Un siguiente aspecto de una era colonial se emplaza en el Valle de Chincha, tierra profundamente conectada con la herencia afroperuana y la esclavitud de plantaciones. El paisaje será estratificado en temporalidades: los restos de una hacienda, luego cooperativa agraria, junto a un pasado más distante conservado en un museo local. Estas capas históricas no se presentan estáticas, sino en activo diálogo con el presente.
La averiguación científica establece otro eje crucial en la obra del cineasta peruano radicado en España. La investigación botánica y entomológica intersecta la reflexión antropológica a medida que la película presenta materiales de archivo —herbarios, dibujos y especímenes— relacionados con las expediciones de la Corona española del siglo XVIII al Virreinato del Perú. Estas expediciones, de alcance monumental, produjeron colecciones que alimentaron publicaciones como Florae Peruvianae et Chilensis Prodromus.
Preservadas aunque inertes, estas semillas y muestras vegetales —unidas a problemas de catalogación y trazabilidad— corresponden a los residuos materiales como figurativos de la extracción. También apuntan hacia la motivación subyacente del director. De aquí surge una cuestión epistemológica y política: ¿puede ocurrir la repatriación? Habiendo expuesto el colonialismo recurriendo a lo que podría denominarse un “archivo vegetal”, la hibridación documental de Freyre adopta un modo que bordea la intervención o la puesta en escena.
Una secuencia nocturna —marcada por un leitmotiv de iluminación con linternas— sugiere un acto clandestino de restitución. Este gesto transforma la pieza cinematográfica en una operación silenciosa y tensa, donde el evento de retorno es metafórico a la vez de tangible. Así, el filme no solo documenta, sino que interviene sobre la memoria histórica, cuestionando la posibilidad de devolver lo extraído mediante un lenguaje visual que fusiona archivo científico con narrativa política. La obra se convierte en un espacio donde los vestigios del pasado colonial dialogan con las demandas contemporáneas de justicia y restitución cultural, evidenciando cómo el cine puede operar como herramienta de investigación y activismo social simultáneamente.
Freyre articula un manifiesto crítico y poético que encuentra resonancia en una cita de Jean Rouch, recitada en voz en off: “La presencia del observador nunca puede ser neutral, quiera o no”. De estos hilos convergentes —archivísticos, históricos y coetáneos— se elabora el corazón conceptual de la propuesta. No obstante, Estados generales no concluye en determinismo; la posibilidad de restitución, ya sea literal o metafórica, permanece abierta.
En la segunda mitad del filme, el Valle de Chincha también aparece como un lugar contemporáneo de explotación laboral. Esta tercera vía neocolonialista alcanza una expresión evidente en el registro de una planta empacadora de mandarinas. Aquí, la fruta es sometida a una inspección clínica para la exportación internacional, con un requisito clave: la ausencia de semillas. Este detalle resuena más allá del contexto inmediato, apuntando a consecuencias ecológicas y al rol de las corporaciones —a menudo europeas— controlando la producción agrícola mediante patentes industriales.
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