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La broma infinita: cupido requisitoriado

Mi pecado fue amar a una mujer; mi error, meterme en su vida. Quince años después comprendes, Méndez, que nunca es tarde para exigir perdón y justicia.

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26/08/2026

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Redacción Lima Gris

Por: Juan José Sandoval


A fines del año pasado estaba a punto de entrar a trabajar a una minera. Tenía todo listo: la aprobación de la gerenta, las entrevistas pasadas y un panorama favorable. Hasta que me mandaron a los exámenes médicos. No me volvieron a llamar y me dejaron de regalo un diagnóstico de hipertenso y diabético. Me dejaron sin chamba y enfermo. Ahora tomo cinco pastillas al día y mi orina cambió de color y olor para siempre.

Pensé que la prueba de sangre había mapeado mi esencia subterránea, pero el problema no era el doping; aguanté como el Diegote, pero igual me dejaron en visto cuando pregunté cuándo arrancábamos.

Lo descubrí meses después, en pleno verano, cuando envié mi postulación a los Estímulos Económicos del Ministerio de Cultura. Tenía un proyecto lindo para promover la literatura peruana en el extranjero; contaba con las cartas de invitación y los auspicios para cerrar el plan. Pero no pasé el primer filtro: me saltó un antecedente judicial que debía subsanar en cinco días hábiles.

Aunque tengo procesos en Fiscalía, todos estaban mapeados con mi abogado y respondían estrictamente a mi práctica periodística. Este caso no lo tenía en órbita; más bien me sacó de ella. Remontaba al 2011, época en que tuve una relación intensa con una guapa periodista de quien vivía enamorado desde el colegio. Fuimos compañeros desde chicos y la historia se concretó 32 años después.

Los trece meses de amor en pareja se vieron opacados por la desaprobación de su familia. La cúspide del conflicto reventó en la cocina de su casa, donde pudo haber una tragedia y la guapa comunicadora terminó al borde de ser la sucesora de Giulianna Llamoja o ser bautizada por la prensa chicha como «la loca del cuchillo». El incidente acabó en la comisaría de Surco, adonde los involucrados tuvimos que acudir reiteradas veces durante los dos años siguientes.

Recuerdo haber cumplido, por recomendación de mi abogado, cada indicación de la Policía y del Poder Judicial: asistí a terapia psicológica en condición de agresor por orden del juez y no volví a verlas nunca más, bajo juramento ante un cura.

Pero la descalificación del Ministerio de Cultura me devolvió de golpe a ese recuerdo infame. Tuve que peregrinar por las dependencias que me procesaron para averiguar por qué figuraba requisitoriado si había cumplido con todo lo que exigía la ley.

Hasta que di con el origen de la mancha que no me dejaba trabajar en la mina ni postular a los fondos públicos: todo venía del INPE. ¿El INPE? ¿Ahí donde registran a los reclusos sentenciados? Me di cuenta de que para el sistema yo era un sentenciado que no había cumplido su condena; en cualquier momento, en la calle o en un restaurante, me podían intervenir y mandar directo al calabozo.

Desde ese día me sentí un prófugo. Anduve con cautela, camuflado con lentes y gorrita. Descarté teñirme el cabello por la severa calvicie que gobierna mi azotea, pero me dejé el bigote.

Agarré valor y un día me acerqué al INPE. Temía que al digitar mi DNI saltara una alerta roja en la pantalla y me detuvieran al instante. Dejé la solicitud de revisión mientras buscaba la forma de insertarme en el mercado laboral aun con ese anticuchazo en mi registro.
A los dos meses me llegó una carta de la institución informándome que se habían equivocado y que procederían a actualizar su base de datos. Sin embargo, en los sistemas de Trabajo y Cultura seguiré figurando como un agresor que no asistió a sus terapias.

Lo trágico y cómico del caso es que en aquel incidente de la cocina fui yo quien impidió la tragedia.

En su momento le escribí una carta a mi exsuegra a manera de despedida, expresándole el afecto que le guardé durante esos trece meses en su domicilio. Como no me gusta desperdiciar nada de lo que escribo, la subí a mis redes y la gente empezó a meterle harto like. Pero al toque me la bajaron; siempre tuve presente que la señora trabajó años en el SIN de Montesinos.

Veo también que la guapa periodista asume cargos públicos celebrados por muchos, aunque pesan más las denuncias laborales en su contra por un bajísimo control de la ira.
Esto no me ha hecho claudicar en utilizar el amor como herramienta para buscar la felicidad, aunque hoy encuentro más placentero cobrar renta a través de pequeñas venganzas personales en nombre de la literatura peruana. Agúzate, Valdelomar, que llegó tu ocaso.

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«La Carretera», de Roberto de Olazábal Wismann

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«La Carretera», de Roberto de Olazábal Wismann

Lee la columna de Rodolfo Ybarra

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26/08/2026

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Rodolfo Ybarra

Un libro de poesía casi siempre es una casa o un camino a ella. Muchos escritores han hablado de esta senda-ruta-vereda desde el viaje de Ulises a Ítaca pasando por el On the road de Jack Kerouac o los dos caminos que plantea El Paraiso Perdido de Milton: el hades y la Tierra.

Pero Roberto de Olazábal Wismann, periodista, empresario, tutor de la minotáurica Librería Casatomada y editor del sello Barba Negra, nos quiere contar su propio camino en pasos trajinados: sus viajes, aventuras y desventuras, cuando no el desamor o la pérdida.

Entonces brillan con luz propia de semáforo esas Luciérnagas en Pichanaqui que titilan en el libro o la fogata en la oscuridad densa. Siempre con palabras que se entrecruzan y que dicen sin decir. Connotan, dan a entender bajo un manto protector de Eguren o Martín Adán y los maudits franceses: Mallarmé, Verlaine, Rimbaud y Baudelaire.

Y su propia voz que se esparce como hojas vivas o secas en Flores a la tumba: Tengo el andar congelado,/pero cómo no sonreír,/está tan feliz,/yo pesado, entumecido.//En la carretera,/Se detuvo tu reloj,/lejos de tu corazón/en la altura,/ la ambición entonces/ y la calumnia antes/castigó, mas no amargó/a la bella mujer que llegaste a ser/pasos, palabras, ideas/aún dormida/con la vista atenta,/aquella eternidad,/no te conocí,/te hubiera gustado cargarme/y envolverme entre tus sedas/tú tan suave y bella en la fotografía/sin pan bajo el brazo,/llegué con flores.

La Carretera es una ópera prima, pero madura como fruto caído del árbol. Quizás la mejor prueba sea ese último poema “Joaquín Rodrigo en Aranjuez” que nos obliga a adentrarnos en la música clásica: el Concierto de Aranjuez que trasunta un dolor extremo: la pérdida de un hijo, la mujer enferma, el fin de la Guerra Civil Española y la 2GM. Y ese diálogo de la guitarra como voz que le reprocha a Dios las tribulaciones: Ahora toca,/y que todos sientan tu dolor,/tu reproche, tu furia, tu miedo.//Que sepan al despertar/que ya nadie necesitará vivir tu pena/ni enfrentarse a Dios,/bastará cerrar los ojos, como tú,/ciego,/y oír lo que ocurrió en Aranjuez/para entender que la pérdida/también completa,/y el espíritu, al perder,/también gana.

Así, Roberto de Olazábal Wismann nos entrega esta carretera llena de paraderos simbólicos, extrañas nieblas como la de Feldrich, el cerro Baúl u otros espacios y seres como la Ardilla o la Mujer Tormenta. Y todo esto es Poesía.

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Santa Rosa, la memoria viva de Lima

De la fe limeña al cielo de América. Tras 409 años de su desaparición, el recuerdo imborrable de Isabel Flores de Oliva siempre quedará en el corazón del pueblo.

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2 días ago

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24/08/2026

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Luis Felipe Alpaca

A la avenida Tacna no voy solo por compromiso; voy a buscar memoria. Frente al pozo, viendo esas colas inacabables cada 30 de agosto a uno se le afloja el pecho, aunque en el mundo la celebran el 23 de agosto, pero el barrio bravo sabe que el verdadero luto pegó un 24 de agosto hace 409 años.

Isabel Flores de Oliva —‘Santa Rosa de Lima’, la criolla más nuestra— vino al mundo el 30 de abril de 1586 en este piso limeño. Hija de Gaspar Flores, arcabucero de Baños de Montemayor, y María de Oliva y Herrera, costurera de Huánuco, fue la cuarta de doce hermanos, de los que recordamos a Gaspar, Hernando, Bernandina, Francisco, Juana, Antonio, Andrés, Jacinta y Francisco Matia.

El cura Antonio Polanco la bautizó el 25 de mayo de 1586 en la Parroquia de San Sebastián del jirón Ica, apadrinada por Hernando de Baldés y María Osorio. A los tres meses, una criada le vio el rostro hecho pétalos de flores y su madre la bautizó como Rosa. Inspirada en santa Catalina de Siena, la niña aprendió el ayuno y la penitencia junto a su hermano Hernando, su compinche de juegos. A los doce años la vida la llevó a Quives a 60 kilómetros de Lima, y mientras Toribio de Mogrovejo la confirmó, fue apadrinada por el cura Francisco González, y entre sus dolores de reuma forjó esa santidad silenciosa.

Consumida por la tuberculosis, pasó sus últimos tres meses donde Gonzalo de la Maza y María de Uzategui —hoy su Monasterio—. Rosa murió a los 31 años la madrugada del 24 de agosto de 1617, tal como profetizó al padre Leonardo Hansen. Aquel entierro paralizó al virrey, al Cabildo y al pueblo entero, que en su afán de tocarla le cambió el hábito tres veces. Antes de despedirla, el pintor italiano Angelino Medoro inmortalizó su rostro.

Canonizada por Clemente X en 1671, excelsa patrona del Nuevo Mundo, Filipinas, la Policía Nacional del Perú y los tuberculosos, hoy descansa en Santo Domingo. Rosa no es un mito lejano; es la primera santa de América y el alma entrañable de nuestra Lima.

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Los masajes de Keiko

Lee la columna de Edwin Cavello

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3 días ago

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24/08/2026

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Edwin Cavello Limas

La revelación de las reuniones de la presidenta Keiko Fujimori con el cuestionado empresario argentino Damián Valenzuela Mayer, en el Spa Tomyko, ubicado en La Victoria, ha abierto una nueva crisis política alrededor de Palacio de Gobierno. La información difundida por el semanario Hildebrandt en sus trece ha provocado, además, la conocida reacción de quienes pretenden defender a la mandataria: minimizar el hecho, invocar la vida privada y, de paso, matar al mensajero.

Pero aquí no se discute un masaje. Se discute la falta de transparencia.

El antecedente político resulta inevitable: Pedro Castillo y sus reuniones en una vivienda del jirón Sarratea, en Breña. El entonces presidente electo recibió allí a empresarios y políticos fuera de los espacios institucionales, sin los mecanismos habituales de registro y transparencia que deben acompañar el ejercicio del poder.

Ahora miremos las fechas. El 3 de julio, el Jurado Nacional de Elecciones declaró a Keiko Fujimori presidenta electa. Ocho días después, el 11 de julio, sostuvo una de sus reuniones con Valenzuela Mayer en un spa de La Victoria.

Por aquellos días, la vivienda de Fujimori Higuchi se había convertido en una especie de pasarela política. Cámaras, micrófonos, dirigentes, empresarios y visitantes registraban públicamente sus ingresos y salidas. La futura presidenta recibía a medio mundo y los medios estaban allí para contarlo.

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿por qué no vimos al empresario argentino Damián Valenzuela Mayer formando parte de aquella transparencia política?

La respuesta no está en el masaje. Está en el lugar escogido para reunirse.

Si una presidenta electa decide encontrarse con un empresario cuestionado en un espacio privado, lejos de las cámaras y de los registros públicos, tiene que explicar por qué. No basta con decir que se trataba de una reunión privada. Desde el momento en que se es presidenta electa, cada encuentro  adquiere una dimensión política.

Keiko Fujimori tenía derecho a su privacidad. Pero el poder también tiene obligaciones. El problema, entonces, no es el Spa Tomyko. El problema es convertir un espacio privado en una oficina sin registro. Un despacho paralelo donde no sabemos quién entra, para qué entra ni qué se conversa.

Sarratea nos dejó una lección. Los lugares privados también pueden convertirse en escenarios públicos cuando allí se toman decisiones relacionadas con el poder.

Ahora tenemos los masajes de Keiko. Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿Qué se negoció allí?

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Una influencer en Palacio

Lee la columna de Márlet Ríos

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3 días ago

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23/08/2026

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Redacción Lima Gris

Por Márlet Ríos


Al parecer la señora Fujimori sabe tanto de gestión pública como de física aplicada y nos quiere hacer creer que está preparada para gobernar. Para ella es suficiente mostrarse carismática en TikTok y dar consejos frívolos. O tal vez piensa que puede aparecerse con su comitiva en cualquier sitio y realizar promesas a diestra y siniestra. Sus asesores deberían indicarle que se requieren políticas públicas claras y, por supuesto, implementar herramientas concretas que ayuden a llevar a cabo dichas políticas públicas. La gestión pública pasa por la toma de decisiones en el momento preciso. Suponemos que en los últimos quince años la señora Fujimori se ha estado capacitando o, al menos, cuenta con un equipo eficiente de gestores públicos. La conformación de su gabinete reciclado —con algunos antiguos antifujimoristas ahora “convertidos”— nos produce suspicacias. La improvisación cunde en un Gobierno cuyo lema de campaña era “la fuerza del orden”.

¿Estos son los gestores preparados que nos iban a salvar de las garras del comunismo y el chavismo del siglo XXI? ¿Estos son los que iban a combatir la terrible inseguridad urbana? Todos los días siguen asesinando a ciudadanos en Lima y otras ciudades del país.

Por obvias razones, la señora Fujimori nos recuerda a la expresidenta Dina Boluarte. Ciertamente, las dos pueden ser lo superficiales que quieran. Si desean buscar la belleza, allá ellas. Como escribió el gran sociólogo Zygmunt Bauman en Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias: “La belleza ha sido, junto con la felicidad, una de las promesas modernas y de los ideales rectores más emocionantes de la agitada mentalidad moderna”.

No obstante, la señora Fujimori debería pisar tierra y darse cuenta de que ocupa la máxima responsabilidad del Estado, con todas las prerrogativas que ello implica. Fue elegida para servir y gobernar. Y no solo tomando en cuenta a sus votantes más acaudalados y privilegiados —o a los que se sienten así—. Lo que se necesita es una lideresa con capacidad de gestión en Palacio de Gobierno. Influencers ya tenemos de sobra.

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El Flaubert arequipeño

Lee la columna de Julio Aguilar

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4 días ago

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22/08/2026

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Redacción Lima Gris

Por Julio Aguilar

Eusebio Quiroz Paz Soldán suele afirmar que Arequipa no es solamente una ciudad de singular arquitectura; es, ante todo, un espacio donde lo indígena y lo hispano convergen en una síntesis cultural única que, con el paso de los siglos, forjó las tradiciones de nuestra tierra y la convirtió en uno de los principales focos intelectuales del Perú.

En ese escenario, a finales del siglo XIX, comenzó a escribirse la vida de uno de los más destacados representantes de nuestra literatura. Augusto Aguirre Morales ocupa un lugar privilegiado entre los escritores arequipeños de inicios del siglo XX. Su obra sobresale por la manera en que logró conciliar la narrativa novelesca con el rigor de la investigación histórica, particularmente la referida al mundo incaico, distanciándose del tratamiento idealizado y romántico que predominaba en buena parte de la literatura de su tiempo.

Fue el 24 de abril de 1888 cuando Oswaldo Aguirre y María Morales le dieron la bienvenida al mundo. Desde muy temprana edad mostró un profundo interés por la literatura y la historia. Esa inclinación se vio favorecida por un entorno familiar estrechamente vinculado con la tradición cultural andina y por el constante contacto con los libros, circunstancias que terminarían marcando el rumbo de su vocación intelectual.

Realizó sus estudios superiores en la Universidad Nacional de San Agustín, donde se especializó en Jurisprudencia. Sin embargo, aunque la formación jurídica ocupó una parte importante de su vida académica, pronto descubrió que su verdadera vocación se encontraba en la docencia, el periodismo y la creación literaria.

En 1922 inició su labor como preceptor en la Escuela de Varones del distrito de Tingo y posteriormente en la Escuela N.° 9515. Aquellas primeras experiencias docentes dejaron una profunda huella en su pensamiento. Poco después decidió trasladarse a Lima, donde ejerció como profesor de Arte Incaico en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Esa etapa no solo consolidó su vocación pedagógica, sino que amplió sus horizontes intelectuales y fortaleció su interés por el estudio del pasado prehispánico.

Su fascinación por la historia del Perú se alimentó también de una constante dedicación a la lectura. Desde muy joven tuvo acceso a numerosas obras históricas y, especialmente, a las crónicas de los primeros cronistas de Indias, cuyas descripciones del antiguo Perú despertaron en él una profunda admiración. Entre los autores que más influyeron en su formación destaca Pedro Cieza de León. La lectura de sus crónicas terminó de convencerlo de que la literatura podía convertirse en un medio privilegiado para reconstruir el pasado sin renunciar al rigor documental.

Con el paso de los años estrechó una sólida amistad con Abraham Valdelomar, autor de «El caballero Carmelo”. Gracias a ese vínculo se incorporó al movimiento Colónida, el influyente círculo intelectual reunido en torno a la revista del mismo nombre, que congregó a algunos de los escritores más importantes del país. El interés por el mundo indígena y por el incaísmo constituyó uno de los rasgos característicos de aquel grupo.

Sin embargo, la propuesta literaria de Aguirre Morales difería considerablemente de la de muchos de sus contemporáneos. Mientras varios escritores contemplaban el mundo andino desde una perspectiva marcadamente romántica e idealizada, él hizo de la rigurosidad histórica el rasgo distintivo de toda su producción narrativa.

Esta concepción encontraba afinidades con las reflexiones historiográficas de José de la Riva-Agüero, particularmente en la necesidad de comprender el pasado peruano desde el estudio crítico de las fuentes y no desde una idealización del mundo prehispánico. Aguirre Morales trasladó esa convicción a su literatura. Allí donde otros autores veían el Tahuantinsuyo como un paraíso perdido, él prefirió reconstruirlo a partir de las crónicas, los documentos históricos y las investigaciones arqueológicas, convencido de que la imaginación literaria alcanzaba mayor fuerza cuando se sustentaba en una investigación rigurosa.

Esa postura terminó por convertirlo en una figura singular dentro de la narrativa peruana de su generación. Su propósito nunca fue idealizar el pasado ni construir una visión mítica del Imperio incaico, sino comprenderlo en toda su complejidad histórica. Para Aguirre Morales, la novela histórica debía tender un puente entre la creación artística y la investigación, permitiendo al lector aproximarse al pasado con el mayor grado de verosimilitud posible. Esa búsqueda permanente de equilibrio entre ficción e historia constituye, quizá, el rasgo más representativo de toda su obra.

Antes de consolidarse como uno de los grandes novelistas históricos del Perú, ya había dado muestras de su talento en Flor de ensueño (1906) y Devocionario (1913). Estas primeras publicaciones revelan una notable preocupación por el estilo y una prosa cuidadosamente elaborada, en la que conviven el lirismo, ciertos rasgos románticos y una marcada sensibilidad espiritual. Más adelante apareció La Medusa (1916), novela influida por el decadentismo europeo que confirmó su permanente búsqueda de nuevas formas de expresión.

No obstante, fue con La justicia de Huayna Cápac (1918) cuando comenzó a delinear con mayor claridad la concepción histórica que caracterizaría toda su narrativa. Aquella obra representó su primer gran acercamiento al mundo incaico desde una perspectiva sustentada en la investigación documental y preparó el camino para El pueblo del Sol, publicada en 1924 y ampliada en su edición definitiva de 1927.

Con esta novela alcanzó la madurez de su producción literaria. A diferencia de otros escritores que idealizaban el Tahuantinsuyo, Aguirre Morales reconstruyó el Imperio incaico apoyándose en las crónicas españolas y en los estudios arqueológicos disponibles en su época. El resultado fue una narración donde la ficción y la historia conviven con un equilibrio poco frecuente, mostrando una sociedad compleja, atravesada por relaciones de poder, conflictos, pasiones y contradicciones profundamente humanas. Esa meticulosa reconstrucción histórica llevó a la crítica a establecer un paralelo entre El pueblo del Sol y Salambó, de Gustave Flaubert, comparación de la que surgió el apelativo con el que hoy suele recordársele: el Flaubert arequipeño.

Aunque su nombre no alcanzó la difusión de otros escritores peruanos de su generación, Augusto Aguirre Morales dejó una huella decisiva en la novela histórica nacional. Su obra demostró que la creación literaria podía sostenerse sobre una investigación rigurosa y un profundo respeto por las fuentes históricas, sin sacrificar la imaginación ni la calidad estética. Esa manera de entender la literatura constituye uno de sus mayores aportes y explica la vigencia de su legado dentro de las letras peruanas.

El 2 de junio de 1957 falleció en Lima, a los 69 años. Con su partida desapareció una de las voces más singulares de la literatura arequipeña; sin embargo, su obra continúa recordándonos que la historia y la ficción no son caminos opuestos, sino formas complementarias de comprender el pasado. En esa convicción perdura también una parte esencial del legado cultural que Arequipa ha ofrecido a la literatura peruana.

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Opinión

Trabajo libre y capitalismo popular: romper las cadenas de la informalidad en el Perú y América Latina

Lee la columna de Raúl Allain

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4 días ago

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22/08/2026

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Raúl Allain

Hay una escena que se repite todos los días en el Perú y que, a veces, dice más sobre nuestra realidad que cualquier discurso parlamentario. Una persona abre temprano su pequeño negocio, levanta la puerta metálica, acomoda sus productos y empieza a trabajar. No está pensando en Marx, Hayek ni en ninguna teoría económica. Está pensando en pagar el alquiler, alimentar a sus hijos y, si el día acompaña, guardar algo para mañana.

Ese ciudadano también forma parte de la economía. Y quizá deberíamos escucharlo mucho más.

Durante décadas, buena parte de la izquierda latinoamericana ha explicado la sociedad mediante una narrativa sencilla: trabajadores contra empresarios, explotados contra explotadores, pueblo contra capital. La llamada lucha de clases se convirtió así en una especie de lente obligatorio para interpretar prácticamente cualquier conflicto social. El problema es que la realidad contemporánea es bastante más compleja.

Un trabajador puede convertirse en emprendedor. Un pequeño comerciante puede contratar a otra persona. Un obrero puede ahorrar para comprar una vivienda. Una familia puede adquirir un terreno y convertirlo, con los años, en patrimonio. El trabajador y el empresario no tienen por qué ser enemigos irreconciliables. Pueden formar parte de una misma cadena de creación de riqueza.

Desde mi perspectiva como periodista y sociólogo, ahí existe una discusión que el Perú necesita recuperar: el trabajo libre no solamente debe ser protegido; debe ser facilitado.

La Constitución peruana reconoce la libertad de trabajo y de empresa. No es un detalle menor. Significa que la persona no debería necesitar autorización permanente de una burocracia para desarrollar legítimamente sus capacidades productivas.

Sin embargo, entre el derecho escrito y la realidad existe una enorme distancia.

Los datos son contundentes. Según el INEI, durante 2025 el 70,2 % de los trabajadores peruanos tenía empleo informal. La situación es todavía más preocupante entre los jóvenes: en el periodo abril de 2025-marzo de 2026, la informalidad alcanzó el 84,8 % entre los ocupados de 14 a 24 años.

Entonces cabe hacerse una pregunta bastante incómoda: si las reglas laborales existentes fueran suficientes para incorporar a los ciudadanos a la formalidad, ¿por qué siete de cada diez trabajadores continúan fuera de ella?

No creo que la respuesta sea que los peruanos no quieren derechos. Tampoco que todos los pequeños empresarios sean explotadores. El problema es mucho más concreto: formalizar puede resultar demasiado costoso y complicado para una economía donde millones de personas tienen ingresos bajos e inestables.

El propio Banco Mundial ha advertido que el Perú presenta una de las cargas de costos no salariales más elevadas de América Latina, asociada en buena medida a rigideces de la regulación laboral. Su análisis encuentra además una relación positiva entre el costo de formalizarse y la informalidad, particularmente entre trabajadores de menores ingresos.

Aquí es donde la discusión política suele desviarse.

Cuando se propone simplificar regulaciones, reducir costos laborales no salariales o disminuir obstáculos tributarios, inmediatamente aparecen voces que denuncian una supuesta ofensiva contra los trabajadores. Pero ¿qué ocurre con el trabajador que nunca consigue un contrato formal?

Tiene menos protección, menos seguridad social, menos estabilidad y, muchas veces, menores posibilidades de acceder al crédito. La rigidez que pretende protegerlo puede terminar excluyéndolo.

No estoy planteando eliminar los derechos laborales. Sería absurdo. Un trabajador merece condiciones dignas, seguridad, remuneración justa y protección frente a abusos. Lo que cuestiono es la idea de que más regulación equivale automáticamente a más bienestar.

No siempre.

Una norma puede ser impecable sobre el papel y contraproducente en la realidad. Si una pequeña empresa no puede asumir los costos de contratar formalmente a su primer trabajador, probablemente no contratará. Y si el emprendedor percibe que cada nuevo empleado significa una carga administrativa y económica difícil de sostener, buscará mantenerse pequeño o, peor todavía, operar en la informalidad.

Eso no beneficia al trabajador.

Tampoco beneficia al Estado.

Y mucho menos beneficia al país.

La Organización Internacional del Trabajo calcula que la informalidad laboral en América Latina y el Caribe alcanzó el 47,6 % en 2024. Casi la mitad de los trabajadores de la región se encontraba, por tanto, en empleos informales, con ingresos inestables y menor acceso a protección social.

Estamos hablando de cientos de millones de historias personales. No de una abstracción estadística.

Por eso me parece necesario cuestionar la vieja idea de que el Estado debe resolver todos los problemas económicos mediante leyes, controles y nuevas instituciones. El Estado tiene una función indispensable, pero no puede producir por decreto la prosperidad de una sociedad.

La riqueza se crea cuando alguien produce algo que otra persona valora.

Ese principio es elemental, pero se olvida con facilidad.

Una panadería crea riqueza cuando produce pan y genera puestos de trabajo. Un taller mecánico crea riqueza cuando ofrece un servicio que alguien necesita. Una empresa tecnológica crea riqueza cuando desarrolla una solución útil. Un agricultor crea riqueza cuando produce alimentos. Un trabajador también crea riqueza cuando utiliza sus conocimientos y capacidades para generar bienes o servicios.

El capitalismo popular empieza allí: en la posibilidad de que millones de personas participen directamente en la creación y acumulación de riqueza.

No se trata solamente de Wall Street ni de grandes multinacionales. En América Latina, el capitalismo cotidiano está en las bodegas, mercados, talleres, restaurantes, peluquerías, pequeñas industrias, comercios digitales y emprendimientos familiares.

La izquierda suele hablar de concentración de riqueza, y la preocupación puede ser legítima. Pero la solución no debería consistir en impedir que más personas acumulen patrimonio. Al contrario: deberíamos preguntarnos cómo hacer que más ciudadanos puedan ser propietarios.

Una sociedad de propietarios es una sociedad con mayor autonomía.

Quien tiene una vivienda posee una base patrimonial. Quien tiene un pequeño negocio posee una fuente potencial de ingresos. Quien ahorra e invierte puede construir un futuro menos dependiente. Quien consigue acciones, herramientas, maquinaria o tierra productiva está acumulando capital.

Eso es movilidad social.

Y aquí aparece otro asunto incómodo: los impuestos.

Pagar impuestos es necesario para financiar las funciones esenciales del Estado. Pero una estructura tributaria excesivamente compleja o costosa también puede convertirse en una barrera de entrada. Especialmente para el pequeño empresario.

Reducir impuestos, simplificar obligaciones y facilitar la formalización no significa necesariamente “regalar dinero a los ricos”. Puede significar dejar más recursos en manos de quienes producen, contratan e invierten.

Por supuesto, una reducción tributaria debe ser responsable. El Estado necesita ingresos para financiar justicia, seguridad, infraestructura, educación y salud. Pero también debemos preguntarnos cuánto crecimiento estamos sacrificando cuando convertir una actividad económica en formal resulta demasiado caro.

En ocasiones, bajar una tasa puede ampliar la base de contribuyentes. Simplificar puede aumentar el cumplimiento. Facilitar la creación de empresas puede generar nuevos empleos. No existe una fórmula automática, pero sí existe una evidencia que merece ser considerada: la formalización necesita incentivos, no solamente sanciones.

Lo mismo ocurre con la libertad de empresa.

Una economía libre no es una jungla. Necesita reglas. Necesita competencia. Necesita jueces que hagan respetar contratos y autoridades que combatan el fraude y la corrupción. Pero necesita también límites al intervencionismo.

El Estado debe garantizar el terreno de juego; no necesariamente jugar todos los partidos.

Esta distinción es fundamental.

Cuando una autoridad decide arbitrariamente quién puede ingresar a un mercado, qué actividad puede crecer o qué empresa merece sobrevivir, se reduce la competencia y aumenta el poder discrecional de la burocracia. Y allí aparece otro problema latinoamericano de larga data: la corrupción.

Cuantas más decisiones económicas dependen de permisos, autorizaciones y excepciones, mayores son los incentivos para buscar influencias políticas.

La libertad económica, bien entendida, también puede ser una herramienta anticorrupción.

Menos trámites innecesarios significan menos oportunidades para el funcionario que exige favores. Reglas claras significan menos espacio para decisiones arbitrarias. Procesos digitales y transparentes reducen la discrecionalidad.

No se trata de destruir al Estado. Se trata de hacerlo más eficiente.

También debemos hablar del sindicalismo. Los sindicatos tienen una función legítima: representar intereses laborales y defender derechos colectivos. El problema comienza cuando la representación sindical se transforma en una plataforma partidaria o cuando determinados dirigentes convierten la defensa del trabajador en una lucha permanente contra la empresa privada.

Un sindicalismo responsable puede contribuir al diálogo social. Un sindicalismo politizado puede terminar bloqueándolo.

El empresario no debería ser visto automáticamente como enemigo del trabajador. Una empresa cerrada no genera puestos de trabajo. Una inversión que nunca llega tampoco crea salarios. Una fábrica que deja de operar porque los costos son insostenibles no protege a sus trabajadores: los deja sin empleo.

Esto debería ser sentido común.

La izquierda regional ha utilizado durante décadas la palabra “derechos” como si su defensa fuera incompatible con la libertad económica. No lo es. El derecho al trabajo también debería significar el derecho a trabajar sin obstáculos innecesarios, el derecho a emprender, el derecho a contratar, el derecho a asociarse y el derecho a progresar.

El trabajador necesita protección frente al abuso, pero también necesita oportunidades.

Y una oportunidad laboral no nace de una pancarta.

Nace de una empresa que invierte.

Nace de un emprendedor que se arriesga.

Nace de un consumidor que demanda.

Nace de un mercado donde alguien encuentra rentable producir algo que otros necesitan.

Por eso considero equivocado presentar la desregulación como una especie de ataque al ciudadano. Una desregulación inteligente puede significar quitar obstáculos inútiles y permitir que la actividad productiva respire.

La OIT, desde una perspectiva distinta a la que aquí planteo, reconoce precisamente que la informalidad latinoamericana es un problema estructural y persistente y que afecta especialmente a jóvenes, trabajadores por cuenta propia y pequeñas empresas. Su estrategia regional de formalización 2024-2030 plantea la necesidad de abordar este fenómeno mediante políticas que faciliten la transición hacia la economía formal.

El desafío, entonces, no consiste en elegir entre trabajador y empresario.

Consiste en conseguir que haya más empresas capaces de contratar trabajadores formalmente.

Ese debería ser uno de los grandes objetivos nacionales.

Cuando observo el debate peruano, a veces tengo la impresión de que discutimos demasiado sobre cómo repartir una torta pequeña y demasiado poco sobre cómo hacerla crecer. Nos hemos acostumbrado a pensar en términos de reparto antes que de creación.

Pero no se puede redistribuir indefinidamente una riqueza que no se produce.

El Perú tiene una extraordinaria capacidad emprendedora. Lo vemos en Lima y en las regiones, en los mercados, en los talleres, en las pequeñas industrias y en los nuevos negocios digitales. Esa energía social existe. Lo que muchas veces falta es un marco institucional que permita convertirla en empresas sostenibles, empleos formales y patrimonio familiar.

América Latina tampoco necesita una nueva guerra de clases.

Necesita movilidad social.

Necesita trabajadores que puedan convertirse en propietarios. Necesita emprendedores que puedan convertirse en empresarios. Necesita pequeñas empresas que puedan convertirse en medianas y medianas que puedan competir internacionalmente.

Necesita, en definitiva, una sociedad donde crecer no sea una excepción.

Mi convicción es que una agenda de derecha democrática debe recuperar precisamente esa promesa: libertad para trabajar, libertad para emprender, impuestos razonables, regulación inteligente, propiedad privada y seguridad jurídica.

No significa abandonar a los más vulnerables. Significa dejar de considerarlos incapaces de construir su propio futuro.

La asistencia estatal puede aliviar una necesidad. Pero una empresa puede ofrecer un empleo. Un empleo puede generar ingresos. Los ingresos pueden permitir ahorrar. El ahorro puede convertirse en propiedad. La propiedad puede generar seguridad. Y esa seguridad puede abrir oportunidades para la siguiente generación.

Ahí está la verdadera cadena de ascenso social.

El gran desafío del Perú y de América Latina no es encontrar una nueva forma de enfrentar al trabajador con el empresario. Es conseguir que cada vez más trabajadores tengan la posibilidad de convertirse en propietarios y que cada vez más propietarios puedan convertirse en generadores de empleo.

No necesitamos una sociedad dividida permanentemente entre “los de arriba” y “los de abajo”.

Necesitamos una sociedad donde subir sea posible.

Y para eso hacen falta menos obstáculos, reglas más simples, impuestos razonables, instituciones fuertes y, sobre todo, confianza en la libertad de las personas para trabajar y crear.

Porque cuando un ciudadano puede vivir de su propio esfuerzo, construir un patrimonio y ofrecer oportunidades a otros, no solamente está mejorando su vida.

Está ayudando a construir un país más libre.

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A Domingo de Ramos

Lee la columna de Julio Barco

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4 días ago

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22/08/2026

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Julio Barco Poeta Domingo de Ramos. Foto: Andina.

Un poeta que asume su marginalidad en el Perú y es terrible (y escribe como un ángel terrible) está condenado a permanecer en las sombras. Decía González Prada que, entre nosotros, hay un pacto de hablar “a media voz”. Ya quisiéramos, como sugería el bueno de Manuel Bandeira, aplaudir el lenguaje loco, el que no disimula ni oculta su intensidad y rotura.

Hay poetas que huyen ante la tarea de mantener el fuego poético en su absoluta expresividad. Igual, la pregunta sigue siendo, después de Vallejo y Pimentel, ¿cómo afrontar la poesía social sin mancharse con toda la peruanidad del lenguaje?

Entre los que destrabaron los usos normativos, debemos añadir, sin equivocarnos, a Domingo de Ramos. Parte del movimiento Kloaka, su poética se fue desbarrancando desde las mismas cloacas de la palabra: en sus versos se siente el voltaje de la furia, la carga de lo vivo y, aunque también maneje una retórica (que va de las imágenes surrealistas a la oralidad urbana), mantiene una fuerza indomable.

Su voz frasea la catástrofe del Perú, del cuerpo, y de lo terrestre: “Y me sumergí en mis recuerdos hoy que es otoño/ con aquel silencio quieto de la altura/ los temblores de la huida que sacudió mi pelo”. Estos tres versos muestran el fraseo del autor, un ritmo particular que, en este mismo poema del libro “Pastor de Perros”, se volverá un río de imágenes surrealistas y un juego con otros autores (Louis-Ferdinand Céline, Walter Benjamín o Poe).

En ese ritmo furioso que es la poesía de Domingo de Ramos, entran imágenes del Perú contemporáneo, los orgasmos, las noches oscuras del cuerpo (y del alma), y una voracidad de energía que solo algunos poetas pueden entibiar en la yema de sus dedos: “y yo soy el hombre que se desgració/Es difícil confesarlo Pero se aprende/Y me urge arrojarlo todo por el culo”.

Domingo de Ramos habla donde otros se callan, o miran a un costado y murmuran. Como un salvaje del sur, su poética grita entre perros, entre gente destinada a ser producto bruto interno, en la vorágine de la máquina carnicera llamada Perú.

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Opinión

Entre la metempsicosis literaria y la microficción

Un paseo por Minicuentos para soñar de David Auris Villegas

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5 días ago

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21/08/2026

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Julio Barco

Uno

Señalaba Helena Blavatsky que todo ser humano presenta una naturaleza septenaria, dividida en un lado inmortal (tríada superior: manas, buddhi y atma) y otra mortal (cuaternario inferior). Cada vida es un oscilar entre ambas orillas. Al morir, si no hemos librado nuestro peso regresamos hasta el atma; si no sucede así, volvemos a migrar a otro cuerpo mortal. La individualidad vuelve a florecer y, a veces, recupera su vida pasada. La idea teosófica se aproxima (e inspira) en la metempsicosis griega, migración de las almas, y también evoca a la reminiscencia o anamnesis, donde el ser recupera su memoria pasada.  Además, claro, se acerca a la filosofía de Pitágoras.

No sé si esto que leíste arriba, lector, sea cierto; lo que sí sé es que una forma de huir del tiempo y de las capas espirituales es mediante la ensoñación del arte. Para José María Eguren, la ensoñación era el verdadero estado del infinito, porque ahí vivíamos hechizados en la posibilidad eterna; yo agrego que además esa ensoñación, como la de los niños, permite ser uno y ser todos. Jugar a la otredad es, claro, buscar el infinito.

 La obra bilingüe (español–inglés) Minicuentos para soñar de David Auris Villegas –profesor universitario y escritor, además de autor del poemario Mañana al despertar piensa en mí–resulta un viaje por diferentes almas, una suerte de metempsicosis literaria: estos cuentos, de tan solo una página, en su breve y remilgada prosa, son como estados mentales de diversos autores.

Como un Pessoa –autor portugués que armó un universo de heterónimos, el autor crea diversos escenarios para manifestar un surtido universo que pasa por los viajes en el tiempo, la gnosis, la pasión de los amantes, antiguas reliquias celtas, eventos fantásticos o magos en los desiertos africanos.

Dos

Conversaba con el escritor Ray Paz que la micro ficción es hermana del surrealismo. En cierto modo, este movimiento, al abrir las puertas de la razón, permitió todo tipo de búsquedas estéticas, ligando lo fantástico o absurdo con escenas cotidianas. Sin embargo, no podemos olvidar que ya los relatos orales, sean fábulas o cuentos andinos, expresaban narrativas donde lo fantástico era un ingrediente nuclear. Pienso en el trabajo de Arguedas e Francisco Izquierdo Ríos en su obra Mitos, leyendas y cuentos peruanos, que documenta diversos relatos peruanos, con una premisa estética simple y que podrían perfectamente encajar dentro de la idea de microrrelato; incluso, y más todavía, por su inmersión en temas fantásticos.

Así, lo fantástico es herencia de lo surrealista, pero, más todavía, de nuestro pasado mítico, y se liga al narrar diario de tanta gente que, exagerando lo real, hiperboliza la realidad y crea mitos, leyendas, historias…

He ahí el genio de lo popular.

Decía Adorno, en Sobre la ingenuidad épica, que aquellos instantes de aparente mitificación literaria –desde la mirada capitalista– son, en realidad, intentos de curarse de la manipulación conceptual, y que, al expresarse, dejan aflorar la realidad de forma pura. El hombre moderno quiere relatos sin leyendas, ni seres fantásticos, ni detalles superfluos. Es un hombre práctico, alejado de lo mítico. Por eso, un texto épico aporta la anamnesis en el relato: no solo una narración objetiva de los hechos, sino una recreación que cause “experiencia sagrada”.  

Auris practica lo fantástico, como pequeños cuadros surrealistas, pintados con una adjetivación que busca una retórica de lo fino; pero también se orienta al trabajo de la raíz, de lo terráqueo, e, intuyo, persigue lo popular; en su búsqueda, acaso atraviesa la nostalgia de la anamnesis adorniana, pues sus microcuentos pretenden ser experiencias sagradas de escenarios determinados y no solo relatos objetivados. Es también como la anamnesis platónica: recuperar no solo datos, sino recobrar el recuerdo vivido. Por eso, se ligan a la fábula, al surrealismo, al relato andino, a la ingenuidad épica.

Pienso entonces que la microficción posiblemente se originó en tiempos remotos y que su modernidad y vigencia es natural, dado que, como humanos, apreciamos la síntesis, limpieza y redondez de los relatos.

Tres

Entremos a los textos de Auris.

Microcuentos como El amor imaginado que muestran la presencia de un ser que busca a una persona amada, pero, sin previo aviso, se transforma en un ser ingrávido y:

…como un espectro, desapareció raudamente, llevando su inocente esperanza del ayer. Atravesó ilusorios parques y extraños desfiladeros verdosos sobre diminutos bosquecillos. (pág. 93)

Aquí lo fantástico se inserta de súbito: es un momento que quiebra la linealidad de la escena y permite aquella “levedad” de la que hablaba el italiano Calvino, y que era un requisito para la literatura moderna en sus Seis propuestas para el próximo milenio:

 Un aligeramiento del lenguaje mediante el cual los significados son canalizados por un tejido verbal como sin peso, hasta adquirir la misma consistencia enrarecida. (pág. 28)

En Ciudad fantasma encontramos un fresco que nos descubre a un niño mutante: su planteamiento textual nos permite ver que no hay una carga de razones previas para saber cómo se formó aquel ser; el autor lo pone y cuenta su historia, dando detalles, y expresando su situación existencial: “Algunos incrédulos afirman que no era un bebé, sino un mágico tesoro, buscado por hechiceras quienes habían abandonado un bebé alado al pie de un pedernal rojizo, después de la muerte de la madre del último mutante” (pág. 89) O El sepelio donde un personaje descubre una triste verdad acerca de sí mismo. En estos dos, advertimos además una cierta inclinación por el relato de terror.

Desde otro rigor, microcuentos como La adoración o El susurro oculto (con un irreverente final) se ligan más a una temática gnóstica. Hay que advertir que no todos los microcuentos generan el mismo efecto; los hay con menores logros estéticos, como Nos habíamos amado tanto que carece del final epifánico.

Cuatro

En general, los microcuentos de David Auris Villegas se mueven, como ya se advirtió, en diversas temáticas, lo que produce un mural variado, una suerte de viaje por diversas almas y voces poéticas, estilos y tradiciones, como si, en su ansiedad y deseo estilístico, el autor buscara su propio infinito o su reminiscencia. En esta búsqueda se aproxima a otros narradores de microficción (como el ya citado Ray Paz) que fabrican su propio aleph portátil.

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