El cine se erige como una herramienta capaz de responder interrogantes que a menudo permanecen sin respuesta. ¿Qué parte de la esencia de quienes habitaron ciertos territorios permanece aún allí? ¿Si los objetos o vestigios arqueológicos conservan una conexión con nosotros que trascienda lo tangible? Estas preguntas cobran fuerza cuando nos enfrentamos al profundo desconocimiento que genera el tiempo respecto a nuestra propia historia, especialmente desde generaciones muy alejadas del periodo que se pretende estudiar. La realidad es que muchas veces ni siquiera sabemos qué podemos encontrar; y cuando surge algún hallazgo de valor para el público, también irrumpen intereses que no necesariamente son los más nobles. Es justamente desde esa inquietud que Nicolás Cifuentes construye su obra Una escritura en apariencias, una pieza ligada al 30° Festival de Lima que se proyecta hasta el año 2026. Como él mismo cuenta al inicio del documental, desde niño sintió una enorme fascinación por las cámaras. Recuerda incluso que le gustaba exponer los rollos de película a la luz, un gesto que terminaba destruyendo de manera irreversible las imágenes registradas. Ese recuerdo infantil deja entrever el origen de la exploración propuesta aquí, porque la relación entre la luz, la memoria y la desaparición atraviesa toda la película. Su recorrido lo lleva hasta Teyuna, la llamada “Ciudad Perdida” del pueblo tayrona, uno de los sitios arqueológicos más importantes de Colombia, descubierto hace cincuenta años por buscadores de tesoros conocidos como huaqueros. A partir de allí, se establece un diálogo constante entre distintos tiempos. Por un lado, aparece el pasado registrado en imágenes de archivo de hace cinco décadas; por otro, el presente del propio Cifuentes y de quienes hoy habitan ese territorio. Mediante la reapropiación del archivo y la incorporación de nuevas imágenes filmadas por él mismo, el cineasta construye un recorrido que busca desplazarse entre el espacio y el tiempo para preguntarse cuánto de aquellas personas sigue reflejándose en quienes permanecen allí en la actualidad.

En el contexto del Festival de Lima, es inevitable que surja la comparación con La memoria de las mariposas (2025), obra documental de Tatiana Fuentes. Ambas películas utilizan el archivo para rescatar visiones poco conocidas sobre los pueblos indígenas durante la fiebre del caucho, pero sus trayectorias divergen notablemente. Mientras que en aquel trabajo una búsqueda histórica mayor desembocó en una exploración personal, aquí ocurre lo inverso: Cifuentes inicia desde una experiencia íntima ligada a su infancia y al lugar visitado por sus padres, para luego ampliar esa mirada hacia una reflexión extensa sobre el territorio y la memoria. Ese regreso físico con cámara permite abrir un diálogo entre pasado y presente, aunque también plantea interrogantes cruciales.

A medida que avanza el filme, surge una inquietud ética central: la legitimidad de su presencia. Al igual que los huaqueros llegaron décadas atrás como ajenos al territorio, Cifuentes reconoce ser un extraño en ese espacio. Esto genera preguntas fundamentales sobre la bienvenida hacia quienes llegan con intención de registrar y si realmente desean ser filmados quienes lo habitan. La narrativa cuestiona hasta qué punto la cámara deja de ser una herramienta neutral de observación para convertirse en una forma activa de intervención. Así, el cineasta se enfrenta al dilema moral de su propio rol frente a los habitantes del lugar que documenta.

La película comienza entonces a interrogar si esa «Ciudad Perdida» realmente deseaba ser hallada, o si el acto de descubrirlo benefició más a los visitantes externos que a quienes la habitaron. Es justamente allí donde cobra sentido la anécdota de los rollos expuestos a la luz: si esta era capaz de destruir las imágenes, también altera aquello que intenta registrar. Por eso aparecen constantemente esas figuras blancas, casi espectrales, como si pertenecieran a otro tiempo. Más que un recurso visual, terminan dialogando con la idea de la colonización y del derecho mismo a descubrir.

Es probablemente en esa dimensión ética donde el documental alcanza sus momentos más interesantes. Lo que inicialmente parecía una exploración íntima termina convirtiéndose en una reflexión sobre la relación entre la memoria, el archivo y la mirada contemporánea. No obstante, también considero que el recorrido cae por momentos en algunos lugares comunes de este tipo de propuestas. La voz en off insiste reiteradamente en ideas relacionadas con la condición del propio director como hombre blanco y con la legitimidad de su presencia allí. Son reflexiones válidas, pero muchas veces verbalizan aquello que las imágenes ya habían conseguido expresar con bastante claridad.

De hecho, los mejores pasajes de Una escritura en apariencias aparecen precisamente cuando Cifuentes decide guardar silencio. Es ahí donde el archivo histórico y las imágenes actuales comienzan a dialogar por sí solos, permitiendo que sea el propio montaje el que construya ese puente entre distintos tiempos. En esos momentos, el espectador casi puede escuchar las voces del pasado resonando como un eco sobre el presente, como si el territorio todavía conservara una memoria imposible de borrar. Esa confianza en el poder de las imágenes resulta mucho más sugerente que cualquier explicación verbal.

Aunque en ciertos instantes la necesidad de explicitar sus ideas le resta fuerza a las imágenes, el recorrido del documental conserva suficiente interés para sostener esa reflexión sobre la memoria, el archivo y la relación ética entre quien observa y aquello que decide registrar. Dentro de todo, creo que el experimento termina funcionando: hay una búsqueda formal y conceptual coherente con las preguntas que se plantean desde el inicio.

Leer artículo completo en www.cinencuentro.com →