El ex primer ministro chino Zhu Rongji, artífice de la transformación de China en una potencia económica global, falleció este miércoles por la mañana en Pekín a causa de una enfermedad. La agencia estatal Xinhua confirmó oficialmente la noticia, que pone fin a una era para la nación asiática y despide a un tecnócrata considerado clave en el surgimiento de la clase media y en la consolidación del país como gran potencia mundial.
Zhu gobernó el Consejo de Estado entre 1998 y 2003, y su gestión dejó una huella profunda: combinó un pragmatismo financiero indiscutible con reformas de austeridad que transformaron de manera permanente la estructura productiva china, aunque también generaron un severo costo social. Su carácter de "mano dura" lo hizo célebre, y su legado es recordado tanto por la audaz apertura global que impulsó como por las controversias que rodearon sus políticas.
En el obituario difundido este miércoles por los medios oficiales chinos se resaltó la ética de trabajo y la exigencia de honestidad que Zhu siempre defendió para los cuadros del gobierno. El comunicado de despedida del Partido Comunista de China destaca: “Hizo hincapié en que los funcionarios gubernamentales siempre deben tener presente que son servidores públicos; deben tener el valor de decir la verdad sin temor a ofender a los demás, y rechazar los privilegios especiales… mientras se esfuerzan por ofrecer resultados tangibles para el pueblo”.
De perseguido por el régimen de Mao a líder de Shanghái
La vida de Zhu Rongji, nacido en octubre de 1928 en Changsha, provincia central de Hunan, estuvo atravesada por la adversidad personal y las turbulencias políticas de la China del siglo XX. Su infancia fue solitaria: quedó huérfano de padre antes de nacer y perdió a su madre pocos años después. Sin hermanos, según él mismo aseguró, al asumir como alcalde de Shanghái en 1988 pronunció una frase que quedó en la memoria: “El partido es mi madre”.
Graduado en ingeniería eléctrica en la prestigiosa Universidad de Tsinghua de Pekín, Zhu comenzó su carrera en la agencia de planificación estatal, pero los vaivenes ideológicos de la era de Mao Zedong interrumpieron bruscamente su ascenso. En 1958 fue expulsado de las filas del Partido Comunista tras ser tachado de derechista por criticar las directrices económicas del gobierno. Una década después, durante la Revolución Cultural, fue calificado de reaccionario y enviado a trabajos forzados de reeducación en el campo.
Su gran despegue político ocurrió en la metrópoli de Shanghái, donde ejerció como vicesecretario, alcalde y secretario del partido entre 1987 y 1991. En esa ciudad coincidió con Jiang Zemin, quien posteriormente se convertiría en el máximo líder de China tras la represión de la plaza de Tiananmen. Durante las masivas protestas prodemocráticas de 1989, Zhu Rongji logró disolver de manera pacífica las movilizaciones ciudadanas en Shanghái sin recurrir al despliegue del Ejército, aunque en el plano nacional jamás cuestionó la línea represiva impuesta por el gobierno de Pekín.
Su particular estilo, alejado de la retórica rígida de los burócratas tradicionales, llamó poderosamente la atención de la opinión pública y de sus propios correligionarios. Esa gestión exitosa en Shanghái atrajo la atención del líder supremo Deng Xiaoping, quien impulsó su nombramiento como viceprimer ministro encargado de la economía en 1991. Tras ser políticamente rehabilitado con la muerte de Mao, regresó al aparato económico nacional y comenzó un ascenso imparable.
Como responsable directo de la macroeconomía y gobernador del Banco Popular de China desde 1993, Zhu aplicó medidas de choque extremas para coordinar campañas contra las deudas cruzadas de las empresas estatales, frenar el sobrecalentamiento económico y contener una inflación desbocada. Durante la severa crisis financiera asiática de 1997, Zhu Rongji se erigió como un bastión de estabilidad regional al resistir firmemente las presiones para devaluar el renminbi (divisa de curso legal de China), combinando una política fiscal activa con una política monetaria muy prudente.
Su tenacidad y su estilo inflexible le valieron el apodo popular de "primer ministro de mano dura" o el "zar económico" del país, apodos que reafirmó al asumir formalmente como primer ministro del Consejo de Estado en 1998 con un vibrante discurso de asunción: “No importa si delante hay un campo de minas o un abismo, avanzaré sin mirar atrás y cumpliré con mi deber hasta el final”, dijo al posicionarse como el segundo líder político más importante del gigante asiático.
En el tramo decisivo de la década de los noventa, Zhu Rongji y el presidente Jiang Zemin conformaron un tándem político indispensable que pilotó la inserción definitiva de China en los mercados internacionales. Bajo su jefatura, China alcanzó su mayor hito de apertura comercial internacional al ingresar formalmente a la Organización Mundial del Comercio en 2001, tras extenuantes rondas de negociación.
El ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001, el mayor hito de apertura comercial internacional alcanzado bajo la jefatura de Zhu Rongji, se logró tras extenuantes rondas de negociación y fue duramente atacado por funcionarios nacionalistas que lo acusaron de traidor por realizar excesivas concesiones a las potencias extranjeras. Ese paso decisivo integró plenamente al país en las redes globales de producción y consumo y sentó las bases del explosivo crecimiento económico que cimentó el surgimiento de la “fábrica del mundo”.
La agresiva agenda de reformas del ex primer ministro, pese a los incuestionables éxitos macroeconómicos que redujeron la pobreza extrema y crearon una robusta clase media, se topó con resistencias y dejó profundas heridas sociales. Su inflexible empeño en modernizar y sanear el sobredimensionado sector estatal supuso la privatización, cierre o reestructuración de miles de empresas públicas ineficientes, lo que provocó el despido masivo de aproximadamente 40 millones de trabajadores. Para paliar esa catástrofe social, Zhu intentó implementar subsidios básicos de subsistencia, seguros de desempleo y reformas habitacionales que sustituyeron la asignación directa de viviendas por subsidios de carácter monetario urbano, pero la escala del desempleo y la brecha social empañaron su administración.
Otra de sus grandes prioridades de gobierno fue la implacable persecución de la corrupción administrativa, un flagelo que consideraba una amenaza estructural directa para la viabilidad de la nueva economía de mercado socialista. En 2001, el propio Zhu Rongji definió como un “tumor maligno” al fraude contable corporativo y fiscal que carcomía las instituciones financieras de su país.
Tras dejar el cargo en marzo de 2003, Zhu se retiró casi por completo de la esfera pública nacional, una conducta habitual entre los antiguos líderes del régimen chino. Su figura, sin embargo, es recordada como la de un tecnócrata audaz cuyas reformas, dolorosas y transformadoras, pavimentaron el camino para que la China contemporánea se proyectara como la ineludible superpotencia económica del siglo XXI.
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