Martín Santiváñez sostiene que el verdadero realismo político, aquel que logra objetivos y entrega resultados, debe partir de una premisa sencilla: el orden se funda en la paz y la paz nace del diálogo. En su columna, el autor advierte que la realidad peruana es otra frente a quienes defienden un supuesto realismo que nunca ha conducido a la victoria y que impulsa al gobierno de Keiko Fujimori a consolidar posiciones a costa de la confrontación. El pueblo está harto del cainismo estéril, de una pulsión fratricida y una necesidad enfermiza de enfrentarnos unos a otros que ha provocado que el Estado retroceda en los últimos años, mientras la pobreza y la inseguridad continúan siendo males generalizados, pestes difíciles de erradicar.
Por eso, es preciso oponerse a los cantos de sirena que intentan que Fuerza Popular malgaste su capital político destrozándose inútilmente en batallas estériles, pírricas, que no conducen a nada concreto. La seducción del poder es grande, y la levedad, mezclada con nuestra natural tendencia al decoratismo, puede llegar a ser insoportable. Cien años después, la realidad peruana continúa evocando los mismos espectros y las mismas divagaciones.
Para Santiváñez, es imprescindible que la reconciliación nacional parta de la unión estratégica del pueblo con las Fuerzas Armadas y la policía. La violencia legítima debe estar en manos del Estado y el gobierno tiene que prepararse para defender la vida y el bien común de los ciudadanos. Los momentos estelares del Perú han estado siempre vinculados a esta unidad vital: el país solo ha salido adelante cuando el diálogo ha estado respaldado por la firmeza. «Si vis pacem, para bellum», concluye.
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