Tierras raras a 6.000 metros de profundidad: el tesoro del Pacífico que Japón y EE.UU. quieren explotar <<> Un yacimiento de tierras raras descubierto cerca de la isla japonesa Minamitorishima podría transformar la industria tecnológica.

A unos 6.000 metros bajo la superficie del Pacífico, cerca de la remota isla japonesa de Minamitorishima, se ha localizado un depósito de lodos con alto contenido de tierras raras, minerales considerados estratégicos por su papel en la industria tecnológica global. El hallazgo podría transformar el mapa de suministro de estos elementos, hoy dominado en gran medida por China.

Las tierras raras comprenden 17 elementos químicos y algunas de las variedades presentes en el yacimiento corresponden a tipos medios y pesados. Entre ellos destaca el disprosio, un elemento empleado en aplicaciones tecnológicas que exigen materiales con propiedades magnéticas especiales. Estos minerales son clave para la fabricación de motores eléctricos, dispositivos electrónicos, turbinas eólicas, imanes permanentes y sistemas de defensa.

Ante este escenario, Japón y Estados Unidos estudian la viabilidad de extraer estos recursos para reducir su dependencia de una cadena de suministro controlada por el gigante asiático. El depósito se encuentra en uno de los lugares más extremos del planeta, lo que plantea desafíos técnicos y logísticos para su eventual explotación comercial.

La presión en esa zona del Pacífico ronda las 600 atmósferas, un entorno donde ningún ser humano podría trabajar directamente. Por eso, cualquier operación de extracción tendría que ejecutarse con vehículos robóticos y sistemas controlados desde la superficie.

En 2026, una misión vinculada a la agencia japonesa JAMSTEC logró recuperar sedimentos ricos en tierras raras desde aproximadamente 5.700 a 6.000 metros de profundidad, lo que demostró que es posible llevar este material hasta la superficie desde una zona extremadamente difícil de alcanzar. Sin embargo, extraer muestras no significa que exista una mina submarina viable: una explotación comercial tendría que recoger grandes cantidades de sedimento y bombearlas hacia la superficie, además de afrontar los posibles efectos sobre ecosistemas profundos que todavía son poco conocidos.

lr.pe

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