Pocas voces en la música hispanoamericana poseen la facultad de transformar el paso del tiempo en un aliado creativo. Desde que empezó a grabar discos a los nueve años en su natal Perú, Tania Libertad ha habitado todos los escenarios imaginables, transitando con idéntica soltura entre el vals criollo, la trova continental, el bolero entrañable y la potencia del mariachi. Con 46 producciones a sus espaldas y una memoria viva que abarca desde las grabaciones analógicas de un solo micrófono hasta los escenarios sinfónicos del mundo, la artista peruano-mexicana continúa siendo una fuerza transformadora, guiada siempre por una devoción inquebrantable hacia la palabra bien dicha y el canto visceral.
A las puertas de su esperado regreso a Lima este 24 de octubre en el Gran Teatro Nacional, conversamos con ella sobre “¡Aayyy Amor!”, su más reciente álbum volcado a la balada, y sobre la inquietud artística que la lleva hoy a explorar las fronteras de la inteligencia artificial sin perder el alma de los ritmos afrolatinoamericanos. En una charla entrañable y lúcida, la laureada intérprete repasa sus años junto a gigantes como Chabuca Granda y Armando Manzanero, reflexiona sobre la caducidad de los formatos musicales y reafirma por qué, tras décadas de aplausos, conserva intacta esa coquetería escénica de quien sale al escenario dispuesta a conquistar a un público completamente nuevo.
—Acaba de presentar “¡Aayyy Amor!”, su álbum número 46, donde rescata canciones con un mensaje aún vigente. Tras más de cuatro décadas de carrera, ¿qué la motiva a volver a estos temas?
Cuando tienes una discografía tan amplia —empecé a grabar a los 9 años en el Perú—, llega un momento en que es difícil encontrar qué grabar. He hecho de todo: música peruana, rancheras, mariachi, tres discos con Armando Manzanero, grabaciones en Brasil, Londres, Estados Unidos y un álbum que inicié en París y concluí en Senegal. “¡Aayyy Amor!” nace para explorar una faceta poco transitada en mi carrera: la balada. Seleccioné canciones que, aunque no eran inéditas, no se conocían mucho. Además, desde hace tiempo hago mis propios arreglos en el estudio de mi casa. Me tomé mi tiempo cocinándolo porque quería imprimirle mi propia personalidad a cada tema.
—En una época donde priman los sencillos en plataformas digitales y la irrupción de la tecnología, ¿cómo evalúa la evolución de la industria y la llegada de la Inteligencia Artificial?
Es uno de los momentos más difíciles para la industria discográfica. Ya era complicado con la desaparición del formato físico y el concepto del álbum completo. Sin embargo, lo de la Inteligencia Artificial (IA) genera cierto temor. No sabemos hacia dónde va la música, pero queremos ser parte de esa evolución: ya andamos preparando un disco completo con IA. La premisa es clara: no vamos a dejar que la inteligencia artificial nos domine; nosotros la vamos a usar a ella. Es un reto fascinante, pero vertiginoso.
—¿Cómo se gestiona el proceso creativo y autoral cuando interviene la Inteligencia Artificial?
El sonido cambia bastante. En mi caso, al no ser compositora, encargo canciones que deben cumplir no solo con mis exigencias artísticas, sino también con las normas de los organismos que regulan los derechos de autor, los cuales ya cuentan con herramientas para detectar el porcentaje de intervención humana. Debemos cuidar que el resultado final responda a mi voz e identidad. Con la IA los procesos se acortan y la competencia crece, porque cualquiera puede ingresar una letra y generar un tema en minutos. Por eso es vital no sumergirse en esta tecnología de forma irresponsable.
“Pido que me hagan canciones en landó, candombe, pasillo o chacarera, pero con un toque moderno. Se trata de usar la tecnología actual para que nuestros géneros sigan vivos”.
—De grabar con un solo micrófono en la época del long play a experimentar con IA. Ha sido testigo de primera mano de toda la transformación tecnológica...
Totalmente. Provengo de la prehistoria de la grabación. Mi primer disco criollo lo hice en un solo día, con un solo micrófono y tres guitarristas al costado. Pasé por los 45 RPM, las cintas de cuatro canales, el vinilo, el cassette, el CD y lo digital. Recuerdo que cuando grabábamos con orquesta sinfónica en el Perú, debíamos mezclar por secciones en el momento para liberar canales. En una ocasión, tuve que grabar la voz directamente sobre la placa con la que se fabricarían los discos: no había margen de error, debía salir afinada a la primera. Esa versión aún se puede escuchar en Spotify.
—Frente al dominio de géneros urbanos como el reguetón, ¿qué espacio le queda a la música tradicional?
Siempre pensé que los únicos géneros que sobrevivirían a todo eran el bolero y el rock, aunque hoy veo que hasta el rock ha sido desplazado. Lo que busco con la tecnología es tomar las bases de la música latinoamericana —landó, candombe, pasillo, chacarera— y dotarlas de sonoridades contemporáneas. No se trata de desprendernos de la raíz, sino de usar la tecnología actual para que nuestros géneros sigan vivos.
—Este año también estuvo presente en la escena cultural peruana durante el homenaje a Mario Vargas Llosa. ¿Cómo vivió esa experiencia?
Estuve en marzo participando en el homenaje que se le rindió a Mario Vargas Llosa en el Teatro Municipal por su natalicio. Fue una puesta en escena muy especial dirigida por Lucho Llosa, en la que participaron diversos actores y artistas. Para mí siempre es gratificante volver y conectar con el público peruano en espacios con tanto valor simbólico y afectivo.
—Su generación compartió de cerca con grandes poetas como Gonzalo Rose. ¿De qué manera moldeó su propuesta artística esa convivencia con las letras peruanas?
Tuve la fortuna de vivir una época de oro donde la canción y la literatura caminaban juntas. Convivir con esa ‘mancha’ de poetas en el Perú me enseñó a valorar la palabra y la narrativa dentro de una canción. De ahí que siempre busque que lo que interpreto tenga riqueza poética, independientemente del género. La canción latinoamericana de los años setenta no se puede entender sin ese vínculo directo con la poesía y los movimientos culturales de la época.
—Este 24 de octubre se presenta en el Gran Teatro Nacional con Banda Chica. ¿Por qué prefiere este formato reducido?
Me acomoda mucho porque, aunque son pocos músicos, suenan como una orquesta de 80. Tengo dos tecladistas que interpretan múltiples instrumentos y hacen coros, además de un percusionista versátil. Rechazo categóricamente el uso de secuencias o pistas grabadas. El uso de pistas te limita; si en el escenario te sientes inspirada y quieres alargar una frase, la secuencia no te espera. Me gusta interpretar 100% en vivo para que los músicos me vayan arropando de manera orgánica.
“Rechazo el uso de secuencias o pistas grabadas. Si te sientes inspirada y quieres alargar una frase, la secuencia no te espera. Me gusta interpretar 100% en vivo”.
—La canción latinoamericana de los 70 y 80 estuvo ligada entrañablemente a la poesía. ¿Cómo ve esa relación en la actualidad?
Fue una época hermosa marcada por el encuentro con la trova cubana, Serrat y los grandes poetas del continente. Hoy los procesos históricos cambian con suma rapidez, pero la poesía siempre existirá. Me interesan las letras bien construidas, que expresen sentimientos profundos sobre el amor o el desamor. Recuerdo que Chabuca Granda decía con humildad que no se consideraba poeta porque carecía de ‘remates’ en sus versos; sin embargo, en “Cardo o Ceniza” escribió esa maravilla: “tanto amor y avergonzada”. Eso demuestra la grandeza de su obra.
—Ha mencionado que muchas familias han bautizado a sus hijas como ‘Tania’ o ‘Tania Libertad’ en su honor. ¿Qué impacto tiene para usted ver ese nivel de trascendencia en la gente?
Es sumamente halagador y me emociona profundamente. Me llevan a los conciertos a niñas que se llaman Tania, e incluso muchas que llevan mi nombre completo, Tania Libertad. Lograr que tu música trascienda de esa manera, que se quede en el imaginario de la gente y que abuelos o padres se la hereden a sus hijos y nietos, es una de las satisfacciones más grandes de mi carrera.
—Tras 46 producciones, giras mundiales y haber incursionado en ópera, salsa, mariachi y fusiones como “Costa Negra” (grabado entre París y Senegal), ¿siente que le queda algo pendiente por realizar?
Nunca me he quedado con las ganas de nada. Si no he hecho algo, como el jazz, es porque soy consciente de mis limitaciones para la improvisación que exige ese género. Salvo eso, he explorado todo lo que me ha motivado. Me sigue conmoviendo ver a abuelos que vienen con sus hijos y nietos a mis conciertos, o escuchar los temas de “África en América” que grabé con el Negro Rada. Pese a los años, sigo siendo la misma cantante que siente los mismos temores antes de subir al escenario, con el deseo intacto de conquistar a cualquier público.
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