Dentro de los incontables prejuicios que existen en torno a la política, probablemente el más arraigado sea el de considerar que todos aquellos que tienen apetitos políticos y convicciones de insertarse en la acción política, son personas moralmente degeneradas, de conciencia turbia, intenciones torcidas, mentalidad maliciosa, principios amputados, vergüenza sepultada e inteligencia deformada; y que la política es terreno fangoso, donde de manera inevitable uno se hunde y se cubre visiblemente de lodo. Con la reciente elección de gobernadores regionales y alcaldes, ha quedado nuevamente expuesta nuestra herida psicológica, nuestro prejuicio tan consolidado. “Abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis”. Esta inscripción, grabada con letras negras en la puerta del infierno, en la Divina Comedia de Dante Alighieri, resume de manera notable la opinión generalizada sobre la política pues, como en el infierno de la Divina Comedia, para una cantidad significativa de peruanos, los que entran a la política, no verán ni harán nada bueno. En el interesante libro La incógnita del más allá (1945) del doctor en Filosofía, Max Marín, hay un breve comentario a la sobrecogedora frase de Dante. Dice el filósofo Marín: “¡El infierno! Palabra terrible llena de espanto, de odio, de desesperación, término final e inevitable al que arriba el hombre perverso e impío”. Basta sustituir la palabra “infierno” por “política”, para sintetizar ese prejuicio hondamente arraigado en nuestra conciencia nacional, porque para muchos, la política literalmente es un tipo de infierno. ¿Habrá manera de cambiar esa mirada tan negativa sobre la política?

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