Opinión
La ilusión multipolar y el rescate de la soberanía: valores occidentales para el Perú del siglo XXILee la columna de Raúl Allain
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10 segundos agoon
10/10/2026By
Redacción Lima Gris
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Por Raúl Allain (*)
No deja de resultar desoladoramente paradojal observar cómo la misma izquierda que durante décadas se rasgó las vestiduras denunciando el supuesto imperialismo y la injerencia extranjera, hoy aplauda con entusiasmo servil el avance impúdico de potencias autocráticas en nuestro territorio. Con un malabarismo ideológico digno de estudio sociológico, los sectores progresistas y la izquierda radical han decidido rebautizar la penetración geopolítica de regímenes autoritarios como Pekín o Moscú bajo el edulcorado eufemismo de la “cooperación Sur-Sur” o la antesala de un prometedor “mundo multipolar”.
Se trata, digámoslo sin rodeos, de una colosal estafa narrativa diseñada para anestesiar la conciencia crítica de los peruanos mientras entregamos las llaves de nuestro futuro.
Como analista y observador de la dinámica social y política de nuestra patria, me asalta con frecuencia una profunda inquietud cuando escucho a ciertos intelectuales de gabinete pontificar en seminarios sobre las supuestas bondades de la neutralidad geopolítica. Sostienen, con un candor que roza la irresponsabilidad, que el Perú debe dejarse querer por todos, aceptando inversiones sin mirar la letra chica ni reparar en la naturaleza moral o política de quienes depositan los cheques.
Pero en la alta política internacional la ingenuidad se paga demasiado cara. El lenguaje del poder no conoce de filantropía ni de solidaridad entre pueblos hermanos; responde, única y exclusivamente, a intereses estratégicos de dominio y expansión.
La narrativa de la izquierda intenta vender la idea de que alinearse con estas autocracias nos otorga autonomía frente a las potencias occidentales tradicionales. Qué trágica ceguera. Lo que en realidad estamos presenciando en América Latina no es el nacimiento de un orden multipolar más justo o democrático, sino la instauración de una nueva forma de subordinación neocolonial, mucho más opaca, voraz e inmune a la rendición de cuentas.
Las autocracias no buscan socios soberanos; buscan satélites dependientes, mercados cautivos y plataformas logísticas para proyectar su hegemonía militar y económica global.
Miremos por un instante el espejo regional para entender la magnitud del riesgo. El recorrido latinoamericano reciente nos muestra un rastro sumamente aleccionador de lo que ocurre cuando un Estado renuncia a sus salvaguardas soberanas en nombre del pragmatismo o la sintonía ideológica. Ahí está la Venezuela destruida por el chavismo, empeñada hasta los tuétanos con Pekín y convertida en la base de operaciones caribeña del aparato de inteligencia de Moscú, habiendo entregado su soberanía petrolera y minera a cambio de financiamiento para mantener a flote a una dictadura sanguinaria.
Ahí está también la Argentina del kirchnerismo, que cedió una porción de su territorio nacional en la Patagonia para la instalación de una misteriosa estación espacial china bajo control de las fuerzas armadas de ese país, envuelta en un secretismo que indigna a cualquier patriota.
En el Perú, lamentablemente, este fenómeno ha alcanzado proporciones alarmantes mientras la clase política miraba hacia otro lado, obnubilada por el brillo del dinero fresco o paralizada por el temor a ser tildada de antiinversionista. El caso del megapuerto de Chancay constituye el ejemplo más emblemático y delicado de esta encrucijada estratégica. Nadie con sentido común puede oponerse a la modernización de la infraestructura nacional ni a la creación de polos de desarrollo que generen empleo para miles de compatriotas.
El problema no radica en el hormigón, en las grúas ni en el comercio exterior; el verdadero problema radica en la estructura de propiedad, la falta de transparencia y los vacíos legales mediante los cuales se entregó la operatividad exclusiva de un activo de seguridad nacional a una empresa estatal vinculada directamente al aparato político de una potencia extranjera.
¿En qué momento decidimos que la infraestructura crítica de la república podía quedar al margen de la soberanía del Estado? ¿Cómo es posible que hayamos permitido que el puerto más importante del Pacífico suramericano, llamado a ser la puerta de entrada y salida de los recursos continentales, opere bajo esquemas de excepción legal que comprometen nuestra propia capacidad de fiscalización y defensa?
No estamos hablando de una fábrica de golosinas ni de una cadena de restaurantes; hablamos del corazón logístico, comercial y geopolítico del Perú.
A esto se suma la alarmante concentración en el sector energético, donde corporaciones estatales extranjeras han ido adquiriendo en silencio monopolios de distribución eléctrica en el norte del país y en la propia capital republicana. Cuando un ciudadano en Lima o en el norte enciende la luz en su hogar, le está pagando la cuenta a una entidad controlada por un régimen autoritario extranjero. En la sociología del poder, esto se llama vulnerabilidad sistémica.
Un país que entrega el control de sus puertos, sus redes de energía y sus comunicaciones a estados autocráticos renuncia implícitamente a su capacidad de tomar decisiones autónomas en momentos de crisis internacional. Nos convertimos, en la práctica, en rehenes de los intereses geopolíticos de otros.
La llamada «diplomacia de la trampa de la deuda» y la invasión silenciosa de capitales opacos no son fantasías geopolíticas ni paranoia de la Guerra Fría. Son tácticas documentadas y probadas en África, Asia y el Caribe, donde países enteros se han visto obligados a ceder el control de sus recursos naturales, minas y puertos marítimos al no poder honrar compromisos financieros leoninos redactados bajo cláusulas de estricta confidencialidad. ¿Queremos que el Perú siga ese mismo camino de servidumbre y pierda la voz en el concierto internacional?
Es precisamente frente a esta amenaza encubierta donde cobra sentido indispensable la articulación de una propuesta sólida desde la derecha soberanista y patriótica. Una propuesta que no debe confundirse jamás con un aislamiento autárquico ni con un proteccionismo mercantilista caduco. Al contrario, la derecha que el Perú necesita en este siglo XXI es una derecha con visión global, pero profundamente arraigada en la defensa de la peruanidad, los valores nacionales y la seguridad de la república.
Debemos proclamar con absoluta firmeza que el desarrollo comercial del Perú no es incompatible con la defensa de nuestra soberanía nacional. El Perú no puede ser una chacra sin portero ni un botín geopolítico. La inversión extranjera es bienvenida, siempre y cuando respete de manera irrestricta nuestras leyes, se someta a los tribunales nacionales, garantice la libre competencia, respete el medio ambiente y, sobre todo, no comprometa los activos estratégicos de la nación.
La verdadera seguridad jurídica no consiste únicamente en ofrecer garantías al inversionista; consiste también en exigir que el inversionista respete la integridad institucional y soberana del país que lo acoge.
En este tablero de ajedrez mundial, el Perú no puede ser neutral respecto a los principios sobre los cuales se edifica la convivencia civilizada. Nuestro destino histórico, cultural y jurídico pertenece de manera inequívoca a la civilización occidental. El alineamiento con los valores de la libertad individual, la propiedad privada, la transparencia institucional, la separación de poderes y el imperio de la ley no es un mero capricho ideológico; es la mejor salvaguardia de nuestra propia democracia y el único marco donde la iniciativa privada puede florecer sin favoritismos ni mafias estatales.
Las autocracias ofrecen dinero rápido y sin preguntas incómodas sobre derechos humanos, democracia o transparencia tributaria. Esa es la carnada con la que seducen a los gobernantes corruptos o débiles de nuestro continente. Sin embargo, ese dinero aparentemente fácil tiene un costo oculto devastador: la erosión de nuestras instituciones y la importación de prácticas corporativas signadas por el secreto, la corrupción y el desprecio por la legalidad democrática.
Cuando permitimos que empresas estatales autocráticas compitan en nuestro mercado, no estamos promoviendo el libre comercio; estamos aceptando una competencia desleal respaldada por el cofre ilimitado de un Estado extranjero, lo que termina desplazando al empresariado nacional y destruyendo la libre competencia genuina.
Por todo ello, la derecha soberanista debe asumir el liderazgo de una agenda de seguridad nacional y desarrollo integral. Esto exige, en primer lugar, la creación de un marco normativo riguroso que someta a revisión y filtrado estratégico toda inversión extranjera en sectores sensibles como la energía, las telecomunicaciones, la minería estratégica y la infraestructura portuaria y aeroportuaria.
Ninguna potencia extranjera, sea de donde sea, debe poseer el monopolio ni el control exclusivo de los nervios vitales de la nación.
En segundo lugar, debemos diversificar inteligentemente nuestros socios comerciales bajo el principio del comercio seguro y transparente. El Perú debe fortalecer sus alianzas estratégicas con las democracias del mundo, atrayendo capitales privados que sí rindan cuentas a sus accionistas, a la prensa libre y a la justicia, y que compitan en igualdad de condiciones sin la sombra de un aparato de inteligencia militar detrás de sus estados financieros. Esa es la manera de construir un capitalismo vigoroso, abierto y resistente a las presiones autoritarias.
En tercer lugar, es urgente recuperar el orgullo y la dignidad en nuestra política exterior. Durante años, la diplomacia peruana ha caído en una especie de pragmatismo tibio que raya en el cinismo, prefiriendo la comodidad del silencio ante las violaciones flagrantes de los derechos humanos y el expansionismo autocrático en el mundo. Un Perú fuerte y soberano debe hablar con voz clara en los foros internacionales, defendiendo la libertad, el derecho internacional y la autodeterminación frente a las aventuras imperiales que amenazan la paz global.
No nos engañemos más con las fábulas románticas de la izquierda. El cuento de la «cooperación Sur-Sur» es la envoltura dorada de un regalo envenenado. La verdadera independencia del Perú no se logra cambiando una supuesta dependencia por una subordinación real ante regímenes autoritarios que desprecian los valores democráticos. La verdadera independencia se ejerce haciendo cumplir la Constitución, protegiendo nuestros recursos estratégicos, defendiendo la libertad de nuestros ciudadanos y abriendo nuestra economía al mundo con reglas claras, patriotismo y altivez.
Estamos a tiempo de corregir el rumbo y blindar a nuestra patria contra las garras del neocolonialismo autocrático. La defensa de la soberanía nacional, la libertad de empresa bajo el imperio de la ley y el orgullo de pertenecer a la tradición democrática occidental son los pilares indispensables sobre los cuales debemos edificar el Perú de las próximas décadas. No permitamos que nos arrebaten el futuro a cambio de espejitos de colores. Es hora de recuperar la firmeza, la dignidad y el control de nuestro propio destino nacional.
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Redacción Lima Gris
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¿Quién dirige el Liceo Naval Almirante Guise?Lee la columna de Leonardo Serrano Zapara
Published
1 hora agoon
10/10/2026By
Leonardo Serrano Zapata
Esta semana vimos un amplio despliegue de prensa para cubrir la intervención en la I.E. Mariano Melgar («Marianito»), en Breña, realizada el 6 de octubre con la presencia del viceministro de Gestión Institucional, Luis Alemán. Asimismo, se informó de su participación en Arequipa para la restitución del estadio Mariano Melgar por mandato judicial, ejecutada este 9 de octubre. Acompañar y coordinar la desocupación de espacios públicos en manos de inquilinos precarios forma parte del deber de la función pública.
Sin embargo, persiste una pregunta de fondo: ¿quién se encarga de la dirección del Liceo Naval Almirante Guise? Mediante la Resolución Ministerial N.° 576-2026-MINEDU, del 21 de septiembre de 2026, el Ministerio de Educación encargó la dirección del colegio a Luis Antonio Alemán Nakamine, viceministro de Gestión Institucional, «en adición a sus funciones» y mientras se designe a un titular. Es decir, el mismo alto funcionario que recorre colegios del país tiene bajo su responsabilidad directa una de las instituciones más cuestionadas.
Este encargo era temporal. El Decreto Supremo N.° 016-2026-MINEDU, publicado el 18 de septiembre, dispuso que el Minedu adopte las medidas necesarias para nombrar al director responsable del proceso de reorganización. Posteriormente, los lineamientos para dicha designación se aprobaron mediante la Resolución Ministerial N.° 598-2026-MINEDU el 1 de octubre y se publicaron el sábado 3 de octubre. A pesar de que han transcurrido seis días desde su publicación (y ocho desde su aprobación), el Minedu aún no hace público quién asumirá el cargo.
La urgencia de los plazos responde al contexto. El hecho denunciado ocurrió el 15 de septiembre: un estudiante de 16 años fue agredido sexualmente dentro de un bus escolar.
En la actualidad, se investiga la presunta omisión de funciones de los docentes Rafael Ludeña Valdivia (entrenador de la delegación deportiva) y Víctor Muñoz Guerra (docente acompañante), así como la actuación de la exdirectora Carito Ayala. Desde la agresión han transcurrido 24 días, y han pasado 22 días desde que la Presidencia anunció la reorganización el 17 de septiembre.
A esta incertidumbre se suma un aspecto financiero que requiere explicación: según el artículo 21 de los lineamientos, la remuneración del director que liderará la reorganización se financiará con el presupuesto del Sector Defensa y no con el del Ministerio de Educación.
De este modo, el colegio queda bajo la conducción del Minedu, pero el sueldo de su director corre por cuenta de Defensa.
La ciudadanía merece saber quién dirigirá el Liceo Naval Almirante Guise, con qué perfil profesional y a partir de qué fecha. Un plan de trabajo no se improvisa, y menos en una IE. que enfrenta graves antecedentes de violencia escolar que deben ser atendidos por un gestor con perfil técnico especializado en gestión de instituciones educativas, gestión de crisis y un compromiso a tiempo completo y no en adicción a sus funciones.
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El amor hasta la muerte, de Alain Resnais (1984)Lee la columna de Mario Castro Cobos
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14 horas agoon
09/10/2026By
Mario Castro Cobos
Resnais jugando a (o con) el cine de la trascendencia… Para no ser una película de Bergman, y para no ser una película de Dreyer…
Es como si no estuviera claro (o no del todo) qué es estar vivo y (como contraparte y como complemento) qué es estar muerto. Y es que (en la película ¿y fuera de ella?) ¿sabemos la diferencia? Vivir y morir es quizá no saberla. Y claro: ¿Por qué tendría que estar claro? Además: se puede filmar a la carne de modo fantasmal. Como si no fuera.
Un hombre, sin previo aviso -suele suceder-, muere. (Por cierto sus gritos suenan como una mujer en parto ¿un parto al revés?) Y luego sin más resucita. ¿Así de fácil? Así de difícil. -Solo así-. ¿Así fue o eso cree él? Vivo o muerto (o mitad y mitad), ya parece muerto aunque siga, o vuelva, a estar vivo. Y eso cómo se resuelve. ¿El amor? Pero este hombre va a volver pronto a morir…
¡El amor loco! La locura amorosa a dúo. El amar y ser amado ‘en virtud de la posesión’ ¿y por qué no en virtud del amor que no quiere poseer? (eros versus ágape) y convertido o descubierto como el Todo, como ‘Dios y el Mundo’. El Principio y el Fin. ‘El amor es fuerte como la muerte’.
Minimalismo. Concentración. Vaciamiento. ‘Cine de cámara’. Economía de medios (ejercicio espiritual, ‘película pequeña’). Cómo volver a la esencia. O quizá no hay esencia. Igual hay que volver ‘al punto de partida’.
Película simple y extraña, ¡así que para llegar a la divinidad se necesita menos juguetería!, vista más atentamente no tan simple, y entonces también menos extraña. Oscura sí, y a la vez sumamente argumentativa, con voluntad clarificadora.
-Pues sí, es de lleno el juego de los nombres, de los entes identificables-.
Dos parejas. Grosso modo los incrédulos y los creyentes. Alguien incrédulo quisiera creer, y alguien creyente no puede (aunque quiera) evitar dudar.
Han destacado la actuación entregada de Sabine Azéma, que es visible y vistosa, pero lo que hace Fanny Ardant, en su lógica creyente y mística y teológica… Y en una escena entre las dos solas… íntima y confesional.
Si en esta ocasión Resnais rivaliza -fraterniza- con Bergman y con Dreyer ¿qué tal es el resultado? Extraño, atrayente, conmovedor, fascinador.
Película
https://ok.ru/video/5835882236514
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Limpieza en Casa de la Literatura PeruanaLee la columna de Edwin Cavello
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1 día agoon
09/10/2026By
Edwin Cavello Limas
Hay gente que confunde una institución pública con la sala de su casa. Entra, se acomoda, consigue que sus amigos entren también y, cuando alguien se atreve a mover los muebles, pone el grito en el cielo. Algo de eso parece ocurrir en la Casa de la Literatura Peruana, donde algunos trabajadores, especialmente ciertos nombrados, actúan como si el Estado les hubiera entregado las llaves de una chacra familiar.
Ahora resulta que retirar locadores es una tragedia cultural, una persecución contra la intelectualidad y casi un atentado contra la literatura. ¡Por favor! Que alguien les alcance un diccionario y les recuerde que la literatura también incluye la palabra renovación.
Nadie discute que la cultura necesita presupuesto. Lo que sí merece discutirse es cómo se administra y quiénes se benefician de él. Porque una cosa es defender el trabajo cultural y otra muy distinta convertir esa defensa en un escudo para proteger puestos de esposas, maridos, amantes, amistades y pequeñas cuotas de poder.
Durante años, la Casa de la Literatura ha arrastrado una gestión que necesita una revisión profunda. Y entre sus problemas está la contratación de locadores que, según los cuestionamientos planteados, no necesariamente llegaron por sus méritos profesionales, sino por relaciones políticas, recomendaciones y la vieja dedocracia peruana: ese sistema de selección donde el currículum no importa.
Así, mientras el presupuesto se reparte entre un pequeño círculo, la institución corre el riesgo de seguir ofreciendo una gestión mediocre, incapaz de sacudirse las costumbres burocráticas que convierten la cultura en una oficina de favores.
Lo curioso es que algunos pretenden presentar cualquier cambio como una cacería de brujas. Sin embargo, cuando se trata de revisar quién trabaja, qué hace y qué resultados ofrece, aparecen de inmediato los defensores de la estabilidad. Se pasan de farsantes.
En el caso de Casalit se trata de exigir que cada puesto tenga sentido, que cada contratación responda a necesidades reales y que los resultados puedan evaluarse sin que aparezca una legión de ofendidos.
El ministro José Antonio Chang tiene una tarea pendiente: reestructurar la Casa de la Literatura Peruana, revisar su funcionamiento y terminar con cualquier práctica que convierta una institución cultural en patrimonio de un grupo. Si realmente pretende que este espacio continúe existiendo con prestigio, debe demostrarlo con decisiones y no con discursos.
La cultura peruana merece algo mejor que una chacra con libros.
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Un pirata de jugueteLee la columna de María Luz Crevoisier
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1 día agoon
08/10/2026By
María Luz Crevoisier
Un niño, una habitación y una casa, en cualquier país que tenga mar alrededor, como podría ser Perú y el magnífico Pacífico o México con el mar Caribe, circulando su geografía al sudoeste de la península de Yucatán.
Este es el escenario inicial de la historia de Capitán Ahab, una hermosa novela para niños (y grandes de todas las edades) del escritor mexicano Alejandro Alonso Aguirre, recientemente editada por Lluvia Editores.
Son más de 50 páginas que trazan de manera poética las aventuras del Niño junto a su gata Susana, el único personaje que lleva un nombre. Los demás son los padres, el barrio, la escuela, sustantivos que construyen la historia inspirada en Moby-Dick, novela del escritor norteamericano Herman Melville (1819/1891) teniendo como aliento alguna leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer, un acercamiento a las narraciones de Alan Poe y una complicidad literaria y mágica, con la leyenda mexicana, La mulata de Córdoba. Sumemos y combinemos estos antecedentes y surgirá como por encanto EL CAPITÁN AHAB, un libro bellamente ilustrado por el dibujante mexica David Lara y diseñada por el artista cajamarquino William Guillén Padilla. Son muchas manos que se abrazaron para darle forma y presencia al Capitán Ahab en octubre del 2026.
Ese niño pirata
El protagonista de este relato poético, es un niño como cualquiera, al parecer hijo único, que habita en un departamento de los tantos edificios que invaden Lima o México o Santiago o La Paz, con la particularidad de que él sueña en convertirse en un pirata para buscar a una ballena de dimensiones superlativas.
Deja a un lado los videojuegos, seguramente también el celular, el trompo y las canicas, para sumergirse en el amplio mundo de la fantasía. Sus padres le prometieron vacaciones en la playa, si salía aprobado en los estudios escolares. Colegimos que tiene 8,9 o 10 años, preludiando la pre adolescencia, de ahí su afán de hacer realidad aquellos sueños que le inspiraron la lectura de Moby Dick y aquella fascinante leyenda mexicana, La Mulata de Córdoba que le narrara su madre.
Concluido el año escolar, las prometidas vacaciones se frustran, pues el padre, se quedó sin trabajo al ser despedido de manera intempestiva, eventualidad tan común en nuestros tiempos que Alonso no deja de tomar en cuenta, y que podrían equivaler a la frustración de los sueños de este niño.
El proyecto de pirata, se refugia en su dormitorio junto a la gata Susana, a quien ha nombrado como Segundo Oficial de aquél fantástico viaje. Y si bien ha perdido la oportunidad de realizar la gran aventura, no ha dejado la idea.
Y tan firme es su propósito, que con las crayolas del curso de Arte, va trazando un gran barco en la pared detrás del armario para que no lo descubran y cuando lo concluye, aborda el navío (¿una carabela, un galeón?) tomando el timón y el mando, mientras Susana, maúlla una despedida a la ciudad que se va quedando lejos, cada vez más lejos y el barco del niño pirata, surca el cielo de todas las estrellas mientras los puertos de las galaxias, lo esperan con un coro de ángeles.
Esta es la historia de aquel niño, que supo hacer realidad el sueño de su vida de manera onírica y fantástica.
EL CAPITÁN AHAB, está, como dijimos, bellamente ilustrado por el artista mexicano David Lara y diseñado por el escritor y también artista plástico cajamarquino William Guillén Padilla. Y fue precisamente Guillén quien lo seleccionó para que figure en la Feria Virtual del Libro, que se realizará en julio del 2027 en Cajamarca como todos los años, siendo William Guillén el organizador de este evento cultural.
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Breve historia del perroLee la columna de Rodolfo Ybarra
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3 días agoon
06/10/2026By
Rodolfo Ybarra
El perro y el hombre llevan viviendo juntos unos 20 mil años. Seguro los homo sapiens modernos lo domesticaron al dejar restos de comida, huesos, pellejos y el calor de las fogatas. Así estos primeros canes se fueron acercando hasta que terminaron compartiendo el camino de la “civilización”. (Cabe reafirmar que el lobo y el perro tienen un mismo origen y casi el mismo ADN). Esta “unión” se volvió simbiótica y le sirvió al hombre en la caza y en el cuidado al ser el cánido un mejor guardián.
Aunque la representación de los perros en arte rupestre es escaza, existen importantes vestigios como las pinturas de Tassili n’Ajjer en Argelia (con 8.000 años de antigüedad y que muestran escenas de caza e incluso perros con correa). Asimismo, en las culturas antiguas como la egipcia existió el dios-Perro llamado Anubis y en la cultura méxica está el Xólotl, el perro guiador de almas. Lo mismo pasó en nuestras culturas Mochica y Chimú y se han encontrado osamentas de perros enterrados con humanos en tumbas de élite, como en el Complejo Arqueológico El Brujo (Señor de Sipán y Huaca Cao Viejo), lo que demuestra su alto estatus social y religioso.
En la literatura, el perro también aparece como Argos (La Odisea, Homero) que es el arquetipo del “amigo” fiel que espera durante veinte años a su amo Odiseo y es el único en reconocerlo al regresar. Jack London es célebre por escribir famosas novelas protagonizadas por perros, siendo las más representativas La llamada de lo salvaje (1903) y Colmillo Blanco (1906). Ciro Alegría escribió la novela indigenista “Los Perros Hambrientos” (1938) donde destaca el relato de dos sabuesos “Güeso y Pellejo” que salvan a una anciana. Virginia Wolf escribe el cuento “Gipsy, the Mongrel” (1940) que versa sobre una canina. Franz Kafka escribe “investigaciones de un perro” (1922) donde nos habla de un can-filósofo que cuestiona su propia existencia y las normas de su sociedad perruna. Unamuno los hace soñar en Niebla (1907). Y Antón Chejov escribe “Kashtanka” (1887) sobre una perrita recogida en la calle.
El cuadro más famoso sobre un can es Perro semihundido de Goya en 1819 que muestra la cabeza de un perro que, al parecer, se está ahogando y muchos creen que se trata de la soledad o el abandono.
(Este texto está dedicado a mi “Negrita” que partió esta semana).
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La broma infinita: al colegio no voy másLee la columna de Juan José Sandoval
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3 días agoon
06/10/2026By
Redacción Lima Gris
Por Juan José Sandoval
En una ciudad lejana de cuyo nombre no quiero acordarme, la señora Laica para su carro en la puerta de un colegio secundario. No le importa que una decena de autos le toquen el claxon: para ella, la salida de sus hijas es lo más importante. Los demás vehículos logran pasarla no sin antes putearla por la imbecilidad que ejerce en nombre de la maternidad digna.
La señora Laica hace oídos sordos y prosigue mirando su celular con atención. De pronto, dos niñas de colas bien amarradas y lentes grandes con aumento de «tapa de botella» abordan el auto.
—¡Mamáaaaa! —gritan las dos al unísono—. ¡No sabes lo que ha pasado!
La señora Laica, sin dejar de mirar su celular pero llenando de besos a sus dos hijas, les responde:
—No me digan que alguna se volvió a hacer la caca en el calzón. ¡Ay de ti, que te muelo a palos!
—¡Noooo, mamá! Aunque la verdad, mamita, me dio tanto miedo que sí me oriné.
—¡Te lo dije, pedazo de mierda! Ven aquí para olerte.
La otra niña le agarra la muñeca a su mamá para que deje de mirar el celular.
—¡Mamá!, a López se lo ha llevado la Policía. Dicen que ha querido meterle un palo de escoba por el…
—¡Carajo! —corta en seco la señora Laica—. ¡No vuelvas a decirlo! ¿Acaso no recuerdas la última vez que dijiste algo así? Te gusta que te saque la mier…
—¡Nooooo, mamita! Te lo juro que no lo vuelvo a hacer. Pero tienes que escucharnos…
La señora Laica se calma por la sorpresa de sus gemelas pichojas:
—¿Quién es Aliaga?
—Aliaga es el hijo de don Rafael.
—¿El que llegó borracho a la misa de la primera comunión?
—Sí, él. La Policía se lo llevó porque quiso meterle un palo de escoba…
—¡Te he dicho que no lo vuelvas a decir!
—Mamá, es que si no nos dejas hablar, no te vas a enterar.
—Pero es que no puedo oírlo. A ver, ¿qué pasó?
—También se llevaron detenidos a Smith, a Burney y a Bryce. Parece que a quien quisieron violar fue a Bryce.
La señora Laica frena en seco aún en luz verde y vuelve a parar el tránsito. Voltea hacia sus hijas y le asesta un sonoro lapo en la cara a la niña que ha dicho la palabra prohibida. Los lentes poto de botella salen volando por la ventana hacia la calle. La niña llora, pero su gemela prosigue el relato.
—Según dijo la profesora cuando se llevaron a los tres, en el colegio nadie podía ser agredido.
—Y entonces, ¿cómo sabes lo del palo de escoba?
—Porque Felipe Peanut contó todo en el recreo. Él también estuvo ahí, pero se lo contó a su papá y, antes de que llegara la Policía, se lo llevó del salón. Peanut se despidió de todos y dijo que se iba a vivir a Máncora con su abuelo.
—No me acuerdo quiénes son los chicos, pero por sus papás sí los distingo. ¿El papá de Smith fue el alcalde, cierto?
—Sí, el que estuvo preso por robarse la plata.
—¡Ya te he dicho que no hables así de la gente, carajo! —La señora Laica golpea el timón—. ¿Y el papá de Burney es el que no tiene ojo?
—Mejor ya no te digo, porque no quiero que me sigas pegando.
—Dime, miércoles.
—Jueves, mamá, hoy es jueves. El programa de televisión de las noches te tiene sin dormir y te la agarras con nosotras. Cuando vea a mi papá le diré que nos pegas feo.
—No volverán a ver a su papá. Además, yo las parí solita, ¿ok?
La señora Laica se repone porque pueden más sus ganas de saberlo todo.
—¿Y por qué quisieron hacerle eso a Bryce?
—Porque López siempre lo paraba molestando, le decía que era una «bebita». «Bebita, bebita, ven que la tengo dura», le decía.
La otra niña recibe una bofetada que también la hace llorar de dolor. Ninguna lleva ahora anteojos. Abren y cierran los ojos como queriendo distinguir bien lo que ven; es complicado ver sin lentes de aumento. La señora Laica se repone y de pronto le entra una sensación de culpa. Las abraza y les pide perdón; las niñas son recíprocas con su madre.
Una de las niñas le suplica:
—Ya no queremos volver al colegio, mamá. El papá de Bryce llegó muy enojado diciendo que meterá presos a López y a Burney: a uno por querer meterle el palo y al otro por hacerse de la vista gorda. Los papás de ambos llegaron y se comenzaron a pelear; la Policía los tuvo que separar.
—Mamita, ya no queremos ir a ese colegio.
—Pero bellezas, ¡es un colegio de las Fuerzas Armadas! Si en ese colegio no hay seguridad, ¿dónde la voy a encontrar?
Las niñas le ruegan que las saque de ahí. Como la señora Laica tiene conexiones de poder, hace el intento para ver si algún contacto le puede hacer el favor:
—¿Aló? ¿General del Aire?
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La libertad que nos saca de la pobreza: libre empresa, capitalismo popular y el camino peruano hacia el progresoLee la columna de Raúl Allain
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4 días agoon
05/10/2026By
Raúl Allain
No deja de ser fascinante —y, por momentos, bastante frustrante— ver cómo en el debate público peruano se intenta reescribir con tanta ligereza la historia reciente de nuestro desarrollo. Durante más de tres décadas, el ciudadano de a pie ha demostrado una capacidad de resiliencia y emprendimiento verdaderamente admirable.
Sin embargo, en los pasillos universitarios, en los foros de cierta intelectualidad biempensante y en la retórica gastada de la izquierda radical, se insiste en presentar al mercado como un monstruo devorador y a la iniciativa privada como una suerte de pecado original. Nos repiten una narrativa construida sobre la culpa, pretendiendo hacernos creer que la riqueza de uno es inevitablemente la causa de la miseria del otro.
Como sociólogo y observador de nuestra realidad política, a menudo me detengo a reflexionar sobre esa desconexión brutal entre el discurso ideológico y la vida diaria del transeúnte común.
Camine usted por las avenidas comerciales de Gamarra. Recorra los mercados de Villa El Salvador. Observe el dinamismo febril de los pequeños empresarios en Trujillo, Arequipa o Huancayo. Allí no hay manuales marxistas ni nostalgia por el estatismo. Lo que hay es pura, dura y genuina libertad de empresa en acción. El peruano común no pide que el Estado le regale un plato de sopa ni que le fije los precios de la canasta básica. Lo que exige con justicia es que no le pongan trabas, que no lo asfixien con burocracia absurda y que lo dejen trabajar en paz.
La libertad de empresa y la libre competencia no son abstractos dogmas neoliberales ni inventos para favorecer a un puñado de corporaciones. Son, en su esencia más pura, derechos humanos fundamentales. Representan la facultad natural que tiene cada individuo para valerse de su propio talento, esfuerzo y creatividad con el fin de transformar su realidad material y la de su familia. Cuando se respeta la iniciativa privada, la sociedad entera se dinamiza; cuando se la persigue, el resultado es el estancamiento, la escasez y la miseria generalizada.
Basta con levantar la mirada y observar el panorama regional para comprobar hacia dónde conducen las aventuras estatistas. El laboratorio latinoamericano nos ofrece lecciones demasiado dolorosas como para ignorarlas.
Miremos el caso de Venezuela, un país bendecido con las mayores reservas petroleras del planeta, convertido hoy en una tragedia humanitaria sin precedentes por obra y gracia del socialismo del siglo XXI. Tras años de expropiaciones sistemáticas, controles de precios asfixiantes, persecución al capital privado y una hiperinflación destructiva, el régimen chavista logró lo que parecía imposible: destruir por completo el aparato productivo y sumergir a más del noventa por ciento de su población en la pobreza.
O observemos lo que ha ocurrido en Bolivia con su cacareado «modelo económico social comunitario». Durante la época del súper ciclo de las materias primas, la izquierda latinoamericana celebraba el supuesto milagro boliviano como la prueba irrefutable de que el estatismo funcionaba. Sin embargo, en cuanto los precios internacionales cayeron y las reservas de gas natural se agotaron por falta de inversión privada en exploración, el castillo de naipes se derrumbó. Hoy nuestros vecinos del sur enfrentan una severa escasez de dólares, desabastecimiento de combustibles y el amargo despertar de un sueño subsidiado que no era más que humo ideológico.
En el Perú, afortunadamente, decidimos tomar un rumbo distinto tras el colapso catastrófico del experimento populista y estatista de los años ochenta.
La Constitución de 1993, y muy especialmente su Capítulo Económico, no fue una simple reforma jurídica; fue el escudo protector que le devolvió el aire a una economía moribunda. Al establecer el rol subsidiario del Estado, la igualdad de condiciones para la inversión nacional y extranjera, la libertad de comercio y la inviolabilidad de la propiedad privada, la Carta Magna sentó los cimientos institucionales para el periodo de mayor crecimiento económico y reducción de la pobreza en toda nuestra historia republicana.
Las cifras técnicas no mienten, por más que la izquierda pretenda esconderlas debajo de la alfombra. Entre 2004 y 2019, gracias a un entorno de estabilidad macroeconómica y apertura de mercados, la pobreza monetaria en el Perú se redujo dramáticamente del 58.7% a menos del 20%.
Millones de peruanos abandonaron la indigencia y pasaron a formar parte de una clase media emergente, pujante y provinciana. Esto no ocurrió por un acto de magia estatal ni por la generosidad de ningún caudillo político; ocurrió porque la inversión privada, que representa cerca del 80% de la inversión total en el país, generó puestos de trabajo genuinos, dinamizó el consumo y creó oportunidades donde antes solo había abandono.
Uno de los fenómenos sociológicos más fascinantes de este proceso ha sido el surgimiento del capitalismo popular.
A diferencia del capitalismo de élites que primaba en el siglo XX, el modelo peruano de las últimas décadas se ha democratizado desde abajo hacia arriba. El micro y pequeño empresario es el verdadero héroe de esta historia. Es el emergente que empezó con una mototaxi o un pequeño taller de costura y que, con sudor, disciplina y acceso al crédito privado, logró construir un patrimonio, educar a sus hijos en mejores colegios y abrir sucursales de su negocio. Esa es la verdadera movilidad social ascendente, la que se logra mediante el mérito y la autonomía individual, no mediante la dependencia servil de un bono estatal.
Frecuentemente me pregunto por qué, a pesar de la evidencia abrumadora, la izquierda insiste en demonizar el modelo de libre mercado. La respuesta es esencialmente sociológica y de poder.
Para la izquierda ideologizada, la independencia económica del ciudadano es una amenaza mortal. Un individuo que prospera por su propio esfuerzo, que es dueño de su propiedad y que no depende del favor del político de turno, es un ciudadano libre e indomable. El estatismo necesita ciudadanos vulnerables y necesitados para venderles la ilusión de la salvación estatal a cambio de su voto. Por eso odian la libre competencia y aborrecen la seguridad jurídica; porque prefieren la igualdad en la miseria antes que la libertad en la prosperidad.
Desde la derecha soberanista y democrática, debemos asumir con absoluta claridad y sin ningún tipo de complejos la defensa del modelo de mercado.
No podemos seguir cometiendo el error de encasillarnos en una defensa fría y puramente tecnocrática. Hablar de números, déficit fiscal y PBI es necesario, pero del todo insuficiente si no conectamos con el alma humana del relato. La causa de la libertad económica es profundamente moral y humanista. Es la defensa de la dignidad del trabajador, del derecho de la familia a conservar el fruto de su esfuerzo y del orgullo de superación personal.
La verdadera tarea que tenemos por delante no es desmontar el Capítulo Económico de la Constitución, como demagógicamente proponen las voces de la izquierda radical para llevarnos al abismo de una asamblea constituyente, sino profundizar el modelo y hacer que la libertad llegue a donde el Estado ha fallado estrepitosamente.
Es imperativo distinguir entre el éxito del libre mercado y las deficiencias de la gestión pública. La falta de hospitales equipados, colegios con infraestructura digna o agua potable en los asentamientos humanos no es culpa del sector privado ni del capitalismo; es el resultado directo de la incapacidad, la corrupción y la ineficiencia de una burocracia estatal que no ha sabido transformar la enorme recaudación tributaria generada por el crecimiento económico en servicios públicos de calidad.
Ahí radica la gran oportunidad para una propuesta de derecha moderna, patriótica y orientada al ciudadano.
Debemos promover un Estado pequeño pero eficiente, que no estorbe ni compita con el privado, sino que cumpla con excelencia sus funciones esenciales: brindar seguridad ciudadana, garantizar el cumplimiento de los contratos, ofrecer infraestructura básica y asegurar una educación y salud públicas de primer nivel que sirvan como un verdadero trampolín de oportunidades.
Asimismo, es urgente dar la batalla por la formalización. Millones de emprendedores peruanos permanecen en la informalidad no porque rechacen la ley, sino porque el propio Estado ha diseñado un sistema tributario y laboral complejo, costoso y punitivo que margina al pequeño del circuito formal.
Simplificar los trámites, reducir la carga burocrática y garantizar una verdadera seguridad jurídica son pasos fundamentales para que ese capitalismo popular crezca con mayor solidez, acceda a financiamiento barato y conquiste nuevos mercados.
El Perú no necesita fórmulas fracasadas que han destruido naciones vecinas ni experimentos colectivistas que solo traen opresión y pobreza.
La ruta del progreso peruano ya está trazada y sus frutos están a la vista de quien quiera mirarlos con honestidad intelectual. Nos toca a nosotros, desde las páginas de la prensa libre, la academia y la tribuna ciudadana, defender con firmeza la libertad de empresa, el valor de la propiedad privada y la magia indiscutible de la competencia. Esa es la única garantía real de que el Perú siga siendo una patria de oportunidades, donde el destino de cada ciudadano no lo decida un burócrata en Lima, sino la fuerza inagotable de su propio trabajo y sus sueños.
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Viene la Escuela Nacional de Directores de los colegios públicosLee la columna de Marisol Verónica Giordano Silva
Published
4 días agoon
05/10/2026By
Redacción Lima Gris
Por Marisol Verónica Giordano Silva
Como parte del Plan Nacional de Educación del 2026 – 2031, viene la creación de la Escuela de Directores de los colegios públicos, con el objetivo, entre otros, de fortalecer las capacidades de gestión y liderazgo en las aulas por parte de los directores de las instituciones públicas de los niveles de inicial, primaria y secundaria.
Con esta decisión política del actual gobierno e institucional del Ministerio de Educación (MINEDU) se cubre un vacío advertido hace años. Ello implica que en el mediano y largo plazo mejorará el nivel, la participación y los resultados de la función de dirección, gracias a la Escuela de Directores, mucho más cuando la sociedad actual concentra retos y desafíos nuevos frente a la enseñanza pública.
El grado de desencuentros, la violencia, la inestabilidad emocional y los antivalores que a diario complotan contra la vida, la familia, el niño, el aula, el docente y los propios directores, exige una serie de nuevas herramientas, estrategias y fortalezas entre los directores de las instituciones educativas.
La innovación, la complejidad de la vida diaria, la presencia de las tecnologías de la información y comunicación, sin dida tiene un efecto ambivalente, pues, por un lado, representan el desarrollo social; pero, por el otro, generan conflictos, inestabilidad emocional y ansiedad.
Dirigir una institución educativa hoy exige una serie de variables, de obstáculos y de nuevos escenarios poco pacíficos para la gestión y el liderazgo, situación complicada que hace treinta o cuarenta años no existía y de hecho la escuela y las aulas han cambiado en todo este tiempo. Por tanto, una Es cuela de Directores permitirá a la educación peruana ir un paso adelante frente a esta realidad.
Mi experiencia de formadora en los PLANCAD de los años noventa, el trabajo en las aulas de formación pedagógica en institutos superiores y en la universidad, desde donde uno como formador lo da todo por el alumno que será maestro de aula, generalmente solo se enfoca en esto, en preparar docentes, pero estos muchas veces llegarán a ser directores pero para ello no se les capacita ni adiestra en el instituto pedagógico ni en la facultad de educación de alguna universidad.
En ese sentido, ganará el país, ganará la educación y mejorará la capacitación del ´personal que dirige las instituciones educativas, pues con la creación de la Escuela de Directores se dará un paso muy importante para hacer frente a los nuevos retos, donde el conocimiento gerencial, de gestor, de coordinador y el liderazgo son insoslayables en las escuelas y ante el alumno, ante el padre de familia, los docentes y el personal administrativo.
Además, una Escuela de Directores puede dar más coherencia y empoderar mejor a los directores en materia del ordenamiento de las entidades educativas, con criterios comunes y procedimientos de gestión estándar cuidando la particularidad de cada centro educativo, pero en la línea de alcanzar un alto nivel de gerencia pública en las II.EE., pero no solo dentro del aula sino de cara a la comunidad.
En efecto, los directores que trabajan hoy en el Perú acaso llegaron a esos puestos fruto de su preparación individual, eligiendo cada quien sus diplomados, maestrías o doctorados, siendo que cada director en funciones también gana experiencia en el campo, pero todo tomarían un gran impulso más allá del esfuerzo particular si se sistematizan y orientan las estrategias mediante una Escuela de Directores.
Me ha tocado ser directora en más de 10 entidades educativas públicas y privadas, con lo cual esa experiencia es muy importante, pero todo será mejor con la presencia y el factor especializado que impulsará de forma especializada una Escuela de Directores de Colegios Públicos, la misma que debe ser bien recibida por la comunidad educativa en general, pues una vez que se eche a andar obviamente que los buenos resultados redundarán en provecho del alumno, de la familia, del profesor, del personal administrativo y del país.
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