El sacrificio, aquel elemento que a menudo pasa desapercibido en nuestra juventud, resulta ser uno de los cimientos más sólidos para sostener una familia. Independientemente del estrato social al que pertenezca el núcleo familiar, la responsabilidad y la capacidad de velar por el bienestar de los demás se convierten en herramientas esenciales para mantenerse unidos frente a un panorama adverso. A pesar de las amenazas externas o incluso internas provenientes de círculos más amplios, es la acción desinteresada de quienes cuidan —ya sean ambos padres, uno solo o cualquier figura encargada— lo que preserva la estabilidad del hogar. Es precisamente durante el crecimiento que estos actos, realizados por nuestros progenitores, cobran un significado profundo. Mientras permanecemos bajo su tutela, es difícil dimensionar realmente la magnitud de sus gestos a menos que una dura realidad nos obligue a reconocerlos antes de tiempo.

A menudo, esos sacrificios se presentan frente a nosotros como parte de la cotidianidad sin que lleguemos a comprender su verdadero peso. Son acciones que, en el momento de ocurrir, pueden parecer pequeñas o incluso invisibles para los ojos de un niño, pero que adquieren otra dimensión cuando el paso del tiempo nos permite observar retrospectivamente nuestra propia existencia. Solo al madurar descubrimos hasta dónde fueron capaces de llegar esas personas por nosotros. Esa idea cobra una relevancia particular al aproximarse a Paper Tiger, la nueva película del cineasta estadounidense James Gray. El director vuelve a colocar a la familia en el centro de su obra cinematográfica, aunque esta vez decide observar todo desde una perspectiva ligeramente distinta.

La filmografía de Gray siempre ha estado atravesada por el asunto familiar, explorando relaciones entre hermanos o entre padres e hijos a través de géneros como el thriller, la aventura o incluso la ciencia ficción. El objetivo constante del director es descubrir qué puede quebrantar esos lazos y preguntarse si todavía existe alguna manera de sanarlos, especialmente cuando sus personajes se enfrentan a un mundo lleno de cambios que no está dispuesto a esperar por nadie. En su anterior largometraje, El tiempo del Armagedón (Armageddon Time, 2022), el cineasta construyó posiblemente su relato más autobiográfico. Desde la perspectiva de un niño, observábamos una Nueva York de los años ochenta que avanzaba a pasos agigantados mientras sus personajes intentaban aferrarse a quienes todavía estaban allí para ellos; vínculos que terminarían siendo fundamentales para convertirse en las personas que serían en el futuro.

Resulta curioso que en Paper Tiger, Gray haga algo que, hasta cierto punto, puede considerarse semejante, solo que ahora desde el otro lado. A diferencia de El tiempo del Armagedón y de varias de sus películas anteriores, los hijos dejan de ocupar el centro para cederle ese espacio al padre y a la manera en que debe desplazarse por los rincones más oscuros de la sociedad con tal de velar por aquellos que ama. Ese padre es Irwin Pearl (Miles Teller), un ingeniero de clase media que vive junto con su esposa, Hester (Scarlett Johansson), y sus dos hijos, Scott (Gavin Goudey) y Ben (Roman Engel), en Queens, Nueva York, en 1986. Llevan una vida que podría considerarse relativamente cómoda hasta que Gary (Adam Driver), hermano de Irwin y expolicía, reaparece inesperadamente.

Gary le propone a su hermano participar en un negocio relacionado con la gestión de residuos. Lo que Irwin todavía desconoce es que llevar adelante ese proyecto implicará tratar con personas que no necesariamente operan por vías legales. El panorama termina complicándose cuando Simeon Bogoyavich (Victor Ptak), jefe de una mafia rusa, reemplaza a la persona con quien Gary esperaba hacer negocios inicialmente y comienza a atormentar a los hermanos. Irwin comprende demasiado tarde los peligros que conlleva haberse involucrado en ese mundo criminal.

Precisamente desde esa entrada hacia el terreno ilegal pueden trazarse distintos paralelismos con otros trabajos de Gray. Si su filme previo sirve para pensar en la familia y en aquello que los hijos comprenderán con el paso de los años, otras películas de su filmografía permiten reconocer la familiaridad del territorio por el que ahora transitan los Pearl. La narrativa se desplaza hacia un conflicto donde el amor paternal debe confrontarse con la ilegalidad, transformando lo que antes era una vida cómoda en una lucha por la supervivencia y la integridad moral frente a amenazas externas y peligrosas.

La trayectoria de John Gray se define por una dualidad cinematográfica que Paper Tiger intenta sintetizar, aunque con matices distintos. Por un lado, su ópera prima, Little Odessa (1994), introdujo el crimen y la violencia dentro del núcleo familiar a través del regreso de Joshua, un asesino a sueldo cuya presencia obligó a confrontar fantasmas y heridas previas que ya arrastraba la familia. Su costado macabro contaminó los vínculos sanguíneos. Por otro lado, Dueños de la noche (We Own the Night, 2007) enfrentó los mundos de la policía, la familia y el crimen organizado, haciendo que las fronteras entre el orden institucional y lo criminal adquirieran una dimensión compleja. En esta nueva entrega, Paper Tiger parece reunir elementos de esos trabajos anteriores, pero con un enfoque considerablemente diferente: los conflictos aparecen atenuados en comparación con la intensidad previa.

En ese sentido, la película adopta un tono más crepuscular. Este matiz es propio de un director que ya posee un estilo reconocible y decide trasladarlo hacia un mundo donde sus personajes intentan aferrarse a determinada manera de entender la vida, pese a que los cambios que ocurren a su alrededor avanzan demasiado rápido para permitirles resolver con tranquilidad aquello que exige una respuesta inmediata. También por eso la cinta puede inscribirse en una tradición del cine estadounidense que Gray comparte con realizadores capaces de leer las transformaciones de su sociedad, desde Clint Eastwood hasta Elia Kazan o Sidney Lumet. En sus películas era posible encontrar a hombres comunes acercándose al costado más duro de la corrupción, inicialmente con cierta audacia, sin llegar a dimensionar los peligros que permanecían escondidos detrás de aquello que creían poder controlar.

Gray ya había trabajado esa clase de personajes, pero ahora los reviste desde un costado más abiertamente familiar. Las consecuencias de ingresar a ese mundo criminal no importan únicamente por lo que sucede mientras los personajes están dentro de él, sino por los ecos que producen posteriormente. Son repercusiones capaces de resonar con una fuerza que Irwin y Gary nunca imaginaron y alcanzar aquello que se encontraba aparentemente separado de sus negocios. Todo ocurre, además, dentro de una Nueva York de 1986, atravesada por transformaciones sociales y muy distinta a la actual. Desde esa perspectiva, los hermanos creen posible ingresar a semejante mundo, aprender sus reglas, jugar de la misma manera y terminar ganando. El verdadero problema surge cuando empiezan a perder y deben descubrir si todavía pueden escapar limpiamente o si hacerlo supondrá manchar la integridad de quienes confiaron en ellos cuando decidieron entrar.

Esa incapacidad para dimensionar las consecuencias puede observarse especialmente a través de Irwin. Es un hombre que parece haber atravesado buena parte de su vida en piloto automático y que duda sobre si realmente es correcto iniciar el negocio por esas vías, solo que sus cuestionamientos llegan demasiado tarde, cuando prácticamente todo ha comenzado a reventar. Gary, en cambio, confía en la experiencia acumulada durante sus años como policía y cree poseer las herramientas necesarias para controlar la situación. La propia película establece una diferencia entre ambos: uno tiene el cerebro y el otro posee el don del habla. La pregunta es para qué sirven realmente la capacidad de razonar y la facilidad para verbalizar las cosas cuando aquello que falta es un componente moral que permita reconocer qué resulta verdaderamente importante frente a semejante situación.

Precisamente por esa carencia resulta fundamental Hester. Sabiendo que el cine de Gray es profundamente masculino, existe un afán evidente por parte de los dos hermanos de mantenerla alejada de aquello que están haciendo. Irwin y Gary piensan y hablan, trazan planes y buscan soluciones, pero sus decisiones no parecen pasar por un filtro moral o emocional capaz de distinguir con suficiente claridad entre aquello que puede estar bien y aquello que está mal. Esa manera de operar tampoco surge de la nada, pues se encuentra determinada por las reglas del mundo al que han decidido ingresar. Gary intenta explicárselo a Irwin cuando comienzan los negocios con la mafia rusa, diciéndole que son paranoicos que no confían en nadie y, según su lógica, la única posibilidad de hacerlas ceder consiste en jugar exactamente de la misma manera que ellos.

Es allí donde el título cobra su verdadero significado. Gary considera que esos hombres son tigres de papel: pueden rugir y amenazar, pero al final no serán capaces de atacar de la manera que prometen. Su equivocación radica en creer que ha comprendido completamente a quienes tiene enfrente y que su experiencia previa basta para anticipar sus movimientos. A partir de ese error, el conflicto se desarrolla mediante un cúmulo de decisiones equivocadas que nunca atravesaron ese filtro emocional que ambos parecen incapaces de aplicar. Buena parte de sus problemas procede también de la dificultad para expresar aquello que sienten en el momento adecuado. Prefieren guardárselo, evadirlo y seguir adelante como si mantener el movimiento fuera suficiente para impedir que las consecuencias terminen alcanzándolos. Al regresar al terreno de las mafias y la corrupción, encuentro el aspecto más fascinante de lo hecho por Gray. En lugar de concentrarse exclusivamente en la dureza de las calles, decide mirar qué ocurre en los interiores, específicamente dentro del hogar, para preguntarse quiénes terminan siendo las verdaderas víctimas de esas decisiones. La respuesta inevitablemente conduce hacia la familia. Ya durante los primeros minutos observamos a Irwin construyendo algo destinado a proteger su casa. Cuando uno de sus hijos le pregunta qué está haciendo, responde que lo hace por ellos. El gesto demuestra que existe una preocupación por mantenerlos a salvo, pero esa protección todavía se encuentra limitada a una dimensión principalmente material: está protegiendo el espacio donde viven sin comprender aún aquello que realmente supone preservar a quienes lo habitan. Una vez iniciado el trayecto junto con Gary, comienzan a aparecer las verdaderas grietas, y estas ya no pertenecen solamente a la casa. Son grietas emocionales que permiten reconocer las consecuencias de intentar desplazarse entre las sombras. Gray traslada esa idea a la propia puesta en escena mediante un trabajo constante con los claroscuros. Cuanto más se introducen los hermanos en el embrollo, mayor parece ser el dominio de la oscuridad. Una de las secuencias que mejor expresa esa idea ocurre cuando Irwin despierta durante la madrugada creyendo que alguien puede haber entrado a su casa. Prácticamente bastan el silencio, las sombras y la posibilidad de una presencia desconocida para construir un ambiente profundamente tenso. Aquello que Irwin pretendía mantener afuera comienza a sentirse cada vez más cerca. Esa lógica visual encuentra un contraste particularmente importante en Hester. Mientras Irwin y Gary se internan progresivamente en las sombras, ella queda expuesta a una luz incandescente que acompaña el inicio de su propio deterioro. Sin entrar en mayores detalles sobre su destino dentro de la historia, su posición permite reconocer aquello que faltaba en la ecuación de los hermanos. Si ellos representan la razón y la palabra, Hester parece comprender antes que ambos que la lealtad no consiste únicamente en cubrirle la espalda a otra persona porque sí. Ser leal implica confianza, pero supone además saber leer el entorno, reconocer sus peligros y comprender cuándo aquello que se está haciendo puede destruir precisamente a las personas que uno asegura querer proteger. Irwin y Gary fracasan en esa lectura y, cuando la suerte parece echada y lo peor todavía está por venir, la pregunta deja de ser únicamente cómo escapar. También importa de qué manera hacerlo. Si entrar en ese mundo parecía posible mientras ambos pensaban que podían utilizar sus mismas reglas y ganar, descubrir que están perdiendo los obliga a enfrentarse a otra decisión: intentar salir limpiamente o hacerlo a costa de la integridad de aquellos que confiaron en ellos. Es en ese punto donde la película regresa a la noción planteada al inicio de este texto. Frente a una situación donde cualquier alternativa parece producir consecuencias, cobra importancia reconocer el sacrificio y preguntarse cuál será ese gran gesto que quizá resulte invisible para los hijos en ese momento, pero que termine siendo trascendente para quien decidió realizarlo. ¿Qué acto puede conseguir que semejante descenso a los infiernos haya valido la pena? No estamos únicamente ante un drama familiar revestido de elementos criminales que de una respuesta fácil a esa interrogante. Entiendo que, observado desde esa superficie, su tono contenido puede hacer que algunos de sus recursos se aproximen a ciertos clichés dramáticos que no siempre resultan igualmente efectivos. Esa lectura me parece comprensible hasta cierto punto. El problema sería quedarse exclusivamente con ella, porque detrás del relato criminal existe una preocupación mucho más persistente por aquello que una persona está dispuesta a soportar cuando finalmente comprende qué debe preservar y qué significa realmente actuar por quienes quiere.

La verdadera medida de los actos de Irwin y Gary no reside únicamente en el negocio, la mafia o las amenazas externas, sino que resuenan profundamente dentro del hogar, alcanzando a personas que nunca eligieron participar en esa vida. De esa manera, involucrarse de lleno en algo que nunca debió hacerse puede adquirir finalmente algún sentido si el último gesto consigue preservar aquello que verdaderamente importaba; no significa borrar los errores ni negar las consecuencias de haberse internado en ese mundo, sino reconocer que, una vez cometido el daño, todavía queda decidir qué se está dispuesto a hacer frente a él. Ese componente permite que los ecos de sus decisiones adquieran una dimensión mayor: la verdadera medida de sus actos termina encontrándose precisamente en esas consecuencias sobre quienes no pidieron sufrir por ellos.

Es también allí donde encuentro otra conexión con cineastas como el ya mencionado Eastwood y, especialmente, con Francis Ford Coppola, una de las grandes influencias de Gray. La capacidad de resistir aquello que se aproxima y el valor de la familia adquieren importancia cuando las decisiones dejan de responder al beneficio personal y empiezan a estar determinadas por lo que uno considera mejor para quienes ama. Lo fundamental es que ese gesto sea desinteresado y, claro, quizá quienes reciben el sacrificio ni siquiera sean capaces de comprenderlo cuando ocurre; en ese caso, puede quedar implantado como un recuerdo cuyo verdadero significado solo se active mucho tiempo después, cuando resulte posible mirar retrospectivamente y entender qué tuvo que hacer alguien para sostener aquello que tanto apreciaba. Hay sacrificios que olvidamos, otros que nunca llegamos a percibir y algunos cuyo verdadero peso solamente descubrimos cuando ya es demasiado tarde para agradecerlos de la manera que hubiéramos querido.

Todo ello hace que este me parezca otro excelente largometraje de James Gray. Todavía no he visto su filmografía completa, pero las películas que conozco me dejan cada vez más claro que se encuentra entre los mejores cineastas estadounidenses trabajando en la actualidad, especialmente por la consistencia que demuestra tanto en sus preocupaciones como en la manera de ejecutarlas. Los tonos pueden cambiar, a veces adquiriendo una intensidad mayor y otras inclinándose hacia terrenos mucho más íntimos. Aquí parece existir además una conciencia distinta de su propia madurez, que lo conduce hacia un registro más sentimental y, por extensión, también más melancólico. Quizá esa melancolía provenga precisamente de reconocer todo el tiempo que debe pasar antes de que seamos capaces de comprender ciertos gestos.

Gray vuelve así al asunto familiar que ha atravesado buena parte de su obra, pero ahora lo contempla desde la posición de quien debe realizar ese sacrificio antes que desde la de aquellos que algún día lo recordarán. Al final, ese termina siendo el gran valor que Paper Tiger encuentra en la familia: comprender que proteger no significa únicamente levantar barreras alrededor de ella, sino estar dispuesto a asumir el costo necesario para preservar aquello que verdaderamente importa. Es allí donde la resistencia frente a lo inminente se convierte en un acto de amor puro, desprovisto de cálculo y guiado exclusivamente por el bienestar de los seres queridos, dejando una huella indeleble en quienes deben vivir con las decisiones tomadas.

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