La fábula de Esopo sobre los ratones que deciden ponerle un cascabel al gato, pero ninguno se atreve a hacerlo, ilustra perfectamente el dilema de la masificación del gas natural en el Perú. Todos coinciden en que es una gran idea, pero sin acciones concretas, queda en nada.

Masificar el gas natural es, efectivamente, una de las estrategias más importantes para combatir la pobreza energética en el país. Con su uso, los hogares pueden acceder a servicios energéticos esenciales como la cocción de alimentos, agua caliente o climatización. No solo mejora la calidad de vida y la salud de los usuarios, sino que también genera ahorro en los hogares y comercios.

La pregunta entonces es: ¿qué se necesita para convertir esta buena idea en realidad? Lo principal es la existencia de concesiones de distribución. Son los concesionarios quienes llevan el gas natural a los hogares, comercios, industrias y estaciones de servicio. Sin ellos, el gas se quedaría en los pozos o en los gasoductos, pero nunca llegaría a la gente.

Un concesionario tiene la responsabilidad de velar por la seguridad de los usuarios y la correcta operación de las instalaciones, atender dudas o reclamos, y responder ante cualquier situación en el sistema de distribución. Es el eslabón que conecta el recurso con las personas.

Si preguntásemos a la mayoría de peruanos si están de acuerdo con que el gas natural llegue a cada vez más hogares, probablemente responderían que sí. Pero, como en la fábula, de nada sirve una buena idea si no hay quien la ejecute. La diferencia entre el cascabel y el gas natural es que aquí sí hay actores definidos: los concesionarios.

Todo comienzo ilusiona. Esperemos que los próximos cinco años sean recordados como el lustro de la masificación del gas natural y la reducción de la pobreza energética.

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