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El gobierno de la bancocracia

Lee la columnade Tino Santander

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16/09/2026

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Redacción Lima Gris
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Por Tino Santander Joo

La bancocracia es el gobierno de los bancos. El Estado de derecho es una ficción cuando el poder financiero controla el origen y la interpretación de la ley. En el Perú gobiernan cuatro bancos —BCP, BBVA, Interbank y Scotiabank— que monopolizan el 88% del crédito y son dueños de AFPs, seguros, centros comerciales, industrias agroalimentarias, laboratorios, farmacias, clínicas, universidades y colegios, además de digitar los medios y a la clase política.

La SBS, Indecopi, el Congreso, el Poder Judicial y la Fiscalía no son poderes autónomos: están subordinados a la bancocracia. Quienes la desafían son amenazados con juicios coactivos, matones y estudios jurídicos mafiosos que aterrorizan a millones de familias incapaces de pagar sus créditos desde la pandemia.

El programa «Reactiva Perú» demostró esta captura del Estado. Iniciado con Vizcarra con S/ 30,000 millones y ampliado a S/ 90,000 millones —cerca del 8% del PBI—, se diseñó con tasas de 0.50%, pero los fondos se dirigieron a las grandes empresas. Mientras miles de empresas familiares quebraban, los bancos las amenazaban con ejecutar sus garantías. La «Coordinadora de Familias por una Banca Solidaria» (COFABS) y otros colectivos propusieron al Congreso, al Ejecutivo y al BCR un «Reactiva Familiar» para créditos hipotecarios y de trabajo con las mismas tasas y garantías. La respuesta oficial fue que era inconstitucional y populismo. Ni las movilizaciones, ni los pedidos, ni los dieciocho suicidios por deudas conmovieron a los gobernantes al servicio de la bancocracia.

Los oficiales del Ejército que me entregaron el informe confidencial de la SBS —donde se documentan los aportes ilegales del BCP al fujimorismo— temían represalias judiciales e institucionales; por eso se reunían conmigo, con Fernando Casanova y con Raúl Monteagudo clandestinamente. No era especulación: la SBS determinó que Dionisio Romero Paoletti dispuso la entrega de US$ 3.65 millones en efectivo a Keiko Fujimori en 17 partidas desde la bóveda del BCP entre noviembre de 2010 y mayo de 2011, sin conocimiento del directorio ni reporte a las autoridades. El banco fue sancionado con S/ 1.7 millones. Si el delito lo hubiera cometido un funcionario de una caja municipal, estaría preso y habría recibido multas millonarias, no ripios como los que le impusieron al BCP.

Y ahora la bancocracia quiere dar un paso más. Keiko Fujimori no solo fue su candidata: es su gobierno. Su primera gran medida lo confirma. Mediante un pedido de facultades legislativas por 120 días, pretende derogar la Ley 31143, la «ley antiusura», vigente desde marzo de 2021, que obliga al BCRP a fijar topes semestrales a las tasas de interés. Para mayo-octubre de 2026, el límite es de 114.13% anual en moneda nacional. Eliminarla significa legalizar la usura, consolidar el monopolio de los cuatro bancos y dejar indefensos a los deudores hipotecarios, de consumo y de trabajo.

El argumento de los bancos y de su gobierno es que la ley excluyó a cientos de miles de personas del sistema formal y empujó a más de 600,000 hogares urbanos a prestamistas informales. Sostienen que eliminar los topes permitirá que más personas accedan al crédito formal, aunque sea a tasas más altas. Pero la pregunta no es si más personas accederán al crédito, sino a qué costo y con qué capacidad de pago. Además, el Tribunal Constitucional validó la ley antiusura en marzo de 2024, declarando que «la usura es sinónimo de alto interés, desproporcionado, excesivo, en el precio de los préstamos».

Nos sorprende que la crítica provenga también de medios y políticos de derecha, que han señalado que esta medida favorece exclusivamente a los bancos. La senadora Katherine Ampuero, de Renovación Popular y exprocuradora del caso Lava Jato, advirtió que eliminar los topes «podría terminar favoreciendo a los grandes grupos financieros» y preguntó: «¿A quiénes beneficia esto? ¿Buscan devolver favores?». La diputada Roxana Rocha, vocera de Renovación Popular, señaló que su bancada evalúa el pedido con cautela: «Facultades sí, pero cheque en blanco no». Y el excongresista Víctor Andrés García Belaúnde, de Acción Popular, ha sido categórico: «Los intereses que cobran los bancos son un asalto que no se puede tolerar» y en el Perú «los bancos no tienen límites». Mientras tanto, la izquierda está callada o comprada, como en el Congreso pasado.

Ese es el verdadero rostro del fujimorismo: no defiende la ley, defiende a los bancos; no defiende el orden, defiende el despojo; no defiende a los peruanos, defiende la bancocracia.

¿Qué hacer para acabar con ella? El presidente Pepe Mujica me dijo: «la mejor manera de acabar con el crédito caro es la competencia». Ese es el canto de sirena que el liberalismo quiere que escuchemos absortos, y suena tan ingenuo y desafinado cuando en el Perú los cuatro bancos controlan el 88% del crédito y a la SBS. Necesitamos una banca de fomento, cajas municipales que compitan. Brasil lo hizo con su banca pública; Inglaterra tuvo que abrir los datos financieros a la fuerza. El Perú debe movilizarse contra los políticos que impiden la libre competencia financiera. El crédito barato no será un regalo del mercado: será una conquista popular.

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Cuando el fútbol no puede salvarte

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Cuando el fútbol no puede salvarte

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16/09/2026

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Redacción Lima Gris

Por Julio Aguilar

La mañana del 4 de abril del 2000 parecía ser una mañana como cualquier otra. Ivana Saric, madre de familia, se dirigió a la habitación de su hijo para llamarlo a desayunar.

«Mirko, el desayuno está listo», dijo apenas entrando a la habitación.

Al verlo dormido, decidió dejarlo y regresar al comedor. Una hora más tarde, resueltamente volvió para ver si ya se encontraba despierto. Sin embargo, la escena que encontró en esa habitación de la casa, ubicada en el barrio de Bajo Flores, fue devastadora: él estaba ahorcado por una sábana atada a la barra metálica que una de sus hermanas usaba para hacer ejercicio.

Desesperada, la madre pidió ayuda. Infructuosos fueron los esfuerzos de vecinos y familiares por tratar de devolverlo a la vida. Mirko Saric, una de las promesas nacientes del fútbol, estaba muerto. Tenía 21 años.

Maravillaba a los hinchas con sus gambetas y poseía una buena pegada con la pelota. Hizo su debut en el primer equipo de San Lorenzo de Almagro, club al que llegó junto a su hermano Martín cuando ambos eran apenas unos niños. Fue el 22 de diciembre de 1996, de la mano del «Cai» Aimar, durante un partido contra Unión de Santa Fe correspondiente a la última fecha del torneo argentino, el cual terminó en derrota por 2 a 0. Pese al mal sabor, este encuentro atestiguó los primeros pasos de una nueva estrella.

Tras haber probado las mieles de la primera división, el cuerpo técnico decidió que lo mejor era llevar ese talento paso a paso. Jugó en la reserva del club, integrando aquel inolvidable equipo campeón de la tercera división conocido como La Cicloneta.

Poco tiempo después, el 31 de enero de 1998, fue titular por primera vez en un partido contra River Plate. El «Millonario» no pudo ante un San Lorenzo que arrasó con una goleada de 5 a 2, con el joven Mirko como protagonista sobre el terreno de juego.

El bautismo goleador de este pibe de ascendencia croata fue en la segunda fecha del Clausura 98, en el Cilindro de Avellaneda, el estadio de Racing. Tras una hermosa jugada con asistencia del «Pipo», cacheteó la pelota marcando el segundo gol del equipo de Bajo Flores, aunque, irónicamente, el partido terminó en victoria de los de Avellaneda.

Era conocido por su carisma y buen corazón; era habitual que ayudara a los chicos de las inferiores llevándolos a comer a su casa y, a veces, dejando que se quedaran a dormir allí con el objetivo de que mejoraran su rendimiento.

Todo parecía marchar bien en la vida del crack. Sin embargo, tras un partido disputado contra Rosario Central en abril de 1999, algo comenzó a romperse cuando un carrito de asistencia médica lo atropelló accidentalmente mientras realizaba calentamientos previos en la zona técnica.

Pese a las circunstancias, Mirko pudo disfrutar de algunos episodios más de gloria con el fútbol, como en la victoria ante Racing: tras el gol, protagonizó una corrida que terminó en un abrazo con el entrenador del equipo, el «Cabezón» Ruggeri. Aquel fue su último gol en primera.

Bajó nuevamente a la reserva por supuestos rumores de actos de indisciplina. El 19 de diciembre de 1999 se consagró campeón con el «Ciclón» por última vez. Durante ese partido sufrió una lesión de ligamentos cruzados, hecho que frustró opciones de futuros traspasos. Nadie sabía que Mirko, en ese entonces, atravesaba por un cuadro de depresión.

Lo que determinó su desenlace fue un conflicto personal que tuvo con la que era su pareja en aquellos años, tras enterarse de que el hijo que esperaba no era suyo. Oscar Ruggeri declaró once años después que el mismo Saric le dijo, pocos días antes de su suicidio, que no le encontraba sentido a la vida más allá de todo lo que estaba logrando siendo tan joven. «No pasa por ahí», le dijo el volante.

La noche del 3 de abril del 2000 le dijo a sus padres: «Los quiero mucho, pero lo mío ya no tiene solución». Días antes había visitado a sus amigos, casi como en un ritual de despedida. Al día siguiente, el 4 de abril, Mirko tomó en silencio la fatal decisión de irse.

La depresión es uno de los temas sobre los cuales se habla poco, no solo dentro del fútbol, sino en distintos ámbitos. Hoy, 10 de septiembre, como cada año, se conmemora el Día Internacional para la Prevención del Suicidio. Quienes atraviesan por algún momento doloroso en realidad no desean morir; al contrario, desean buscar una salida que le ponga un punto final a ese sufrimiento.

“Detrás de cada persona, de cada sonrisa, hay una historia que espera ser escuchada sin juicios. Dejemos de tratar estos temas como tabú; es necesario tomar conciencia de ello. Una palabra, una amistad o el solo estar pueden salvar una vida”.

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Diógenes, de Leonardo Barbuy (2023)

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14 horas ago

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16/09/2026

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Mario Castro Cobos

Me resultó útil observar que este director filma bien a los animales. No es una afirmación banal. No intento hacer un chiste. Se detiene en ellos. Los sabe mirar, sabe captarlos. No tanto como debería y, de hecho, podría. Y ahí me da una clave. Lo mismo (quiero decir, en la manera de filmarlos, y en el momento en que los filma) debió hacer con los humanos. Para que uno sintiera que sus personajes estaban vivos. Ah, los humanos. Los personajes. Que se supone son los protagonistas. Pero no estoy tan seguro de eso.

Tomo el muy usado chiste de cuando una película no parece del todo satisfactoria (por decir lo menos) y se dice: ‘pero tiene buena fotografía’. Se ha dicho, con razón, acerca de esta película, que su fotografía es muy buena y que la película es muy estética. Y también que no basta… Pero si trato de ir más allá de esto que parece obvio si uno no es ingenuo: ¿qué significan estas afirmaciones? ¿de dónde vienen y adónde me llevan? ¿qué es lo que falta aquí? Que la belleza de la fotografía por sí sola no salva.

Creo que para efectos prácticos, podría dividir la cosa, el objeto en dos apectos: estética y dramaturgia. Mi tesis: la estética de esta película exige otra dramaturgia. No la de siempre. No la tonta y habitual desgracia del cine peruano. Suena simple, aunque trataba de entender qué era lo que faltaba, o no funcionaba, la ausencia emocional, mientras veía la película. Otra manera de decirlo: contar, sensorialmente, sensualmente, pictóricamente, fotográficamente, plásticamente, tal como se hace aquí (al menos de una manera relativa) exige otro tratamiento de los personajes. Había que tomarlos tal vez no tanto como ‘personajes’ y más como objetos o figuras (sí, como las tablas de Sarhua) o ‘animales’ (sí, el inconsciente, o la integridad del ser) y no someterse sin más a una representación realista. Necesitamos otro realismo o realidades ‘nuevas’.

-Justamente cuando el niño imita repentinamente a un perro, veo la prueba palmaria de lo que pensaba. Nunca actúa mejor. O cuando una niña alza las manos, los brazos, la apreciamos de espaldas, una mujer le pone un vestido y luego una chompa. O antes, cuando otra niña zamaquea a su padre, que sí, está muerto. En un sentido, son ‘acciones’, acciones físicas y no ‘actuación’. Otra escena: les van a tomar una foto, son muchos personajes, grados diferentes de tensión en muchas caras, diversidad de gestos. Están posando, lo cual no quita el sabor documental.  

También me preguntaba si solo con la hasta cierto punto hábil imitación de ciertas formas de cierto cine se podía efectivamente llegar al espíritu. Si este trabajo o viaje ‘desde fuera’ podía llegar ‘dentro’. Lo que vi, por otra parte, más que hechos históricos, me parecen representaciones de hechos míticos o simbólicos. O de ritos. De nuevo: todo eso exigía sólida artificialidad. O como ya he dicho, su otro extremo, una naturalidad zen (como la de los animales, donde forma y espíritu son una coherencia y una continuidad).  

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Mi tía Pocholita

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2 días ago

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14/09/2026

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Redacción Lima Gris

Por Juan José Sandoval


Curiosa forma de actuar, carente de convicciones, la de aquella escribana que se ufana de su identificación con los colores de un equipo de fútbol y se cree intelectual de compromiso con el bien social, pero que, cuando gana su club, evidencia un racismo incomprensible. Progres de oficina, fachos de estadio.

En el año 93 surgió una camada en Alianza Lima a la que llamaron ‘los Potrillos’, evocando a aquel mítico equipo que se perdió en el mar de Ventanilla. Venían con la alegría del pueblo, brindaban espectáculo y la hinchada disfrutaba con ellos. El plantel volaba, los resultados eran favorables y se mantuvieron en la punta durante más de la mitad del torneo.

Luego vino un bajón que permitió que el clásico rival, Universitario, se acercara a paso firme. Para reforzar al equipo llegó el arquero de la selección ecuatoriana, un extraordinario imitador de René Higuita. Tanto replicó su estilo que también perdió un balón decisivo. En Matute, nuestro Higuita falló tras todo el show ofrecido y perdimos un partido clave. El siguiente encuentro era el clásico.

Mi hermano, el negro Rafo, aún no era mayor de edad, pero ya manejaba auto propio. Nos fuimos al estadio aprovechando las entradas de cortesía que le daban a mi papá por su labor como dirigente. Matute reventaba con hinchas de ambos bandos. A mí la fiesta cromática de la tribuna siempre me impactó; toda esa explosión de vida en la cancha me despertó la sensibilidad por el arte.

En aquel partido tenso perdimos el liderato. El Higuita bamba no pudo contener el vendaval y la ‘U’ marcó el 1-0 con gol de Baroni. Lo que vino después fue un monólogo de ataque blanquiazul por todos los flancos posibles. Sin embargo, el empate nunca llegó.

Aunque no era la primera vez que íbamos solos, nunca habíamos dejado el carro en la calle, pero el estacionamiento interno estaba lleno. Al salir, en medio de la desolación de perder un clásico en casa, nos dimos cuenta de que no conocíamos bien las calles aledañas a Matute. Empezamos a buscar el auto por cuadras que se nos hacían cada vez más parecidas. «Se lo han robado», pensamos. Estuvimos cerca de una hora dando vueltas por La Victoria, hasta que apareció estacionado y a buen recaudo en la puerta de una bodega regentada por la señora Pochola.

Han pasado más de 30 años y, cada vez que juega Alianza, nos estacionamos en la esquina de mi tía Pochola. Aunque ella ya no está con nosotros, su legado sigue vigente en lo que hoy se conoce como el ‘Caminito Íntimo’, un rincón que evoca la fiesta del fútbol y la historia de La Victoria.

‘Pocholita, corazón para tomar’ es uno de los emprendimientos surgidos a partir de la consolidación de este espacio. Son familias que apostaron por la gastronomía o el ambiente futbolero para las ‘previas’. El lugar es cada vez más concurrido y la gente disfruta su pasión entre platos criollos, cervezas y cánticos tribuneros.

El ‘Caminito Íntimo’ fue embellecido con murales por el colectivo ‘Todas las Sangres’, integrado por hinchas aliancistas y artistas profesionales que distan del estigma del barrista violento y apuestan por la construcción de identidad. Por eso, al margen del resultado, el aliancista de a pie entiende el fútbol como la vida misma: con triunfos y derrotas, la lucha continúa al día siguiente.

Horas antes del último encuentro, vándalos que escudan la delincuencia tras la camiseta intentaron quemar el ornato vecinal del ‘Caminito’. Solo lograron fortalecer un espacio que hoy destaca por su integración, su proyección social y su rescate cultural a través del arte.

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El gobierno de Keiko Fujimori: ¿Rigor histórico o fujimorización de la historia?

Lee la columna de Leonardo Serrano Zapata

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2 días ago

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14/09/2026

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Leonardo Serrano Zapata

El ministro de Educación, José Antonio Chang, promete borrar la ideología de los libros de texto. El Minedu ya enseña sobre el terrorismo desde 2024. Lo nuevo, con el gobierno de Keiko Fujimori, es la sospecha: ¿rigor para la memoria y justicia para las víctimas del terrorismo en el Perú, o rigor para fabricar un héroe?

El ministro de Educación, José Antonio Chang, se paró frente a las cámaras hoy 14 de setiembre, durante la presentación del Plan Nacional de Educación 2026-2031, y soltó la frase del día: “No debe haber una interpretación ideológica de la historia, vamos a recurrir al rigor de la historia”.  Sí, leyó bien: el MINEDU de la presidenta Keiko Fujimori nos va a enseñar rigor histórico. Sobre el terrorismo en el Perú.

Se refiere, a cómo se enseñará en los colegios lo ocurrido entre 1980 y 2000. Y la respuesta correcta, la que cualquier manual serio ya debería tener clara, es una palabra de cuatro sílabas: te-rro-ris-mo. No «época de violencia”. Terrorismo, con nombre y apellido: Sendero Luminoso puso coches bomba en mercados, asesinó policías y militares, dinamitó torres eléctricas y ejecutó campesinos que se negaban a colaborar. Eso es, precisamente, lo que más duele a quienes perdimos a alguien en esos años.

Revisemos que se entiende como rigor científico, para Casadevall y Fang, 2016, como se citó en Vasconcelos et al., 2021. El rigor científico implica un diseño experimental sólido, con controles y réplicas, análisis estadístico adecuado, reconocimiento de errores y honestidad intelectual. No existe un criterio único que lo defina: ni el diseño más cuidadoso es riguroso si la interpretación es deshonesta o incurre en falacias lógicas.

Si el gobierno de Keiko Fujimori pretende desarrollar la competencia lectora y el pensamiento histórico, que lo haga, pero sin censurar textos. ¿Cuál será la nueva selección de textos del MINEDU? ¿A qué le llaman rigor histórico? Limitar la lectura de un texto sería deshonestidad intelectual, y permitir esto suspendería nuestra finalidad educativa. La de promover el pensamiento crítico, la creatividad y el razonamiento, competencias fundamentales del siglo XXI.

Aquí viene la parte incómoda para lo anunciado por el ministro Chang: esto ya se enseña. El Minedu publicó entre 2024 y 2025 dos documentos “Propiciamos la vida en democracia”, material de soporte para que los docentes de primaria y secundaria trabajen la historia de la subversión y el terrorismo, en cumplimiento de la Ley 31745. El marco legal y el material pedagógico ya existían antes de que Chang subiera al estrado a anunciar, que ahora sí vamos a tener rigor al momento de desarrollar las competencias Convive y participa democráticamente en la búsqueda del bien común (Desarrollo Personal, Ciudadanía y Cívica) y Construye interpretaciones históricas (Ciencias Sociales) de las áreas del CNEB.

Uno se pregunta, entonces, qué es exactamente lo nuevo aquí. ¿El contenido? Eso también existe. O es parte del plan presentarlo como si el Perú jamás hubiera hablado de terrorismo en un aula. ¿Se trata de una amonestación o censura encubierta de los textos qué cuentan verdades incómodas sobre la historia del terrorismo?

Porque, ojo, durante 23 años el Estado peruano ya había llamado a las cosas por su nombre: el informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, publicado el 28 de agosto de 2003, estimó 69.280 víctimas fatales entre muertos y desaparecidos, y le atribuyó a Sendero Luminoso el 54% de esas víctimas —12.564 personas—, eso ya estaba escrito.

También hubo abusos gravísimos del Estado —Barrios Altos, La Cantuta, el Grupo Colina—, responsable de cerca de un tercio de los casos reportados a la CVR. Esos crímenes merecen enseñarse con el mismo nombre y el mismo peso.

No hay empate moral entre quien vuela un mercado lleno de gente que solo iba a comprar el pan, y un Estado que, tenía el deber legal de protegernos, terminara cometiendo crímenes atroces. Diluir ambas cosas no es rigor: es desmemoria disfrazada de neutralidad.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos declaró responsable al Estado peruano por la masacre de La Cantuta en su sentencia del 29 de noviembre de 2006, y ordenó reparaciones a los familiares de las diez víctimas ejecutadas o desaparecidas. Ese nivel de precisión jurídica —nombre por nombre, familia por familia— es exactamente el tipo de rigor que también le pedimos al Estado cuando se trata de Sendero Luminoso y el MRTA. El rigor no puede ser selectivo: si existe para condenar al Estado por La Cantuta, debe existir con la misma fuerza para nombrar a quienes pusieron las bombas o mataron civiles desarmados.

Esas verdades se muestran en el Lugar de la Memoria (LUM).

Y aquí aparece las sospechas obligadas, la que cualquier persona con memoria y sentido común debería hacerse: ¿por qué justo el gobierno de Keiko Fujimori decide, en 2026, que hay que hablar de rigor histórico? ¿Se busca justicia para las víctimas, o se busca, de paso, ir preparando el terreno para blanquear los crímenes de Estado del gobierno de su padre Alberto Fujimori?

Porque la memoria completa no funciona a la carta: no se puede pedir precisión para nombrar a Sendero Luminoso y, al mismo tiempo, esperar amnesia selectiva para todo lo que incomoda del fujimorismo.

Son preguntas legítimas y no las voy a callar solo porque, en el fondo, comparto el diagnóstico: sí, hay que llamar terrorismo al terrorismo. Eso no es ideología. Es lo mínimo que la historia nos debe a las víctimas del terrorismo, entre ellas, las más de 26 mil personas que murieron o desaparecieron solo en Ayacucho, la mayoría campesinos quechuahablantes cuya tragedia el resto del país apenas sintió como propia.

Y mientras el ministro habla de rigor, en Loreto ocurría algo que debería preocuparnos más: Martín Reátegui Bartra, sentenciado por su participación en Sendero Luminoso, compartió un acto público con oficiales de la Marina del Perú y autoridades del Estado, como si nada hubiera pasado (https://limagris.com/exterrorista-de-sendero-luminoso-y-sus-vinculos-con-altos-oficiales-de-la-marina-en-iquitos/). Ese es el verdadero termómetro del rigor histórico de un país: no lo que dice un ministro en un podio, sino a quién le permitimos sentarse junto a las autoridades sin que nadie pestañee.

Y aquí llegamos al verdadero riesgo detrás de este «rigor»: que la historia oficial termine convirtiendo a Alberto Fujimori en el artífice solitario de la derrota del terrorismo, una especie de héroe sin cuya intervención no habría sido posible, por ejemplo, la captura de Abimael Guzmán y la cúpula de Sendero Luminoso o la de Víctor Polay Campos y los miembros del MRTA. Eso no sería historia. Sería propaganda con toga de rigor académico.

Que se enseñe todo, entonces. Que el terrorismo se llame terrorismo y los crímenes de Estado se llamen crímenes de Estado. Lo único que no deberíamos permitir —ni de un lado ni del otro— es que el aula de clases sea el lugar donde la historia se acomoda para no incomodar a nadie, y donde el apellido de quien gobierna hoy quede convenientemente fuera del pizarrón y menos que desde las aulas se vuelva adoctrinar a los jóvenes para tomar las armas en contra del Estado.

Bienvenido, pues, el «rigor histórico» del ministro Chang si se trata de desarrollar competencias básicas en los estudiantes. Ojalá no nos llegue, disfrazado con el slogan del detergente Bolívar: “Para cuidar las fibras que más importan”. Las de la familia Fujimori.

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Cero cultura y más cemento: ¿así quieren gobernar Lima?

Algunos prometen cultura sin conocerla, como quien vende libros jamás leídos desde un municipio

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2 días ago

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14/09/2026

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Luis Felipe Alpaca

Hoy Lima exhibe a cientos de candidatos para las 43 municipalidades distritales de la capital. En las calles aparecen millonarias portátiles, globos, paneles, pasacalles, caravanas y despliegues publicitarios. Pero ¿quién paga todo eso? ¿Invierten tanta plata para llegar al sillón municipal? Mientras tanto, ofrecen el oro y el moro en seguridad ciudadana, infraestructura urbana, obras públicas, hospitales y albergues para seducir al elector; pero de cultura, casi nada.

Hay dos razones. La primera, desconocen qué son las industrias culturales, los bienes culturales y peor aún, qué significa patrimonio cultural material e inmaterial. La segunda, no les interesa la cultura. No les interesa el cine, el arte, la música, la creación literaria, la poesía ni otras expresiones artísticas.

Lima Metropolitana tampoco es la excepción. Si bien funciona una Gerencia de Cultura, se ha mantenido en piloto automático con propuestas anodinas y nada trascendentes como alguna vez lo fue la Bienal de Lima. Si alguien sostiene lo contrario, probablemente tiene empleo en la gestión de turno y solo busca asegurar sus nexos.

En todos los distritos existen buenos artistas, pero permanecen invisibilizados. SJL alberga numerosos creadores, pero ninguna gestión municipal los apoya. Ellos mismos organizan ferias públicas y eventos culturales; igual ocurre en la periferia.

En Miraflores y San Isidro los eventos culturales son variados y algunos sí son propuestas municipales, pues ambos tienen centros culturales municipales funcionando. Pero Barranco, distrito de tradición literaria, poética, bohemia, cultural y artística, todavía no tiene un centro cultural y nunca lo tuvo.

Ahora algunos candidatos barranquinos hablan de impulsar la cultura para captar votos, pero sus discursos delatan que no saben de nada de ella y parecen no haber asistido nunca a una obra de teatro, un recital de poesía, ni abierto un libro. Aun así, reparten volantes donde dice “cultura”, como simple relleno de campaña.

Si Barranco aún conserva cultura, es por su comunidad artística de escritores, poetas, fotógrafos y pintores que sobreviven con propuestas particulares. El municipio nunca hizo nada por ellos y los últimos alcaldes que hoy vuelven a postular vendieron humo con proyectos anodinos e intrascendentes. Ahora regresan con el mismo viejo truco para ofrecer humo disfrazado de cultura. Porque gobernar un municipio también exige cultura; sin embargo, solo administran cemento, propaganda y mediocridad política.

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Soberanía nacional o tutelaje internacional: la defensa de la Constitución y la paz social Foto del avatar

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3 días ago

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14/09/2026

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Raúl Allain

Hay mañanas en las que recorrer Lima implica enfrentarse a una realidad incuestionable: el temor cotidiano de la gente de a pie. En el mostrador del panadero, en la charla apresurada del chofer de micro o en la mirada atenta del pequeño comerciante que atranca su puerta al caer la tarde, se respira una misma exigencia implorada en silencio: orden, seguridad y autoridad. Sin embargo, cuando el Estado peruano intenta responder a esa demanda social con leyes firmes para desarticular el crimen organizado o encarcelar a los enemigos de la democracia, tropieza de inmediato con un muro invisible de burocracias internacionales y pronunciamientos ideologizados que pretenden congelar la soberanía del país.

Resulta indispensable plantear el debate sin rodeos ni ambigüedades. En el Perú actual existe un derecho humano fundamental que ha sido sistemáticamente desplazado del debate público: el derecho a la autodeterminación democrática, a la soberanía jurídica y al imperio de la ley nacional. Durante las últimas décadas, la izquierda peruana y regional ha desplegado una estrategia astuta mediante la captura y uso político de las plataformas internacionales de derechos humanos. Lo que en su origen nació como una reserva moral para evitar tiranías se ha transformado en un mecanismo de interferencia vertical sobre la voluntad popular.

Esta dinámica no es una casualidad aislada, sino una constante que se observa en diversos rincones de América Latina. Se ha consolidado una suerte de globalismo jurídico mediante el cual comités y cortes transnacionales —integrados por funcionarios y juristas que jamás han sido elegidos en las urnas por los ciudadanos a los que juzgan— imponen mandatos que asfixian la capacidad institucional de las repúblicas. De Chile a Colombia, pasando por el Istmo centroamericano, presenciamos el mismo libreto: cuando la ciudadanía vota por fortalecer las penas contra la delincuencia, proteger la institución familiar o sancionar con dureza la subversión, la narrativa progresista apela a estas instancias extranjeras para anular las decisiones del Poder Legislativo y maniatar al Ejecutivo.

El caso peruano es, sin lugar a dudas, uno de los paradigmas más agudos de esta distorsión. Quienes estudiamos en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y nos formamos en las ciencias sociales sabemos bien cómo se gestan los marcos teóricos en los claustros. Recuerdo con claridad los debates apasionados en las aulas y pasillos universitarios, donde se pretendía normar la vida nacional a partir de abstracciones dogmáticas importadas, divorciadas del sentir de las mayorías. Aquella formación me otorgó el rigor sociológico y el conocimiento analítico para comprender que el verdadero compromiso con el derecho no consiste en someter la Patria a dictámenes foráneos, sino en responder con justicia y eficacia a la realidad social concreta del pueblo peruano.

La interferencia de órganos como la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) ha alcanzado niveles insostenibles para la dignidad republicana. Bajo la fachada de una tutela supranacional, se ha llegado al extremo de pretender frenar leyes destinadas a combatir a las organizaciones criminales, poner cortapisas a la acción de la Policía Nacional y bloquear la sanción definitiva contra los perpetradores de la violencia subversiva. Se ha configurado así un escenario en el cual los derechos de los agresores terminan hipertrofiados, mientras que las víctimas reales —las familias extorsionadas, los pequeños empresarios amenazados y los agentes del orden que entregan la vida en el cumplimiento de su deber— quedan sumidas en la desprotección absoluta.

La trampa conceptual de la izquierda radica en haber construido una equiparación errónea: pretenden sostener que cuestionar el activismo judicial transnacional equivale a renegar de los derechos humanos. Nada más distante de la verdad. Defender el imperio de la ley nacional no significa vulnerar garantías fundamentales; significa reafirmar que la máxima salvaguardia de las libertades de los peruanos radica en nuestra propia Constitución Política de 1993. Es en la Ley Fundamental donde se asientan el equilibrio de poderes, el estado de derecho y el mandato soberano de garantizar la paz pública y el desarrollo integral de la sociedad.

Frente a este escenario de tutelaje ideológico, se abre la oportunidad para una derecha soberanista, moderna y de profundas convicciones patrióticas. Durante años, los sectores conservadores del país cometieron el error de encasillarse en una defensa puramente pragmática de las variables macroeconómicas. Las cifras fiscales son trascendentales, desde luego, pero resulta insuficiente ostentar solidez económica si la arquitectura institucional se deja socavar por el dogma progresista. La derecha tiene hoy el deber histórico de liderar la batalla institucional por el restablecimiento del principio de autoridad y la recuperación completa de la autonomía jurídica del Estado.

Asumir una postura firme de soberanía legal no es una postura aislacionista, sino una reafirmación de madurez republicana. Países con democracias consolidadas a nivel global priorizan sus textos constitucionales y la seguridad de sus ciudadanos por encima de interpretaciones expansivas de tratados internacionales. El Perú no puede continuar atado de manos frente a la criminalidad desenfrenada solo para complacer los estándares burocráticos de oenegés y entes multilaterales. Legislar con total libertad contra el terrorismo residual, las mafias transnacionales de la extorsión y el crimen organizado constituye una obligación constitucional inalienable del Estado.

Recuperar el control soberano sobre nuestras políticas públicas abre amplios beneficios para el desarrollo de la sociedad. En primer lugar, devuelve la confianza ciudadana en la eficacia de las instituciones democráticas. Cuando el poblador de un distrito golpeado por la delincuencia observa que el Congreso aprueba leyes severas y que el sistema judicial las aplica sin vacilaciones ni temores a presiones externas, la legitimidad del sistema político se fortalece. La certidumbre jurídica y la seguridad en las calles son los cimientos reales sobre los cuales florece la inversión privada, el trabajo honesto y el bienestar de las familias peruanas.

Asimismo, la defensa del imperio de la ley nacional actúa como un escudo protector para la cohesión social y la preservación de nuestros valores fundamentales. La protección de la familia como núcleo básico de la sociedad, el respeto a la herencia cultural y el rescate del orgullo patrio son pilares insustituibles para consolidar una identidad nacional sólida. Una nación que cede a entes externos la potestad de decidir sobre sus asuntos internos termina disgregada, vulnerable a los populismos destructivos y desprovista de una dirección clara hacia el futuro.

A esta distorsión jurídica se suma un fenómeno económico y social que no podemos dejar de denunciar: el surgimiento de una próspera industria de la consultoría y el activismo oenegero. Durante años, ciertos grupos de presión han convertido el litigio supranacional y la supervisión de los asuntos internos en un lucrativo modelo de negocio financiado desde el exterior. Para estas elites burocráticas, mantener al país bajo una tutela jurídica permanente no representa un ideal de justicia, sino la garantía de su propio financiamiento y vigencia política, a costa de mantener maniatadas a las fuerzas del orden y vulnerada la tranquilidad ciudadana.

Debemos comprender que la verdadera paz social no surge del sometimiento voluntario a directivas foráneas ni de la aplicación mecánica de modelos legales abstractos, sino de la capacidad real de una nación para resolver sus propios problemas. La seguridad ciudadana no es un lujo negociable ni un concepto teórico para debatir en foros académicos internacionales; es una urgencia vital que condiciona el ejercicio diario de la libertad. Sin orden público y sin calles pacificadas, cualquier catálogo de derechos constitucionales se transforma en una simple promesa de papel sin sustento en la realidad.

Es indispensable además que las fuerzas patrióticas y la ciudadanía en general asuman que la recuperación de la soberanía legal exige un compromiso activo con el debate de las ideas. No basta con lamentar el activismo de las instancias transnacionales en las conversaciones cotidianas o en los espacios periodísticos; resulta prioritario reformar nuestro marco normativo, fortalecer a las instituciones judiciales nacionales y blindar constitucionalmente el derecho del pueblo peruano a legislar en favor de su propia supervivencia institucional y seguridad colectiva.

Es momento de desarmar la retórica progresista que pretende presentar la sumisión internacional como el único camino civilizado. La verdadera democracia no se ejerce en despachos extranjeros ni en foros de tecnócratas, sino en la soberanía de los ciudadanos que eligen a sus representantes para que dicten las normas que regirán su convivencia. Restablecer la supremacía de la Constitución de 1993 y defender con valentía nuestra independencia jurídica son los pasos ineludibles para garantizar un Perú seguro, próspero y auténticamente libre.

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Opinión

Una pelota, una escuela y una bala: la infancia bajo el terror

Lee la columna de Marisol Verónica Giordano Silva

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3 días ago

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14/09/2026

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Redacción Lima Gris

Por Marisol Verónica Giordano Silva

Bocanegra nos recuerda que proteger a nuestros niños no significa solamente cerrar las puertas de las escuelas. Igualmente, a dos cuadras de la región policial del Callao delincuentes atacaron al cantante Engerberth Tapia, quien iba en su camioneta con su hijo de 9 años. En imágenes se ve cuando sacan al niño ensangrentado. Esto ocurrió el último 12 de setiembre.

Hay escenas que una sociedad no debería acostumbrarse a mirar. Un niño corriendo detrás de una pelota, una madre acompañando a las actividades deportivas de esos niños y docentes organizando shows, pasacalles, danzas entre otras actividades artísticas, pero de pronto todo se nubla con balaceras, con un dinamitazo o con bombas incendiarias de los extorsionadores sobre sus objetivos. Eso ocurrió el viernes 11 de setiembre en Bocanegra, Callao.

Mientras se desarrollaban unas olimpiadas escolares, un ataque armado terminó con la vida de dos personas y dejó a otra herida. Según la información difundida por los testigos, los atacantes llegaron en una motocicleta y efectuaron múltiples disparos contra los asistentes. Pero la presidenta Keiko Fujimori pide paciencia y más tiempo.

Lamentablemente, hay algo que no podemos perder de vista: los niños no eran el objetivo del ataque y, sin embargo, también fueron las víctimas. Porque una bala no necesita impactar directamente en el cuerpo de un niño para afectar su vida porque el miedo también deja serias huellas y hoy vivimos una época de terror urbano.

Durante años hemos hablado de la escuela como un segundo hogar. Pero ¿qué ocurre cuando el peligro ya no está solamente en las calles sino frente a las aulas o en los parques y losas deportivas donde los niños acostumbran jugar? El caso de Bocanegra nos obliga a ampliar la mirada, pues la seguridad de la infancia no termina en la puerta de una institución educativa.

Un colegio puede tener protocolos, docentes comprometidos, comités de gestión del bienestar y voluminosos planes tutoriales; pero si al salir de la escuela un niño encuentra un entorno dominado por la violencia, entonces resulta que la comunidad educativa estará en grave riesgo y necesitará de todo el apoyo del Estado para garantizar la vida y la seguridad de dicha comunidad educativa.

En Educación Inicial enseñamos a los niños a convivir, compartir, esperar turnos, resolver conflictos mediante el diálogo y cuidar al otro. Les enseñamos que la escuela es un espacio de protección. Les enseñamos a confiar. Pero, ¿qué mensaje recibe un niño cuando una actividad escolar se convierte en escenario de una balacera por culpa de la delincuencia?

Porque la educación no consiste únicamente en aprender números, letras, colores o desarrollar competencias. Educar también significa garantizar condiciones para que un niño pueda sentirse seguro, escuchado y protegido. Así, la violencia modifica la manera en que los niños perciben su entorno. Y, obviamente, que después de un hecho violento como el ocurrido en Bocanegra, algunos infantes tendrán más miedo de regresar a la escuela o a una actividad deportiva, pudiendo sentir ansiedad todo el tiempo ante los ruidos o los disparos de armas de fuego.

Por eso, el terror no acaba cuando la Policía llega y acordona la zona. También comienza allí una tarea silenciosa: la de acompañar emocionalmente a nuestros niños. La escuela y el aula no pueden estar solos. En el Perú existen experiencias que demuestran que la seguridad escolar puede abordarse de manera articulada y pronto.

Señores padres de familia y respetables autoridades, la prevención tiene que comenzar antes de la tragedia. Necesitamos mapas de riesgo alrededor de las instituciones educativas. Necesitamos coordinación permanente entre los colegios, las UGEL, los municipios, la Policía Nacional, la iglesia de la comunidad y todas las familias, pues debemos preservar el bienestar de la infancia peruana, respetando el principio del interés superior del niño.

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Opinión

Alvarito embajador

Lee la columna de Edwin Cavello

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3 días ago

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14/09/2026

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Edwin Cavello Limas

Álvaro Vargas Llosa, aquel intelectual que alguna vez tuvo palabras durísimas contra el fujimorismo, sería designado embajador del Perú en Estados Unidos. Sí, leyó bien: embajador de Keiko Fujimori. La misma Keiko a la que no concebía como presidenta porque, según Alvarito, representaba “una década en la que imperó en el Perú la corrupción”.

Pero el tiempo pasa, las convicciones se acomodan, las conciencias se compran y, aparentemente, los cargos diplomáticos son la tentación de los mercenarios disfrazados de intelectuales.

En aquella época, Álvaro hablaba de los más de seis mil millones de dólares que, según sus palabras, se robaron de las arcas del Estado, de la violación sistemática de los derechos humanos y de la vergüenza que aquello provocó ante el mundo. También felicitaba a los jóvenes que salieron a las calles para acabar con la dictadura. Hoy, curiosamente, parece que aquella vergüenza internacional necesita embajador.

No deja de ser una paradoja extraordinaria. El hombre que decía que no quería que regresara al gobierno una opción política que representara aquel “oprobio”, ahora acepta representar diplomáticamente a esa misma opción política en Washington. Cosas de la política: ayer había principios; hoy hay pasaporte diplomático.

Y aquí aparece otra vieja tradición peruana: la transformación del intelectual en funcionario cuando toca la puerta del poder. Primero fue su padre, Mario Vargas Llosa, quien terminó convertido en uno de los principales aliados de Keiko durante la segunda vuelta de 2021. Ahora el hijo sigue la ruta, aunque con una diferencia importante: Álvaro ya no solamente la respalda. Ahora la representará.

¿Será que las convicciones también tienen embajada? Uno quisiera pensar que detrás de esta designación existe una explicación de Estado, una estrategia diplomática, una razón superior. Pero resulta difícil no recordar aquellas palabras pronunciadas con tanta solemnidad sobre la corrupción, la dictadura y los derechos humanos.

Porque si antes Keiko representaba todo aquello que Álvaro rechazaba, habrá que preguntarse qué cambió: ¿Keiko, Álvaro o simplemente el precio de la lealtad?

Quizá los tiempos modernos nos obliguen a actualizar el viejo refrán: no hay principios que duren cien años, ni Alvarito que se resista a los encantos de una embajada.

Bienvenido, pues, Alvarito embajador. Washington lo espera. Y los anales de la historia también.

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