En su columna para Diario Correo, Carlos Hakansson reflexiona sobre el papel de las cortes y tribunales cuando sus resoluciones se consolidan con el tiempo. Sostiene que los fallos evolucionan conforme a las razones que los motivan, y que los vacíos o deficiencias del derecho positivo, sumados al deber constitucional de no dejar de administrar justicia, generan una labor integradora y creadora del derecho que no está exenta de polémica.
Hakansson advierte que la crítica recurrente es señalar un activismo judicial al resolver casos complejos, etapa a la que se suele denominar “el gobierno de los jueces”. Sin embargo, califica esa expresión como una exageración: “Los jueces no han gobernado, pero sí han garantizado libertades y declarado con firmeza que no existen zonas exentas de control constitucional”. Dado que ningún caso es idéntico a otro, la interpretación judicial de la Constitución exige una creatividad capaz de resolver un conflicto jurídico conservando la armonía, tanto en su labor pacificadora como ordenadora.
El autor menciona herramientas como el bloque de constitucionalidad, el estado de cosas inconstitucionales, las sentencias manipulativas y los conceptos de overruling y distinguishing. Todas surgen de distintas tradiciones jurídicas y confluyen en la necesidad de poner fin a un litigio, pero con el deber de hacerlo mediante una razón inteligente que brinde una solución y cree una institución capaz de perdurar en la jurisprudencia.
En conclusión, Hakansson plantea que se trata del paso de un juez “boca de la ley” (herencia del positivismo) hacia un magistrado garante de la integridad del sistema, que utiliza la técnica jurídica para evitar que un vacío legislativo o una crisis social puedan quebrar el Estado de Derecho.
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