Les comparto una experiencia personal. Cada vez que publico una columna de opinión, en redes como X y otras, aparecen adhesiones y discrepancias. Eso es natural. Lo preocupante es otra cosa.

Buena parte de las respuestas hostiles tiene alguna de estas características: opinan sin haber visto o leído la columna; se escudan en un seudónimo; o, en vez de cuestionar las ideas, descalifican a quien las expresa. Aparecen insultos, humillaciones y agravios que, si ocurrieran reiteradamente entre escolares, probablemente llamaríamos bullying. El mensaje parece ser: “Si piensas distinto que yo, no solo estás equivocado: eres despreciable”… y en los casos extremos “y sería mejor que desaparecieras”.

¿Y después nos sorprende que los niños se agredan y discriminen? Ellos aprenden convivencia también observando cómo los adultos tratan a quienes piensan diferente: políticos que insultan adversarios, periodistas que convierten la discrepancia en espectáculo, hinchas que agreden al rival y redes sociales que amplifican las expresiones más violentas. Luego les pedimos a los colegios que enseñen empatía, respeto, tolerancia y diálogo.

Por supuesto que la escuela debe prevenir el bullying, proteger al agredido, trabajar con quien agrede y educar a los testigos. Pero no puede hacerlo sola. Una sociedad que agrede no puede exigir niños y adolescentes que no agredan.

Quizá, ante el próximo caso de bullying escolar, además de preguntar qué hizo el colegio, deberíamos mirarnos al espejo y preguntarnos: ¿Qué estamos enseñando los adultos con nuestra manera de tratar a quien piensa diferente?

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