A unos 946 metros de profundidad, en el fondo del mar de Amundsen, un equipo científico encontró las evidencias de un mundo que parece imposible: una selva templada, húmeda y pantanosa que cubrió parte de la Antártida hace unos 90 millones de años, cuando los dinosaurios aún dominaban la Tierra. El paisaje, ubicado a tan solo 900 kilómetros del Polo Sur, gozaba de temperaturas lo bastante suaves como para albergar árboles, helechos y otras plantas.

El hallazgo fue posible gracias a un núcleo de sedimentos extraído en 2017 por el buque de investigación alemán Polarstern. Durante esa expedición, el equipo utilizó el sistema de perforación MARUM-MeBo70 para recuperar material del lecho marino en la zona de Pine Island, en la Antártida Occidental. Al analizar una de las secciones mediante tomografía computarizada, los investigadores se toparon con algo excepcional: un sistema de raíces que había quedado preservado dentro del antiguo suelo.

La red de raíces fósiles, de unos tres metros de longitud, apareció junto a numerosos granos de polen y esporas. Esas evidencias, descritas en un informe de Science Blog, permitieron a los científicos reconstruir cómo era este remoto ecosistema e identificar la vegetación que ocupó la región en una época en la que el continente helado no era lo que es hoy.

Una selva templada creció a tan solo 900 kilómetros del Polo Sur. Foto: iStock

El paleoclimatólogo Johann Klages, uno de los autores del estudio, precisó que los investigadores hallaron material que apuntaba a un ambiente de selva tropical templada y pantanosa. La temperatura media anual rondaba los 13 °C y durante el verano podía acercarse a los 20 °C. El ecosistema, descrito como una selva o bosque lluvioso templado de tierras bajas, con abundancia de coníferas y helechos, existió entre hace 92 y 83 millones de años, durante el intervalo Turoniense-Santoniense del Cretácico, según el estudio publicado en Nature.

En aquel momento, el punto donde se tomó la muestra se ubicaba a unos 82 grados de latitud sur, cerca del Polo Sur. Esa posición implicaba una condición que ningún bosque actual experimenta de la misma forma: largos periodos sin luz solar. La región atravesaba una noche polar de varios meses cada año. A pesar de ello, el registro fósil demuestra que las plantas lograron desarrollarse en ese entorno. Las raíces preservadas dentro del suelo son especialmente importantes porque indican que la vegetación creció allí, en lugar de tratarse únicamente de restos transportados desde regiones más cálidas.

Aunque el hallazgo puede hacer pensar en una especie de Amazonia antártica, esa comparación no es precisa. Los investigadores aclararon que no se trataba de una selva tropical como la actual, sino de un bosque templado de tierras bajas. Para comprobar qué condiciones podían explicar la existencia de aquel bosque, los investigadores utilizaron modelos climáticos. Los resultados apuntaron a concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono de entre 1.120 y 1.680 partes por millón, junto con una superficie continental cubierta por vegetación y sin una gran capa de hielo antártica.

La reconstrucción de aquel paisaje no se basó en mediciones directas de la atmósfera del Cretácico, sino en evidencias reunidas en un mismo sedimento: raíces, polen, esporas y otros indicadores que, en conjunto, dibujan una Antártida muy distinta a la capa de hielo actual. Esas cifras, aclara el estudio, son el resultado de un modelo elaborado a partir de distintas pruebas, aunque bastan para mostrar cuán diferente era el clima de entonces.

Años después, ese mismo núcleo de sedimento entregó una pista adicional. En 2024, un equipo reportó en Antarctic Science el primer hallazgo de ámbar fósil en la Antártida: los fragmentos aparecieron dentro de una capa de lignito de unos cinco centímetros, ubicada sobre el sedimento que ya contenía raíces, polen y esporas. Al examinar piezas de apenas 0,5 a 1 milímetro, los investigadores hallaron restos de corteza y señales de flujo de resina producido por daños en los árboles; esa resina, conservada durante millones de años bajo ciertas condiciones, se transformó en ámbar.

El material fue bautizado “ámbar de Pine Island” por su procedencia y constituye otra señal de que los árboles productores de resina integraron aquel ecosistema templado y pantanoso cercano al Polo Sur.

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