Hope, también conocida como Hopeu bajo su título original, llega al 30° Festival de Lima en 2026 dirigida por Na Hong-ji. Aunque se presenta como ciencia ficción, el filme opera más bien como un experimento mental que busca incomodar a la audiencia mucho después de finalizada la proyección. No lo hace mediante ideas radicales o conceptos desafiantes típicos del género, sino apostando todo al riesgo y la irregularidad de su estilo cinematográfico. La premisa central es disruptiva: ¿qué pasaría si una película que parece un blockbuster convencional y comercial huyera deliberadamente de las expectativas del público? Hope se engaña a los espectadores con pistas inútiles, insinuaciones confusas y pasos en falso, construyendo un caos posiblemente brillante donde las piezas narrativas no parecen acomodarse entre sí. Desde una mirada preliminar, todo indica que tendremos un espectáculo de acción estándar: secuencias brutales, montaje vertiginoso, un protagonista en conflicto, tensión en persecuciones, escenas grotescas casi gore, criaturas novedosas y hasta un interés romántico del sexo opuesto. Incluso se sembraron los elementos para iniciar una saga con un final abierto a más de una secuela. Sin embargo, ninguno de estos ingredientes funciona como esperamos. La primera secuencia, que dura aproximadamente 45 minutos y ocurre en tiempo real, deja claro lo que viene. Na nos inserta en medio de una brutal cacería utilizando una cámara de destacada amplitud, planos generales detallados y a plena luz del día. La apuesta del director funciona: filmamos un caótico juego de gato y ratón entre un policía local y una extraña criatura que amenaza con destruir el pequeño pueblo donde apareció de golpe. Generalmente, una idea innovadora o un concepto desafiante sirven para iniciar películas de ciencia ficción; aquí ocurre lo contrario. Lo que vemos es una película que hace todo lo posible por desafiar los convencionalismos del público. La narrativa se siente como una inspiración caprichosa del director, donde la estructura deliberadamente falla. El resultado es una experiencia irregular que deja al espectador preguntándose cómo encajan las piezas de este rompecabezas desarmado. La película no busca complacer con fórmulas probadas, sino confrontar a la audiencia con un producto que parece tener todos los arquetipos del género pero que, en su ejecución, se niega a seguir las reglas establecidas. Es una obra que prioriza el desafío sobre la fluidez tradicional, obligando al público a reevaluar lo que considera aceptable en una narrativa de acción y terror. Na Hong-ji demuestra aquí que incluso con todos los elementos clásicos, es posible construir algo que se desmorona intencionalmente para generar impacto. Hope Festival Lima

La atmósfera inicial nos sitúa en una remota comunidad ganadera de Corea del Sur, un entorno donde la tensión es palpable: los ciudadanos dominan el uso de armas y letreros patrióticos advierten sobre espías potenciales. Este escenario sugiere fuertemente que la localidad se encuentra cerca de la frontera con Corea del Norte. De hecho, todo Hope podría leerse como una alegoría a la vida militarizada en esa zona fronteriza, donde las criaturas actúan como señuelos para representar la demonización de los norcoreanos y su condición de "otros". Sin embargo, el detalle teórico no es crucial para la trama. Lo que sí importa es que Beom Seok, jefe de policía local, es llamado tras una vaca ser destrozada por una criatura salvaje. Este será solo el primer incidente de muchos: en cuestión de minutos, todo el pueblo caerá preso de los embistes del monstruo, quien atraviesa violentamente las paredes, destroza mercadería y vehículos, y cercena brutalmente a cualquier humano o animal en su camino.

Durante esta primera mitad, no tenemos idea de cómo se ve realmente el monstruo. Na construye la tensión a partir de la incertidumbre y la expectativa, jugando con la audiencia en cada paso de su secuencia inicial: la cámara se entromete en cada rincón posible, el gore se embellece gracias a los muy nítidos planos y la velocidad de cada escena nunca pierde intensidad. Los primeros minutos son tan intensos y originales que uno no espera lo que sucede después. Cuando finalmente los monstruos aparecen en pantalla, es probable que más de un miembro del público abra la boca en total descrédito. A medio camino entre un personaje de videojuegos y un invento de CGI barato típico de una película serie B, las criaturas de Na parecen salidas de una película muy distinta, y no necesariamente mejor. Por si fuera poco, quizás para probar aún más la paciencia del espectador, el realizador decide pausar radicalmente su filme.

Luego de agotar la acción por casi una hora, Na se retrae por más de 40 minutos en una secuencia intermedia que conjuga sátira y misterio. En ella, una forense extirpa los órganos gigantes de las extrañas criaturas en busca de respuestas; un anciano confundido narra su experiencia con las bestias y las terribles consecuencias de comer cerdo en mal estado; además, los protagonistas deben aguantar a pueblerinos insufribles mientras intentan dar con el paradero del monstruo. Eso sí, cuando menos lo esperamos, Na irrumpe con otra extraordinaria secuencia de acción, de más de 40 minutos de duración y con escenas de persecución cuidadosamente coreografiadas y excitantes, lo que incluye planos sorprendentes por la forma en que fueron filmados.

La extraña brillantez de Hope reside en esa duda persistente: ¿sabemos realmente si el director Na es plenamente consciente del potencial ridículo de su propia película? Quizás todo sea una compleja y bien trabajada artimaña para con la audiencia. ¿Genuinamente cree que la calidad de sus criaturas está al nivel del excepcional trabajo de cámara y demás elementos técnicos que componen la obra? O, tal vez, pretende que nos compremos la idea de que las dos primeras horas fueron apenas una suerte de carnada para engancharnos e introducirnos a una saga con numerosas películas por venir. ¿No tendría más sentido, como sugieren varias bromas y comentarios autorreferenciales de los personajes, que nada de esto deba tomarse muy en serio?

La verdad podría estar en un punto medio entre ambas opciones. De hecho, uno podría pensar que Na se está escudando bajo la cómoda etiqueta de la sátira como un mecanismo de último recurso: si su película no funciona como entretenimiento serio, siempre le queda la excusa de que «está siempre fue una buena parodia». Esto no debería reducir el potencial de Hope como una película de valor. Hacer una buena parodia suele ser más difícil que hacer el tipo de cine que se busca parodiar; mantener ese balance, como parece lograr aquí Na, puede ser una tarea extenuante.

Dicen que es posible que Hope dé paso a una secuela. Es razonable que uno tema lo peor para una saga cuyo valor reside, al menos en gran parte, en insistir en la importancia de hacer un cine que se sienta y se vea original. Aún así, nada está perdido: si la secuenta cuenta con el 10% del talento de Na tras la cámara, entonces seré el primero en ir a verla. Lo que consigue Na, entonces, con la cámara más imaginativa posible y la conjunción de numerosos elementos técnicos, es una experiencia estimulante, controversial hasta la médula, pero, al mismo tiempo, capaz de llevar al cine a su mayor extremo creativo.

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