La democracia peruana le otorgó a Keiko Fujimori el mandato de gobernar el país. Ahora, la presidenta electa y su equipo deben demostrar que están a la altura de esa decisión, porque después de los números vienen los hechos, después de las promesas llegan los resultados. Tras una segunda vuelta tan ajustada, el Perú necesita menos discursos de victoria y más señales de unidad, eficacia y compromiso con el futuro.

Lo que está por verse es si la nueva mandataria logrará construir la confianza que una mitad del país le entregó en las urnas y que la otra mitad aún espera encontrar en el ejercicio del gobierno. Escuchar es importante, pero los ciudadanos esperan algo más: decisiones concretas que reduzcan la distancia entre quienes respaldaron su candidatura y quienes votaron por una opción distinta. Gobernar para todos implica entender que detrás de cada voto hay una expectativa legítima, una preocupación real o una demanda que no puede ser ignorada. También supone reconocer que millones de peruanos observan con desconfianza el inicio de esta nueva etapa y que solo los resultados podrán disipar esos temores.

En paralelo, sería saludable que Roberto Sánchez reconociera el triunfo de Keiko Fujimori y aceptara el resultado de la segunda vuelta presidencial. Hacerlo no significaría renunciar a sus convicciones ni abandonar su rol como líder político. Por el contrario, sería una demostración de compromiso con las reglas democráticas y con la estabilidad que el país requiere en un momento especialmente complejo.

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