A partir de una puesta en escena estridente, elegante y ceremonialmente decorada, Coward (2026) corre el riesgo de agotar a la audiencia. Dirigida por Lukas Dhont, esta película podría interpretarse como un intento fallido de convertir a sus personajes en próceres de causas que ellos mismos no comprenden del todo. La atmósfera trágica se construye meticulosamente en cada encuentro entre Francis y Pierre: primeros planos intrusivos, luz natural difuminándose hacia la penumbra, música a todo volumen y diálogos que insisten en su confusión. Dhont busca adentrarnos con intensidad emocional en el dilema de estos dos soldados, pero esa cercanía sutil puede perder fuerza ante una sobrecarga de solemnidad. Francis es un aprendiz de sastre cómodo con su identidad queer y actitud femenina, mientras que Pierre se presenta como un granjero que ingresa al ejército para probar su hombría. Sin embargo, la guerra en esta obra no es solo un escenario de conflicto; para uno de los protagonistas, puede ser una oportunidad o una condena dependiendo del prisma que se utilice.
Franzis encuentra en las trincheras el único lugar donde puede expresarse corporalmente a gusto, protegido por tantos hombres como él y legitimado por la necesidad de entretenimiento “femenino” para las tropas. Por su parte, Pierre experimenta la guerra como un estado evidente de incertidumbre y desesperanza que aterra al soldado promedio. Que ambos estén enamorados solo puede terminar en tragedia, dado el contexto de una sociedad rural belga rígida, marcada por un estricto cristianismo. ¿Quién podría pensar que su romance tiene un futuro en medio del caos bélico? A pesar de enfocar la relación con sutileza y cuidado, las preguntas sobre su destino son bastante evidentes para la audiencia: los personajes deslizan sus dudas en conversaciones repetidas, insisten en la intensidad de su dilema y sugieren que no existe una solución suficiente.
Esto no debería sorprender a nadie acostumbrado al cine de Dhont, quien suele narrar tragedias queer con jóvenes protagonistas. En sus obras anteriores, cualquier intento de exhibir urgencia o cercanía con el público podría pasar fácilmente como un problemático intento de manipulación emocional y melodrama. Por eso la historia de una adolescente trans que busca triunfar en el ballet, Girl (2018), parece injustamente consumida por la innecesaria violencia de su clímax, donde la protagonista se mutila y martiriza en favor de la causa social defendida por su director. Del mismo modo, la maravillosa y desoladora Close (2022) sufrió acusaciones injustas de manipulación y maniqueísmo, aunque significativamente mejor que las otras películas del director.
A primera vista, Coward podría seguir el mismo camino. Dhont construye una sensación creciente de importancia en cada secuencia que filma, lo que aumenta la tensión dramática pero también amenaza con saturar al espectador. La narrativa se centra en cómo dos hombres potencialmente marginados navegan un entorno hostil donde su amor es visto como una anomalía peligrosa. Francis, acostumbrado a ser hombre de espectáculo para las tropas y crossdresser andrógino, utiliza la guerra para validar su existencia física. Pierre, joven dulce y silencioso, ve el conflicto armado como una amenaza existencial constante. Su relación romántica se desarrolla bajo la sombra de un sistema social que no tiene espacio para la diversidad sexual ni para la vulnerabilidad humana en tiempos de guerra.
Dhont construye una narrativa donde el romance entre Pierre y Francis se mantiene deliberadamente en un segundo plano, cediendo paso a las escenas del pelotón. Sin embargo, esto no debe interpretarse como una falta de atención al vínculo afectivo; por el contrario, desde el primer acto, la película insiste con sobrecogedora delicadeza en el poder de la fraternidad masculina y la resistencia física de los cuerpos. Esta elección narrativa responde directamente a un guion que prioriza las dinámicas del grupo sobre la intimidad romántica durante gran parte del metraje.
La cámara de Dhont evita las grandes secuencias bélicas para centrarse en la intimidad del batallón al que pertenecen los protagonistas. Al inicio, el espectador sigue su rutina diaria: preparar trincheras, cargar pesada artillería hacia camiones y transportarla por toda la línea, además de entrenar ante el ataque rival o cuidar a prisioneros alemanes dentro de la prisión. Desde la perspectiva de Pierre, estos actos funcionan como una serie de ritos de pasaje que prueban y confirman a los jóvenes soldados como parte esencial del grupo.
Dentro de esta rutina, existe una excepción clara: la banda de marginados. Se trata de un grupo seleccionado específicamente para dedicarse al entretenimiento del pelotón. El filme no ofrece abundantes detalles sobre sus orígenes ni los criterios exactos de selección; sin embargo, surge la sugerencia de que se trate de los soldados "menos aptos" para el combate, aquellos con rasgos más afeminados o simplemente voluntarios dispuestos a vivir con el deshonor de no luchar. Pierre no siente cercanía hacia ellos al inicio: en su primer encuentro, conoce a Francis cuando este finge ser una mujer en parto y a punto de dar a luz, una de las tantas pantomimas que involucran el juego con el género y que iniciarán los marginados.
La actuación parca de Emmanuel Macchia, a veces demasiado silenciosa para el bien del film, evita que tengamos claridad sobre las motivaciones profundas de Pierre y lo que realmente lo apasiona dentro del mundo de la guerra. A duras penas se hace cercano a un miembro del pelotón abatido por el reciente nacimiento de su hijo. No obstante, pequeñas acciones revelan un tipo particular de entereza moral: el apoyo a sus compañeros en la batalla o el rehusarse a llenar de orina el balde de agua destinado a los prisioneros alemanes son gestos que despiertan el interés de la audiencia y sugieren una fortaleza interior frente al contexto inhumano.
¿Qué une realmente a Pierre y Francis? Más allá de un deseo queer escondido que encuentra el momento oportuno para florecer, la película sugiere una conexión más profunda. En su primera escena de seducción, Francis, aún en disfraz, se acerca con suavidad a Pierre, rozándolo con cuidado hasta estar a punto de besarlo. Esta naturalidad indica que, para Pierre, tal encuentro no resulta extraño ni disruptivo; por el contrario, ante la desesperanza de la guerra y una crisis moral y espiritual inminente, seguir quien es su única opción viable. Si esta fuera la explicación principal, sería la conclusión menos interesante tras ver Coward, aunque Dhont, en lo mejor de la cinta, propone que la relación entre ambos es solo una manifestación del intenso vínculo afectivo entre hombres durante el conflicto. Se trata de un particular homoerotismo propio de vivir en las barricadas y convivir como plantones.
Recuerden que, durante parte de Coward, el acercamiento entre los protagonistas está subdesarrollado para dar paso a un retrato más amplio del día a día de los soldados. La cámara detallista de Dhont permite que nada se escape: vemos a los militares tomándose de la mano en medio de bombas y disparos, o algún joven abrazando el cuerpo inerte de otro para acariciar su rostro helado en señal de respeto. Observamos cómo Pierre y sus compañeros consuelan con cariño y tacto a aquellos abatidos por la violencia. También vemos soldados jugando juntos, abrazándose, participando en bailes improvisados al estilo "hombre y mujer", o llorando ante las presentaciones de la banda de los marginados mientras están unidos. En estos momentos, los cantantes despiden arengas con el derroche propio de quien ha encontrado su lugar en el mundo y, por un instante, ya no teme a la muerte.
No obstante, el problema persiste: Dhont nunca termina de decidirse por un tipo de película u otra. Sin una razón mayor que contextualizar el escenario bélico, el director llena su obra con escenas de batalla poco originales que distraen de la acción principal. Al enfocarse en el creciente romance entre los dos protagonistas, Dhont se esfuerza menos por desentrañar los dilemas psicológicos detrás de sus elecciones y más en insistir en los mismos puntos dramáticos, arriesgándose a caer en la redundancia. Esta falta de atención daña gravemente la credibilidad de las mejores escenas de Coward. Estas deben competir con la obsesión del director por hacer que cada secuencia parezca importante para la audiencia, además de lidiar con el intenso control que Dhont ejerce sobre cada emoción que evoca en pantalla. El resultado es una narrativa donde lo sublime se ve empañado por un enfoque inconsistente.
Eso no quita que, al final, esas escenas puedan encontrar un tipo de inusitada belleza. Solo vale la pena ir al punto medio del film: una presentación de la banda de marginados donde Pierre, tras bambalinas, produce nieve artificial sobre el cuerpo andrógino de Francis mientras los soldados lloran a su alrededor. Es una escena conmovedora e impactante, aún si se siente un poco impostada. Sugiere que, incluso en los excesos del cine de Dhont y en la guerra, la hombría y el deseo queer pueden encontrar algo de esperanza y belleza.
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