Rolando Arellano Cueva

por Rolando Arellano Cueva

Aunque parezca increíble, los estudios revelan que el bienestar y la salud de una familia media hoy superan a las de una rica hace 50 años. Piénselo bien: no todo tiempo pasado fue mejor. Paisano, paisana, ¿se compró usted un televisor para ver el Mundial de Fútbol? Quizás sí, dedicando parte de su sueldo o ganancias del negocio. Lo interesante es que si lo hubiera comprado hace unos años, habría tenido que pagarlo a plazos durante muchos meses. ¿Por qué debiéramos darle una mirada positiva a este dato? Porque nos muestra que nuestro bienestar no depende solo de cuánto ganamos, sino también de cuánto cuestan los bienes y servicios que usamos. Los no tan mayores seguramente recuerdan que antes un par de zapatos nuevos era una compra reservada para Navidad o fiestas patrias. Que la ropa pasaba de un hijo a otro. Lo sé bien, pues yo fui el tercero de tres hermanos. Y que el refrigerador daba tanto estatus que algunas familias lo ponían en la sala. Muchos años antes, muchos, la ropa era tan, pero tan cara, que a veces se colocaba en los testamentos: «Le dejo a mi hijo el abrigo azul de invierno». No se crea que era solo en hogares pobres. Es cierto que con el tiempo algunas cosas suben de precio, pero es cierto también que gracias a la tecnología, a la competencia y a las eficiencias de producción, hoy es común tener varios pares de zapatillas y que computadoras, celulares y muchos electrodomésticos estén al alcance de millones de hogares. Esto demuestra cómo la innovación ha democratizado el acceso a bienes antes inalcanzables para gran parte de la población, mejorando sustancialmente la calidad de vida familiar sin necesidad de grandes fortunas acumuladas en el pasado. La realidad económica actual valida que la prosperidad no es solo un asunto de ingresos altos, sino de precios accesibles impulsados por el progreso tecnológico y la libre competencia en los mercados locales e internacionales. Así, lo cotidiano se vuelve posible para muchos más hogares. Aunque parezca increíble, los estudios demuestran que el bienestar y la salud de una familia de clase media actual superan a las de familias ricas hace cincuenta años. Piénselo bien: no todo tiempo pasado fue mejor. Claro está que persisten enormes desafíos; muchas familias aún necesitan acceso a productos y servicios de mayor calidad. Sin embargo, eso no debe impedir reconocer que los avances tecnológicos, la productividad y la competencia aportan mucho a la democratización del bienestar, aunque sus beneficios pasen desapercibidos por nuestra rápida adaptación. Dado que el progreso también se mide por aquello que antes era un lujo y hoy está al alcance de muchos, surge una interrogante crucial: ¿qué podemos hacer usted y yo, paisana o paisano, para seguir impulsando la innovación, la competencia y el emprendimiento? El objetivo es claro: lograr que cada vez más peruanos vivamos mejor. Grandes Filosofas: Nancy Fraser Fenómeno El Niño: prevenir y prepararnos hoy para reducir sus impactos Grandes filósofas: Simone Weil El norte del país enfrenta las mayores brechas en el servicio de agua Nuestra bandera también baila

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