por Camila Vidal

Vinte años después de 'Raro', las canciones del Cuarteto de Nos siguen atravesando puertas y encontrando nuevos oídos. En su sexta visita al Perú, la banda uruguaya reunió a más de diez mil personas en una noche donde generaciones, recuerdos y nuevas melodías compartieron el mismo escenario.

No son conciertos como otros: aquí uno llega cargado de memoria. El sábado, dentro del Multiespacio Costa 21, ambas cosas ocurrieron simultáneamente. Más de diez mil asistentes, muchos provenientes desde distintas regiones del país, acudieron para recibir por sexta vez en suelo peruano al Cuarteto de Nos. Esta visita se enmarcó como parte de su gira Puertas y coincidió con la celebración por los veinte años de Raro, el disco que para muchos significó el primer encuentro con la agrupación.

Había expectativa sobre cómo sonaría este Cuarteto tras algunos cambios en su formación. Sin embargo, cuando las luces se apagaron y resonaron los primeros acordes de “Puertas”, quedó claro: aquella noche no se trataba de mirar hacia atrás, sino de comprobar cuánto puede cambiar una banda sin dejar de ser ella misma.

Frente al escenario convivieron distintas historias. Grupos de adultos llegaron con los mismos amigos con quienes escuchaban a la banda durante sus recreos escolares; padres trajeron a sus hijos para lo que sería su primer concierto en vivo; y jóvenes que descubrieron al grupo recientemente esperaban cantar canciones que para otros llevan décadas formando parte de sus vidas.

Una familia llegó especialmente emocionada. Su hija, de once años, estaba a punto de vivir su primera experiencia como espectadora. Entre las muchas piezas repertoriales, ellos esperaban especialmente “No llora”, la canción que Roberto Musso escribió para su hija Federica y que con los años muchos padres cuarteteros hicieron propia.

“Queremos cantarla con ella”, contaban mientras aguardaban el momento oportuno. Hay algo particularmente especial en ver a un hijo descubrir en vivo una canción que alguna vez nos acompañó a nosotros; esta vez, ellos tendrían la oportunidad de compartirla con ella. Así se cerró un ciclo de veinte años donde las puertas del pasado se abrieron para dar paso a nuevas generaciones.

Camila Vidal

Sus seguidores han llevado consigo estas canciones mientras crecen, escuchándolas en cada etapa vital con una mirada distinta. En la adolescencia, cuando uno no sabe ni quién es, el grupo sonaba fuerte; en la universidad, servían para entender por qué costaba tanto llegar a los sueños imaginados; y más adelante, enseñaban que sanar implica aprender a convivir con aquello que nunca termina de desaparecer. Para algunos, hoy esas mismas letras acompañan a sus propios hijos, como ocurre en “No llora”, donde se recuerda que todavía queda mucho por vivir. Otros apenas inician el recorrido, descubriendo los primeros discos y aquellas frases que sus padres o amigos llevan años cantando.

Un grupo de amigos que se conoce desde el barrio lo recordaba mientras esperaba el concierto. Durante su adolescencia habían compartido los discos del Cuarteto a escondidas, porque algunas de sus letras no eran precisamente las favoritas de sus padres. “Mis papás no querían que escucháramos canciones como ‘Algo mejor que hacer’. ‘¿Cómo vas a escuchar una canción que te dice que es normal no tener algo que desear?’, decía mi viejo”, comentó uno de ellos, reflexionando sobre esa época en la que nadie tenía claro su identidad.

Entre esas canciones apareció “Algo mejor que hacer”, de Porfiado, una balada que todavía interpela a quienes alguna vez tuvieron que responder qué querían hacer con su vida antes siquiera de saber quiénes eran. Y esa posibilidad de compartir canciones entre distintas etapas de la vida se repitió durante toda la noche.

“Ya no sé qué hacer conmigo”, de Raro, volvió a sonar como una pregunta que parece distinta cada vez que uno la escucha. “Invierno del 92”, también de aquel disco, trajo recuerdos de otra época. Y “Yendo a la casa de Damián” cerró la noche con una frase que miles de personas ya pueden responder de memoria: “¿Por qué me cuesta tanto llegar?”.

Sus propios integrantes conocen bien esa experiencia.

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Gustavo "Topo" Antuña se enamoró del Cuarteto cuando los vio tocar con vestidos rojos en un festival. Su primer pensamiento fue "Son raros como yo" y aquello lo animó a formar parte de la banda años después. Santiago Marrero los escuchaba desde los catorce años, cuando todavía escondía algunos cassettes por lo polémicas que podían resultar sus letras. Luis Angelero también creció escuchándolos desde la adolescencia y hoy, ya sobre el escenario, habla de cada show como una experiencia de aprendizaje, casi como si fueran cátedras.

Quienes alguna vez estuvieron entre el público terminaron formando parte de aquello que otros ahora observan desde abajo. Roberto Musso y Álvaro "Alvin" Pintos, miembros fundadores, han visto pasar cambios en la industria, nuevas tecnologías y distintas formas de escuchar música. También han visto cómo una banda nacida en el circuito underground de un país de poco más de un millón de habitantes logró construir una trayectoria de 46 años sin dejar de sumar nuevos oyentes.

Eso se siente especialmente en vivo. El repertorio recorrió distintas etapas de la banda y las mezcló con el material más reciente de Puertas. "El hijo de Hernández", "Lo malo de ser bueno", "Rorschach", "Me amo" y "Maldito show" fueron parte de una noche en la que canciones de diferentes épocas podían ser coreadas con la misma intensidad.

Algunas personas conocían cada palabra, otras apenas comenzaban a familiarizarse con ellas, pero para ambos grupos las canciones estaban ocurriendo en presente. Esa capacidad de atravesar el tiempo también explica el camino del Cuarteto. Para una banda que nació en el underground uruguayo, alcanzar 46 años de trayectoria ya es un logro.

Conseguirlo mientras continúa convocando a un público cada vez más joven habla de algo que va más allá de la nostalgia. En Lima, la banda demostró que todavía tiene voz, energía y ganas de seguir creando. Puertas, su más reciente álbum, llega justamente en un momento en el que el Cuarteto de Nos vuelve a encontrarse con lo desconocido; una nueva etapa, nuevas canciones y un público que sigue creciendo.

Roberto lo resumió alguna vez con una idea que cobra otro sentido después de una noche como esta; quizá la clave no sea solamente seguir tocando puertas, sino mirar qué hay detrás de ellas. En Lima, el Cuarteto pudo comprobarlo. Detrás de aquella puerta blanquirroja había más de diez mil personas: una niña de once años cantando junto a sus padres, amigos que llevan décadas compartiendo sus canciones y jóvenes que recién comienzan a descubrirlas. Personas llegaron con veinte años de recuerdos y otras apenas están construyendo los primeros. El público cambia y la banda también, pero hay canciones que consiguen acompañarnos en más de una etapa de la vida. Mientras alguien vuelva a encontrar una de ellas por primera vez, el Cuarteto seguirá teniendo una puerta por abrir. Esta vez, al otro lado de la puerta, estaba Perú. Y Perú seguía cantando. La experiencia demuestra que, aunque las generaciones se renuevan y los escenarios varíen, la música mantiene su capacidad para conectar con quienes ya tienen historias y quienes están empezando a escribirlas. Cada nota tocada en este país confirma que el vínculo es eterno, más allá de las fronteras o del tiempo transcurrido. Así, la banda sigue atravesando umbrales, encontrando siempre una recepción cálida y genuina que valida su arte como un puente constante entre generaciones y territorios distantes pero emocionalmente cercanos.

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