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Estados generales, de Mauricio Freire (2025)

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27/08/2026

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Mario Castro Cobos

¿Entre el objeto puramente bello (la belleza es impune y lleva a la ética) y el arma arrojadiza (bendita y justa por supuesto)? Esta película toca dos extremos que, siendo claros y obvios -el erótico y el tanático- no desarrolla ni profundiza (por lo menos, lo mínimo suficiente) como para que lleguen a tocarse o a unirse de manera relevante entre sí, para producir una unidad mayor. Así la película debilita su estado general, su solidez, su coherencia -e incluso su credibilidad-. Esto queda aún más claro al final, donde lo abierto no lo es por la riqueza o por la ambigüedad, sino porque hay una falta, algo que debió estar ahí pero no está.

Tras una incitante apertura, una pequeña escena erótica que parecía renovar y superar el planteamiento aburrido habitual de una película ‘conceptual’, ‘abstracta’, o ‘pensada para galerías de arte’; de una película perteneciente a una raza jocosa llamada ‘vanguardia académica’; de una película antipáticamente fría ‘sin carne ni sangre’: me refiero a la escena de una pareja dándose un beso, en el Jardín Botánico de Madrid, en consonancia con la belleza y vitalidad de la naturaleza que rodea a los amantes, es decir con la vida misma -naturaleza (reino vegetal más que nada) que nos es insistente e incluso admirablemente mostrada a lo largo de toda la película-.

La línea abiertamente erótica (humana) mostraba de manera inmejorable la fuerza de la naturaleza precisamente ‘en’ o ‘de’ lo humano. Y no hubo más de eso. El erotismo humano abría la apetecible -irrenunciable- posibilidad de mostrar su contraparte, el necrocapitalismo, en su claro horror (que viva el contraste para entender la realidad) ya documentado de manera incipiente en la segunda parte, filmada en el Valle de Chincha, en Perú (incluso como amago de ‘película de denuncia’) así que mientras más lejos se fuera de cada lado…  al fin se lograría una unidad superior. Fuerzas de la vida y fuerzas de la muerte. Pero no.

Afirmo y no niego la belleza y pertinencia de muchas de las imágenes de Estados generales. Como decía el poeta Martí: “La naturaleza habla mejor que el hombre”. Y sí, reí encontrarme entre la delicia erótica y la pesquisa forense. El conocimiento científico estimulante pero en un punto burocrático e insuficiente. Hay que ver las semillas vivas. En sentido literal pero a la vez social.    

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El Jardín 42 de Miraflores cumplirá 63 años: Colegio vitrina

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Mario César Castro Cobos es cineasta y crítico de cine. Fundó y dirigió el Festival de Cine Lima Independiente así como las revistas Voyeur, Abre los ojos y el blog La cinefilia no es patriota, y condujo el programa de radio del mismo nombre en Radio Lima Gris. Además, escribió para Cronopia, Las sumas voces, Butaca, Mabuse, Godard!, Diario 16 y Buensalvaje. Formó parte de los cineclubs del BCR, Biblioteca Nacional, Centro Cultural Arcais, Universidad Científica del Sur, Universidad Cayetano Heredia y Universidad de Ciencias y Humanidades. Acaba de estrenar su cuarto largometraje.

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El Jardín 42 de Miraflores cumplirá 63 años: Colegio vitrina

Lee la columna de Marisol Verónica Giordano Silva

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26/08/2026

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Redacción Lima Gris

Por Dra. Marisol Verónica Giordano Silva

Cumplir 63 años de actividad ininterrumpida, máxime si están dedicados a la educación, es motivo de orgullo y compromiso. Efectivamente, el próximo 16 de octubre del 2026, el Jardín 42 cumplirá más de seis décadas de servicio desde aquel lejano año de 1952.

No obstante, la celebración se realiza tradicionalmente a finales del mes de agosto, cuando el personal directivo, docente, los alumnos y padres de familia realizan una serie de actividades en la sede institucional ubicada en la Urbanización Aurora, del distrito de Miraflores, terreno mediante el cual el Ministerio de Educación afectó más de 4,581 metros cuadrados con la Resolución Suprema Nº 39-H, y ahí se construyó un jardín de la Infancia, a cargo del Rotary Club de Miraflores, presidido entonces por el General de Div. EP Romero Pardo.

Recordemos que en julio del año 1956 se dio inicio a la construcción del Jardín 42 y en dicho acto estuvo presente para poner la primera piedra la destacada pedagoga Emilia Barcia Boniffatti, fundadora de los Jardines de Infancia en el Perú, siendo precisamente que el Jardín de la Autora fue el número 42 de los creaos por ella, y cuyas actividades pedagógicas quedaron formalizadas el 1 de Abril de 1963, mediante Resolución Ministerial Nº 1101.

Tengamos presente que dicha institución educativa miraflorina es una de las más grandes en extensión e infraestructura de las creadas en América Latina por el Rotary Club y entregado al Gobierno Peruano para su funcionamiento, que en sus inicios tuvo con 01 directora, 04 profesoras de aula, 01 auxiliar de educación y 01 plaza de portero. Pero el Jardín creció y con el paso de los años en este 2026 cuenta con 01 plaza de directora, a cargo de la Mg. Mercedes Escobar Vásquez; 02 plazas de subdirectora, a cargo actualmente de la Lic. Olga Rosa Delgado y la Lic. Cristina Tolentino.

De otro lado cuenta con 22 plazas de profesoras de aula, 01 plaza de Psicóloga, 16 plazas de auxiliares de educación, 04 plazas de personal administrativo de servicio y 02 plazas de personal administrativo de oficina.

En este Jardín ejemplar y emblemático hay 580 escolares de 2, 3, 4 y 5 años de edad, distribuidos en dos turnos, 11 secciones en el turno mañana y 10 secciones en el turno tarde; y son infantes que provienen de los distritos de Miraflores y Surquillo principalmente.

En esta escuela se han desarrollado muchos proyectos ganadores de buenas prácticas Docentes (FONDEP) a nivel sectorial y nacional, contando también con nominaciones en concursos internacionales; siendo sus proyectos innovadores los siguientes: “Descubriendo la Magia de Cuenta Emilia”; “En el huerto de Emilia aprendo y soy feliz”; “Editorial Emilia Cartonera”; “El canal de Emilia”; “Con Cajas y cartones desarrollamos nuestros dones y Desarrollamos nuestros aprendizajes a través de nuestros sentidos”.

Hoy la escuela es conocida por las nuevas generaciones como la IEI N° 42 Elizabeth Espejo de Marroquín y su extenso terreno le permite contar con 11 aulas sumamente amplias y ventiladas, en óptimas condiciones y cada una de ellas con sus respectivos servicios higiénicos. Asimismo, cuenta con dos ambientes de psicomotricidad, un aula sensorial, un espacio de biohuerto, un espacio que es un estudio para nuestro canal de YouTube, dos patios amplios y un patio de juegos para recreación de nuestros niños, siendo reconocida como una “Ciudad para niños”, ya que cada aula refleja una casita, y cuenta con pasajes con nombres de calles y un circuito vial para familiarizarse precisamente con la educación Vial.

La IEI N° 42 está dentro de la jurisdicción de la UGEL 07 y ha obtenido importantes reconocimientos oficiales por sus propuestas de innovación y gestión ambiental. Por ejemplo, fue ganadora en el V Concurso Nacional de Buenas Prácticas Docentes (Ministerio de Educación – UGEL 07) del año 2017 con su reconocida práctica pedagógica y ambiental titulada «Cuidamos nuestro ambiente en el huerto de Emilia».

Podríamos profundizar más en estos aspectos y en los galardones recibidos, pero los límites estrechos de una columna nos comprometen para una futura entrega informativa sobre los mismos. No obstante, sea esta la oportunidad para extenderles a la comunidad educativa del tradicional Jardín 42, hoy IEI N° 42 Elizabeth Espejo de Marroquín, mi más sincera felicitación a mis colegas y a la inmensa comunidad de estudiantes y padres de familia que hacen posible que la excelente labor y el servicio de excelencia sean impartidos desde la Urbanización Aurora, de Miraflores, a las generaciones del presente y a las venideras promociones de educandos para tener en la sociedad hombres y mujeres de bien y con valores cristianos.

¡Feliz 63 Aniversario!

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La broma infinita: cupido requisitoriado

Mi pecado fue amar a una mujer; mi error, meterme en su vida. Quince años después comprendes, Méndez, que nunca es tarde para exigir perdón y justicia.

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10 horas ago

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26/08/2026

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Redacción Lima Gris

Por: Juan José Sandoval


A fines del año pasado estaba a punto de entrar a trabajar a una minera. Tenía todo listo: la aprobación de la gerenta, las entrevistas pasadas y un panorama favorable. Hasta que me mandaron a los exámenes médicos. No me volvieron a llamar y me dejaron de regalo un diagnóstico de hipertenso y diabético. Me dejaron sin chamba y enfermo. Ahora tomo cinco pastillas al día y mi orina cambió de color y olor para siempre.

Pensé que la prueba de sangre había mapeado mi esencia subterránea, pero el problema no era el doping; aguanté como el Diegote, pero igual me dejaron en visto cuando pregunté cuándo arrancábamos.

Lo descubrí meses después, en pleno verano, cuando envié mi postulación a los Estímulos Económicos del Ministerio de Cultura. Tenía un proyecto lindo para promover la literatura peruana en el extranjero; contaba con las cartas de invitación y los auspicios para cerrar el plan. Pero no pasé el primer filtro: me saltó un antecedente judicial que debía subsanar en cinco días hábiles.

Aunque tengo procesos en Fiscalía, todos estaban mapeados con mi abogado y respondían estrictamente a mi práctica periodística. Este caso no lo tenía en órbita; más bien me sacó de ella. Remontaba al 2011, época en que tuve una relación intensa con una guapa periodista de quien vivía enamorado desde el colegio. Fuimos compañeros desde chicos y la historia se concretó 32 años después.

Los trece meses de amor en pareja se vieron opacados por la desaprobación de su familia. La cúspide del conflicto reventó en la cocina de su casa, donde pudo haber una tragedia y la guapa comunicadora terminó al borde de ser la sucesora de Giulianna Llamoja o ser bautizada por la prensa chicha como «la loca del cuchillo». El incidente acabó en la comisaría de Surco, adonde los involucrados tuvimos que acudir reiteradas veces durante los dos años siguientes.

Recuerdo haber cumplido, por recomendación de mi abogado, cada indicación de la Policía y del Poder Judicial: asistí a terapia psicológica en condición de agresor por orden del juez y no volví a verlas nunca más, bajo juramento ante un cura.

Pero la descalificación del Ministerio de Cultura me devolvió de golpe a ese recuerdo infame. Tuve que peregrinar por las dependencias que me procesaron para averiguar por qué figuraba requisitoriado si había cumplido con todo lo que exigía la ley.

Hasta que di con el origen de la mancha que no me dejaba trabajar en la mina ni postular a los fondos públicos: todo venía del INPE. ¿El INPE? ¿Ahí donde registran a los reclusos sentenciados? Me di cuenta de que para el sistema yo era un sentenciado que no había cumplido su condena; en cualquier momento, en la calle o en un restaurante, me podían intervenir y mandar directo al calabozo.

Desde ese día me sentí un prófugo. Anduve con cautela, camuflado con lentes y gorrita. Descarté teñirme el cabello por la severa calvicie que gobierna mi azotea, pero me dejé el bigote.

Agarré valor y un día me acerqué al INPE. Temía que al digitar mi DNI saltara una alerta roja en la pantalla y me detuvieran al instante. Dejé la solicitud de revisión mientras buscaba la forma de insertarme en el mercado laboral aun con ese anticuchazo en mi registro.
A los dos meses me llegó una carta de la institución informándome que se habían equivocado y que procederían a actualizar su base de datos. Sin embargo, en los sistemas de Trabajo y Cultura seguiré figurando como un agresor que no asistió a sus terapias.

Lo trágico y cómico del caso es que en aquel incidente de la cocina fui yo quien impidió la tragedia.

En su momento le escribí una carta a mi exsuegra a manera de despedida, expresándole el afecto que le guardé durante esos trece meses en su domicilio. Como no me gusta desperdiciar nada de lo que escribo, la subí a mis redes y la gente empezó a meterle harto like. Pero al toque me la bajaron; siempre tuve presente que la señora trabajó años en el SIN de Montesinos.

Veo también que la guapa periodista asume cargos públicos celebrados por muchos, aunque pesan más las denuncias laborales en su contra por un bajísimo control de la ira.
Esto no me ha hecho claudicar en utilizar el amor como herramienta para buscar la felicidad, aunque hoy encuentro más placentero cobrar renta a través de pequeñas venganzas personales en nombre de la literatura peruana. Agúzate, Valdelomar, que llegó tu ocaso.

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«La Carretera», de Roberto de Olazábal Wismann

Lee la columna de Rodolfo Ybarra

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15 horas ago

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26/08/2026

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Rodolfo Ybarra

Un libro de poesía casi siempre es una casa o un camino a ella. Muchos escritores han hablado de esta senda-ruta-vereda desde el viaje de Ulises a Ítaca pasando por el On the road de Jack Kerouac o los dos caminos que plantea El Paraiso Perdido de Milton: el hades y la Tierra.

Pero Roberto de Olazábal Wismann, periodista, empresario, tutor de la minotáurica Librería Casatomada y editor del sello Barba Negra, nos quiere contar su propio camino en pasos trajinados: sus viajes, aventuras y desventuras, cuando no el desamor o la pérdida.

Entonces brillan con luz propia de semáforo esas Luciérnagas en Pichanaqui que titilan en el libro o la fogata en la oscuridad densa. Siempre con palabras que se entrecruzan y que dicen sin decir. Connotan, dan a entender bajo un manto protector de Eguren o Martín Adán y los maudits franceses: Mallarmé, Verlaine, Rimbaud y Baudelaire.

Y su propia voz que se esparce como hojas vivas o secas en Flores a la tumba: Tengo el andar congelado,/pero cómo no sonreír,/está tan feliz,/yo pesado, entumecido.//En la carretera,/Se detuvo tu reloj,/lejos de tu corazón/en la altura,/ la ambición entonces/ y la calumnia antes/castigó, mas no amargó/a la bella mujer que llegaste a ser/pasos, palabras, ideas/aún dormida/con la vista atenta,/aquella eternidad,/no te conocí,/te hubiera gustado cargarme/y envolverme entre tus sedas/tú tan suave y bella en la fotografía/sin pan bajo el brazo,/llegué con flores.

La Carretera es una ópera prima, pero madura como fruto caído del árbol. Quizás la mejor prueba sea ese último poema “Joaquín Rodrigo en Aranjuez” que nos obliga a adentrarnos en la música clásica: el Concierto de Aranjuez que trasunta un dolor extremo: la pérdida de un hijo, la mujer enferma, el fin de la Guerra Civil Española y la 2GM. Y ese diálogo de la guitarra como voz que le reprocha a Dios las tribulaciones: Ahora toca,/y que todos sientan tu dolor,/tu reproche, tu furia, tu miedo.//Que sepan al despertar/que ya nadie necesitará vivir tu pena/ni enfrentarse a Dios,/bastará cerrar los ojos, como tú,/ciego,/y oír lo que ocurrió en Aranjuez/para entender que la pérdida/también completa,/y el espíritu, al perder,/también gana.

Así, Roberto de Olazábal Wismann nos entrega esta carretera llena de paraderos simbólicos, extrañas nieblas como la de Feldrich, el cerro Baúl u otros espacios y seres como la Ardilla o la Mujer Tormenta. Y todo esto es Poesía.

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Santa Rosa, la memoria viva de Lima

De la fe limeña al cielo de América. Tras 409 años de su desaparición, el recuerdo imborrable de Isabel Flores de Oliva siempre quedará en el corazón del pueblo.

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2 días ago

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24/08/2026

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Luis Felipe Alpaca

A la avenida Tacna no voy solo por compromiso; voy a buscar memoria. Frente al pozo, viendo esas colas inacabables cada 30 de agosto a uno se le afloja el pecho, aunque en el mundo la celebran el 23 de agosto, pero el barrio bravo sabe que el verdadero luto pegó un 24 de agosto hace 409 años.

Isabel Flores de Oliva —‘Santa Rosa de Lima’, la criolla más nuestra— vino al mundo el 30 de abril de 1586 en este piso limeño. Hija de Gaspar Flores, arcabucero de Baños de Montemayor, y María de Oliva y Herrera, costurera de Huánuco, fue la cuarta de doce hermanos, de los que recordamos a Gaspar, Hernando, Bernandina, Francisco, Juana, Antonio, Andrés, Jacinta y Francisco Matia.

El cura Antonio Polanco la bautizó el 25 de mayo de 1586 en la Parroquia de San Sebastián del jirón Ica, apadrinada por Hernando de Baldés y María Osorio. A los tres meses, una criada le vio el rostro hecho pétalos de flores y su madre la bautizó como Rosa. Inspirada en santa Catalina de Siena, la niña aprendió el ayuno y la penitencia junto a su hermano Hernando, su compinche de juegos. A los doce años la vida la llevó a Quives a 60 kilómetros de Lima, y mientras Toribio de Mogrovejo la confirmó, fue apadrinada por el cura Francisco González, y entre sus dolores de reuma forjó esa santidad silenciosa.

Consumida por la tuberculosis, pasó sus últimos tres meses donde Gonzalo de la Maza y María de Uzategui —hoy su Monasterio—. Rosa murió a los 31 años la madrugada del 24 de agosto de 1617, tal como profetizó al padre Leonardo Hansen. Aquel entierro paralizó al virrey, al Cabildo y al pueblo entero, que en su afán de tocarla le cambió el hábito tres veces. Antes de despedirla, el pintor italiano Angelino Medoro inmortalizó su rostro.

Canonizada por Clemente X en 1671, excelsa patrona del Nuevo Mundo, Filipinas, la Policía Nacional del Perú y los tuberculosos, hoy descansa en Santo Domingo. Rosa no es un mito lejano; es la primera santa de América y el alma entrañable de nuestra Lima.

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Los masajes de Keiko

Lee la columna de Edwin Cavello

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3 días ago

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24/08/2026

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Edwin Cavello Limas

La revelación de las reuniones de la presidenta Keiko Fujimori con el cuestionado empresario argentino Damián Valenzuela Mayer, en el Spa Tomyko, ubicado en La Victoria, ha abierto una nueva crisis política alrededor de Palacio de Gobierno. La información difundida por el semanario Hildebrandt en sus trece ha provocado, además, la conocida reacción de quienes pretenden defender a la mandataria: minimizar el hecho, invocar la vida privada y, de paso, matar al mensajero.

Pero aquí no se discute un masaje. Se discute la falta de transparencia.

El antecedente político resulta inevitable: Pedro Castillo y sus reuniones en una vivienda del jirón Sarratea, en Breña. El entonces presidente electo recibió allí a empresarios y políticos fuera de los espacios institucionales, sin los mecanismos habituales de registro y transparencia que deben acompañar el ejercicio del poder.

Ahora miremos las fechas. El 3 de julio, el Jurado Nacional de Elecciones declaró a Keiko Fujimori presidenta electa. Ocho días después, el 11 de julio, sostuvo una de sus reuniones con Valenzuela Mayer en un spa de La Victoria.

Por aquellos días, la vivienda de Fujimori Higuchi se había convertido en una especie de pasarela política. Cámaras, micrófonos, dirigentes, empresarios y visitantes registraban públicamente sus ingresos y salidas. La futura presidenta recibía a medio mundo y los medios estaban allí para contarlo.

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿por qué no vimos al empresario argentino Damián Valenzuela Mayer formando parte de aquella transparencia política?

La respuesta no está en el masaje. Está en el lugar escogido para reunirse.

Si una presidenta electa decide encontrarse con un empresario cuestionado en un espacio privado, lejos de las cámaras y de los registros públicos, tiene que explicar por qué. No basta con decir que se trataba de una reunión privada. Desde el momento en que se es presidenta electa, cada encuentro  adquiere una dimensión política.

Keiko Fujimori tenía derecho a su privacidad. Pero el poder también tiene obligaciones. El problema, entonces, no es el Spa Tomyko. El problema es convertir un espacio privado en una oficina sin registro. Un despacho paralelo donde no sabemos quién entra, para qué entra ni qué se conversa.

Sarratea nos dejó una lección. Los lugares privados también pueden convertirse en escenarios públicos cuando allí se toman decisiones relacionadas con el poder.

Ahora tenemos los masajes de Keiko. Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿Qué se negoció allí?

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Una influencer en Palacio

Lee la columna de Márlet Ríos

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3 días ago

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23/08/2026

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Redacción Lima Gris

Por Márlet Ríos


Al parecer la señora Fujimori sabe tanto de gestión pública como de física aplicada y nos quiere hacer creer que está preparada para gobernar. Para ella es suficiente mostrarse carismática en TikTok y dar consejos frívolos. O tal vez piensa que puede aparecerse con su comitiva en cualquier sitio y realizar promesas a diestra y siniestra. Sus asesores deberían indicarle que se requieren políticas públicas claras y, por supuesto, implementar herramientas concretas que ayuden a llevar a cabo dichas políticas públicas. La gestión pública pasa por la toma de decisiones en el momento preciso. Suponemos que en los últimos quince años la señora Fujimori se ha estado capacitando o, al menos, cuenta con un equipo eficiente de gestores públicos. La conformación de su gabinete reciclado —con algunos antiguos antifujimoristas ahora “convertidos”— nos produce suspicacias. La improvisación cunde en un Gobierno cuyo lema de campaña era “la fuerza del orden”.

¿Estos son los gestores preparados que nos iban a salvar de las garras del comunismo y el chavismo del siglo XXI? ¿Estos son los que iban a combatir la terrible inseguridad urbana? Todos los días siguen asesinando a ciudadanos en Lima y otras ciudades del país.

Por obvias razones, la señora Fujimori nos recuerda a la expresidenta Dina Boluarte. Ciertamente, las dos pueden ser lo superficiales que quieran. Si desean buscar la belleza, allá ellas. Como escribió el gran sociólogo Zygmunt Bauman en Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias: “La belleza ha sido, junto con la felicidad, una de las promesas modernas y de los ideales rectores más emocionantes de la agitada mentalidad moderna”.

No obstante, la señora Fujimori debería pisar tierra y darse cuenta de que ocupa la máxima responsabilidad del Estado, con todas las prerrogativas que ello implica. Fue elegida para servir y gobernar. Y no solo tomando en cuenta a sus votantes más acaudalados y privilegiados —o a los que se sienten así—. Lo que se necesita es una lideresa con capacidad de gestión en Palacio de Gobierno. Influencers ya tenemos de sobra.

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El Flaubert arequipeño

Lee la columna de Julio Aguilar

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5 días ago

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22/08/2026

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Redacción Lima Gris

Por Julio Aguilar

Eusebio Quiroz Paz Soldán suele afirmar que Arequipa no es solamente una ciudad de singular arquitectura; es, ante todo, un espacio donde lo indígena y lo hispano convergen en una síntesis cultural única que, con el paso de los siglos, forjó las tradiciones de nuestra tierra y la convirtió en uno de los principales focos intelectuales del Perú.

En ese escenario, a finales del siglo XIX, comenzó a escribirse la vida de uno de los más destacados representantes de nuestra literatura. Augusto Aguirre Morales ocupa un lugar privilegiado entre los escritores arequipeños de inicios del siglo XX. Su obra sobresale por la manera en que logró conciliar la narrativa novelesca con el rigor de la investigación histórica, particularmente la referida al mundo incaico, distanciándose del tratamiento idealizado y romántico que predominaba en buena parte de la literatura de su tiempo.

Fue el 24 de abril de 1888 cuando Oswaldo Aguirre y María Morales le dieron la bienvenida al mundo. Desde muy temprana edad mostró un profundo interés por la literatura y la historia. Esa inclinación se vio favorecida por un entorno familiar estrechamente vinculado con la tradición cultural andina y por el constante contacto con los libros, circunstancias que terminarían marcando el rumbo de su vocación intelectual.

Realizó sus estudios superiores en la Universidad Nacional de San Agustín, donde se especializó en Jurisprudencia. Sin embargo, aunque la formación jurídica ocupó una parte importante de su vida académica, pronto descubrió que su verdadera vocación se encontraba en la docencia, el periodismo y la creación literaria.

En 1922 inició su labor como preceptor en la Escuela de Varones del distrito de Tingo y posteriormente en la Escuela N.° 9515. Aquellas primeras experiencias docentes dejaron una profunda huella en su pensamiento. Poco después decidió trasladarse a Lima, donde ejerció como profesor de Arte Incaico en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Esa etapa no solo consolidó su vocación pedagógica, sino que amplió sus horizontes intelectuales y fortaleció su interés por el estudio del pasado prehispánico.

Su fascinación por la historia del Perú se alimentó también de una constante dedicación a la lectura. Desde muy joven tuvo acceso a numerosas obras históricas y, especialmente, a las crónicas de los primeros cronistas de Indias, cuyas descripciones del antiguo Perú despertaron en él una profunda admiración. Entre los autores que más influyeron en su formación destaca Pedro Cieza de León. La lectura de sus crónicas terminó de convencerlo de que la literatura podía convertirse en un medio privilegiado para reconstruir el pasado sin renunciar al rigor documental.

Con el paso de los años estrechó una sólida amistad con Abraham Valdelomar, autor de «El caballero Carmelo”. Gracias a ese vínculo se incorporó al movimiento Colónida, el influyente círculo intelectual reunido en torno a la revista del mismo nombre, que congregó a algunos de los escritores más importantes del país. El interés por el mundo indígena y por el incaísmo constituyó uno de los rasgos característicos de aquel grupo.

Sin embargo, la propuesta literaria de Aguirre Morales difería considerablemente de la de muchos de sus contemporáneos. Mientras varios escritores contemplaban el mundo andino desde una perspectiva marcadamente romántica e idealizada, él hizo de la rigurosidad histórica el rasgo distintivo de toda su producción narrativa.

Esta concepción encontraba afinidades con las reflexiones historiográficas de José de la Riva-Agüero, particularmente en la necesidad de comprender el pasado peruano desde el estudio crítico de las fuentes y no desde una idealización del mundo prehispánico. Aguirre Morales trasladó esa convicción a su literatura. Allí donde otros autores veían el Tahuantinsuyo como un paraíso perdido, él prefirió reconstruirlo a partir de las crónicas, los documentos históricos y las investigaciones arqueológicas, convencido de que la imaginación literaria alcanzaba mayor fuerza cuando se sustentaba en una investigación rigurosa.

Esa postura terminó por convertirlo en una figura singular dentro de la narrativa peruana de su generación. Su propósito nunca fue idealizar el pasado ni construir una visión mítica del Imperio incaico, sino comprenderlo en toda su complejidad histórica. Para Aguirre Morales, la novela histórica debía tender un puente entre la creación artística y la investigación, permitiendo al lector aproximarse al pasado con el mayor grado de verosimilitud posible. Esa búsqueda permanente de equilibrio entre ficción e historia constituye, quizá, el rasgo más representativo de toda su obra.

Antes de consolidarse como uno de los grandes novelistas históricos del Perú, ya había dado muestras de su talento en Flor de ensueño (1906) y Devocionario (1913). Estas primeras publicaciones revelan una notable preocupación por el estilo y una prosa cuidadosamente elaborada, en la que conviven el lirismo, ciertos rasgos románticos y una marcada sensibilidad espiritual. Más adelante apareció La Medusa (1916), novela influida por el decadentismo europeo que confirmó su permanente búsqueda de nuevas formas de expresión.

No obstante, fue con La justicia de Huayna Cápac (1918) cuando comenzó a delinear con mayor claridad la concepción histórica que caracterizaría toda su narrativa. Aquella obra representó su primer gran acercamiento al mundo incaico desde una perspectiva sustentada en la investigación documental y preparó el camino para El pueblo del Sol, publicada en 1924 y ampliada en su edición definitiva de 1927.

Con esta novela alcanzó la madurez de su producción literaria. A diferencia de otros escritores que idealizaban el Tahuantinsuyo, Aguirre Morales reconstruyó el Imperio incaico apoyándose en las crónicas españolas y en los estudios arqueológicos disponibles en su época. El resultado fue una narración donde la ficción y la historia conviven con un equilibrio poco frecuente, mostrando una sociedad compleja, atravesada por relaciones de poder, conflictos, pasiones y contradicciones profundamente humanas. Esa meticulosa reconstrucción histórica llevó a la crítica a establecer un paralelo entre El pueblo del Sol y Salambó, de Gustave Flaubert, comparación de la que surgió el apelativo con el que hoy suele recordársele: el Flaubert arequipeño.

Aunque su nombre no alcanzó la difusión de otros escritores peruanos de su generación, Augusto Aguirre Morales dejó una huella decisiva en la novela histórica nacional. Su obra demostró que la creación literaria podía sostenerse sobre una investigación rigurosa y un profundo respeto por las fuentes históricas, sin sacrificar la imaginación ni la calidad estética. Esa manera de entender la literatura constituye uno de sus mayores aportes y explica la vigencia de su legado dentro de las letras peruanas.

El 2 de junio de 1957 falleció en Lima, a los 69 años. Con su partida desapareció una de las voces más singulares de la literatura arequipeña; sin embargo, su obra continúa recordándonos que la historia y la ficción no son caminos opuestos, sino formas complementarias de comprender el pasado. En esa convicción perdura también una parte esencial del legado cultural que Arequipa ha ofrecido a la literatura peruana.

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Opinión

Trabajo libre y capitalismo popular: romper las cadenas de la informalidad en el Perú y América Latina

Lee la columna de Raúl Allain

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22/08/2026

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Raúl Allain

Hay una escena que se repite todos los días en el Perú y que, a veces, dice más sobre nuestra realidad que cualquier discurso parlamentario. Una persona abre temprano su pequeño negocio, levanta la puerta metálica, acomoda sus productos y empieza a trabajar. No está pensando en Marx, Hayek ni en ninguna teoría económica. Está pensando en pagar el alquiler, alimentar a sus hijos y, si el día acompaña, guardar algo para mañana.

Ese ciudadano también forma parte de la economía. Y quizá deberíamos escucharlo mucho más.

Durante décadas, buena parte de la izquierda latinoamericana ha explicado la sociedad mediante una narrativa sencilla: trabajadores contra empresarios, explotados contra explotadores, pueblo contra capital. La llamada lucha de clases se convirtió así en una especie de lente obligatorio para interpretar prácticamente cualquier conflicto social. El problema es que la realidad contemporánea es bastante más compleja.

Un trabajador puede convertirse en emprendedor. Un pequeño comerciante puede contratar a otra persona. Un obrero puede ahorrar para comprar una vivienda. Una familia puede adquirir un terreno y convertirlo, con los años, en patrimonio. El trabajador y el empresario no tienen por qué ser enemigos irreconciliables. Pueden formar parte de una misma cadena de creación de riqueza.

Desde mi perspectiva como periodista y sociólogo, ahí existe una discusión que el Perú necesita recuperar: el trabajo libre no solamente debe ser protegido; debe ser facilitado.

La Constitución peruana reconoce la libertad de trabajo y de empresa. No es un detalle menor. Significa que la persona no debería necesitar autorización permanente de una burocracia para desarrollar legítimamente sus capacidades productivas.

Sin embargo, entre el derecho escrito y la realidad existe una enorme distancia.

Los datos son contundentes. Según el INEI, durante 2025 el 70,2 % de los trabajadores peruanos tenía empleo informal. La situación es todavía más preocupante entre los jóvenes: en el periodo abril de 2025-marzo de 2026, la informalidad alcanzó el 84,8 % entre los ocupados de 14 a 24 años.

Entonces cabe hacerse una pregunta bastante incómoda: si las reglas laborales existentes fueran suficientes para incorporar a los ciudadanos a la formalidad, ¿por qué siete de cada diez trabajadores continúan fuera de ella?

No creo que la respuesta sea que los peruanos no quieren derechos. Tampoco que todos los pequeños empresarios sean explotadores. El problema es mucho más concreto: formalizar puede resultar demasiado costoso y complicado para una economía donde millones de personas tienen ingresos bajos e inestables.

El propio Banco Mundial ha advertido que el Perú presenta una de las cargas de costos no salariales más elevadas de América Latina, asociada en buena medida a rigideces de la regulación laboral. Su análisis encuentra además una relación positiva entre el costo de formalizarse y la informalidad, particularmente entre trabajadores de menores ingresos.

Aquí es donde la discusión política suele desviarse.

Cuando se propone simplificar regulaciones, reducir costos laborales no salariales o disminuir obstáculos tributarios, inmediatamente aparecen voces que denuncian una supuesta ofensiva contra los trabajadores. Pero ¿qué ocurre con el trabajador que nunca consigue un contrato formal?

Tiene menos protección, menos seguridad social, menos estabilidad y, muchas veces, menores posibilidades de acceder al crédito. La rigidez que pretende protegerlo puede terminar excluyéndolo.

No estoy planteando eliminar los derechos laborales. Sería absurdo. Un trabajador merece condiciones dignas, seguridad, remuneración justa y protección frente a abusos. Lo que cuestiono es la idea de que más regulación equivale automáticamente a más bienestar.

No siempre.

Una norma puede ser impecable sobre el papel y contraproducente en la realidad. Si una pequeña empresa no puede asumir los costos de contratar formalmente a su primer trabajador, probablemente no contratará. Y si el emprendedor percibe que cada nuevo empleado significa una carga administrativa y económica difícil de sostener, buscará mantenerse pequeño o, peor todavía, operar en la informalidad.

Eso no beneficia al trabajador.

Tampoco beneficia al Estado.

Y mucho menos beneficia al país.

La Organización Internacional del Trabajo calcula que la informalidad laboral en América Latina y el Caribe alcanzó el 47,6 % en 2024. Casi la mitad de los trabajadores de la región se encontraba, por tanto, en empleos informales, con ingresos inestables y menor acceso a protección social.

Estamos hablando de cientos de millones de historias personales. No de una abstracción estadística.

Por eso me parece necesario cuestionar la vieja idea de que el Estado debe resolver todos los problemas económicos mediante leyes, controles y nuevas instituciones. El Estado tiene una función indispensable, pero no puede producir por decreto la prosperidad de una sociedad.

La riqueza se crea cuando alguien produce algo que otra persona valora.

Ese principio es elemental, pero se olvida con facilidad.

Una panadería crea riqueza cuando produce pan y genera puestos de trabajo. Un taller mecánico crea riqueza cuando ofrece un servicio que alguien necesita. Una empresa tecnológica crea riqueza cuando desarrolla una solución útil. Un agricultor crea riqueza cuando produce alimentos. Un trabajador también crea riqueza cuando utiliza sus conocimientos y capacidades para generar bienes o servicios.

El capitalismo popular empieza allí: en la posibilidad de que millones de personas participen directamente en la creación y acumulación de riqueza.

No se trata solamente de Wall Street ni de grandes multinacionales. En América Latina, el capitalismo cotidiano está en las bodegas, mercados, talleres, restaurantes, peluquerías, pequeñas industrias, comercios digitales y emprendimientos familiares.

La izquierda suele hablar de concentración de riqueza, y la preocupación puede ser legítima. Pero la solución no debería consistir en impedir que más personas acumulen patrimonio. Al contrario: deberíamos preguntarnos cómo hacer que más ciudadanos puedan ser propietarios.

Una sociedad de propietarios es una sociedad con mayor autonomía.

Quien tiene una vivienda posee una base patrimonial. Quien tiene un pequeño negocio posee una fuente potencial de ingresos. Quien ahorra e invierte puede construir un futuro menos dependiente. Quien consigue acciones, herramientas, maquinaria o tierra productiva está acumulando capital.

Eso es movilidad social.

Y aquí aparece otro asunto incómodo: los impuestos.

Pagar impuestos es necesario para financiar las funciones esenciales del Estado. Pero una estructura tributaria excesivamente compleja o costosa también puede convertirse en una barrera de entrada. Especialmente para el pequeño empresario.

Reducir impuestos, simplificar obligaciones y facilitar la formalización no significa necesariamente “regalar dinero a los ricos”. Puede significar dejar más recursos en manos de quienes producen, contratan e invierten.

Por supuesto, una reducción tributaria debe ser responsable. El Estado necesita ingresos para financiar justicia, seguridad, infraestructura, educación y salud. Pero también debemos preguntarnos cuánto crecimiento estamos sacrificando cuando convertir una actividad económica en formal resulta demasiado caro.

En ocasiones, bajar una tasa puede ampliar la base de contribuyentes. Simplificar puede aumentar el cumplimiento. Facilitar la creación de empresas puede generar nuevos empleos. No existe una fórmula automática, pero sí existe una evidencia que merece ser considerada: la formalización necesita incentivos, no solamente sanciones.

Lo mismo ocurre con la libertad de empresa.

Una economía libre no es una jungla. Necesita reglas. Necesita competencia. Necesita jueces que hagan respetar contratos y autoridades que combatan el fraude y la corrupción. Pero necesita también límites al intervencionismo.

El Estado debe garantizar el terreno de juego; no necesariamente jugar todos los partidos.

Esta distinción es fundamental.

Cuando una autoridad decide arbitrariamente quién puede ingresar a un mercado, qué actividad puede crecer o qué empresa merece sobrevivir, se reduce la competencia y aumenta el poder discrecional de la burocracia. Y allí aparece otro problema latinoamericano de larga data: la corrupción.

Cuantas más decisiones económicas dependen de permisos, autorizaciones y excepciones, mayores son los incentivos para buscar influencias políticas.

La libertad económica, bien entendida, también puede ser una herramienta anticorrupción.

Menos trámites innecesarios significan menos oportunidades para el funcionario que exige favores. Reglas claras significan menos espacio para decisiones arbitrarias. Procesos digitales y transparentes reducen la discrecionalidad.

No se trata de destruir al Estado. Se trata de hacerlo más eficiente.

También debemos hablar del sindicalismo. Los sindicatos tienen una función legítima: representar intereses laborales y defender derechos colectivos. El problema comienza cuando la representación sindical se transforma en una plataforma partidaria o cuando determinados dirigentes convierten la defensa del trabajador en una lucha permanente contra la empresa privada.

Un sindicalismo responsable puede contribuir al diálogo social. Un sindicalismo politizado puede terminar bloqueándolo.

El empresario no debería ser visto automáticamente como enemigo del trabajador. Una empresa cerrada no genera puestos de trabajo. Una inversión que nunca llega tampoco crea salarios. Una fábrica que deja de operar porque los costos son insostenibles no protege a sus trabajadores: los deja sin empleo.

Esto debería ser sentido común.

La izquierda regional ha utilizado durante décadas la palabra “derechos” como si su defensa fuera incompatible con la libertad económica. No lo es. El derecho al trabajo también debería significar el derecho a trabajar sin obstáculos innecesarios, el derecho a emprender, el derecho a contratar, el derecho a asociarse y el derecho a progresar.

El trabajador necesita protección frente al abuso, pero también necesita oportunidades.

Y una oportunidad laboral no nace de una pancarta.

Nace de una empresa que invierte.

Nace de un emprendedor que se arriesga.

Nace de un consumidor que demanda.

Nace de un mercado donde alguien encuentra rentable producir algo que otros necesitan.

Por eso considero equivocado presentar la desregulación como una especie de ataque al ciudadano. Una desregulación inteligente puede significar quitar obstáculos inútiles y permitir que la actividad productiva respire.

La OIT, desde una perspectiva distinta a la que aquí planteo, reconoce precisamente que la informalidad latinoamericana es un problema estructural y persistente y que afecta especialmente a jóvenes, trabajadores por cuenta propia y pequeñas empresas. Su estrategia regional de formalización 2024-2030 plantea la necesidad de abordar este fenómeno mediante políticas que faciliten la transición hacia la economía formal.

El desafío, entonces, no consiste en elegir entre trabajador y empresario.

Consiste en conseguir que haya más empresas capaces de contratar trabajadores formalmente.

Ese debería ser uno de los grandes objetivos nacionales.

Cuando observo el debate peruano, a veces tengo la impresión de que discutimos demasiado sobre cómo repartir una torta pequeña y demasiado poco sobre cómo hacerla crecer. Nos hemos acostumbrado a pensar en términos de reparto antes que de creación.

Pero no se puede redistribuir indefinidamente una riqueza que no se produce.

El Perú tiene una extraordinaria capacidad emprendedora. Lo vemos en Lima y en las regiones, en los mercados, en los talleres, en las pequeñas industrias y en los nuevos negocios digitales. Esa energía social existe. Lo que muchas veces falta es un marco institucional que permita convertirla en empresas sostenibles, empleos formales y patrimonio familiar.

América Latina tampoco necesita una nueva guerra de clases.

Necesita movilidad social.

Necesita trabajadores que puedan convertirse en propietarios. Necesita emprendedores que puedan convertirse en empresarios. Necesita pequeñas empresas que puedan convertirse en medianas y medianas que puedan competir internacionalmente.

Necesita, en definitiva, una sociedad donde crecer no sea una excepción.

Mi convicción es que una agenda de derecha democrática debe recuperar precisamente esa promesa: libertad para trabajar, libertad para emprender, impuestos razonables, regulación inteligente, propiedad privada y seguridad jurídica.

No significa abandonar a los más vulnerables. Significa dejar de considerarlos incapaces de construir su propio futuro.

La asistencia estatal puede aliviar una necesidad. Pero una empresa puede ofrecer un empleo. Un empleo puede generar ingresos. Los ingresos pueden permitir ahorrar. El ahorro puede convertirse en propiedad. La propiedad puede generar seguridad. Y esa seguridad puede abrir oportunidades para la siguiente generación.

Ahí está la verdadera cadena de ascenso social.

El gran desafío del Perú y de América Latina no es encontrar una nueva forma de enfrentar al trabajador con el empresario. Es conseguir que cada vez más trabajadores tengan la posibilidad de convertirse en propietarios y que cada vez más propietarios puedan convertirse en generadores de empleo.

No necesitamos una sociedad dividida permanentemente entre “los de arriba” y “los de abajo”.

Necesitamos una sociedad donde subir sea posible.

Y para eso hacen falta menos obstáculos, reglas más simples, impuestos razonables, instituciones fuertes y, sobre todo, confianza en la libertad de las personas para trabajar y crear.

Porque cuando un ciudadano puede vivir de su propio esfuerzo, construir un patrimonio y ofrecer oportunidades a otros, no solamente está mejorando su vida.

Está ayudando a construir un país más libre.

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