realidad fue otra, porque lo primero que les dieron, después de frijoles con arroz, fue un arma de guerra para comenzar a ser adiestrados en el combate.


El primo del churre detalló en su libro que a Heraud le había caído muy bien el uniforme militar, y que se había convertido en un disciplinado revolucionario más por el mal sabor de su infancia escolar que por el amor a la patria y la libertad. Si hubiese ocurrido cincuenta años después, se llamaría bullying, pero en ese entonces las víctimas del acoso no eran reconocidas como tales. Tampoco se autodefinían así; solo les quedaba camuflar esa marginación en la revolución.


A la publicación le cayó harta puya, pero Rodolfo aguantó. El escándalo pasa, la obra queda. El libro estaba bueno y justo contaba de pésima forma esta historia en un bar miraflorino de luz verde, cuando de la mesa del costado me pasaron la voz. Pensé que me iban a mandar a callar, porque cuando malcuento una historia lo hago con voz bastante alta. Pero no, era un grupo de estudiantes medio hippies donde estaba el hijo de Hinostroza. Justo cuando iba a soltar lo que más me gusta —por algo mis amigos me dicen ‘Juan José hablomal’—, le bajé un cambio a mi narración y seguimos brindando.


Antes de que acaben los noventa, en la Casona de San Marcos, se presentó el poemario Vómitos, de Rodolfo Ybarra. Estuve ahí acompañando a Ronieco y su banda Mamitud, continuidad de Actitud Frenética, quienes tocaron ese día. En la mesa resaltaba un negrito con el pelo súper crecido, lentes gruesos y una nube de humo de tabaco que le daba un aura celestial. Era el poeta Enrique Verástegui. No se le entendía muy bien lo que decía, como si balbuceara, pero se le notaba súper extraño e hipnotizante, como si fuera una droga.


Ya descubriendo su poesía, pudimos conocerlo junto con un grupo de amigos de la universidad. Para recibirnos nos exigió cajetillas de cigarrillos, botellas de vino y que le paguemos el almuerzo en un chifa cerca de su casa en La Molina.


Le llevamos todo lo que pidió y la pasamos de puta madre escuchándolo, pero luego, con el pasar de las horas, la conversación se ponía soñolienta y repetitiva. No era él; éramos nosotros, que no sabíamos tomar ni fumar con alguien de esa altura.


Al final de la tarde, el vate sugirió que le dejemos cinco lucas. Yo tenía una moneda falsa que me habían clavado en el micro. Se la pasé, pero mi tío se dio cuenta al toque: ¿crees que soy cojudo? Yo tengo calle.


En las siguientes semanas, Verástegui comenzó a llamar a mi casa. Mi vieja estaba intrigada por aquella voz aletargada, como si hubiera tomado un litro de ayahuasca. El negro me pidió que lo visite, que le lleve cigarrillos, vino y que le invite el almuerzo. Comencé a frecuentarlo por unos años y aprendí a callarme la boca.


Años después, el poeta ya estaba alejado de toda actividad; no podía salir a almorzar porque tenía dificultades para comer. Le pedí que me apoyara con unas líneas de recomendación para mi libro El artista de la familia y que estuviese presente conmigo en la FIL. Aceptó de buena manera, y en la recomendación puso que era un escándalo que mi Barrunto no estuviera considerado en la literatura peruana oficial.


Pero no llegó a estar conmigo en la FIL, y yo tampoco pude llegar a su velorio en la Biblioteca Nacional.

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Choloween: Lima alienada

Lee la columna de Edwin Cavello

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5 días ago

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02/11/2026

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Edwin Cavello Limas Foto: Andina.

El 31 de octubre, Lima se convierte en una sucursal de Estados Unidos. Las calles se llenan de brujas, vampiros, zombis, calabazas y personajes de películas que muchos peruanos conocen mejor que su propia historia. Los niños salen a pedir dulces, los padres compiten por el disfraz más extravagante y las redes sociales se inundan de fotografías de una celebración que hemos adoptado con entusiasmo de colonia cultural. Mientras tanto, la Canción Criolla espera, cada vez más olvidada.

No se trata de prohibir Halloween ni de organizar una cruzada contra las calabazas. Cada quien es libre de disfrazarse hasta de presidente de la República, que bastante terror produce esa posibilidad. El problema es otro: nuestra facilidad para importar costumbres, consumirlas y convertirlas en identidad, mientras relegamos aquello que forma parte de nuestra memoria colectiva.

Halloween tiene raíces antiguas, vinculadas a tradiciones celtas, paganas y cristianas. Su expansión contemporánea, sin embargo, tiene mucho que agradecerle a la poderosa maquinaria del entretenimiento norteamericano. Hollywood, las grandes cadenas comerciales y la publicidad han conseguido que medio planeta compre telarañas artificiales, máscaras y golosinas. Un negocio redondo.

En el Perú, el 31 de octubre también es el Día de la Canción Criolla, instituido en 1944 durante el gobierno de Manuel Prado Ugarteche, por iniciativa del Centro Musical Carlos A. Saco. Una fecha que debería recordarnos la riqueza de nuestra música, la guitarra, el cajón, los valses, las jaranas y la memoria de artistas como Chabuca Granda, Felipe Pinglo y Lucha Reyes.

Pero basta recorrer Lima para comprobar quién ganó la batalla comercial. Hay más calabazas que guitarras, más esqueletos de plástico que cajones y más entusiasmo por pedir dulces que por escuchar un vals. La alienación también tiene marketing y un gran presupuesto.

Después nos preguntamos por qué tenemos una sociedad desconectada de su identidad y políticos que parecen salidos de una película de terror. No olvidemos que estos mismos ciudadanos, convertidos en zombis festivos, mañana llenarán las ánforas electorales.

José María Arguedas decía: «Yo no soy un aculturado». Qué lejos estamos de comprender esa lección. Celebrar lo extranjero no es el pecado; el problema es avergonzarnos de lo propio.

Arguedas se negó a ser un aculturado. Muchos peruanos, en cambio, parecen empeñados en convertirse en una caricatura importada celebrando Choloween. Espero que los disfraces no nos impidan reconocer a los verdaderos monstruos.

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El fuero de la familia: patria potestad, soberanía educativa y la derrota del dogmatismo globalista

Lee la columna de Raúl Allain

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5 días ago

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01/11/2026

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Raúl Allain

Por Raúl Allain

No deja de resultar chocante observar cómo, bajo el pretexto edulcorado del progreso y la modernización pedagógica, se ha perpetrado una de las injerencias más sistemáticas contra la célula fundamental de la sociedad peruana. Durante años, el debate educativo en el Perú dejó de gravitar sobre la excelencia académica, la infraestructura escolar o la urgente alfabetización digital de nuestros estudiantes.

En su lugar, los pasillos del Ministerio de Educación (MINEDU) se convirtieron en el laboratorio predilecto para la experimentación de una burocracia ideologizada que asumió como misión propia la reingeniería moral de nuestras futuras generaciones.

Como sociólogo y analista político, me he detenido con frecuencia a examinar este fenómeno, que va más allá de un simple desencuentro pedagógico. Estamos ante un conflicto sociológico de fondo entre dos concepciones irreconciliables de la sociedad: por un lado, la visión colectivista, que concibe al Estado como el propietario moral de los niños; por el otro, la tradición jurídica y humanista, que reconoce a la familia como el cuerpo intermedio soberano y anterior a la propia estructura estatal.

Cuando la tecnocracia progresista intentó arrogarse el derecho de moldear la conciencia de los hijos a espaldas de sus padres, quebrantó un pacto social tácito que garantizaba la estabilidad y la paz cívica en nuestra patria.

Esta captura institucional no fue un accidente fortuito ni el resultado de una demanda espontánea de la ciudadanía peruana. Respondió, más bien, a una estrategia de penetración cultural minuciosamente financiada desde el exterior y amparada por burocracias multilaterales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la Organización de los Estados Americanos (OEA).

A través de informes técnicos redactados con la ambigüedad deliberada del lenguaje globalista y de convenios condicionados a la recepción de fondos internacionales, se fue introduciendo en el Currículo Nacional el denominado «enfoque de género». La coartada perfecta era la lucha contra la violencia; la realidad objetiva, sin embargo, fue la implantación de un dogma identitario y anticientífico que pretendió desdibujar la naturaleza biológica e imponer una redefinición ideológica de la afectividad y la sexualidad humana.

¿En qué momento consentimos los peruanos que agentes externos y ONG financiadas desde el extranjero dictaran lo que nuestros hijos deben pensar en las aulas? La respuesta se halla en la abdicación histórica de una clase política complaciente que, por temor al estigma de la corrección política o por la comodidad de alinearse con los dictados de las agendas internacionales, le cedió la soberanía educativa al activismo caviar.

Se olvidó así, de un plumazo, lo que consagra con absoluta claridad el artículo 13 de nuestra Constitución Política: el derecho primordial y la responsabilidad inalienable de los padres de familia de educar a sus hijos y de elegir los centros de educación según sus convicciones. También se pisoteó el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que establece con nitidez que los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.

El objetivo profundo de este dogma no era la equidad de oportunidades entre hombres y mujeres, un valor que cualquier sociedad democrática y justa respalda sin ambages. El verdadero propósito del activismo de género fue siempre la disolución de la autoridad familiar.

Al debilitar la patria potestad y sembrar la desconfianza entre padres e hijos, el Estado de sesgo progresista busca eliminar al principal contrapeso moral que impide el control totalitario de la sociedad. Un niño desarraigado de las convicciones morales, éticas y religiosas de su hogar es un ciudadano infinitamente más manipulable por la propaganda estatal y el consumo ideológico del momento.

Afortunadamente, el pueblo peruano posee una reserva moral y un instinto de supervivencia cívica que la intelectualidad de gabinete jamás logró comprender. Frente al avance impúdico de esta agenda en las escuelas públicas y privadas, emergió desde las bases populares, las comunidades eclesiales, las asociaciones de padres de familia y el empresariado independiente un movimiento social sin precedentes en nuestra historia reciente: «Con mis hijos no te metas».

Con marchas multitudinarias en las calles de Lima y en las principales provincias del país, el ciudadano de a pie demostró que la defensa de la familia no es un capricho de élites ni una postura fundamentalista, sino una causa democrática en favor de las libertades civiles y la soberanía nacional.

Ese despertar ciudadano encontró finalmente su canalización legislativa en la promulgación de la Ley N.º 31498, una norma histórica que devolvió a las asociaciones de padres de familia la facultad de vetar y supervisar la elaboración de los materiales escolares antes de su distribución por parte del Estado.

La aprobación de esta ley no solo constituyó un triunfo legal incontestable; representó, sobre todo, una rotunda victoria conceptual de la derecha soberanista sobre el monopolio ideológico del MINEDU. Se demostró que, cuando la sociedad civil se organiza y exige el respeto a sus derechos fundamentales, las burocracias no tienen más remedio que retroceder.

El fracaso de la educación politizada en el Perú salta a la vista al revisar los indicadores reales del aprendizaje. Mientras el aparato del ministerio gastaba sumas millonarias en consultorías sobre lenguaje inclusivo, capacitaciones con sesgo ideológico y material impreso saturado de adoctrinamiento, los niveles de comprensión lectora y razonamiento matemático de nuestros estudiantes se mantenían en niveles alarmantes.

Se descuidó lo esencial por atender lo adjetivo. Se cambió la enseñanza de la historia patria, la literatura clásica y el rigor científico por un tribalismo identitario que fragmenta a los alumnos y los empuja al resentimiento.

Es hora de pasar de la defensa reactiva a una contraofensiva cultural y geopolítica de gran alcance. La derecha en el Perú no debe conformarse con frenar los excesos de la agenda globalista; tiene el deber de liderar una reconstrucción profunda del sistema educativo que sirva de modelo para toda América Latina.

No necesitamos un Estado tutor que imponga dogmas morales, sino un Estado eficiente que garantice una educación de vanguardia, enfocada en el mérito, la excelencia académica y la formación del carácter.

El primer paso de esta transformación consiste en reorientar de manera radical el presupuesto público. Cada sol que hoy se despilfarra en consultorías ideológicas, monitoreos de género y contratos con ONG militantes debe ser transferido a la infraestructura escolar, la conectividad digital en las zonas rurales, el equipamiento de laboratorios de ciencias y la dignificación salarial de los maestros que demuestren verdadera vocación y capacidad pedagógica.

Debemos sustituir el adoctrinamiento por la meritocracia, tanto para los alumnos como para los docentes.

Propongo, en ese sentido, el retorno a un modelo educativo clásico y patriótico. Un modelo que restaure la enseñanza rigurosa de la historia del Perú sin los sesgos de la narrativa caviar, que fomente el orgullo por nuestro legado cultural y que inculque el civismo, el respeto a las instituciones republicanas y el amor a la patria.

Un estudiante que conoce la historia de sus héroes, que domina la matemática, que comprende los principios de la física y que redacta con propiedad es un ciudadano libre, maduro y preparado para competir con éxito en el mercado global.

En el plano geopolítico, el Perú debe asumir un rol de liderazgo soberanista en la región. Ha llegado el momento de plantar cara con firmeza ante la OEA, la CEPAL y las agencias de las Naciones Unidas que pretenden condicionar la ayuda internacional o la cooperación técnica a la aceptación de sus agendas sociales.

Debemos articular un bloque de naciones hispanoamericanas que defienda la soberanía jurídica de los Estados, el fuero de la familia y el respeto a la libertad de conciencia frente al dictado del burocratismo transnacional. La verdadera cooperación internacional se basa en el respeto mutuo entre países soberanos, no en el vasallaje ideológico.

La defensa del derecho preferente de los padres a educar a sus hijos es, en última instancia, la defensa de la libertad misma. Si permitimos que el Estado decida qué deben pensar nuestros hijos sobre la moral, la verdad y la naturaleza humana, habremos entregado el último reducto de la autonomía individual.

Por el contrario, al blindar a la familia frente a la intromisión estatista, garantizamos la existencia de una sociedad libre, plural y resistente ante las tentaciones autoritarias.

El Perú se encuentra ante la oportunidad histórica de dejar atrás la era de la manipulación ideológica y abrazar una era de renacimiento educativo basado en la ciencia, la libertad y los valores tradicionales. La familia peruana ha demostrado su inquebrantable fortaleza al ponerse de pie y decir basta.

Toca ahora a las fuerzas vivas de la nación, desde la tribuna del periodismo independiente, la academia seria y la política patriótica, consolidar esta victoria y construir una educación a la altura de la grandeza de nuestra patria.

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