Desde 1963, el hábito electoral peruano se mantiene: todo en un solo papel. El 12 de abril tuvimos cinco columnas para el Senado, la Cámara y la consulta presidencial, pero marcamos en línea sin pensarlo demasiado. En elecciones generales existe cierta lógica al alinear presidente y Congreso para gobernar; sin embargo, en las municipales no hay excusa válida. Quien gobierna Lima no debe necesariamente administrar Miraflores, San Isidro, La Molina o Barranco.
En 2022, los cuatro distritos fueron arrastrados por la ola celeste de Rafael López Aliaga. Los candidatos ganaron no por méritos propios, sino gracias a votos prestados que permitieron que el peor terminara gobernando. Cuatro años después, la factura está claramente a la vista.
Miraflores recibió a Carlos Canales, un buen amigo pero funcionario poco amigable: autosuficiente y prepotente. Apenas asumió, clausuró Larcomar y este año cerró quince locales de Intercorp en una actuación que huele a revancha por un contrato deportivo fallido. De paso, prohibió el deporte y la danza en los parques, todo lo contrario a un promotor de la vida saludable.
Su vecino, San Isidro, tiene a Nancy Vizurraga. Su gestión muestra abandono de parques, “pleitos de peluquería” y la condecoración a su estilista como únicas muestras de cuatro años sin nada que aplaudir. En Colombia, el elector distingue las cédulas para cada cargo; aquí, el voto de arrastre es nuestra desgracia.
Dos distritos ya están marcados con la desgracia del voto de arrastre. En La Molina, Diego Uceda acumuló una colección de perlas: maltrato a propios y ajenos en un distrito que fue de mal en peor. Barranco se ganó a Jessica Vargas; la Contraloría la señala por falsedad ideológica y documentación falsa, además de arrastrar dos vacancias por ceder espacio público sin autorización del concejo. Ahora pide licencia para postular a teniente alcalde, siguiendo la enseñanza de su jefe: abandonar un cargo para buscar otro.
Cuatro distritos arrastrados por la misma marca. En ninguno se nota mejora: crece el tráfico, crece la inseguridad, los servicios no. Ninguno de los cuatro es López Aliaga. Son peores: el jefe, con toda su prepotencia, ganó su propia elección; ellos ganaron la de él, sin convencer a nadie por mérito propio.
El voto vino en combo; la incompetencia, también.
Piensa bien, vecino: en todos los distritos hay buenas opciones. En octubre votaremos nuevamente. Una oportunidad para mejorar. Las encuestas de agosto ya ubican de nuevo a López Aliaga a la cabeza en Lima. Si la historia se repite —Dios no quiera— no todo está perdido: cada distrito tendrá esa jornada una segunda oportunidad de elegir mejor de lo que ese señor insiste en imponer. Los cuatro distritos pagaron esa factura una vez; no hay obligación de pagarla nuevamente.
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