La noticia de la muerte de Alan García en 2019 dejó en Jorge Albertini una serie de preguntas que, con los años, terminaron convirtiéndose en literatura. Abogado penalista de profesión, llevó sus dudas sobre aquel episodio a “La fuga del ilusionista” (Revuelta Editores).
A partir de fotografías, hechos y circunstancias que, desde su perspectiva, no terminaban de encajar, el autor comenzó a imaginar una posibilidad: que aquella muerte hubiera sido, en realidad, una fuga cuidadosamente planificada. El propio autor subraya que se trata de ficción, pero es justamente ese juego entre realidad y literatura el que sostiene la novela.
“Había elementos que me llamaban la atención: una habitación aparentemente inmaculada, un clóset enorme, la ausencia de sangre durante el desplazamiento de ese cuerpo. Todo ello me iba llevando y acrecentando la idea de que era muy factible la fuga. No lo afirmo, pero la idea de que era muy factible, que era muy posible, porque había elementos. Es como si lanzo una pelota al aire: esa pelota tiene que caer. Si se queda suspendida en el aire, algo está ocurriendo”, detalla Albertini a Correo.

¿Cómo nació la idea de escribir una novela a partir de un episodio tan controversial como la muerte de Alan García?
Yo me formé en Derecho, Ciencias Políticas y Literatura Creativa. Llevo más de 23 años ejerciendo el derecho penal internacional en Perú, Miami y España.
Recuerdo perfectamente que en 2019 me enteré de la noticia de la muerte de Alan García. Yo estaba con mi padre y unos amigos en un restaurante peruano en Barcelona y dije: “No puede ser”. Durante tantos años había tratado con personas que sufrían determinados trastornos de personalidad y, por las características que yo veía en García, me pregunté si realmente podía tratarse de un suicidio.
A partir de ahí empecé a analizar una serie de elementos y pensé que, como hipótesis literaria, era posible construir una historia alrededor de una fuga.
¿En qué momento esa hipótesis se convirtió en una novela?
Cuando empecé a comentarlo con algunas personas. Una de ellas fue Jaime Bayly. Estábamos cenando y le conté que estaba escribiendo una novela sobre un expresidente que fingía su suicidio y escapaba.
Al principio me dijo que no fuera paranoico. Pero cuando terminé de explicarle la trama me dijo que le parecía brillante y que podía ser una novela espectacular. No le conté el final.
Después escribió una columna titulada “Alan vive”, en la que incluso describió a un abogado de apellido italiano que vivía entre Barcelona y Madrid. Yo le estoy profundamente agradecido porque me motivó a continuar escribiendo la novela y, además, hizo una publicidad previa que fue muy generosa.

Su novela juega constantemente con la pregunta de qué es real y qué pertenece a la ficción. ¿La literatura le permitió explorar aquello que el derecho no podía?
Totalmente. La ficción es un mundo paralelo, una realidad paralela que te da libertad absoluta para imaginar. Incluso te diría que es incontrolable.
Cuando me pongo a escribir, escribo primero a mano y luego paso el texto en limpio. En ese proceso afloran elementos que uno tiene dentro y que quizá no había pensado conscientemente. Esa es la magia de la literatura.
En la literatura podemos decir cosas que en la vida real no podemos. Podemos construir mundos paralelos a partir de elementos reales. Coges los ingredientes de la realidad y haces una ensalada. Pero el resultado sigue siendo una novela: no es un ensayo, ni una tesis doctoral, ni un estudio teórico.
¿Y qué ocurre cuando esa ficción toma como punto de partida a una persona y un acontecimiento tan reconocibles para los lectores?
La literatura nos permite volar, viajar a mundos donde aquello que creemos imposible puede ocurrir.
Algunos piensan que escribir esta novela es dañar la memoria del expresidente García. Yo pienso todo lo contrario. En la novela no estoy hablando directamente de Alan García; está basada en él.
Además, en España mucha gente de mediana edad ni siquiera recuerda quién fue Alan García. Sin embargo, quedaron fascinados por la historia de un expresidente que, dentro de la ficción, finge un suicidio para evadir la acción de la justicia.

El libro también puede leerse como una reflexión sobre el poder. ¿Qué cree que hace el poder con las personas?
El poder indudablemente puede mostrar y quitar el velo de la verdadera personalidad de las personas.
Alguien que ingresa en política busca poder. Es una persona que cree que ha nacido para ordenar y mandar. Hay una serie de características psicológicas en quienes están involucrados en la política y, lamentablemente, no siempre aparece también la capacidad de administrar y ser honestos.
La política termina convirtiéndose en una lucha por el poder. Quiero esto, y voy y lo compro o lo robo, pero lo tengo. Esa es la lucha del poder por el poder.
¿Y qué lugar ocupa el ciudadano en esa lucha?
Eso es algo que me preocupa. He visto campañas electorales, propuestas políticas y discursos, pero muchas veces no se habla de problemas fundamentales.
¿Cómo puede ser que en un país como el Perú todavía veamos niños vendiendo golosinas en las calles a las tres o cuatro de la mañana? Niños expuestos a que los violen, les roben, los maten, los secuestren o los exploten.
¿Algún político ha mencionado esto? ¿Dónde está la preocupación por esas personas?
Desde su experiencia como abogado, ¿qué cuestiona del sistema de justicia?
Tenemos en Perú, España y Estados Unidos magistrados, jueces y fiscales brillantes. También tenemos abogados de una calidad impecable. Pero considero que todavía existen problemas en la valoración de la prueba.
He leído sentencias en las que se valora un hecho sobre la base de la llamada “máxima de la experiencia”. Por ejemplo: si la experiencia dice que alguien que entra a una librería sin dinero va a robar, entonces se concluye que esa persona robó. Pero eso no es un elemento objetivo.
Un indicio puede servir, pero necesitamos elementos que realmente acrediten que ocurrió un hecho. Una videocámara, un video periciado, una evidencia objetiva. Todavía existen casos en los que se puede llegar a condenar a una persona basándose en una presunción o en un indicio, y eso puede ser injusto.
¿Fue un reto conseguir que una historia tan extraordinaria resultara creíble para el lector?
Fue un placer escribirla. Precisamente porque vivimos en una época en la que muchas veces la realidad supera a la ficción, la literatura tiene la posibilidad de llevarnos todavía más lejos.
El reto era construir una historia que funcionara como novela. Que el lector se preguntara qué está ocurriendo, que dudara, que quisiera seguir leyendo. Pero siempre teniendo claro que estamos hablando de ficción.
¿Qué espera que ocurra con el lector después de cerrar el libro?
Que se quede pensando. La literatura permite formular preguntas. No necesariamente tiene que entregar todas las respuestas. A veces lo interesante es que el lector cierre el libro y se pregunte: “¿Y si hubiera sido así?”.
Eso es precisamente lo que me interesa de la literatura: abrir una posibilidad, construir una realidad paralela y dejar que el lector entre en ella.
SOBRE EL AUTOR
JORGE ALBERTINI (nacido en 1980) estudió Derecho, Ciencias Políticas, Filosofía y Literatura. Ha sido galardonado con varios premios, entre ellos: Mejor Abogado Penalista 2024, Premio San Ivo Justicia Social 2023, Premio Alfonso X El Sabio 2021, Premio Mejor Abogado Penalista 2018 y la Medalla de Oro Humanitaria Ramón y Cajal 2018, entre otros.
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