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Yayoi Kusama, una de las figuras más reconocibles e influyentes del arte contemporáneo, murió a los 97 años en Tokio. La artista japonesa falleció el pasado 14 de agosto en un hospital de la capital nipona, según informó su estudio en un comunicado publicado este jueves en su página oficial. No se ha informado la causa de su muerte.

Kusama nació en 1929 en Matsumoto, en la prefectura de Nagano, y comenzó a pintar desde niña. Desde entonces, las alucinaciones y patrones obsesivos que experimentaba se convirtieron en una fuente fundamental de su producción artística. Lunares, redes infinitas, calabazas, espejos y repeticiones terminaron formando un universo visual propio, reconocible en cualquier parte del mundo.

A finales de los años cincuenta se trasladó a Nueva York, donde entró en contacto con la vanguardia artística y desarrolló algunas de sus propuestas más radicales. Sus pinturas de redes infinitas y sus performances la situaron en el centro de la escena neoyorquina de los años sesenta, junto a artistas como Andy Warhol y Claes Oldenburg. También realizó happenings y acciones de carácter antibélico, desafiando las convenciones del arte y de la sociedad de su tiempo.

Yayoi Kusama
(Foto: YAYOI KUSAMA)

Yayoi Kusama: los lunares como lenguaje

Uno de sus mayores aportes fue llevar la repetición hasta convertirla en una experiencia espacial. En 1965 presentó Phalli’s Field, la primera de sus célebres Infinity Mirror Rooms, instalaciones en las que espejos, luces y objetos multiplicados crean la ilusión de un espacio sin límites. Con el tiempo, estas obras se convertirían en algunas de las experiencias más populares del arte contemporáneo.

Su trayectoria tampoco estuvo separada de sus dificultades personales. En la década de 1970 regresó a Japón y, años después, ingresó voluntariamente en una institución psiquiátrica de Tokio. Desde allí continuó trabajando en un estudio cercano y mantuvo una producción artística extraordinariamente prolífica. Para Kusama, el arte funcionaba como una forma de enfrentar aquello que la perseguía desde la infancia.

Con el paso de las décadas, aquella artista de vanguardia que alguna vez había sido marginada por buena parte del circuito artístico se convirtió en un fenómeno global. Sus instalaciones fueron exhibidas en museos como el MoMA de Nueva York y la Tate Modern de Londres, mientras sus colaboraciones con la moda y sus enormes esculturas de calabazas llevaron su imaginario mucho más allá de las galerías.

En 2006 recibió el Praemium Imperiale, convirtiéndose en la primera mujer en obtener este reconocimiento de la Asociación de Arte de Japón. En 2016 recibió además la Orden de la Cultura de Japón. Su propio museo abrió en Tokio en 2017, consolidando el lugar de su obra dentro de la historia del arte contemporáneo.

Kusama continuó pintando prácticamente hasta el final de su vida. El comunicado de su estudio señaló que mantuvo su búsqueda artística del amor eterno y del alma hasta poco antes de morir. A los 97 años, deja una obra que convirtió la obsesión en lenguaje, la repetición en infinito y un simple lunar en una de las imágenes más poderosas del arte del siglo XX y XXI.

artistayoyai kusama

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