En las formas constitucionales de gobierno el papel de la oposición política demanda una acción inspirada en el bien común. Como sabemos, la democracia es el gobierno de la mayoría que respeta a las minorías; en ese sentido, mediante el ejercicio de la representación y control político, la oposición tiene presencia en el diario debate sobre los temas de interés público.

El Ejecutivo puede solicitar la autorización para legislar, pero no se trata de negar la delegación, sino de revisar el contenido de cada norma cuando entre en vigor. Una vez expedidos los decretos legislativos, el oficio de la oposición será fiscalizarlos a través de su Comisión de Constitución y Reglamento. El mensaje diario debe centrarse en resaltar lo que el gobierno pudo hacer mejor en cada uno de ellos.

En los parlamentos bipartidistas, como el Reino Unido y los Estados Unidos, la oposición se manifiesta como la mejor opción electoral que está lista para gobernar (shadow cabinet). Como ocurre en el parlamentarismo británico, el líder del partido opositor se ocupará de cuestionar el quehacer del primer ministro en la tradicional estación de preguntas (question time) de la Cámara de los Comunes.

En los parlamentos multipartidistas el problema es la dispersión del discurso opositor por ausencia de claros liderazgos, fruto de la inevitable fragmentación que se produce en el hemiciclo; también de las fricciones y desavenencias que no se saben manejar en cada bancada, sumadas a las pugnas de poder al interior y el egocéntrico deseo de juego propio que debilita su plena representación.

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