En su novela “Perros del diablo”, el narrador Richard Parra, conocido por sus relatos, sigue a una juventud marginal de Columbus, en Estados Unidos. La historia de Josh y Seymour la cuenta un amigo que pasa de testigo a personaje y está escrita, según el autor, casi como un cuento y como si fuera una traducción. En esta conversación, Parra explica su elección del narrador, el lenguaje, el peso del 11 de septiembre y el desarraigo de unos personajes cuyas relaciones, dice, se deshacen.
¿Por qué eligió el punto de vista del testigo y no el del protagonista?
El proyecto surgió como un cuento. Me pidieron un cuento para una revista norteamericana en español y la única condición era que ocurriera en Estados Unidos. Encontré casi al azar la historia en las redes: era un tiroteo de hacía muchos años. Esta estrategia de usar un narrador tangencial a la historia es una marca de mi escritura. Escogí al narrador, lo estudié y me di cuenta de que era el camino que debía seguir. Sin embargo, el proyecto se expandió y el narrador cobró mayor protagonismo: de hecho, la mitad de la novela es su vida. Ya no es solo un testigo. Pienso que “Perros del Diablo” está escrita casi como un cuento: las cosas se cuentan una vez, no hay polifonía y existe un narrador que dirige la orquesta. Es como una caja china; son recursos clásicos.
¿Y los incisos sobre bandas de metal?
El narrador tenía el problema de introducir esa otra información y se convirtió en una especie de sabelotodo, en alguien con “useless knowledge”: alguien que sabe cosas que aparentemente no sirven para nada, aunque sí le sirven a él y a la novela.
¿Esa condición de sabelotodo se vincula con el apodo “Smartass”, que da a Seymour?
Sí. Quería bajarlo un poco: no es un intelectual ni el nerd del salón, sino un lector de facto, alguien interesado y curioso. Ese era el narrador que necesitaba. Al inicio era un narrador más cinematográfico, como una cámara, pero tenía que convertirlo en algo más, porque debía traducir la información y la historia al lenguaje en el que finalmente quedó escrita la novela.
¿Cómo resolvió el lenguaje al llevar la historia a un contexto angloparlante?
Al inicio fue un problema decidir en qué lengua iba a escribir esto, en un sentido literario. En principio, no era un freno: la literatura está llena de obras que transcurren en lugares donde no se habla la lengua en la que fueron escritas, como las tragedias de Shakespeare. Pero al producir el lenguaje me di cuenta de que tenía que estandarizarlo y neutralizarlo un poco. En proyectos anteriores trabajo con el lenguaje local, con el habla limeña y peruana. Aquí hubo inicialmente un gran desajuste, pero conforme avancé encontré la solución. Un escritor que me ayudó fue Tocqueville, quien aparece en el epígrafe. Leí algunos capítulos de “Democracia en América” en una traducción al inglés, porque Tocqueville escribía en francés, y advertí que allí también había una estabilización lingüística. Moviéndome entre traducciones llegué a este lenguaje. Si se quiere, la novela está escrita como una traducción.
¿El tatuador surgió espontáneamente o estaba en los materiales que revisó?
Lo saqué de los materiales. Averigüé que el personaje real tenía tatuajes y era aficionado a ellos. No podía recuperar todo ese material porque habría parecido un trabajo enciclopédico, pero lo necesitaba dramáticamente. Entonces concebí a un tatuador que, de alguna manera, proviene de las novelas clásicas norteamericanas. Hay una alusión muy tangencial a “Moby Dick”. El libro, a su manera, está hecho de citas: los personajes son citas de textos que me han impresionado desde que soy lector de literatura norteamericana.
¿Por qué la única relación estable y desinteresada de Josh, el protagonista, es con Seymour?
Son relaciones que ni siquiera diría que llegan a iniciarse, sino que están culminadas. Josh y Seymour permanecen juntos durante toda la novela. Empecé a pensar el libro como una partida de ajedrez en la que todas las fichas mantienen una relación de antagonismo con las demás. Siempre tenía que existir una fisura. Entre los dos personajes principales también hay diferencias, aunque las pasan por alto.
¿Las otras relaciones más estables son las de Josh con su padre y con su madre?
Sí. La novela también tiene sus esquinas melodramáticas; no todo es neorrealismo. Traté de repartir las funciones entre los personajes.
¿Conocía el lugar donde ocurre la novela?
Nunca estuve en Columbus. He estado en muchas ciudades de Estados Unidos, pero no concretamente en Columbus. Lincoln Park es un territorio ficcional. Hay muchos skateparks, pero necesitaba uno para el texto y lo inventé. Eso es una licencia dramática. La novela empezó a partir de una serie de documentos, aunque no fueron tantos.
¿También se basó en casos reales para los marines retirados y el 11 de septiembre?
Sí. Algunos provienen de documentales, notas periodísticas y crónicas. Los personajes vuelven a estar plagados de citas y referencias, pero también aparece una cultura en la que todo es descartable: ni siquiera sienten demasiado apego por el metal. Todo es consumible y, si se pierde, no hay nostalgia; se toma otra cosa. Volviendo al 11 de septiembre, se ha formado una narrativa alrededor del hecho y resulta imposible salir de ella. Traté de mostrar de la manera más mundana posible cómo se enteran los personajes, para no repetir el relato catastrófico y luego heroico que conocemos.
¿Siempre pensó terminar donde empezó, con el protagonista marchándose?
La trama es muy sencilla: el personaje se está despidiendo de su espacio y está saliendo. La sombra de Nueva York y del 11 de septiembre era el lugar hacia donde tenía que moverse. Además, como se cuenta en las primeras páginas, va a trabajar a un periódico sensacionalista. No es un gran futuro ni un gran destino; es solo cambiar, movilizarse y desconectarse de lo que ya le produce malestar.
¿El desarraigo es una constante en sus personajes?
Creo que nunca estuvo arraigado. Ninguno de los personajes lo está; parecen encontrarse allí casi por error. Eso tiene más que ver con mi punto de vista que con el patriotismo que pueda existir en Estados Unidos. Quise mostrar a los personajes desconectados de su realidad y de su suelo. Eso sí es algo más de fábrica.
¿Cuándo se dio cuenta de que el relato pasaba a ser novela?
Cuando surgió la historia del narrador. Al inicio era simplemente el amigo con el que el protagonista se iba al club. Luego empecé a estudiar al narrador: su condición de sabelotodo; su relación con la abuela, que tiene algo de política; con el hermano, marcada por un aprendizaje muy brutal, casi arguediano; y con el amigo Víctor. Me pareció que él estaba retratando una comunidad y no solo a un personaje. Entonces vi que la historia podía extenderse. Tampoco quise hacerla muy grande porque para mí “Perros del Diablo” sigue siendo como un cuento. Esta novela tiene muy pocos personajes, a diferencia de otros trabajos míos. Es un tablero de ajedrez casi al final de la partida.
¿Planeó prescindir casi por completo de personajes femeninos?
Aquí casi no hay personajes femeninos: están la madre, la abuela, las otras madres y Brooke, pero creo que allí se acaba la lista. Es una historia totalmente masculina y de diálogo entre hombres. Esto puede relacionarse con el centro del libro —aunque no quiero imponer una regla de lectura— y con el título: el mito del soldado, del peleador y del luchador. Los personajes femeninos aparecen como funciones. Josh es una suerte de pequeño donjuán de barrio, aunque tampoco es un chovinista. Prácticamente todos los vínculos se deshacen: no duran mucho.
¿Por qué cree que la novela tiene algo que decir sobre esta juventud desarraigada?
No sé si hay un mensaje. Lo que puedo decir es que la novela habla, ante todo, de un deterioro: el deterioro de las relaciones sociales. Casi no se puede hablar de lealtad, comprensión o interés. Son personajes hasta cierto punto apolíticos, desinteresados de la vida histórica. Pero dejo el problema al lector, porque también hay materiales históricos: guerras, Guerra Fría y 11 de septiembre. Yo todavía tengo más preguntas que respuestas sobre el libro.
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