¿Qué pasa cuando un joven llega a la universidad sabiendo resolver un examen, pero no sabe qué hacer cuando se equivoca?, ¿cuando recibe una crítica y la interpreta como un ataque? ¿O cuando debe tomar una decisión difícil, trabajar con personas distintas o enfrentar algo que nunca había hecho?
Ahí aparece una dimensión de la formación universitaria de la que hablamos poco: aprender a liderarse.
El mundo profesional ya no espera únicamente conocimientos técnicos. Según el Future of Jobs Report 2025 del World Economic Forum, el 39% de las habilidades que hoy requieren los trabajadores cambiarán o quedarán desactualizadas hacia 2030. Entre las capacidades que mantienen relevancia están el liderazgo, la resiliencia, la flexibilidad, la agilidad y el pensamiento analítico.
Esto nos lleva a una pregunta: ¿estamos preparando a los jóvenes para conseguir un trabajo o para desenvolverse en un mundo laboral que seguirá cambiando?
Liderar no empieza cuando una persona tiene un equipo a cargo. Empieza antes: cuando aprende a conocerse, tomar decisiones, asumir responsabilidades y entender que no siempre tendrá las respuestas.
Aquí cobra especial importancia el growth mindset: comprender que nuestras capacidades pueden desarrollarse, que equivocarse no significa no ser capaz y que recibir feedback puede convertirse en una oportunidad para aprender.
En mi experiencia acompañando a estudiantes universitarios, he comprobado que estas habilidades no se desarrollan solo con teoría: necesitan espacios para ser practicadas. Por eso, considero importante que las universidades incorporen el liderazgo como parte de la formación de sus estudiantes. En Dionisio Romero University (DRU), por ejemplo, a través del curso de Liderazgo, buscamos llevar esta conversación más allá de la idea tradicional de que un líder es quien dirige a otros.
También hablamos de cómo cada estudiante puede empezar a liderar su propio camino: cómo recibe una crítica, enfrenta una conversación incómoda, toma decisiones y reacciona cuando las cosas no salen como esperaba.
Esto es especialmente relevante en Perú, donde las brechas de habilidades continúan siendo una limitación para la productividad y la movilidad social. La educación superior también debe preguntarse qué capacidades estamos ayudando a desarrollar para que los jóvenes puedan crecer profesionalmente.
En un contexto donde la inteligencia artificial puede hacer cada vez más tareas, estas capacidades humanas cobran mayor importancia. Saber utilizar una herramienta será necesario; saber cuándo confiar en ella, cuándo cuestionarla y qué decisión tomar seguirá requiriendo criterio.
Enseñar liderazgo en la universidad no debería ser un complemento. Es parte de preparar a una generación que tendrá que aprender, desaprender y adaptarse a lo largo de su vida profesional.
Porque antes de liderar a otros, hay que aprender a liderarse a uno mismo.
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