La falsa tranquilidad del encierro

Desde que tengo uso de razón, siempre se le ha dado una enorme importancia a la seguridad que debe tener una vivienda. Al vivir constantemente bajo el miedo de que una amenaza pueda irrumpir en nuestro espacio de un momento a otro, se nos ha condicionado a permanecer alertas y tomar todas las precauciones posibles para impedirlo. Quizá sin darnos cuenta, esa necesidad termina convirtiéndose también en aquello que nos aísla y nos separa como comunidad. El temor ya no se limita a aquello que pueda llegar desde el exterior, sino que empieza a modificar nuestra relación con quienes nos rodean y hasta la manera en que observamos nuestras propias decisiones. Por eso queda preguntarse hasta qué punto realmente estamos velando por nuestro bienestar o, en el intento por protegernos, terminamos haciéndole el juego a un mundo que cada vez nos empuja más hacia el encierro.

Esa separación transforma inevitablemente la percepción de aquello que nos rodea. Cuando el contacto con los demás se reduce y la vivienda comienza a funcionar como una especie de refugio, cualquier sonido proveniente del exterior puede pasar de ser una simple molestia a convertirse en una enorme amenaza. Ya no sabemos necesariamente qué está ocurriendo afuera porque hemos elegido protegernos de ello, y esa incertidumbre permite que aquello que no vemos adquiera dimensiones mucho mayores. Es sobre esa tensión que el brasileño Kleber Mendonça Filho construye buena parte de Sonidos vecinos (O Som ao Redor, 2012), su primer largometraje de ficción y, a la vez, un excelente punto de partida para rastrear algunas de las obsesiones que continuarían apareciendo posteriormente en su cine, como lo fantasmagórico, el peso de los lugares y, sobre todo, la manera en que estos se transforman con el paso del tiempo.

Resulta significativo que todo ocurra dentro de un barrio que, en principio, debería entenderse como un entorno destinado a la convivencia. En cambio, lo que encontramos es una comunidad fragmentada, donde la proximidad física no necesariamente genera cercanía entre quienes la habitan. Las viviendas funcionan como espacios desde los cuales sus habitantes intentan mantener cierta distancia respecto del exterior, sin que esa búsqueda de protección consiga eliminar por completo aquello que temen. La seguridad, entendida inicialmente como una forma de preservar el bienestar, empieza así a adquirir otra dimensión: cuanto mayor parece ser la necesidad de protegerse, menor resulta el contacto con quienes se encuentran alrededor. Y es cuando esa aparente tranquilidad se ve alterada que varios de sus mayores temores comienzan a salir a flote.

Dentro de esa dinámica, el componente social que inevitablemente existe detrás de las marcadas divisiones de los espacios cobra una importancia vital. Mendonça Filho no necesita detenerse constantemente a explicar quién ocupa cada posición dentro de ese pequeño universo; bastan algunas interacciones para reconocer las distancias existentes entre los personajes y comprender que, pese a compartir un mismo entorno, no necesariamente pertenecen al mismo mundo. El espacio común está ahí, aunque se encuentra fragmentado. Las personas pueden vivir relativamente cerca unas de otras y, aun así, mantenerse separadas por barreras que no dependen exclusivamente de los mecanismos utilizados para proteger sus viviendas. La manera en que habitan esos lugares termina revelando también las diferencias existentes entre ellas.

Lo interesante es que esa fragmentación no impide que prácticamente todos parezcan buscar alguna manera de sobrellevar su evidente soledad. Cada personaje encuentra un mecanismo diferente para hacerlo: puede tratarse de una pareja ocasional, de un placer reprimido que debe permanecer oculto y convertirse en un secreto entre los electrodomésticos de la casa, o incluso de un acontecimiento del pasado que no puede revelarse porque hacerlo significaría romper el pacto existente con quienes todavía ejercen el poder dentro de la zona. Son distintas manifestaciones de una misma necesidad: encontrar alguna vía de escape dentro de lugares que, pese a proporcionar cierta seguridad, también han terminado convirtiéndose en sitios donde cada individuo permanece encerrado con sus deseos, frustraciones y secretos.

Es allí donde puede advertirse cómo Mendonça Filho ya comenzaba a desarrollar varias de las preocupaciones que atravesarían su cine. A la presencia de lo fantasmagórico y la importancia de aquello que permanece oculto se suma otra cuestión fundamental: el tiempo. Los lugares no son inmutables, sino territorios atravesados por aquello que alguna vez fueron y por aquello en lo que progresivamente se han convertido. Lo que podía concebirse como un entorno con una mayor importancia de lo colectivo empieza a ceder ante lugares cada vez más cerrados, pensados para proporcionar una sensación de tranquilidad. Esa transformación, lejos de resolver el miedo que motivó el encierro, puede terminar convirtiéndose en otra forma de permanecer separados.

La contradicción resultante es particularmente potente: los personajes pueden encerrarse, levantar barreras y reducir su contacto con el exterior sin que desaparezca el interés por lo que existe afuera. Esa curiosidad persiste incluso cuando se decide protegerse, manifestándose a través de la observación desde las ventanas. Mirar hacia fuera surge del deseo, de la añoranza o directamente del miedo. La ventana funciona así como una frontera; permite contemplar aquello de lo que uno ha decidido alejarse sin tener que abandonar completamente la seguridad del interior. Se puede observar el mundo sin formar verdaderamente parte de él, y esa distancia termina alimentando las fantasías y paranoias que surgen alrededor de aquello que permanece fuera del alcance. En ese sentido, existe una dinámica asimilable a la planteada por Alfred Hitchcock en La ventana indiscreta (Rear window, 1954). Allí, la observación permite que el deseo aflore porque existe la posibilidad de contemplar sigilosamente lo que ocurre al otro lado. Sin embargo, ese mismo acto abre también la puerta hacia la paranoia. Cuanto mayor es la distancia respecto de aquello que se observa, más espacio queda para imaginar qué puede estar sucediendo. En Sonidos vecinos, esa incertidumbre encuentra además una extensión fundamental en el sonido. No siempre necesitamos ver aquello que está afuera para sentir su presencia; basta escucharlo. Lo que empieza como un elemento lejano o aparentemente inofensivo puede ir creciendo hasta adquirir una dimensión mucho más oscura, precisamente porque el encierro impide saber con certeza cuál es su origen. El sonido termina funcionando así como algo mucho mayor que una simple presencia ambiental. En un entorno marcado por el aislamiento, escuchar significa inevitablemente reconocer que existe algo más allá de las paredes. Aquello que los personajes intentan mantener a distancia continúa encontrando alguna manera de entrar, incluso si lo hace únicamente mediante un ruido cuya procedencia no pueden identificar. La seguridad física no consigue impedir que el exterior se manifieste. Al contrario, cuanto mayor es el silencio generado por el encierro, más evidente se vuelve cualquier elemento capaz de interrumpirlo. Esa tensión hace que la tranquilidad prometida por esos lugares resulte cada vez más frágil, porque siempre existe algo alrededor dispuesto a recordarles a sus habitantes que no están tan separados del resto como quisieran creer. La incertidumbre sobre el origen de los ruidos amplifica la sensación de vulnerabilidad, transformando sonidos cotidianos en amenazas latentes. Así, el aislamiento se vuelve una trampa: al intentar protegerse del mundo exterior mediante el encierro, los personajes terminan hipervigilantes ante cualquier señal auditiva. El silencio no ofrece paz, sino que actúa como un amplificador para las pequeñas perturbaciones sonoras. Cada golpe, cada paso o susurro lejano rompe la calma artificial y confirma que la separación física es una ilusión. La paranoia se alimenta de esta ambigüedad: ¿qué hay detrás del muro? ¿Quién está escuchando? La película sugiere que el verdadero peligro no reside necesariamente en lo visible, sino en lo audible, en esa capacidad del sonido para infiltrarse donde la vista no llega.

De esa manera, las viviendas, las ventanas y los sonidos terminan formando parte de una misma idea. La búsqueda permanente de protección ha contribuido a fragmentar la vida comunitaria, mientras cada personaje intenta encontrar dentro de su propio encierro alguna forma de satisfacer aquello que necesita. El deseo continúa existiendo, al igual que el miedo, la curiosidad y los secretos del pasado. Nada desaparece realmente por levantar una barrera entre uno mismo y los demás. Simplemente cambia la manera en que esas pulsiones consiguen manifestarse, muchas veces desde aquello que permanece escondido o apenas puede percibirse.

Quizá por eso lo único que queda es esperar a que alguien termine de prender la mecha y devuelva a ese lugar la vida que parece haber perdido. Una vida que todavía existe debajo de la aparente tranquilidad, aunque permanezca progresivamente consumida por el silencio y el aislamiento. Sonidos vecinos encuentra su fuerza en observar esa contradicción, ya que, cuando el esfuerzo por sentirse protegido es mayor, más perceptibles se vuelven las amenazas, los deseos y los fantasmas que rodean a quienes habitan esos lugares.

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