Ocho décadas después de su hundimiento en el océano Atlántico, el submarino japonés I-52 sigue siendo el custodio de uno de los tesoros más codiciados de la Segunda Guerra Mundial. Un veterano de guerra logró localizar los restos del pecio a 5.000 metros de profundidad, pero las 2,2 toneladas de oro que transportaba —valoradas hoy en más de 100 millones de dólares— permanecen inaccesibles.

La nave de la Armada Imperial Japonesa, conocida oficialmente como I Gō Dai Gojūni Sensuikan o I-52, zarpó desde Kure, Japón, el 10 de marzo de 1944 con destino a la Francia ocupada por la Alemania nazi. Su misión secreta era encontrarse con un submarino alemán cerca de Lorient para entregar el cargamento de oro, que serviría para pagar la tecnología militar que Alemania había suministrado a las fuerzas japonesas.

Además del oro, la embarcación transportaba toneladas de tungsteno y molibdeno, así como opio y cafeína. Durante una escala en Singapur, cargó quinina, caucho natural y lingotes de estaño antes de continuar su travesía. Sin embargo, criptólogos aliados habían descifrado un mapa clasificado con la ruta del submarino, sin que la tripulación japonesa lo supiera. Con esa información, el portaaviones estadounidense USS Bogue, escoltado por cuatro destructores de escolta y un destructor, se dirigió al Atlántico medio para interceptarlo.

El oro sigue sin aparecer y algunas partes del submarino japonés son inaccesibles hasta ahora.

Submarino japonés I-52. Foto: Asociación Naval de Japón

Submarino japonés I-52. Foto: Asociación Naval de Japón

El teniente comandante Jesse D. Taylor pilotaba un bombardero torpedero Grumman TBF Avenger, que había despegado del portaaviones. Tras lanzar una sonoboya para detectar actividad submarina mediante sonar, su equipo identificó el sonido de la hélice del I-52 y lanzó un torpedo. “Probablemente llevábamos una hora o una hora y media en el aire cuando Ed Whitlock, que era el operador de radio, me avisó por el intercomunicador de que tenía un punto en la pantalla del radar. Entonces se dirigieron hacia él y lanzamos las bengalas con paracaídas que lo iluminaron”, recordó Taylor en un documental de National Geographic publicado en 2000. “Uno estaba allí para hacer su trabajo, que era hundir un submarino si lo encontraba”. Horas más tarde, otras sonoboyas detectaron señales compatibles con una explosión submarina cerca de la medianoche. Sin certeza de haber alcanzado el objetivo, el teniente William Gordon lanzó un segundo torpedo. Poco después se produjo una enorme explosión y el océano volvió a quedar en silencio. La siguiente frase de Taylor quedó registrada en una grabación que aún se conserva: “¡A ese hijo de puta lo hundimos!”.

Al día siguiente, el destructor USS Janssen llegó a la zona del ataque. Entre los restos que flotaban en el agua, su tripulación encontró fragmentos de seda, una sandalia, grandes cantidades de caucho y restos humanos, evidencias de que la misión había sido exitosa. Sin embargo, el oro nunca apareció y, con el paso de los años, el lugar donde descansaba el submarino quedó prácticamente olvidado.

Comandante Uno Kameo, de la Armada Imperial Japonesa. Foto: Wikimedia

Comandante Uno Kameo, de la Armada Imperial Japonesa. Foto: Wikimedia

El hallazgo del I-52 ocurrió el 2 de mayo de 1995, cuando el submarino fue localizado a unos 5.000 metros de profundidad, aproximadamente cinco kilómetros bajo la superficie del Atlántico. El veterano de la guerra de Vietnam y entusiasta de los naufragios, Paul Tidwell, había iniciado una larga investigación años atrás para dar con su paradero. Convertido en historiador, revisó durante años documentos en la Biblioteca del Congreso, los Archivos Nacionales de Estados Unidos y diversos museos navales.

Entre los miles de registros encontró documentos recientemente desclasificados que incluían informes de inteligencia y mensajes de radio enemigos descifrados. Esa información permitió ubicar el área donde debía encontrarse el submarino, aproximadamente a mitad de camino entre Barbados y las islas de Cabo Verde. Aunque Tidwell perseguía algo más que el tesoro perdido, la posibilidad de recuperar más de 2 toneladas de oro atrajo inversionistas y, para 1995, había reunido más de un millón de dólares para organizar una expedición.

La búsqueda comenzó a bordo del buque oceanográfico ruso R/V Yuzhmorgeologiya, contratado por la empresa Sound Ocean Systems. Sin embargo, el submarino seguía sin aparecer. Ante la falta de resultados, el director de operaciones Tom Dettweiler pidió ayuda a la empresa especializada en exploración oceánica Nauticos. Su fundador, el veterano de la Marina estadounidense David Jourdan, propuso modificar la zona de búsqueda al considerar que los registros de navegación utilizados eran incorrectos. El cambio dio resultado y, después de décadas de investigación, Tidwell finalmente había encontrado el submarino.

Tres años después del hallazgo inicial, Tidwell regresó al lugar del naufragio a bordo del buque R/V Akademik Mstislav Keldysh, que contaba con tres sumergibles Mir capaces de descender hasta el fondo marino. Durante las inmersiones, los investigadores encontraron una caja metálica repleta de opio y recuperaron bloques de estaño. Aunque las explosiones habían destruido parte del casco, el submarino seguía siendo reconocible y gran parte de su revestimiento de madera permanecía intacto más de cinco décadas después del hundimiento. En el lugar aún aparecían vestigios de los pasajeros, como un zapato solitario que recordaba la tragedia, un sitio que hoy es considerado una tumba de guerra. Además, los científicos detectaron rastros químicos de oro en la arena cercana al pecio, un indicio que renovó las esperanzas de Tidwell. Sin embargo, las 2,2 toneladas de lingotes siguen sin aparecer. Hasta ahora, se cree que las zonas más profundas e inexploradas del submarino podrían albergar el tesoro que nunca fue recuperado. “No quiero que ninguna parte del I-52 siga siendo un misterio”, afirmó Tidwell en el documental de National Geographic. “Realmente quiero entrar, registrar el interior y realizar una recuperación. También hay más objetos personales que me gustaría recuperar para devolverlos a las familias”. A pesar del tiempo transcurrido y las dificultades técnicas, Tidwell continúa convencido de que el oro japonés sigue esperando en el fondo del océano, sin que hasta ahora se haya logrado extraer ni un solo lingote de las 2,2 toneladas que permanecen ocultas en el interior del pecio.

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