Ni el autogolpe ni el terremoto de los noventa se llevaron la sensación de que alguien podía manejar el caos. Hoy la inestabilidad institucional me recuerda más a mi vieja oficina en el centro, con los papeles apilados hasta el techo y el orden a punta de voluntad. Extraño la lógica simple de esos años, aunque duela decirlo.