Un residuo de la industria del acero podría terminar siendo mucho más útil de lo que parece: servir como ingrediente para fabricar carreteras más resistentes y duraderas.

Investigadores analizaron una mezcla de asfalto que incorpora escoria de acero, un material que queda después de fabricar acero a partir de mineral o chatarra.

El trabajo, publicado en Communications Earth & Environment, estudió si este residuo podía reducir emisiones, contaminación del aire y costos asociados al mantenimiento de carreteras.

La escoria de acero contiene dióxido de silicio y óxidos metálicos, y su dureza la convierte en un material atractivo para reforzar superficies sometidas a desgaste constante.

El equipo combinó esa escoria con un asfalto modificado con resina epoxi, creando una mezcla conocida como SEAM, diseñada para deformarse menos con el tráfico.

Una carretera que se deteriora más lentamente necesita menos reparaciones, y eso significa menos obras, menos atascos y menos contaminación producida por vehículos detenidos.

También hay otro efecto: cuando el pavimento está dañado, los vehículos gastan más combustible porque aumenta la resistencia y las condiciones de conducción empeoran.

Por eso, una carretera más lisa durante más tiempo puede reducir consumo de gasolina y diésel, además del desgaste de neumáticos y otras piezas mecánicas.

En los modelos del estudio, estos efectos durante el uso de la carretera representaron aproximadamente 95 % de las emisiones y 60 % de los costos totales.

El nuevo material no gana en todo desde el principio. Construirlo cuesta más y durante sus primeros años genera más emisiones y partículas finas contaminantes.

La diferencia aparece con el paso del tiempo, porque el pavimento convencional necesita ser reemplazado antes, mientras la versión con más epoxi puede seguir funcionando.

Los investigadores compararon mezclas con 20 %, 35 % y 50 % de epoxi. Las duraciones estimadas fueron de seis, quince y veinte años.

La formulación con 35 % de epoxi ofreció el mejor equilibrio, porque aumentar más esa cantidad alargaba la vida útil, pero elevaba demasiado los costos.

Después, el equipo aplicó el modelo a la red urbana de carreteras de China y simuló reemplazos de 25 %, 50 %, 75 % y 100 %.

En el escenario más ambicioso, el modelo proyectó una reducción de 1,74 mil millones de toneladas de emisiones equivalentes de dióxido de carbono acumuladas.

También estimó una disminución de 1,23 mil millones de kilogramos de partículas PM2,5, contaminantes microscópicos relacionados con varias enfermedades cardiovasculares, respiratorias y neurológicas.

Al conectar esa reducción con relaciones conocidas entre contaminación y mortalidad, los autores calcularon que podrían evitarse entre 31.802 y 128.980 muertes prematuras.

Es importante aclarar que esas cifras no son predicciones médicas exactas, sino estimaciones de un modelo aplicado a grandes poblaciones y diferentes escenarios de reemplazo.

El análisis también sugiere ahorros económicos enormes, aunque dependerían de factores como costos locales, transporte de materiales, infraestructura disponible y velocidad de implementación.

La idea podría aplicarse especialmente en países con grandes industrias siderúrgicas y ciudades en rápido crecimiento, donde coinciden abundancia de escoria y necesidad de nuevas carreteras.

Aun así, existen obstáculos prácticos. La escoria no se produce cerca de todas las ciudades, transportarla también genera emisiones y la mezcla necesita días para curarse.

La propuesta muestra que una carretera más sostenible no siempre es la que contamina menos al construirse, sino la que evita reparaciones durante muchos años.

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