Más de 11 000 kilómetros separan las aguas del norte peruano de las zonas de alimentación que frecuentan las ballenas jorobadas cerca de la península Antártida. Tuta recorrió esa enorme distancia y volvió. Después de más de 300 días de seguimiento, la ballena jorobada marcada en noviembre de 2025 regresó a las costas del Perú y completó un viaje que permite reconstruir, por primera vez desde el país, una ruta migratoria de esta especie mediante rastreo satelital.
El recorrido constituye un hito para la investigación de las ballenas jorobadas en el Perú. Hasta ahora, el desplazamiento de estos animales entre las zonas donde se reproducen y aquellas donde se alimentan era conocido de manera general, pero el marcaje de Tuta permitió seguir directamente su trayectoria durante miles de kilómetros y observar la conexión que existe entre las aguas peruanas y los ecosistemas antárticos.
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Más de 300 días siguiendo una migración entre el Perú y la Antártida
La campaña de marcaje estuvo a cargo del Instituto del Mar del Perú (IMARPE) y el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (SERNANP), en colaboración con WWF Perú, CETALAB Chile y MarEcoTel. El dispositivo satelital permitió acompañar el desplazamiento de Tuta hacia el sur, siguiendo aguas chilenas hasta alcanzar la península Antártida y, posteriormente, registrar su viaje de retorno.
El seguimiento permite dimensionar la escala de una migración que conecta ecosistemas separados por miles de kilómetros. Para una ballena jorobada, las fronteras políticas no existen. Durante su recorrido atraviesa aguas sometidas a diferentes actividades humanas, normativas y niveles de protección, por lo que su conservación depende de acciones que no pueden limitarse a un solo territorio.
«El viaje de Tuta demuestra que proteger a la ballena jorobada, y otros cetáceos, exige cooperación más allá de las fronteras, dado su enorme ámbito de hogar. Nos convoca a articular esfuerzos entre los países de su ruta de navegación, alimentación y reproducción, para asegurar juntos su supervivencia en el Corredor del Pacífico Oriental», señala Yacqueline Montecinos, coordinadora de la iniciativa de WWF Corredor Azul del Pacífico Oriental.

La trayectoria registrada forma parte del denominado Corredor Azul del Pacífico Oriental, una iniciativa regional de WWF orientada a promover la cooperación entre países para proteger las rutas migratorias de las grandes ballenas. La información obtenida mediante este tipo de seguimiento ayuda a reconocer los espacios utilizados por los cetáceos, detectar los riesgos que enfrentan y fortalecer las estrategias destinadas a conservarlos.
Enmallamientos, embarcaciones y ruido acompañan sus rutas
El largo recorrido de Tuta también permite observar la magnitud de las amenazas a las que pueden estar expuestas las ballenas durante sus migraciones. Entre ellas se encuentran el enmallamiento en artes de pesca, las colisiones con buques mercantes, el ruido submarino, la contaminación y las actividades turísticas realizadas sin una regulación adecuada.
Los enmallamientos representan un problema especialmente relevante en el país. De acuerdo con información del IMARPE, el 21% de los varamientos de ballenas registrados en el Perú entre 1997 y 2024 estuvo relacionado con este tipo de interacción. El dato evidencia que las artes de pesca pueden convertirse en un riesgo para animales que recorren enormes distancias y cruzan distintas zonas de actividad pesquera durante su desplazamiento.
Por ello, los datos obtenidos con Tuta no solo permiten conocer hacia dónde se movilizan las ballenas. También aportan información para identificar corredores migratorios y comprender dónde pueden producirse interacciones entre estos cetáceos y actividades humanas, un elemento importante para orientar medidas de conservación y reducir los riesgos a lo largo de sus rutas.
El reto de observar ballenas sin alterar su comportamiento
El retorno de las ballenas jorobadas también sostiene una actividad turística que ha cobrado importancia en las costas del norte peruano. Sin embargo, la presencia creciente de embarcaciones destinadas al avistamiento plantea el desafío de desarrollar esta actividad sin interferir con el desplazamiento, descanso o comportamiento de los animales.
“La llegada de las ballenas jorobadas representa una gran oportunidad para el turismo de avistamiento y para las comunidades costeras del norte del país, pero también implica una responsabilidad. Necesitamos avanzar hacia un marco normativo que ordene el avistamiento responsable de cetáceos, establezca reglas claras para los operadores y fortalezca la fiscalización. El objetivo es que el turismo sea un aliado de la conservación y que podamos disfrutar de estas especies sin alterar su comportamiento ni poner en riesgo su bienestar”, manifestó Piero Uceda, oficial Asociado de Mecanismos de Conservación para la Conectividad de WWF Perú.
El viaje de Tuta muestra así una doble dimensión. Por un lado, permite conocer con mayor precisión cómo una ballena jorobada conecta las costas del Perú, las aguas de Chile y los ecosistemas antárticos durante un solo ciclo migratorio. Por otro, recuerda que proteger a una especie capaz de desplazarse más de 11 000 kilómetros exige reducir amenazas en cada tramo de su ruta y coordinar esfuerzos entre los países que comparte durante su viaje.
Más de 300 días después de que comenzara su seguimiento, Tuta volvió al punto del océano donde empezó esta historia. Su retorno no solo cierra un extraordinario recorrido entre el Perú y la Antártida. También deja una ruta documentada que puede ayudar a comprender mejor cómo conservar a las ballenas jorobadas en un océano donde su supervivencia depende, cada vez más, de la forma en que las actividades humanas conviven con sus migraciones.
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