Hay un justificado desconcierto de los peruanos. Keiko Fujimori, la heredera política del apellido que ha marcado la vida institucional del país desde fines del siglo XX, ganó finalmente la presidencia de la República. Lo logró en su cuarto intento, después de haber perdido tres elecciones consecutivas y haberse preparado durante veinticinco años.
Con tales antecedentes, debiera resultar evidente que había una visión definida de país, un programa de gobierno preparado y un equipo articulado para llevarlo a cabo. Al estarse cumpliendo los noventa días del mandato, tiempo suficiente para advertir las primeras señas características de un nuevo gobierno, es claro que no hay nada de dichas características. No hay visión, no hay programa, no hay equipo. Lo que hay es improvisación.
Por eso es legítimo, y en modo alguno prematuro, preguntarse si Keiko Fujimori se preparó durante un cuarto de siglo para ganar una elección o para gobernar el Perú. Si bien es verdad que la etapa inicial no lo decide todo, sí muestra cómo se pretende decidir.
Veamos. Durante su reciente campaña electoral, Keiko Fujimori enarboló dos lemas que la historia se encarga de relacionar: el primero fue que iba a gobernar como su padre; el segundo, que buscaría el orden desde el comienzo de su mandato.
En su discurso de asunción del mando el pasado 28 de julio, hizo referencia a su compromiso con la democracia, la búsqueda de consensos y el deseo de lograr la reconciliación nacional. De inmediato, se empeñó en empezar a perfilar una imagen de mujer cercana, empática y agradecida: entre TikTok, transmisión en redes digitales en directo y diálogos juveniles, sonrisas de por medio, los días seguían cumpliéndose y no se adoptaba medida alguna contra los problemas más urgentes del país: la ola de inseguridad ciudadana y el avance del crimen organizado. Que el Gobierno haya tenido que negociar con el jefe de la Policía Nacional su relevo es la expresión más nítida de la impericia.
Después de unos desorientados días iniciales, el Gobierno recurrió al pedido de facultades extraordinarias al Congreso para legislar sobre las más diversas materias. El Ejecutivo le pedía, en suma, al Parlamento que dejara de funcionar. Las facultades fueron finalmente otorgadas, pero tres meses sin una sola medida exigían un culpable. Y el Gobierno lo encontró: la oposición parlamentaria.
Con ello, el cambio de discurso y de tono. Keiko Fujimori, con vestimenta castrense, gorra de cuatro estrellas y escolta de encapuchados militares armados, advirtió que la paciencia se le estaba terminando. Era la amenaza al Legislativo y la confirmación del pretexto que busca justificar la inacción gubernamental. La última vez que un Fujimori acusó al Congreso de impedirle gobernar fue el 5 de abril de 1992.
La pregunta, por tanto, no es cuándo se le acabará la paciencia a Keiko Fujimori. Es cómo se explican veinticinco años de preparación, tres derrotas electorales y una vida política dedicada a conquistar el poder, si al llegar a ejercerlo todavía debe demostrarse que sabe cómo hacerlo. Porque una cosa es prepararse para ganar una elección y otra, muy distinta, es gobernar el Perú.
*Abogado y fundador del original Foro Democrático.
Fernando de la FlorKeiko Fujimori
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