Crecer bajo el apellido de una estrella trae ventajas evidentes, dinero, contactos, acceso, pero también una exposición pública que arranca antes de que el hijo o la hija pueda decidir si la quiere. Detrás de esa vidriera conviven la presión, la comparación permanente y una sensación de fragilidad que la fama de los padres rara vez logra amortiguar. La adicción y los problemas de salud mental atraviesan a estas familias con una frecuencia que desmiente la idea de que el privilegio protege.
Ese patrón volvió a quedar expuesto esta semana con la muerte de Presley Gerber, hijo de la supermodelo Cindy Crawford y el empresario Rande Gerber, a los 27 años en un centro de rehabilitación de Los Ángeles. Su familia pidió privacidad y, hasta el momento, la causa oficial de muerte no fue confirmada porque la autopsia sigue en curso, aunque distintos medios estadounidenses señalan como principal hipótesis una sobredosis. Durante los últimos años, Gerber había convertido sus redes sociales en una suerte de diario público sobre su salud mental, donde habló de depresión, intentos de tratamiento y dependencia de medicación recetada, incluso semanas antes de morir.

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