Opinión
Lee la columna de Julio Barco
Un poeta que asume su marginalidad en el Perú y escribe con la furia de un ángel terrible está condenado a permanecer, inevitablemente, en las sombras. Manuel Bandeira sugería aplaudir el lenguaje loco, aquel que no disimula ni oculta su intensidad y rotura, pero entre nosotros, como advertía González Prada, hay un pacto tácito de hablar «a media voz». La huida ante la tarea de mantener el fuego poético en su absoluta expresividad es común; sin embargo, la pregunta persiste desde Vallejo hasta Pimentel: ¿cómo afrontar la poesía social sin mancharse con toda la peruanidad del lenguaje?
Entre los creadores que destrabaron los usos normativos debemos incluir, sin equivocarnos, a Domingo de Ramos. Miembro del movimiento Kloaka, su poética se desbarrancó desde las mismas cloacas de la palabra. En sus versos palpita el voltaje de la furia y la carga de lo vivo. Aunque maneja una retórica que oscila entre imágenes surrealistas y oralidad urbana, conserva una fuerza indomable. Su voz frasea la catástrofe del cuerpo, del Perú y de lo terrestre: «Y me sumergí en mis recuerdos hoy que es otoño/ con aquel silencio quieto de la altura/ los temblores de la huida que sacudió mi pelo». Estos tres versos revelan el fraseo particular del autor, un ritmo que se transforma en un río de imágenes surrealistas y un juego literario con autores como Louis-Ferdinand Céline, Walter Benjamín o Poe.
En ese ritmo furioso, entran las noches oscuras del cuerpo (y del alma), los orgasmos y una voracidad de energía que solo algunos pueden entibiar en la yema de sus dedos: «y yo soy el hombre que se desgració/Es difícil confesarlo Pero se aprende/Y me urge arrojarlo todo por el culo». Domingo de Ramos habla donde otros callan o miran a un costado murmurando. Como salvaje del sur, su poética grita entre perros y gente destinada a ser producto bruto interno, en la vorágine de la máquina carnicera llamada Perú.
Julio Barco Ávalos (1991), poeta peruano nacido en El Agustino, Lima-Perú, es fundador del grupo Tajo. Sus poemas aparecen en distintas revistas online de Latinoamérica y ha redactado para Literalgia, Asia Sur y The fucking Times. Autor de poemarios como Me da pena que la gente crezca (2012), Respirar (2018) y Arder (gramática de los dientes de león), su obra La música de mi cabeza volumen 7 fue publicada por lenguajeperueditores, mientras que Arquitectura Vastísima (2019) obtuvo el primer puesto del Huauco de oro. En prosa, publicó Semen (música para jóvenes enamorados) y Des(c)iertos (2020), editado por Metaliteratura. Participó activamente en ferias, eventos y recitales a lo largo del país. Actualmente trabaja los espacios Poético Río Hablador y dirige la web lenguajeperu.pe. A su vez, activa la editorial Higuerilla, dedicada a colecciones de poesía y prosa.
Helena Blavatsky señalaba que todo ser humano posee una naturaleza septenaria, dividida en un lado inmortal —la tríada superior de manas, buddhi y atma— y otro mortal. Cada existencia es un oscilar entre ambas orillas. Al morir, si no hemos librado nuestro peso regresamos hasta el atma; si no sucede así, volvemos a migrar a otro cuerpo mortal. La individualidad vuelve a florecer y, a veces, recupera su vida pasada. Esta idea teosófica se aproxima (e inspira) en la metempsicosis griega, migración de las almas, y también evoca a la reminiscencia o anamnesis, donde el ser recupera su memoria pasada. Además, claro, se acerca a la filosofía de Pitágoras.
No sé si esto que leíste arriba, lector, sea cierto; lo que sí sé es que una forma de huir del tiempo y de las capas espirituales es mediante la ensoñación del arte. Para José María Eguren, la ensoñación era el verdadero estado del infinito, porque ahí vivíamos hechizados en la posibilidad eterna; yo agrego que además esa ensoñación, como la de los niños, permite ser uno y ser todos. Jugar a la otredad es, claro, buscar el infinito.
La obra bilingüe (español–inglés) Minicuentos para soñar de David Auris Villegas –profesor universitario y escritor, además de autor del poemario Mañana al despertar piensa en mí– resulta un viaje por diferentes almas, una suerte de metempsicosis literaria: estos cuentos, de tan solo una página, en su breve y remilgada prosa, son como estados mentales de diversos autores. Como un Pessoa –autor portugués que armó un universo de heterónimos–, el autor crea diversos escenarios para manifestar un surtido universo que pasa por los viajes en el tiempo, la gnosis, la pasión de los amantes, antiguas reliquias celtas, eventos fantásticos o magos en los desiertos africanos.
Conversaba con el escritor Ray Paz que la micro ficción es hermana del surrealismo. En cierto modo, este movimiento, al abrir las puertas de la razón, permitió todo tipo de búsquedas estéticas, ligando lo fantástico o absurdo con escenas cotidianas. Sin embargo, no podemos olvidar que ya los relatos orales, sean fábulas o cuentos andinos, expresaban narrativas donde lo fantástico era un ingrediente nuclear. Pienso en el trabajo de Arguedas e Francisco Izquierdo Ríos en su obra Mitos, leyendas y cuentos peruanos, que documenta diversos relatos peruanos, con una premisa estética simple y que podrían perfectamente encajar dentro de la idea de microrrelato; incluso, y más todavía, por su inmersión en temas fantásticos.
Así, lo fantástico es herencia de lo surrealista, pero, más todavía, de nuestro pasado mítico, y se liga al narrar diario de tanta gente que, exagerando lo real, hiperboliza la realidad y crea mitos, leyendas, historias… He ahí el genio de lo popular.
Decía Adorno, en Sobre la ingenuidad épica, que aquellos instantes de aparente mitificación literaria –desde la mirada capitalista– son, en realidad, intentos de curarse de la manipulación conceptual, y que, al expresarse, dejan aflorar la realidad de forma pura. El hombre moderno quiere relatos sin leyendas, ni seres fantásticos, ni detalles superfluos. Es un hombre práctico, alejado de lo mítico. Por eso, un texto épico aporta la anamnesis en el relato: no solo una narración objetiva de los hechos, sino una recreación que cause “experiencia sagrada”.
Auris practica lo fantástico con la precisión de pequeños cuadros surrealistas, donde una adjetivación fina busca una retórica delicada. Sin embargo, también se orienta a trabajar desde la raíz, hacia lo terráqueo y el popular. En su búsqueda, acaso atraviesa la nostalgia de la anamnesis adorniana; sus microcuentos pretenden ser experiencias sagradas de escenarios determinados y no meros relatos objetivados. Es como la anamnesis platónica: recuperar no solo datos, sino recobrar el recuerdo vivido. Por eso, se ligan a la fábula, al surrealismo, al relato andino y a la ingenuidad épica.
Pienso entonces que la microficción posiblemente se originó en tiempos remotos y su modernidad es natural, dado que, como humanos, apreciamos la síntesis, limpieza y redondez de los relatos. Esta síntesis permite que el lector encuentre en cada historia una plenitud inmediata.
Tres
Entremos a los textos de Auris para observar cómo se materializan estas ideas. En El amor imaginado, vemos la presencia de un ser que busca a una persona amada, pero, sin previo aviso, se transforma en un ser ingrávido y:
…como un espectro, desapareció raudamente, llevando su inocente esperanza del ayer. Atravesó ilusorios parques y extraños desfiladeros verdosos sobre diminutos bosquecillos. (pág. 93)
Aquí lo fantástico se inserta de súbito: es un momento que quiebra la linealidad de la escena y permite aquella "levedad" de la que hablaba el italiano Calvino, y que era un requisito para la literatura moderna en sus Seis propuestas para el próximo milenio:
Un aligeramiento del lenguaje mediante el cual los significados son canalizados por un tejido verbal como sin peso, hasta adquirir la misma consistencia enrarecida. (pág. 28)
En Ciudad fantasma, encontramos un fresco que nos descubre a un niño mutante: su planteamiento textual nos permite ver que no hay una carga de razones previas para saber cómo se formó aquel ser; el autor lo pone y cuenta su historia, dando detalles, y expresando su situación existencial. Algunos incrédulos afirman que no era un bebé, sino un mágico tesoro, buscado por hechiceras quienes habían abandonado un bebé alado al pie de un pedernal rojizo, después de la muerte de la madre del último mutante (pág. 89). O El sepelio, donde un personaje descubre una triste verdad acerca de sí mismo. En estos dos, advertimos además una cierta inclinación por el relato de terror.
Desde otro rigor, microcuentos como La adoración o El susurro oculto, con un irreverente final, se ligan más a una temática gnóstica. Hay que advertir que no todos los microcuentos generan el mismo efecto; los hay con menores logros estéticos, como Nos habíamos amado tanto que carece del final epifánico.
Cuatro
En general, los microcuentos de David Auris Villegas se mueven, como ya se advirtió, en diversas temáticas, lo que produce un mural variado. Es una suerte de viaje por diversas almas y voces poéticas, estilos y tradiciones, como si, en su ansiedad y deseo estilístico, el autor buscara su propio infinito o su reminiscencia. En esta búsqueda se aproxima a otros narradores de microficción (como el ya citado Ray Paz) que fabrican su propio aleph portátil.
Esta diversidad temática permite al lector navegar entre lo sagrado y lo popular, encontrando en cada texto una faceta distinta del autor. La capacidad de Auris para mezclar géneros y tonos refleja la riqueza de la tradición oral peruana, reinterpretada con un lenguaje moderno y preciso.
Así, el trabajo de David Auris Villegas no solo nos invita a leer historias breves, sino a sumergirnos en un universo literario donde lo fantástico convive con lo cotidiano. Su escritura es un acto de recuperación de la memoria colectiva, un intento por mantener vivas las voces del pasado y ofrecerlas como espejos para el presente.
En definitiva, estos microcuentos son más que relatos cortos; son puertas abiertas a mundos posibles, donde lo extraordinario se encuentra en lo ordinario. A través de ellos, Auris nos recuerda la importancia de cuidar cada palabra, de buscar esa síntesis que hace que una historia resuene en nosotros por mucho tiempo después de haberla leído.
La vigencia de su obra es innegable y su aporte a la literatura actual es significativo. Sigamos explorando sus textos y descubriendo las muchas caras que puede tomar la microficción cuando se escribe con pasión y dedicación.
Opinión
Lee la columna de Mario Castro Cobos
Published
Ayer en la Plaza de Armas de Nasca, los ciudadanos exigieron la presencia del ministro de Cultura, Alberto Beingolea. Sin embargo, el funcionario no apareció. Esta ausencia ocurre mientras un pueblo se ve obligado a tomar las calles para defender unas líneas milenarias que el mundo entero reconoce como patrimonio de la humanidad.
Nasca marchó ayer. Y cuando un pueblo se ve obligado a tomar las calles para defender unas líneas milenarias que el mundo entero reconoce como patrimonio de la humanidad, queda claro que algo no funciona. Mientras los ciudadanos levantan la voz para proteger lo que pertenece a todos, el ministro de Cultura sigue perdido en su despacho.
Los nasqueños no marcharon por una foto. Marcharon porque denuncian una situación que consideran insostenible en la Dirección Desconcentrada de Cultura de Ica. Y mientras la ciudadanía exige explicaciones, varios funcionarios del sector aparecen vinculados a investigaciones fiscales relacionadas con presuntos delitos contra el patrimonio.
Pero el caso no termina allí. En otra investigación por el corte del perímetro de las Líneas de Nasca y Palpa, la Fiscalía investiga como imputados a Alberto Martorell Carreño y Antonio Vidal Ramírez Montes por el presunto delito de atentados contra monumentos arqueológicos.
Entre los nombres mencionados está el arqueólogo Jhony Isla Cuadradro, señalado en una denuncia presentada por la abogada Noemy Castañeda como cabecilla de una presunta red de corrupción en Nasca. Son imputaciones graves que se encuentran en investigación y corresponde a la Fiscalía determinar responsabilidades. En las últimas horas también trascendió una presunta renuncia de Isla Cuadradro.
Además, en otra carpeta fiscal el alcalde de Nasca, Wilman Jorge Bravo Quispe, figura como investigado, y la fiscalía ha solicitado inhabilitación y una multa.
Mientras tanto, ¿dónde está el ministro? Esa es la pregunta que flota en medio de la depredación de nuestro patrimonio mundial. Un Ministerio de Cultura no puede convertirse en un ministerio de comunicados, silencios administrativos y funcionarios que sobreviven a cada escándalo como si el patrimonio tuviera seguro contra la indiferencia.
María Reiche dedicó su vida a mirar el desierto y descubrir un mensaje escrito hace siglos. Hoy, los nasqueños vuelven a escribir otro mensaje: ¡basta de impunidad!
Las líneas no necesitan discursos. Necesitan protección. Nasca no pide favores. Exige Estado, exige el interés de la presidenta Keiko Fujimori. Y si Lima no escucha, el pueblo nasqueño seguirá marchando.
A pesar de todo, la memoria de María Reiche vive. Y esta vez, sus huerequeques no guardarán silencio.
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