El K-278 Komsomolets, submarino nuclear ruso que naufragó en 1989 tras incendiarse su popa, continúa expeliendo material radiactivo desde el fondo del Atlántico Norte. Así lo reveló un estudio publicado en marzo de 2026 por Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), que precisó que "todavía se producen emisiones desde el reactor, aunque estas no son continuas".
La embarcación, sumergida a 1.680 metros de profundidad en el mar de Noruega, al suroeste de la isla del Oso, resguarda un reactor de agua presurizada y dos torpedos con ojivas atómicas. La Autoridad Noruega de Seguridad Radiológica y Nuclear (DSA) estudió el deterioro del pecio y ahora su vigilancia permanente permite una evaluación detallada sobre los radionúclidos hallados y el comportamiento de las fugas en el hábitat marino.
El siniestro ocurrió cuando un fuego en la popa provocó el descenso definitivo de la nave al fondo marino. Pese al apagado de emergencia del sistema térmico, la propagación de las llamas no pudo contenerse. En el naufragio viajaban 69 tripulantes: 42 marineros fallecieron y 27 lograron sobrevivir.
La vigilancia de la nave rusa se centra en evaluar posibles contaminaciones futuras, mientras se implementan medidas para contener las fugas con tecnología avanzada. Más de tres décadas después del hundimiento, las emisiones de radionúclidos desde el reactor son intermitentes y analizadas continuamente por los especialistas.
Las expediciones del Instituto de Investigación Marina de Noruega y los análisis publicados en la revista PNAS han permitido trazar un panorama más claro sobre el estado del pecio. La exploración con el sumergible Ægir 6000 confirmó escapes intermitentes de radionúclidos que provienen de un conducto de ventilación del submarino, con concentraciones de estroncio-90 y cesio-137 hasta 800.000 veces superiores a los valores habituales en la zona. Esa fluctuación temporal en las fugas ya había sido registrada por mediciones de expediciones previas en 2019.
El deterioro del combustible atómico también generó dispersión de plutonio-239, plutonio-240 y uranio-236 cerca de la estructura del navío. Sin embargo, los análisis descartaron que la contaminación provenga de las ojivas de proa. Justin Gwynn, líder de la investigación, precisó al diario El País: "No encontramos rastro de plutonio apto para armas nucleares en las muestras de agua del mar y sedimentos recogidas junto al casco del submarino".
Pese a las elevadas lecturas en los puntos de fuga, los científicos coinciden en que el pecio no representa una amenaza directa para las personas ni para la fauna marina. Las investigaciones divulgadas en PNAS muestran una escasa acumulación de radionúclidos tras tres décadas de emisiones, debido a que las sustancias radiactivas se dispersan con rapidez en el océano. Tras su expedición, el Instituto de Investigación Marina de Noruega confirmó que "la fuga detectada no representaba un peligro para las personas ni para los peces".
Ante la dificultad de recuperar un navío sumergido a 1,7 kilómetros de profundidad, la estrategia principal prioriza la contención y el monitoreo mediante vehículos teledirigidos. Expediciones conjuntas emplearon el ROV Ægir 6000 para tomar muestras directas del casco, un seguimiento crucial dado que los expertos prevén emisiones continuadas del reactor. Misiones previas efectuaron trabajos para tapar grietas y sellar los tubos lanzatorpedos, medidas que permanecen intactas, según los análisis más recientes. La inquietud central radica en el desgaste a largo plazo de una estructura sometida al agua salada y a la presión abisal. Por ello, diversos científicos enfatizan la necesidad de mantener inspecciones continuas para evaluar el deterioro del combustible y comprender la dinámica de los escapes. De igual forma, un informe de la Autoridad Noruega de Radiación y Seguridad Nuclear (DSA) analizó diferentes hipótesis de contaminación radiactiva procedente de la nave, con el fin de calcular los riesgos futuros.
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