El arzobispo de Lima, Carlos Castillo, ha transformado el púlpito en un escenario para el mitin político, aprovechando la atención del 28 de julio para lanzar lo que el columnista califica como una “sacrílega liturgia”. En su prédica de ayer, centró el discurso en las víctimas de las protestas sociales de diciembre de 2022 y enero de 2023, ocurridas durante el gobierno de Dina Boluarte.

Castillo leyó en la Misa y Te Deum los nombres de las 49 víctimas de esas movilizaciones, pero omitió, según ha consignado Pedro Yaranga, a los 11 fallecidos que murieron durante los bloqueos despiadados sin poder llegar a los hospitales más cercanos. “Las hordas hicieron oídos sordos ante las súplicas”, se lee en la columna. Tampoco mencionó, con escaso espíritu cristiano, a los seis soldados puneños que se vieron forzados a arrojarse al río Ilave, donde perecieron ahogados perseguidos por centenares de desadaptados.

De esta forma, el arzobispo ignoró adrede a 17 víctimas más, según el texto, y lo hace porque, en realidad, usa la muerte para propósitos desleales: hacerle el juego a quienes buscan, mediante un extraño enroque político, atribuirle a Keiko Fujimori las muertes del nefasto golpe de Estado que nunca condenó. No es casual que Castillo se alinee con Roberto Sánchez y Juntos por el Perú. Este torpe sacerdote, como lo describe la columna, tiene una constelación de discursos y posturas progresistas, y no ha escondido su nefasta predilección por vestirse con “la sotana más roja de la indumentaria política”.

El país está polarizado por posturas irreconciliables y draconianas que la Iglesia no debería atizar. La proclama ideológica de Carlos Castillo está muy lejos del mensaje de Cristo y muy cerca del odio visceral que encarnan los seguidores del mal, concluye la columna de Francisco Cohello Puente.

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