Benjamín Morales Arnao, reconocido como el padre de la glaciología peruana y patriarca del montañismo en el país, presenta hoy 7 de octubre su libro «Mis montañas», un trabajo editado por el Grupo Viajeros. A lo largo de sus páginas, el geólogo narra en primera persona su trayectoria de más de 75 años dedicados al estudio de las cumbres y a las ciencias de la Tierra. La obra, concebida en un principio como un texto técnico, se transformó a pedido de sus hijos en un relato testimonial único que documenta la historia de la investigación de glaciares y la ejecución de obras de prevención en el Perú desde 1950. En la actualidad, Morales es la única persona viva que ha conocido a todas las generaciones de especialistas que han trabajado en este ámbito a nivel nacional.
Los orígenes del andinismo nacional
Para el científico, no existe glaciólogo que no sea a la vez un montañista, ya que el estado físico es indispensable para ascender a los nevados y realizar investigación de campo. Su propia pasión inició entre 1947 y 1948, cuando cursaba el segundo año de secundaria y organizó su primera expedición al nevado San Cristóbal en Huaraz. En aquella época, los jóvenes usaban como equipo frazadas cruzadas a la bandolera, palos de picota, sogas de mercado y zapatos comunes. Durante la década de 1950, los peruanos no escalaban montañas; este terreno estaba reservado exclusivamente para los alpinistas europeos y estadounidenses que visitaban el país.
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El verdadero cambio cultural hacia el andinismo local comenzó a partir de 1967, cuando Morales trabajaba en la Corporación Peruana del Santa ejecutando obras de prevención y desagüe en lagunas de riesgo. Para estas labores, contrataba a campesinos de las zonas altas de Huaraz, conocidos como «laguneros», a quienes tuvo que enseñar a caminar sobre los glaciares para tareas de monitoreo. Con el tiempo, este grupo de obreros se convirtió en los primeros porteadores, cocineros de expedición y guías de montaña, dando origen formal a la escuela de guías del Perú.

Legado institucional y expediciones mundiales
La vocación científica de Morales se consolidó cuando presentó en la Universidad de San Marcos la primera tesis sobre geomorfología glaciar de la Cordillera Blanca. Tras la destructiva avalancha del Huascarán en 1962, expertos suizos lo seleccionaron para especializarse en el Instituto Politécnico Federal de Zúrich. Durante tres años y medio trabajó monitoreando los glaciares de Suiza y, en 1965, retornó contratado por la Corporación del Santa para iniciar la investigación sistemática de los nevados en el Perú. Su liderazgo fue fundamental para la creación de entidades clave en las ciencias de la Tierra, siendo fundador del Ingeomin, el Ingemmet y el Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (Inaigem).
Sus exploraciones abarcaron las 18 cordilleras peruanas, así como montañas en Latinoamérica, la Antártida, Alaska y los Alpes. En 1963, mientras se encontraba en la prestigiosa escuela de alpinismo de Chamonix en Francia, organizó un ascenso al Monte Blanco para celebrar el 28 de julio, logrando convocar a 20 escaladores de todo el mundo. Durante el descenso de aquella expedición, un salto espectacular sobre una grieta quedó inmortalizado en una fotografía que luego ocuparía la primera plana de un diario mexicano.
La agonía blanca y la crisis del agua
Desde su posición de testigo histórico, Morales describe con preocupación el acelerado retroceso de los nevados peruanos. El Huascarán ha perdido más de 20 kilómetros cuadrados de su superficie glaciar. Actualmente, el nevado exhibe una franja grisácea en su zona intermedia causada por la polución ambiental y el smog, la cual absorbe calor y acelera el derretimiento. Además, las altas temperaturas permiten que el agua de deshielo se filtre hasta las bases rocosas, generando desequilibrios, formación de paredes inestables y la aparición de «glaciares colgados» que incrementan el riesgo constante de avalanchas.
Este escenario impacta directamente en el abastecimiento hídrico de las poblaciones andinas y costeras. Huaraz, por ejemplo, depende del agua potable de la quebrada Cojup por sus condiciones físico-químicas óptimas, pero se enfrenta al doble problema de una población que se ha duplicado y un glaciar que disminuye su oferta hídrica. Aunque existen quebradas cercanas como Quilcayhuanca y Shallap que poseen hasta cinco veces más agua, estas contienen metales pesados.

Innovación en los hielos de Chaupijanca
Frente a la crisis glaciar, Morales no solo se limitó al diagnóstico, sino que lideró experimentos revolucionarios. Con el financiamiento del entonces presidente de la minera Milpo (hoy Nexa), Abraham Chahuán, impulsó un proyecto de preservación en el glaciar Chaupijanca. Mediante el esfuerzo de 40 porteadores, lograron subir 25 toneladas de aserrín para cubrir una superficie glaciar de 500 metros cuadrados, un área equivalente a una cancha de tenis.
A los seis meses de monitoreo, el área protegida por el aserrín sobresalía entre 5 y 6 metros de altura respecto al hielo circundante que se había derretido, comprobando la eficacia de la técnica a nivel internacional. La presentación de «Mis montañas» contará con un panel estratégico que aborda las distintas aristas de la carrera del autor: Mariano Castro, exviceministro del Ambiente; Juan Cucho Mendoza, jefe de Asuntos Ambientales de Nexa Resources; y José Véliz Bernabé, experto en geotecnia.
Véliz es recordado por colaborar junto a Morales en la histórica estabilización del deslizamiento de 10 millones de toneladas que amenazó la represa de Tablachaca, obra que evitó el colapso del suministro del 60% de la energía eléctrica peruana. A puertas de revelar su obra, el patriarca del andinismo deja una lección final a los futuros geólogos: el estudio de las ciencias de la Tierra no debe enfocarse en la búsqueda de dinero, sino abrazarse como una genuina vocación de servicio hacia la comunidad.
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