Nací en el Callao, tengo mi casa en el Callao y conozco el primer puerto no por fotografías de campaña ni por las redes sociales. Por eso puedo decirlo con preocupación: la inseguridad se ha convertido en una de las grandes heridas del Callao. El reciente ataque contra el cantante Engerberth Tapia, baleado junto a su hijo, volvió a poner frente a nuestros ojos un horror que los chalacos conocemos demasiado bien.

Y aquí aparece una pregunta incómoda para quienes han gobernado el Callao durante los últimos años: ¿qué resultados concretos pueden mostrar en materia de seguridad? No basta enumerar operativos, cámaras, patrulleros, serenazgo o planes de contingencia. Una gestión pública debe responder por resultados y explicar qué funcionó, qué fracasó y qué quedó pendiente.

Entre quienes hoy vuelven a tocar la puerta de los electores está Pedro Spadaro, candidato al Gobierno Regional del Callao por Renovación Popular. Su discurso incorpora nuevamente la seguridad como una de sus banderas. Es legítimo que lo haga. Pero también es legítimo que el ciudadano pregunte por su experiencia anterior como congresista y alcalde de Ventanilla y del Callao: ¿qué prometió entonces, qué ejecutó y qué quedó sin resolver?

La política tiene mala memoria, pero los ciudadanos no deberían tenerla. Cada campaña electoral trae nuevas palabras para viejos problemas: “orden”, “seguridad”, “cambio”, “gestión”, “mano firme”. El problema es que las palabras no patrullan las calles, no desarticulan bandas ni protegen a una familia. Las promesas no pueden convertirse en una máquina de reciclaje electoral: aquello que no se hizo ayer reaparece mañana con otro eslogan.

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