Opinión

Un paseo por Minicuentos para soñar de David Auris Villegas

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Uno

Señalaba Helena Blavatsky que todo ser humano presenta una naturaleza septenaria, dividida en un lado inmortal (tríada superior: manas, buddhi y atma) y otra mortal (cuaternario inferior). Cada vida es un oscilar entre ambas orillas. Al morir, si no hemos librado nuestro peso regresamos hasta el atma; si no sucede así, volvemos a migrar a otro cuerpo mortal. La individualidad vuelve a florecer y, a veces, recupera su vida pasada. La idea teosófica se aproxima (e inspira) en la metempsicosis griega, migración de las almas, y también evoca a la reminiscencia o anamnesis, donde el ser recupera su memoria pasada. Además, claro, se acerca a la filosofía de Pitágoras.

No sé si esto que leíste arriba, lector, sea cierto; lo que sí sé es que una forma de huir del tiempo y de las capas espirituales es mediante la ensoñación del arte. Para José María Eguren, la ensoñación era el verdadero estado del infinito, porque ahí vivíamos hechizados en la posibilidad eterna; yo agrego que además esa ensoñación, como la de los niños, permite ser uno y ser todos. Jugar a la otredad es, claro, buscar el infinito.

La obra bilingüe (español–inglés) Minicuentos para soñar de David Auris Villegas –profesor universitario y escritor, además de autor del poemario Mañana al despertar piensa en mí–resulta un viaje por diferentes almas, una suerte de metempsicosis literaria: estos cuentos, de tan solo una página, en su breve y remilgada prosa, son como estados mentales de diversos autores.

Como un Pessoa –autor portugués que armó un universo de heterónimos, el autor crea diversos escenarios para manifestar un surtido universo que pasa por los viajes en el tiempo, la gnosis, la pasión de los amantes, antiguas reliquias celtas, eventos fantásticos o magos en los desiertos africanos.

Dos

Conversaba con el escritor Ray Paz que la micro ficción es hermana del surrealismo. En cierto modo, este movimiento, al abrir las puertas de la razón, permitió todo tipo de búsquedas estéticas, ligando lo fantástico o absurdo con escenas cotidianas. Sin embargo, no podemos olvidar que ya los relatos orales, sean fábulas o cuentos andinos, expresaban narrativas donde lo fantástico era un ingrediente nuclear. Pienso en el trabajo de Arguedas e Francisco Izquierdo Ríos en su obra Mitos, leyendas y cuentos peruanos, que documenta diversos relatos peruanos, con una premisa estética simple y que podrían perfectamente encajar dentro de la idea de microrrelato; incluso, y más todavía, por su inmersión en temas fantásticos.

Así, lo fantástico es herencia de lo surrealista, pero, más todavía, de nuestro pasado mítico, y se liga al narrar diario de tanta gente que, exagerando lo real, hiperboliza la realidad y crea mitos, leyendas, historias… He ahí el genio de lo popular.

Decía Adorno, en Sobre la ingenuidad épica, que aquellos instantes de aparente mitificación literaria –desde la mirada capitalista– son, en realidad, intentos de curarse de la manipulación conceptual, y que, al expresarse, dejan aflorar la realidad de forma pura. El hombre moderno quiere relatos sin leyendas, ni seres fantásticos, ni detalles superfluos. Es un hombre práctico, alejado de lo mítico. Por eso, un texto épico aporta la anamnesis en el relato: no solo una narración objetiva de los hechos, sino una recreación que cause “experiencia sagrada”.

Auris practica lo fantástico, pintando pequeños cuadros surrealistas con una adjetivación que busca una retórica de lo fino. Sin embargo, su obra también se orienta al trabajo de la raíz, a lo terráqueo e, intuyo, persigue lo popular. En esta búsqueda, acaso atraviesa la nostalgia de la anamnesis adorniana; sus microcuentos pretenden ser experiencias sagradas de escenarios determinados y no solo relatos objetivados. Es también como la anamnesis platónica: recuperar no solo datos, sino recobrar el recuerdo vivido. Por eso, se ligan a la fábula, al surrealismo, al relato andino y a la ingenuidad épica.

Pienso entonces que la microficción posiblemente se originó en tiempos remotos y que su modernidad y vigencia es natural, dado que, como humanos, apreciamos la síntesis, limpieza y redondez de los relatos. Esta apreciación nos lleva a adentrarnos en los textos de Auris.

Tres

En Ciudad fantasma, encontramos un fresco que nos descubre a un niño mutante. Su planteamiento textual nos permite ver que no hay una carga de razones previas para saber cómo se formó aquel ser; el autor lo pone y cuenta su historia, dando detalles y expresando su situación existencial: “Algunos incrédulos afirman que no era un bebé, sino un mágico tesoro, buscado por hechiceras quienes habían abandonado un bebé alado al pie de un pedernal rojizo, después de la muerte de la madre del último mutante” (pág. 89). O El sepelio, donde un personaje descubre una triste verdad acerca de sí mismo. En estos dos casos, advertimos además una cierta inclinación por el relato de terror.

Por otro lado, microcuentos como La adoración o El susurro oculto, con un irreverente final, se ligan más a una temática gnóstica. Hay que advertir que no todos los microcuentos generan el mismo efecto; existen aquellos con menores logros estéticos, como Nos habíamos amado tanto que carece del final epifánico.

Microcuentos como El amor imaginado muestran la presencia de un ser que busca a una persona amada, pero, sin previo aviso, se transforma en un ser ingrávido y:

…como un espectro, desapareció raudamente, llevando su inocente esperanza del ayer. Atravesó ilusorios parques y extraños desfiladeros verdosos sobre diminutos bosquecillos. (pág. 93)

Aquí lo fantástico se inserta de súbito: es un momento que quiebra la linealidad de la escena y permite aquella “levedad” de la que hablaba el italiano Calvino, y que era un requisito para la literatura moderna en sus Seis propuestas para el próximo milenio:

Un aligeramiento del lenguaje mediante el cual los significados son canalizados por un tejido verbal como sin peso, hasta adquirir la misma consistencia enrarecida. (pág. 28)

En general, los microcuentos de David Auris Villegas se mueven, como ya se advirtió, en diversas temáticas. Esto produce un mural variado, una suerte de viaje por diversas almas y voces poéticas, estilos y tradiciones, como si, en su ansiedad y deseo estilístico, el autor buscara su propio infinito o su reminiscencia. En esta búsqueda se aproxima a otros narradores de microficción (como el ya citado Ray Paz) que fabrican su propio aleph portátil.

Cuatro

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Nasca en pie de lucha

Julio Barco Ávalos (1991) es poeta peruano, nacido en el distrito de El Agustino, Lima-Perú. Fundador del grupo Tajo y redactor de las revistas Literalgia, Asia Sur y The fucking Times, sus poemas aparecen en diferentes revistas online de Latinoamerica. Autor de los poemarios Me da pena que la gente crezca (2012), Respirar (2018), Arder (gramática de los dientes de león) y La música de mi cabeza volumen 7 (lenguajeperueditores). También publicó Arquitectura Vastísima (2019), que obtuvo el Primer puesto Huauco de oro en ese mismo año. Su novela incluye Semen (música para jóvenes enamorados) y Des(c)iertos (2020, editorial Metaliteratura). Participó y participa activamente en ferias, eventos, talleres y recitales a lo largo de todo el Perú. Actualmente trabaja los espacios Poético Río Hablador y dirige la web lenguajeperu.pe. A su vez activa la editorial Higuerilla, colecciones de poesía y prosa.

Ayer en Nasca marcharon las calles. No fue un acto para conseguir una foto, sino la respuesta ciudadana a una crisis insostenible que asola la Dirección Desconcentrada de Cultura de Ica. Mientras los vecinos levantan la voz para defender unas líneas milenarias reconocidas como patrimonio mundial, el ministro de Cultura permanece oculto en su despacho, lejos del escenario donde se juega el futuro de nuestra herencia.

Nasca no pide favores; exige Estado y exige el interés directo de la presidenta Keiko Fujimori. Si Lima sigue sorda a estos reclamos, el pueblo nasqueño continuará tomando las calles para proteger lo que pertenece a todos. Las líneas no necesitan discursos retóricos, requieren protección efectiva. El Ministerio de Cultura no puede transformarse en un organismo de comunicados y silencios administrativos, donde los funcionarios sobreviven a cada escándalo como si el patrimonio tuviera un seguro contra la indiferencia.

Esa es la pregunta que flota sobre nuestra realidad: ¿dónde está el ministro? Alberto Beingolea fue solicitado ayer en la Plaza de Armas de Nasca para dar respuesta, pero no apareció. Su ausencia resalta la gravedad del momento frente a la depredación de nuestro patrimonio mundial.

El problema va más allá de la falta de presencia política. Los nasqueños marcharon porque denuncian una situación crítica en la gestión cultural local. Varios funcionarios del sector ya aparecen vinculados a investigaciones fiscales por presuntos delitos contra el patrimonio. Entre los nombres mencionados figura el arqueólogo Jhony Isla Cuadradro, señalado por la abogada Noemy Castañeda como cabecilla de una red de corrupción en Nasca.

Son imputaciones graves que están en investigación y corresponde a la Fiscalía determinar las responsabilidades. En las últimas horas también se conoció una presunta renuncia de Isla Cuadradro, lo cual no detiene el proceso judicial. Pero el caso no termina allí; la corrupción parece ser sistémica.

En otra investigación relacionada con el corte del perímetro de las Líneas de Nasca y Palpa, la Fiscalía investiga como imputados a Alberto Martorell Carreño y Antonio Vidal Ramírez Montes por el presunto delito de atentados contra monumentos arqueológicos. Además, en otra carpeta fiscal, el alcalde de Nasca, Wilman Jorge Bravo Quispe, figura como investigado; la fiscalía ha solicitado su inhabilitación y una multa.

Hoy, los nasqueños vuelven a escribir otro mensaje: ¡basta de impunidad! Esta es la herencia que nos dejaron quienes vivieron aquí antes. María Reiche dedicó su vida a mirar el desierto y descubrir un mensaje escrito hace siglos. Ahora, sus huerequeques no guardarán silencio.

Opinión

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Un pulpo ve con la piel, así que nada sorprendente encontrar aquí imágenes de estos habitantes marinos intercaladas con el desenvolvimiento de la trama. La magnífica idea que se nos invita a considerar es, lógicamente, si después de todo podemos ver con la piel también nosotros.

Intimidad; es tacto, contacto. Ese ir y venir desde el centro (tocable e intocable) que es el propio cuerpo: hacia sí mismo y hacia otros cuerpos, y hacia lo que llamamos el mundo, que es un gran cuerpo; cuerpo de cuerpos.

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Así, la joven protagonista encarna rigurosamente esta idea: todo es cuerpo, ¡toquemos! La necesidad y goce del contacto son temas centrales en las películas de esta directora. En verdad, ‘La piel pulpo’ habla a la piel. Cercanía, pura cercanía, deseada, encontrada y buscada, antes que espiritual; material, concreta, directa, preverbal o postverbal: porque el cuerpo, el movimiento, el gesto hablan y nos hacen recordar cuán poco necesarias son quizás las palabras. Menos de lo que quisiéramos reconocer. Este hecho se impone soberanamente en la obra.

Más allá de esto, hay otro aspecto menos interesante: ese subrayado de ‘niños salvajes’ apartados de la civilización y de esa isla mundo-aparte de la pequeña familia. Que se quebrará. La familia destruida es un cliché que queda relativizado, aunque las cercanías o su contrario lo son todo (ver escena madre-hijos, hermano-hermana, padre-hija). Esta orientación o preferencia por una suerte de conocimiento a través de la piel fomenta cierta discontinuidad narrativa, que hay que celebrar.

Momentos gozosos marcan el inicio preciso de una amistad: cuando dos chicas comparten un caramelo con palito y podemos incluso escuchar los sonidos que se producen en sus bocas, sus lenguas, su saliva. Como cuando una melancólica canción cambia asombrosamente de signo.

La ambigüedad o la riqueza o la polivalencia de los contactos entre los humanos, esencialmente los dados entre sus cuerpos, constituyen el mayor poder de la película. Es en el registro atento de esa variedad, de esos detalles, de esas pequeñas ‘esencias’, que redescubrimos algo en nosotros mismos. Casi vemos con la piel.

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