Familia y Salud
El impacto de las pérdidas tempranas en la vida adultaPerder a su padre a los 3 años y ver a su madre quedar postrada apenas dos años después marcó para siempre la vida de esta joven. Hoy, a los 28, enfrenta sus propios temores, una relación sentimental llena de incertidumbres, el cuidado de su madre y el esfuerzo cotidiano por salir adelante.
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30 segundos agoon
28/08/2026By
Redacción Lima Gris
Por Bienestar Psicológico 360°
Mi padre murió cuando yo tenía apenas 3 años. Era demasiado pequeña para comprender lo que significaba la muerte, pero con los años fui entendiendo que aquella ausencia marcaría mi vida para siempre.
No tuve la oportunidad de crecer a su lado. No pude conocerlo como hubiera querido, escuchar sus consejos, recibir sus abrazos ni compartir esos pequeños momentos cotidianos que para muchos parecen insignificantes, pero que para mí se convirtieron en recuerdos que nunca pude construir.
Dos años después, cuando apenas tenía 5, la vida volvió a golpearme. Mi madre sufrió un derrame cerebral que la dejó postrada en cama. En muy poco tiempo, mi mundo cambió por completo.
De pronto, aquella familia que ya había sufrido la pérdida de mi padre tuvo que aprender a vivir con una nueva realidad. Mi madre necesitaba cuidados permanentes y yo terminé viviendo en la casa de mis tíos, mientras ella permanecía bajo el cuidado de otras personas.
Crecí rodeada de familiares que hicieron lo posible por ayudarme. Nunca olvidaré ese apoyo. Pero hay vacíos que ninguna compañía consigue llenar completamente. Yo era una niña y, aun así, tuve que empezar a comprender demasiado pronto que las personas que amamos pueden enfermar, pueden morir y pueden desaparecer de nuestra vida en cuestión de segundos.
Durante muchos años sentí profundamente la ausencia de mis padres. Hubo momentos en los que seguramente necesité un abrazo, una palabra de orientación, alguien que me dijera que todo estaría bien. Hubo días en los que simplemente habría querido sentir que mamá y papá estaban ahí.
Pero no estaban. Y tuve que aprender a seguir adelante con esa realidad.
Quizá de aquellas experiencias nació uno de mis mayores temores: que algún día mis propios hijos tuvieran que vivir una historia parecida a la mía.
Durante mucho tiempo pensé que la vida podía cambiar sin previo aviso. Había aprendido esa lección cuando apenas era una niña. Por eso decidí no tener hijos.
No fue una decisión sencilla ni tomada a la ligera. Detrás de ella hay recuerdos, miedo y una pregunta que durante años me acompañó: ¿qué pasaría si algún día yo faltara y mi hijo tuviera que sentir la misma ausencia que yo sentí?
No quería traer a un niño al mundo para vivir con ese temor permanente.
Hoy tengo 28 años y todavía enfrento mis propias batallas. En el ámbito sentimental mantengo una relación inestable. He tenido que enfrentar infidelidades, decepciones y momentos en los que me he preguntado si realmente estoy junto a la persona que quiero. No es la relación que alguna vez imaginé para mí. Sin embargo, he decidido darle una oportunidad más.
A veces me pregunto por qué sigo intentando. Por qué continúo creyendo que las cosas pueden cambiar.
Quizá porque, a pesar de todo lo que me tocó vivir, todavía existe en mí una pequeña esperanza. La esperanza de que las personas puedan reconocer sus errores, aprender de ellos y valorar lo que tienen antes de perderlo.
Pero mi historia no está definida únicamente por el dolor. También está hecha de esfuerzo.
Tengo un pequeño emprendimiento que me permite salir adelante. Mi día comienza alrededor de las cuatro de la mañana. Mientras gran parte de la ciudad todavía duerme, yo ya estoy trabajando. Trabajo hasta el mediodía, intentando construir algo propio, sostener mi vida y encontrar un camino que me permita seguir avanzando.
Después regreso a casa para cuidar a mi madre. Ella continúa formando parte de mi vida y su enfermedad me ha acompañado prácticamente desde que tengo memoria. Hoy soy yo quien está pendiente de ella. A veces es agotador. Hay días difíciles, momentos de cansancio y situaciones que quisiera no tener que enfrentar.
Pero también existe un vínculo que no quiero abandonar.
Cuando miro hacia atrás, pienso en aquella niña de 3 años que perdió a su padre. Pienso también en aquella niña de 5 años que tuvo que ver cómo su madre enfermaba y cómo su infancia comenzaba a cambiar para siempre.
Pienso en todo lo que tuvo que aprender sin estar preparada para hacerlo. Y muchas veces siento que aquella niña todavía vive dentro de mí.
Sigue ahí, cargando preguntas que nunca pudo responder, temores que aprendió a guardar y heridas que quizá durante muchos años no supo siquiera cómo nombrar.
La historia de esta joven permite comprender que las pérdidas tempranas no siempre terminan cuando pasa el duelo. A veces permanecen en silencio y reaparecen años después en forma de miedo, inseguridad, dificultad para establecer vínculos o decisiones que buscan evitar que el pasado vuelva a repetirse.
Las heridas de la infancia pueden acompañarnos hasta la adultez. Pueden influir en la manera en que amamos, en aquello que tememos perder y en las decisiones que tomamos para protegernos del dolor.
Pero una historia difícil no tiene por qué convertirse en una sentencia.
La resiliencia no significa olvidar aquello que nos hizo daño. Tampoco consiste en fingir que nada ocurrió. Significa reconocer las heridas, comprender cómo nos han transformado y, poco a poco, aprender a vivir sin permitir que ellas gobiernen nuestro futuro.
A veces, detrás de una persona que parece fuerte existe una historia que nadie conoce. Una historia de pérdidas, silencios, miedo y esfuerzo.
Y quizá sanar comienza justamente cuando dejamos de exigirnos ser fuertes todo el tiempo y nos permitimos decir, finalmente: esto me dolió, esto me marcó, pero mi historia todavía no ha terminado.
Porque el pasado puede explicar quiénes somos. Pero no tiene por qué decidir quiénes seremos.

Amar lo que me destruye
Redacción Lima Gris
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Amar lo que me destruyeA sus 22 años, una joven intenta romper el vínculo con un hombre que la lastima, pero del que no consigue desprenderse. Entre el recuerdo de los momentos felices, la ansiedad de la ausencia y el dolor de una relación marcada por los celos, los insultos y las humillaciones, libra una batalla silenciosa: aprender que amar no debería significar sufrir.
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2 semanas agoon
12/08/2026By
Redacción Lima Gris
Por Bienestar Psicológico 360°
Hace apenas un año conoció a un joven del que creyó enamorarse como nunca antes. Al principio, todo parecía tener la forma de un sueño. Hubo risas compartidas, miradas cómplices y conversaciones que parecían prometer un futuro interminable. Durante esos primeros meses, él se convirtió en refugio, compañía y esperanza.
Pero aquella luz comenzó a apagarse poco a poco.
Llegaron los celos, los insultos, las humillaciones. Lo que alguna vez había sido ternura empezó a convertirse en angustia. Ella lo reconoció y, con una valentía que todavía intenta recuperar, decidió alejarse.
Pensó que la distancia traería calma. No fue así.
Apenas unos días después, el silencio comenzó a pesar más que el dolor. La ausencia se transformó en nostalgia y la nostalgia, en una necesidad casi imposible de controlar. Aunque sabía que él no iba a cambiar, volvió a buscarlo.
La reconciliación duró apenas unas semanas. Y con ella regresaron también el maltrato psicológico, la angustia y las heridas que todavía no habían cicatrizado. Una vez más decidió marcharse. Una vez más creyó que esta sería la definitiva.
Pero al día siguiente sintió ganas de escribirle. Así comenzaron días que se convirtieron en semanas de una lucha íntima que casi nadie podía ver. Intentaba mantenerse firme, borrar su número, cortar el contacto, distraerse. Sin embargo, cualquier recuerdo parecía conducirla nuevamente hacia él. Cada reencuentro era breve. Cada despedida, más dolorosa.
Hoy ya no está con él, pero tampoco consigue desprenderse completamente. No puede bloquearlo. No puede eliminar su número. Su presencia continúa ocupando un espacio enorme en su pensamiento. Lo recuerda mientras trabaja, cuando sale con sus amigos, incluso cuando intenta concentrarse frente a una película en el cine.
Su familia y sus amigos le han pedido que lo olvide, que cierre esa puerta y siga adelante. Ella también quisiera hacerlo. El problema es que querer alejarse no siempre significa poder hacerlo de inmediato.
Llora con frecuencia. Se siente atrapada en un círculo que no sabe cómo romper. Hay días en los que siente que ya no le quedan lágrimas. Como si hubiera llorado tanto que el cansancio hubiera llegado hasta el corazón.
Lo que vive esta joven permite comprender cómo puede instalarse un ciclo de violencia y dependencia emocional dentro de una relación. El vínculo puede comenzar con afecto, intensidad y momentos de felicidad, pero luego ser interrumpido por episodios de celos, insultos, control o humillación. Después llega la ruptura. Y con ella, la promesa de un cambio que muchas veces nunca ocurre.
Entonces aparece la reconciliación. Un breve período de calma puede alimentar nuevamente la esperanza: quizá esta vez sea diferente. Pero el ciclo vuelve a empezar.
Por eso, abandonar una relación dañina no siempre es una decisión sencilla. No basta con reconocer racionalmente que algo hace daño. También hay que enfrentarse a la nostalgia, a la idealización de los buenos momentos, al miedo a la soledad y a esa necesidad de recuperar el afecto de la misma persona que provocó la herida.
Es una contradicción dolorosa: querer alejarse para protegerse y, al mismo tiempo, querer regresar para aliviar la ansiedad que provoca la ausencia.
A veces confundimos la intensidad con el amor. Creemos que cuanto más duele una relación, más profundo debe ser lo que sentimos. Pero el sufrimiento no es una prueba de amor. Tampoco lo son los celos, el control, las humillaciones ni la necesidad permanente de demostrar que uno merece ser querido.
Reconocer que alguien nos hace daño no es fracasar. Aceptar que no podemos cambiar a otra persona tampoco.
Hay despedidas que no significan dejar de amar de un día para otro. Significan comenzar, poco a poco, a amarse a uno mismo.
La recuperación puede ser lenta. Puede haber recaídas, dudas y días difíciles. Pero también puede existir un momento en el que el teléfono deje de ser una puerta hacia el pasado y se convierta simplemente en un teléfono. Un momento en el que el recuerdo ya no duela. Un momento en el que volver deje de parecer una opción.
Porque la libertad emocional comienza cuando comprendemos que no tenemos que permanecer en un lugar que nos destruye para demostrar que alguna vez amamos.
Y que, a veces, la forma más profunda de amor propio consiste en cerrar la puerta que tanto nos costó abrir.

Familia y Salud
Cuidar el corazón antes del embarazo: la campaña que busca prevenir complicaciones en miles de gestantesLa Sociedad Peruana de Cardiología se suma este 8 de agosto a la iniciativa internacional «Corazón de Mamá», que promueve la evaluación cardiovascular antes de la gestación para reducir los riesgos maternos y proteger la salud de la madre y del futuro bebé.
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3 semanas agoon
04/08/2026By
Redacción Lima Gris
Antes de escuchar el primer latido de un bebé, es indispensable asegurarse de que el corazón de la madre esté preparado para afrontar el embarazo. Con ese mensaje, la campaña internacional «Corazón de Mamá» conmemorará este 8 de agosto el Día de la Prevención Cardiovascular en la Mujer Gestante, una fecha que busca crear conciencia sobre la importancia de la evaluación médica antes del embarazo como una herramienta clave para prevenir complicaciones cardiovasculares y garantizar una maternidad más segura.
Cada año, miles de mujeres inician la gestación sin conocer el estado de su salud cardiovascular. Esa falta de diagnóstico oportuno puede impedir la detección temprana de enfermedades que ponen en riesgo tanto la vida de la madre como la del bebé. El control preconcepcional resulta especialmente importante para quienes presentan hipertensión arterial, diabetes, obesidad, cardiopatías congénitas o adquiridas, enfermedad renal o antecedentes obstétricos de alto riesgo.
La denominada consulta preconcepcional permite evaluar el riesgo cardiovascular de la mujer antes del embarazo, revisar la seguridad de los medicamentos que recibe, optimizar el tratamiento de enfermedades crónicas, promover hábitos saludables y planificar la gestación con el acompañamiento de un equipo multidisciplinario.
La campaña es impulsada por la Sociedad Interamericana de Cardiología (SIAC), la American Heart Association (AHA) y la Fundación Interamericana del Corazón (FIC). En el Perú, la Sociedad Peruana de Cardiología (SPC) se suma a esta edición 2026 con el objetivo de fortalecer la prevención desde el primer nivel de atención y fomentar una mayor educación en salud cardiovascular entre las mujeres en edad fértil.

La conmemoración coincide con el cierre de la Semana Mundial de la Lactancia Materna, ampliando la mirada sobre el cuidado integral del binomio madre-hijo y recordando que la protección de ambas vidas comienza incluso antes de la concepción.
El embarazo más seguro empieza antes de la primera ecografía
La doctora Claudia Ballón Castro, responsable del Comité de Cardio-Obstetricia de la Sociedad Peruana de Cardiología, señaló que el cuidado cardiovascular debe iniciarse antes del embarazo, continuar durante el control prenatal y mantenerse en el periodo posparto.
La especialista recordó que las enfermedades cardiovasculares figuran entre las principales causas de morbimortalidad materna y que una detección temprana puede disminuir significativamente el riesgo de desarrollar hipertensión gestacional, preeclampsia, insuficiencia cardíaca, arritmias y eventos tromboembólicos.
En ese contexto, destacó el papel del primer nivel de atención, donde es posible identificar factores de riesgo, iniciar medidas preventivas y derivar oportunamente a las pacientes que requieran atención especializada.
Como parte de las actividades de la campaña, este viernes 7 de agosto la Dra. Ballón ofrecerá la conferencia «Corazón de Mamá» durante el Taller Materno del Programa de Psicoprofilaxis del Hospital II Carlos Alcántara Butterfield de EsSalud. La actividad, dirigida a gestantes y abierta al público, se realizará a las 10:30 de la mañana y brindará orientación sobre el cuidado del corazón durante el embarazo, además de explicar cuáles son las señales de alerta que requieren atención médica inmediata.

Síntomas que no deben ignorarse
Aunque durante el embarazo son habituales diversos cambios físicos, existen síntomas que nunca deben considerarse normales. El dolor en el pecho, la falta intensa de aire, las palpitaciones persistentes y los desmayos requieren evaluación médica inmediata, especialmente en mujeres con enfermedades cardiovasculares previas o factores de riesgo.
La vigilancia tampoco termina con el nacimiento del bebé. Según la Dra. Ballón, entre el cuarto y el décimo día después del parto aumenta el riesgo de presentar hipertensión arterial y trastornos del ritmo cardíaco, por lo que recomienda controlar la presión arterial y acudir de inmediato a un establecimiento de salud ante cualquier signo de alarma.
Asimismo, advirtió que la hipertensión gestacional, la preeclampsia y la diabetes gestacional pueden incrementar, a largo plazo, el riesgo de desarrollar hipertensión crónica, diabetes mellitus, infartos o accidentes cerebrovasculares. Por ello, el puerperio debe incluir seguimiento médico, alimentación saludable y actividad física moderada bajo supervisión profesional.
Con la campaña «Corazón de Mamá», la Sociedad Peruana de Cardiología hace un llamado a profesionales de la salud, instituciones y ciudadanía a fortalecer la cultura de la prevención. Porque cuidar el corazón de una mujer antes del embarazo no solo protege su vida, sino también el futuro de una nueva familia.
Comentarios Continue ReadingFamilia y Salud
La dolorosa prisión de la indefensión aprendidaNo siempre son las grandes derrotas las que apagan la voluntad de una persona. A veces basta con escuchar, una y otra vez, que su voz no importa. Así nace la indefensión aprendida: un estado en el que el miedo y la frustración convencen a alguien de que ningún esfuerzo cambiará su destino.
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4 semanas agoon
02/08/2026By
Redacción Lima Gris
Por Bienestar Psicológico 360°
Había sido una estudiante brillante. A sus quince años, las buenas calificaciones eran el reflejo de su curiosidad, su disciplina y sus ganas de aprender. Pero, poco a poco, algo empezó a quebrarse. Sus notas descendieron, su entusiasmo se apagó y la joven que antes levantaba la mano para responder en clase comenzó a refugiarse en un silencio cada vez más profundo.
La causa no estaba en su inteligencia, sino en el mundo que la rodeaba.
En casa, cada intento por expresar una opinión terminaba estrellándose contra las mismas frases: «Tú no entiendes nada» o «Mejor no hables». Al principio intentó defender sus ideas. Luego insistió con paciencia. Finalmente comprendió que, dijera lo que dijera, el desenlace era siempre el mismo: discusiones, descalificaciones y un cansancio emocional que terminaba por vencerla.
En el colegio la historia se repetía. Cuando participaba en clase, algunos compañeros se burlaban. Los docentes advertían lo que ocurría, pero rara vez intervenían. Con el tiempo, la adolescente dejó de levantar la mano. Después dejó de opinar en casa. Más tarde comenzó a dudar incluso de decisiones cotidianas, como escoger la ropa que vestiría. Poco a poco, su mundo se fue reduciendo hasta quedar encerrado en una idea devastadora: nada de lo que haga servirá para cambiar las cosas.
Ese es el rostro de la indefensión aprendida, un fenómeno psicológico que aparece cuando una persona, tras enfrentarse repetidamente a experiencias de rechazo, fracaso o desvalorización, termina creyendo que cualquier intento será inútil. No pierde su capacidad, ni su talento, ni su sensibilidad. Lo que se desvanece es la convicción de que sus acciones tienen algún efecto sobre la realidad.
Por eso, quien vive atrapado en esta forma de impotencia no necesita escuchar que debe «esforzarse más». Necesita recuperar la certeza de que su voz puede ser escuchada y que sus decisiones todavía tienen valor. A veces, esa reconstrucción comienza con gestos que parecen pequeños, pero poseen una fuerza inmensa: un profesor que presta atención, un amigo que acompaña sin juzgar o un padre que, por primera vez, escucha antes de responder.
Porque una sola experiencia de respeto puede comenzar a derrumbar el muro que levantaron años de indiferencia. Y cuando alguien vuelve a creer que sus actos importan, también empieza a recuperar la esperanza de escribir una historia diferente.

Familia y Salud
La herida que el silencio nunca cerróUn secreto guardado durante 23 años sale a la luz en la penumbra de un consultorio: la historia de cómo la inocencia robada busca, por fin, cicatrizar en la adultez.
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1 mes agoon
26/07/2026By
Redacción Lima Gris
Por Bienestar Psicológico 360°
Hay miradas que llegan a la consulta con el peso de lo inexplicable. Una madre se sienta al borde de la silla, apretando las manos, desorientada tras haber hallado en el teléfono de su hijo un mundo de contenido adulto que no lograba descifrar. Él, un hombre adulto con discapacidad cognitiva, reaccionó con una furia desmedida al perder el dispositivo. Con el correr de los días, la primera capa de sospecha cayó para dar paso a una revelación íntima: él le confesó a su madre que siente atracción por otros hombres. Buscando luz entre la confusión, ella decidió llevarlo a terapia.
Pero la verdadera tormenta no estaba en la pantalla ni en la orientación sexual. Estaba atrapada bajo el pecho del joven.
Durante la sesión clínica, él pide un instante a solas. El aire del consultorio se vuelve denso. Sus dedos se entrelazan con torpeza, la mirada esquiva el contacto visual y la voz le tiembla como una hoja a punto de desprenderse. Entonces susurra una frase que altera el tiempo:
«Lo que voy a contar, nunca se lo he dicho a nadie».
Con ese suspiro rotundo, el joven quebró el candado de un secreto guardado durante más de dos décadas. Recordó la tarde en que tenía apenas 11 años y un vecino lo invitó a jugar con la consola de videojuegos. Lo que prometía ser una tarde ordinaria de infancia se transformó en una emboscada de tocamientos y agresión sexual. Antes de liberarlo, el agresor le grabó una amenaza atroz en la memoria: «Si cuentas algo, le haré exactamente lo mismo a tu hermana».
Aquel niño aterrorizado de 11 años hoy tiene 34. Ha arrastrado durante 23 años una armadura invisible hecha de vergüenza, culpa y miedo. La amenaza cumplió su condena: lo encerró en una cárcel de silencio mientras crecía con la fragilidad a cuestas. Hoy, con los ojos anegados en lágrimas y la voz quebrada frente al terapeuta, rompe el hechizo del agresor con un clamor desesperado:
—¿Qué puedo hacer para ya no sentirme así? Ayúdeme.
Este caso nos obliga a reflexionar con sensibilidad y firmeza. Desde la psicología clínica sabemos que los niños con retraso mental forman parte de los grupos más vulnerables: sus limitaciones en la comprensión, la defensa y la comunicación los convierten en blancos fáciles para quienes buscan abusar. Aprovecharse de esa fragilidad es una de las formas más crueles de violencia, porque se atenta contra la inocencia y la dignidad de quien menos puede defenderse. El impacto psicológico es devastador: miedo, culpa, silencio y una herida emocional que puede acompañar toda la vida.
No somos responsables de lo que nos sucedió en la infancia, pero si somos responsables de las decisiones que tomemos como adulto

Familia y Salud
Cuando el hogar deja de ser un refugioTrabaja dos jornadas, estudia para construir su futuro y sostiene sola gran parte de su vida. Pero al cruzar la puerta de su casa no encuentra descanso, sino un lugar donde el esfuerzo parece no tener valor y la violencia termina por romper el vínculo que debería protegerla.
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1 mes agoon
15/07/2026By
Redacción Lima Gris
Por Bienestar Psicológico 360°
Tiene apenas 24 años y carga sobre los hombros un peso que muchas personas no conocen sino hasta mucho después. Divide sus días entre dos trabajos y las exigencias de la universidad. Cada amanecer es una carrera contra el reloj y cada noche una batalla contra el agotamiento. Vive con sus padres, pero hace mucho dejó de depender de ellos. Ella misma paga su matrícula, las mensualidades, el transporte, la ropa y cada necesidad cotidiana. Ha aprendido que la independencia no siempre comienza al abandonar una casa, sino cuando uno asume, en silencio, el costo de su propia existencia.
En su agenda no hay lugar para el ocio. Si aparece una hora libre, la convierte en trabajo. No porque le sobre ambición, sino porque entiende que cada minuto representa una oportunidad para acercarse al futuro que sueña construir.
Sin embargo, al regresar a casa, ese futuro parece detenerse frente a una realidad que duele. El hogar, ese espacio que debería ofrecer calma después de una jornada extenuante, se transforma en un escenario de reproches. Las palabras que escucha no alivian el cansancio; lo profundizan. Los gritos reemplazan al diálogo y las críticas terminan erosionando una autoestima que se esfuerza por mantenerse firme.
Cuando intenta orientar a sus hermanos menores, su padre desautoriza cada una de sus palabras. Su esfuerzo pierde valor antes de terminar la frase. Y cuando llega algunos minutos más tarde de lo habitual, la espera no es una preocupación afectuosa, sino un reclamo que desconoce las horas de sacrificio que hay detrás de cada demora.
La semana pasada ocurrió algo que dejó una herida más profunda que cualquier moretón. Su padre le dio una cachetada.
No fue solamente un golpe en el rostro. Fue una fractura emocional. El instante en que comprendió que el lugar donde debería sentirse protegida podía convertirse también en el espacio donde su dignidad era vulnerada.
Desde entonces, una idea regresa una y otra vez a su cabeza: marcharse. Independizarse. Buscar un lugar donde el silencio no sea miedo y donde el respeto no sea un privilegio.
La pregunta que la acompaña resume una injusticia imposible de comprender: «Si estudio, si trabajo, si cumplo con todas mis responsabilidades aun cuando el cansancio me vence… ¿por qué me pega?».
Esa interrogante no pertenece solo a una joven de 24 años. Es la voz de muchas personas que descubren que la violencia también puede esconderse detrás de las paredes del hogar. Ningún padre debería convertir el amor en temor ni la autoridad en humillación. Educar jamás será sinónimo de herir.
Porque cuando una casa deja de ser refugio y se convierte en una fuente de dolor, no solo se resquebrajan los vínculos familiares: también se hiere la confianza, la autoestima y la esperanza. Y, sin embargo, ella sigue adelante. Continúa estudiando, trabajando y soñando con el día en que el respeto deje de ser una aspiración para convertirse, por fin, en la forma natural de vivir.

Familia y Salud
El peso de ser uno mismoDurante años creyó que decir dos palabras podía costarle el amor de la única persona que nunca lo había abandonado. Aquella tarde descubrió que la aceptación puede salvar mucho más que un vínculo: puede devolverle a alguien las ganas de vivir sin esconder quién es.
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2 meses agoon
08/07/2026By
Redacción Lima Gris
Por Bienestar Psicológico 360°
Hay silencios que no nacen de la timidez. Nacen del miedo. Se instalan poco a poco en la vida de una persona hasta convertirse en una habitación cerrada donde apenas entra la luz. Desde afuera, quienes aman solo alcanzan a percibir que algo se apaga, pero no encuentran la puerta para entrar.
Él tenía apenas dieciocho años cuando llegó al consultorio acompañado de su madre.
Ella llevaba mucho tiempo preocupada. Su hijo se había vuelto cada vez más reservado. En el colegio nunca encontró un lugar donde sentirse plenamente parte del grupo. Mientras otros construían amistades con facilidad, él prefería observar desde la distancia. Solo había logrado estrechar vínculos con dos compañeras. No era rebeldía ni desinterés. Era una soledad silenciosa que iba ocupando cada espacio de su vida.
Antes de conversar con él, su madre quiso contarme una parte de su historia.
Cuando el niño tenía apenas dos años, su padre falleció. Desde entonces ella aprendió a multiplicarse para ocupar todos los lugares que la vida había dejado vacíos. Fue madre y padre al mismo tiempo. Trabajó, cuidó, protegió, consoló y celebró cada pequeño logro de su único hijo. Hizo todo cuanto estuvo a su alcance para que nunca sintiera la ausencia de quien ya no estaba.
Sin embargo, había un dolor que seguía siendo un territorio desconocido para ella.
Por eso decidió buscar ayuda.
Sentía que su hijo se alejaba poco a poco de la vida, como quien se esconde detrás de un vidrio imposible de atravesar.
Cuando finalmente nos quedamos solos, el silencio ocupó casi toda la habitación.
Él evitaba mirarme a los ojos. Sus manos no dejaban de moverse. Balanceaba el cuerpo con ansiedad, como si intentara encontrar una posición desde donde el miedo pesara un poco menos. Cada pregunta parecía exigirle una batalla interior.
Pasaron varios minutos antes de que pudiera hablar.
Entonces pronunció una frase que parecía haber esperado años para salir.
—Hay algo que nunca le he contado a nadie… ni siquiera a mi mamá.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Intentó continuar, pero la voz se quebró. No era falta de confianza. Era el peso de un secreto que había aprendido a cargar solo. El miedo al rechazo, la culpa que tantas veces impone una sociedad llena de prejuicios y la posibilidad de perder el cariño de la persona que más amaba parecían impedirle respirar.
Comprendí que decirlo en voz alta todavía era demasiado difícil.
Entonces le acerqué una hoja en blanco y un lápiz.
—Si no puedes decirlo, escríbelo.
Durante unos instantes permaneció inmóvil. Miró el papel como si en él estuviera escrita toda su vida. Respiró profundamente varias veces. Finalmente comenzó a escribir.
No tardó más de unos segundos.
Pero aquellos segundos encerraban años de angustia.
Cuando terminó, sostuvo la hoja entre sus manos. La observó en silencio. Dudó. Tal vez todavía existía la posibilidad de guardarla en el bolsillo y seguir viviendo detrás de la misma máscara.
Le pregunté si quería que fuera yo quien hablara con su madre.
Negó con la cabeza.
—No. Quiero estar aquí. Quiero que ella lo sepa conmigo presente.
Había miedo en su voz.
Pero también una inmensa valentía.
Invitamos a pasar a su madre.
Apenas ella cruzó la puerta, él rompió en un llanto que parecía contener toda una vida. Ya no era el joven que intentaba controlar cada emoción. Era un hijo asustado que solo necesitaba saber que seguiría siendo amado.
Su madre, desconcertada, repetía una y otra vez:
—¿Qué pasa, hijo? ¿Qué ocurre?
Le entregué la hoja.
Ella la abrió lentamente.
En el centro de la página había apenas dos palabras.
«Soy gay»
El tiempo pareció detenerse.
Ella permaneció en silencio. No porque buscara una respuesta perfecta, sino porque entendía que aquellas dos palabras representaban años de sufrimiento que nunca había logrado ver.
Después levantó la mirada.
Su hijo lloraba sin consuelo.
Entonces se acercó a él.
Lo abrazó.
Y con una serenidad que solo puede nacer del amor verdadero le dijo:
—Hijo, te voy a apoyar en todo. Nada de esto cambia el amor que siento por ti.
Fue imposible contener las lágrimas.
No solo las de él.
También las de una madre que acababa de comprender que su hijo nunca había necesitado que lo cambiaran. Solo necesitaba sentirse seguro para ser quien siempre había sido.
Desde aquel abrazo, el llanto dejó de ser el lenguaje del miedo y se convirtió en el alivio de quien, después de años escondiéndose del mundo, encontraba por fin un lugar donde no tenía que pedir permiso para existir.
La aceptación no transforma la identidad de una persona. Transforma su manera de habitar la vida.
Porque hay verdades que pesan demasiado cuando se cargan en soledad.
Y hay abrazos que, sin hacer ruido, son capaces de salvar una vida.

Familia y Salud
Convulsiones que no apagan mi luzCon 19 años convivo con la epilepsia y con el miedo de no saber cuándo volverá una convulsión. Mientras mi madre lucha desde una cama de hospital, descubrí que la verdadera fortaleza no consiste en no caer, sino en encontrar razones para volver a ponerme de pie.
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2 meses agoon
01/07/2026By
Redacción Lima Gris
Por Bienestar Psicológico 360°
Tengo 19 años y, hace dos, mi vida se partió en dos. Un desmayo inesperado fue el principio de un camino que jamás imaginé recorrer. Después llegaron los exámenes, las preguntas, el miedo y, finalmente, un diagnóstico: epilepsia. Desde entonces vivo medicada, pero la enfermedad nunca se marcha del todo. Permanece agazapada, esperando que el estrés o la ansiedad le abran la puerta para recordarme que mi cuerpo libra una batalla silenciosa.
Como si eso no bastara, mi madre lleva meses internada en un hospital. Desde entonces aprendí a dividir mis días entre la universidad, la cocina, las visitas al hospital y las responsabilidades de una casa que no puede detenerse. A veces siento que crecí demasiado rápido. Hay mañanas en las que me miro al espejo y apenas reconozco a la muchacha que fui. La vida me puso un peso enorme sobre los hombros cuando todavía estaba aprendiendo a descubrir quién era.
Las convulsiones son difíciles de explicar. Llegan sin avisar y, durante unos minutos, dejo de pertenecerme. Mi cuerpo se sacude sin control, la espuma aparece en mi boca y el mundo desaparece. Después solo queda un vacío inmenso. No recuerdo lo ocurrido. Despierto agotada, confundida, viendo los rostros asustados de quienes estuvieron cerca mientras yo no estaba. Es como si alguien arrancara pequeñas páginas de mi memoria y nunca pudiera recuperarlas.
Durante mucho tiempo sentí rabia. Me preguntaba por qué a mí, por qué tan joven, por qué cuando más necesitaba ser fuerte. Hoy sigo sin tener respuestas. Pero entendí que vivir no consiste en encontrar explicaciones para todo, sino en aprender a caminar incluso cuando el camino duele.
La epilepsia me enseñó que la fortaleza no es la ausencia de miedo. La verdadera fortaleza es levantarse una y otra vez, aun cuando el cuerpo parece rendirse y el corazón está cansado. Cada clase a la que asisto, cada plato que preparo, cada visita a mi madre y cada sonrisa que logro regalar son pequeñas victorias que nadie ve, pero que para mí significan el mundo.
No quiero que mi historia sea recordada como la historia de una enfermedad. Quiero que sea la historia de una hija que encontró en el amor por su madre la razón para seguir adelante. Porque cuando la abrazo, aunque sea por unos minutos, recuerdo que todavía existe esperanza.
La epilepsia forma parte de mi vida, pero no define quién soy. Soy mucho más que un diagnóstico. Soy mis sueños, mis lágrimas, mi esperanza y mis ganas de construir un futuro. Mientras mi corazón siga encontrando motivos para amar, siempre habrá una razón para volver a levantarme.

Familia y Salud
Cuando un niño solo quería ser niñoUna tarde dedicada a la salud emocional y al encuentro humano dejó una escena imposible de olvidar: un pequeño que solo quería jugar fue arrancado de su alegría por la violencia de un adulto. Su llanto terminó convirtiéndose en una dolorosa reflexión sobre la infancia, el afecto y las heridas invisibles que acompañan a las personas durante toda la vida.
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2 meses agoon
23/06/2026By
Redacción Lima Gris
Por Bienestar Psicológico 360°
Hay escenas que duran apenas unos segundos y, sin embargo, permanecen durante años en la memoria. Instantes fugaces que revelan una verdad incómoda sobre nuestra sociedad y que nos obligan a preguntarnos qué clase de mundo estamos construyendo para quienes recién comienzan a descubrirlo.
Aquella tarde había sido una celebración de la esperanza. En medio del parque, cientos de personas se acercaban para participar en actividades destinadas al bienestar emocional y la salud mental. Había abrazos gratuitos, mensajes de aliento, palabras de afecto escritas en pequeños papeles y sonrisas compartidas entre desconocidos. Familias enteras recorrían los espacios preparados para recordar algo que con frecuencia olvidamos: que los seres humanos necesitamos sentirnos queridos, escuchados y comprendidos.
Llegaban parejas tomadas de la mano, escolares curiosos, turistas sorprendidos por la calidez del encuentro. Algunos observaban con timidez; otros se sumaban de inmediato. Pero casi todos se marchaban con una expresión distinta a la que tenían al llegar, como si durante unos minutos hubieran logrado desprenderse del peso cotidiano que tantas veces cargamos en silencio.
En medio de aquel ambiente de alegría ocurrió algo que transformó la jornada.
Un niño de aproximadamente seis años observaba las actividades con una emoción imposible de disimular. Sus ojos brillaban con esa mezcla de curiosidad y entusiasmo que solo pertenece a la infancia. Quería acercarse, jugar, participar. Quería formar parte de aquella pequeña fiesta de afectos que estaba regalando sonrisas a tantas personas.
Sin embargo, su padre decidió que era momento de irse.
El niño insistió. No lo hizo por capricho. No exigía un juguete ni reclamaba un premio. Solo quería quedarse unos minutos más. Quería vivir aquella experiencia. Quería compartir con otros niños. Quería ser niño.
Entonces ocurrió lo inesperado.
Molesto por la insistencia, el hombre reaccionó con violencia. Lo golpeó y lo arrastró consigo mientras el pequeño lloraba desconsoladamente. La escena fue breve. Apenas un instante. Pero bastó para que el silencio reemplazara por unos segundos la alegría que llenaba el lugar.
Mientras observábamos cómo aquel niño se alejaba entre lágrimas, surgieron preguntas inevitables. ¿Cuántas veces habrá vivido algo parecido? ¿Cuántas emociones habrán sido castigadas antes de ese día? ¿Cuántos niños crecen aprendiendo que expresar sus sentimientos merece un reproche, una humillación o un golpe?
La infancia debería ser el territorio donde florecen la curiosidad, la confianza y la alegría. Un espacio seguro para equivocarse, aprender y descubrir el mundo. Nadie debería tener miedo de mostrar entusiasmo. Ningún niño debería sentirse culpable por querer jugar.
Aquella tarde pensamos en ese pequeño desconocido, pero también en los miles de niños, adolescentes y adultos que conviven diariamente con la indiferencia, el maltrato o la incomprensión. Personas que, muchas veces, no necesitan grandes soluciones, sino algo mucho más simple: una palabra amable, una mirada empática o alguien dispuesto a escucharlas.
Porque las heridas más profundas rara vez dejan cicatrices visibles. Son las que se instalan en el corazón, las que acompañan durante años y terminan moldeando la manera en que una persona se relaciona con el mundo.
Quizá nunca sepamos el nombre de aquel niño. Tal vez jamás volvamos a verlo. Pero su llanto quedó resonando como un recordatorio doloroso de que aún existen infancias interrumpidas por la violencia y la falta de ternura. Y mientras haya niños que no puedan vivir plenamente su niñez, seguirá siendo necesario insistir en la empatía, educar en el respeto y recordar que, a veces, el acto más revolucionario de todos consiste simplemente en permitir que un niño sea niño.

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