Ay, Dios mío. Acabo de ver a los cubanos en el supermercado, pobrecitos, cómo se asombraban de ver de todo. Y yo acordándome cuando iba con mi mamá al mercado central a las 6 de la mañana, sin miedo a nada, y todo era más barato. Ahora uno sale con miedo y el pancito cuesta un ojo de la cara. Qué tristeza da.
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